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CARTA NONA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA NONA

Bachiller Allóphilo o extranjero, y bárbaro Sarmata.

A un ente que no es de nuestro linaje en sus procederes; que parece ser injerto monstruoso de los animales más dañinos, (tigres, osos, leones, leopardos y águilas) que en boca de los profetas sirvieron para simbolizar la ferocidad y barbarie de los Caldeos; a tal bestia cruelísima, no sé qué nombre propio darla.

Cicerón, cuando improperaba a los Verres sus rapiñas, a los Catilinas sus conjuraciones, a los Clodios sus lascivias, rabias e incendios, a los Antonios sus furores y usurpaciones; después de haber gastado todos los pinceles de la elocuencia, no hallaba por último recurso de su ingenio y desahogo de su dolor, exclamación más propia que ¡oh bellua immanissima! Yo tampoco encuentro voz más expresiva para diseñar tu fuerza, dejando a un lado la dignidad del sacerdocio, de que has hecho el abuso más sacrílego para arrastrar en pos de tus pisadas a otras bestias menos maliciosas.

Mis invectivas son contra tus obras infernales, que por los tres caracteres sagrados e indelebles con que estás ligado a la religión cristiana y a su ministerio augusto, aparecen aun más horribles a los ojos de la humanidad, que si fueran obras del mismo demonio.

Mas si te acomoda el tratamiento belluino, por el derivado de bellum, y porque en tu sistema de vida has circunscrito tu felicidad al círculo epicúreo de las bestias, pensando hoy, y desde diez años atrás, que tienes alma de gato como las uñas; yo que en nada quiero complacerte, ya no te daré tal nombre, sino el que con que te saludo desde el principio.

Eres Allophylo universal (y a parte rey, que era tu cuestión favorita en el colegio para sutilizar según tu genio y mal ingenio) has de ser este universalísimo Allophilo, respecto de todo el género humano, indigno de toda sociedad, vitando en toda población, execrable en las cuatro partes del mundo, sin poder hallar asilo más que en Córcega, donde desde el tiempo de nuestro famoso Séneca, se reducía el código a estas cuatro leyes, que son las bases de la legislación Napoleónica que tú querías dictarnos: primera, vengarse; segunda, vivir del robo y rapiña; tercera, mentir a más no poder; cuarta, negar y renegar a Dios.

Extra Curcicum, Allophillus: será la inscripción de tus armas, y el labarum de tus banderas.

Estaba mojando la pluma en la hiel amarguísima de dragones, por ver si de este modo podría despertarte de tu voluntario letargo, pues que tu furor es como el de la serpiente, y como el del áspid sordo, que tapa sus orejas.

Disponía mis conjuros contra un enemigo tan general, endurecido y obstinado, cual tú eres, que nada escuchas que pueda suavizar tu barbarie y malicia, ni acabar de quitarte el negro talismán, con que aún seduces y precipitas a varios Sarmatas lupinos y hambrientos.

Mas llegan en esto unos amigos y compatricios americanos, hombres de talento y probidad cristiana, que impuestos de mi trabajo y empeño, me aconsejan cambie de idea, porque eso de desencantarte y volverte el juicio con caras y no con palos y balas, era escribir en la arena y en el agua, y pretender blanquear al etiope más atezado.

Entonces se extendieron con la elocuencia propia de su corazón, sobre la necesidad de defender a nuestra índole benéfica y perorar a favor de la humanidad, tan ultrajadas por ese monstruo, añadían que no es de nuestro suelo ni de linaje humano.

El más anciano de ellos, venerable por sus canas y más por su instrucción, y por la virtud y celo con que en otro tiempo desempeñó el ministerio de párroco en la provincia de Michoacán, tomó entonces la palabra, y dijo en el asunto muchas cosas buenas y bellas, de las cuales sólo te copiaré unas cuantas, porque veo te han de punzar y atravesar el alma casquivana y sanguinolenta, y partirte medio a medio el casco y el casquete con que te has presentado a la faz del universo.

Escúchalo para que acabes de rabiar o te corrijas.—

Señores: no nos cansemos en discurrir ni en llorar.

El suceso escandaloso y bárbaro, que es motivo y objeto de uno y otro, hace hoy 16 de noviembre dos meses, dará y ha dado ya materia de gloria a nuestras armas, plumas y virtudes patrióticas, leales y religiosas.

En este sentido decía el apóstol, que habiendo poca unión y estando divididos los ánimos de los corintios con diversidad de pareceres y sentimientos, murmurando los ricos de los pobres, y los pobres de los ricos, convirtiendo en cismas las públicas demostraciones de la caridad y amor recíproco que antes tenían, particularmente en las iglesias, y en los convites dignos de la moderación cristiana y de la concordia fraternal; infiere así San Pablo: Pues es necesario que haya también herejías, para los que son que aprobados sean manifiestos entre vosotros.

Es necesario que haya estas divisiones y errores y cismas, no porque sean en sí buenas, sino al contrario son muy malas y abominables a los ojos de Dios y de los hombres; sino porque así Dios lo permite, exponen San Juan Crisóstomo y otros santos padres, para acrisolar a los suyos, y para que se descubran todos, sin tergiversación, sin riesgo de que la piel de oveja encubra a algún lobo carnívoro, y la astucia de la serpiente, sin la simplicidad de la paloma, se ponga la máscara de la hipocresía y ande sembrando veneno, errores y obras de muerte entre los incautos.

Ahora se ha conocido la calidad del metal de que se compone cada uno como ciudadano y como cristiano, y si es de ley o de buena liga nuestra piedad y religión, nuestra lealtad y patriotismo.

Este campo precioso del Señor que yo en otro tiempo regué con mi sudor, y puedo añadir, con fruto, en ese mismo terreno ahora sublevado, se iba cubriendo de malezas y espinas.

El hombre enemigo de todos los hombres, había logrado introducirse a sembrar la cizaña, a pesar de no estar dormidos los padres de esta familia sacrosanta.

Iba creciendo la mala semilla; diez años ha que lo estaba advirtiendo y temiendo; que lo signifiqué según los rumores que ya corría respecto de ese malvado heresiarca, autor de todo el daño presente, quien no acababa de quitarse la mascarilla hasta que no se ha puesto ¡qué bárbaro e insolente! el morrión con el penacho de Lucifer.

Ahora publicaré, si es necesario, las obras de tinieblas, en que entonces ya se ejercitaba con abandono de su ministerio y escándalo de las almas encomendadas a su cuidado.

Dos años hace que de nada más cuidaba que de acabar de pervertirlas.

Muchos me ponderaron hará seis meses cuando pasé por ese malhadado pueblo de Dolores, su aplicación al cultivo de morales y cría de ganados de seda; más yo que advertí que al mismo tiempo con pretexto de salvas en las fiestas de iglesia (siendo éstas la cosa más olvidada de él) se ensayaba en hacer cañoncitos y después cañones; respondía a tales elogios necios e imprudentes: Habacha y repetí mil veces Habacha; sin atreverme a explicar esta palabra hebrea, con que disimulaba mis penas y mis presentimientos.

El corazón me decía Habacha; esto es valle de los morales, que también significa, valle del llanto o lágrimas.

Así lo vemos hoy verificado, y puestas de manifiesto las insidias de ese mal hombre, que con lo uno deslumbraba, y con lo otro amenazaba descubiertamente.

En medio de estos terribles desastres, terribles por improvisos, y más terribles por los daños espirituales y temporales que ya han ocasionado, y por manos consagradas, que es mi mayor tormento; hallo no obstante muchos motivos de gozo; mi vejez al modo de la del águila, se renueva, cobra vigor, y quisiera ir a tomar las armas y participar de la gloria de esos ilustres guerreros, que tanto honor han dado a la Nueva España, y tan singular gloria a la religión.

¡Feliz patria mía, y patria de todos los buenos, porque los malos no tienen ninguna; mil veces afortunado suelo! Si antes eras la mansión de la paz y de la concordia más envidiable; si ahora en la borrasca universal eres el punto más apetecible; si tú ofrecías asilo seguro y tranquilidad a nuestros padres y hermanos para que se viniesen en el caso del último apuro, pues partiríamos con ellos nuestro pan y nuestro lecho, y después se mezclarían en el sepulcro sus huesos con los nuestros y con los de nuestros antepasados hermanos suyos; si tan deliciosa perspectiva se ha obscurecido y ofuscado por unos momentos, a causa de esa tempestad suscitada por el abismo, envidioso de nuestra dicha sólida, que ha interpuesto la negra nube levantada desde el valle de Habacha; puedo no obstante entonar aquel misterioso cántico de David: Bendijiste, Señor, a tu tierra, te aplacaste; y tú y tu divina Madre, os habéis mostrado propicios con esta tierra, que es sólo vuestra, y por vuestra gracia, concedida para nuestra habitación pasajera.

Mitigaste toda tu ira, Dios mío, te apartaste de la ira de tu indignación.

Nos han sido visibles los prodigios con que te has mostrado favorable a nuestros ruegos y lágrimas.

Tú volviste a darnos vida, y tu pueblo, este pueblo que es tuyo, y no será de ningún enemigo tuyo, se alegrará en ti.

Tú has hablado la paz para este tu pueblo.

La misericordia y la verdad se encontraron en él: la justicia y la paz se besaron...

Ciertamente la salud del Señor está cerca de los que le temen; para que habite la gloria en nuestra tierra.

Sí, ¡Dios bueno! la gloria de tu divino nombre, la gloria de las virtudes que mandas y que inspiras por tu gracia, la gloria que sin vanidad se puede buscar entre las naciones para que tú seas glorificado, esta gloria sublime habita ya, está de asiento en nuestra tierra.

Antes algunas de nuestras virtudes no salían en práctica de la esfera de comunes.

Ahora se han ejecutado con heroísmo.

Se ha visto en el mayor número de nuestros conciudadanos el fondo de magnanimidad, que estaba oculto en sus nobles pechos.

Faltaba la ocasión para que la lealtad, y porqué no añadiré también la religión del juramento, tuviesen mártires que dejasen a la posteridad modelos de imitación, y a los presentes motivos asombrosos de regocijo sagrado.

¡Ah! Amigos míos, no se sabía aún el tesoro que se encerraba en nuestras minas; no en esas que hay en las entrañas de la tierra, que son los bienes únicos que buscan esos Espartacos avaros, sino el tesoro digno del hombre, que está en el corazón del hombre bueno, el que forma a todo el hombre, el que lo engrandece y hace digno de la admiración de los demás mortales, y de la veneración de los mismos espíritus soberanos.

No se había visto en tres siglos a la virtud en aquella situación en la que, según el concepto aún de Sócrates y de Séneca, luchando contra la tiranía y furor armado, descubre nuevos y quilates y ofrece un espectáculo agradable al mismo Dios, Podemos decir para honra de Dios lo que el apóstol, hemos sido hechos espectáculo al mundo, y a los ángeles, y a los hombres.

El mundo deseaba ver si nosotros en un evento de convulsión y de guerra interior o exterior, acreditaríamos el valor y lealtad que altamente habíamos protestado mil veces, jurando derramar nuestra sangre otras mil, para comprobárselo al rey más querido y suspirado, y a la nación heroica que nos daba un ejemplo mayor de tales virtudes, estrechándonos más y más consigo, como una madre al hijo en el riesgo que amenaza de cerca a ambos.

Los santos ángeles esperaban ver en esta tierra que protegen, que brotase con fuerza la semilla de la divina gracia, y que el fuego divino de la caridad apagase el de la discordia anticristiana que iba cundiendo lentamente y con ruina espiritual de muchas almas.

Los ángeles tutelares de este imperio querían ver si cultivábamos los dones de la gracia sin envanecernos con los de la naturaleza; siendo unos y otros emanados de la misericordia y bondad de Dios, sin que antes hubiésemos podido merecerlos.

Querían ver si era sólida e ilustrada nuestra piedad; si nuestra justicia abundaba más que la de los fariseos, contentos con solas obras exteriores, teniendo podrido el corazón; y si la heroicidad del cristianismo hallaba resistencia o difícil entrada en nuestros pechos.

Los hombres sensatos se prometían todo bien de nuestro carácter e índole bondadosa, y no dudaban de que los americanos haríamos siempre en cualquier lance crítico y arduo el partido justo, el partido de la religión, el del honor, el de la fidelidad jurada.

Lo han visto así cumplido.

Los hombres de bien lo celebran; los angelitos lo aplauden en el cielo; el mundo pronunciará con respeto nuestro nombre; la América cobrará mayor timbre; la Nueva España será el dechado augusto de la lealtad y religión contra toda suerte de invasores y enemigos; se verá que nuestros pechos son impenetrables a la falsía y traición, al cisma y a la impiedad, y que perseguimos de muerto a los monstruos, aunque hayan abortado en nuestro suelo propio y en nuestros mismos hogares.

Ellos perecen a nuestras manos, y son víctimas que ofrecemos para desagraviar a Dios y purificar nuestra patria adolorida, porque la han manchado esos espurios.

Y tantos motivos de regocijo ¿cómo no han de rejuvenecerme, animarme, llenar de consolación mi ánimo abatido y afligido antes? Mis lágrimas deliciosas, expresión de mi ternura y júbilo santo, que ahora me corren por las mejillas, quisiera mostrarlas a ese ruin y miserable apóstata, para confundirlo y avergonzarle con ellas, y hacer que su alma encruelecida contra su misma patria y padres, sufriese algo del tormento que merece y que ya lo conturba, al ver que no somos lo que su maldad queda, lo que su impiedad esperaba, y lo que su locura se prometía.”

Más dijera, si la efusión de su alma no lo hubiese obligado a suspender su discurso, continuándolo solamente con el idioma propio del corazón humano, que es el llanto en los grandes afectos de congoja y compasión, y también de regocijo.

Te lo he copiado, según he podido acordarme.

Sé que no te sacará ni una lágrima, porque las fieras no lloran, pero te corroerá el corazón, por ser tan encontrados estos afectos con los tuyos tan inhumanos.

Quedemos, pues, por hoy en que si no eres immanissima bellua, por ser inmortal ésa tu mala alma, eres y serás verdadero Allophilo en el mismo sentido con que la santa escritura en el griego usa de esta voz para significar a los extranjeros bárbaros y a los philisteos, enemigos de Dios y de los hombres.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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