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LEYENDA EL ROSARIO Y LA SOTANA SIN CABEZA

Aquella tarde polvorienta de abril, en el año de 1811, hizo su funesta entrada a la Villa de San Felipe El Real de Chihuahua el batallón dirigido por el brigadier don Nemesio Salcedo, que conducía los desafortunados pero heroicos insurgentes. La noticia corrió por los barrios de la población, como lo eran los de La Hacienda de Torre, el de Nuestra Señora de Guadalupe, barrio de Obrade y Loma, La Canoa y Loma, barrio de los señores Urangas y Carnicería, así como la calle del Diezmo y Del Correo. Todo éste era el entorno del que se componía aquella Villa de San Felipe, pero vinieron curiosos de San Gerónimo, del pueblo de Nombre de Dios y de otras rancherías cercanas.

Desde Acatita de Bajan, lugar que se encuentra cerca de Monclova, Coahuila, los traían a pan y agua bajo torturas continuas, después de que fueron traicionados por un individuo de apellido Elizondo. Junto con el presbítero Miguel Hidalgo y Costilla venían también prisioneros Ignacio Allende, Mariano Jiménez, don Mariano Hidalgo, hermano de don Miguel, y unos cuarentaicinco hombres más, sin tomar en cuenta que en el lugar de los hechos fueron sacrificados algunos sacerdotes y otros hombres que ofrendaron su vida por la independencia nacional.

La prisión se encontraba en donde estuvo ubicado el Colegio de Jesuitas; en ese lugar estaban la iglesia de Nuestra Señora de Loreto y el Hospital de la Villa. Tenía dos patios con pasadillo y en medio de ellos una capilla llamada de San Pedro Apóstol. Todo esto se hallaba en lo que hoy son el Palacio Federal, el de Gobierno, el de Justicia y la Plaza Hidalgo, antes llamada Plaza de los Ejercicios. En ese patio fueron ejecutados los más de cuarenta hombres, que compartieron ese ideal de libertad, entre mayo y julio de 1811. En ese lugar, por intrigas de la Santa Inquisición y malos manejos del Santo Oficio, murió mucha gente inocente. Entraron a la Villa de San Felipe como si fueran viles delincuentes, llevando grilletes y cadenas en sus pies. El ruido de los eslabones rompía el silencio sepulcral aquella tarde en que llegaron, además se percibían los discretos murmullos que eran como un grito ahogado en la desesperación. A la población en su totalidad se le prohibió mostrar la más mínima expresión de piedad y simpatía, quien lo hiciera sería considerado traidor a la Corona Española y sufriría las consecuencias.

El nefasto Salcedo, servil e incondicional de los gachupines, condujo a los prisioneros hasta el interior del patio del lugar ya mencionado. Los recibieron un español de nombre Juan José Ruiz de Bustamante, el abogado Rafael Bracho y otras personas de muy desagradable memoria. En la prisión también fueron recibidos por el capitán Pedro Armendáriz, quien dos meses después habría de dirigir el pelotón de fusilamiento que ejecutaría al Padre de la Patria. Armendáriz a su vez los entrego a un cura de apellido Irigoyen y a un señor que en ese tiempo tenía mucha fuerza política, de nombre Alejo García Conde. Este fue el breve diálogo entre García Conde y el capitán Armendáriz:—La gracia de Dios sea con vos, la Virgen os guie en el juicio de estos insensatos, infieles e impíos prisioneros que dejo en vuestras sabias manos.—Buena y excelentísima misión de valerosos hombres y caballeros la de hacer presos a ese punado de traidores. Estas fueron las palabras de los serviles de la Corona. Al escuchar esto, el padre Miguel Hidalgo agacho la cabeza y contuvo el impulso de vomitar ante tanta desvergüenza.

Entre aquellos hombres se encontraba un joven servidor de la iglesia parroquial (el templo que actualmente es la Catedral de Chihuahua), Justo María Chávez Aguilar, seguidor silencioso de los ideales del benemérito sacerdote. Al ver a don Miguel Hidalgo, Chávez Aguilar se acercó lleno de admiración y respeto, en su mano derecha depositó un rosario sevillano de carey con un crucifijo de oro. El cura de Dolores lo recibió agradecido y le dijo:—Gracias, hijo, por ser un hombre de buena voluntad. Justo María Chávez Aguilar, en el fondo de su noble alma, tenía la esperanza de que el gobierno de la Nueva España, en vía piadosa, mandara un mensaje perdonando la vida a Hidalgo por su investidura sacerdotal.

Justo María llevaba una entrañable amistad con don Melchor Guaspe, bondadoso caballero español. Don Melchor había sido navegante y por ello se le había comisionado para subir las campanas de la iglesia parroquial. Acostumbrado a elevar grandes cañones en los navíos, además de ser campanero encargado de dar la hora y colaborador cercano del alcaide mayor, también fue el alcaide responsable del cura Hidalgo en la cárcel. Con estas amplias referencias, don Melchor tenía todo el acceso a don Miguel Hidalgo, por lo que le daba oportunidad a Justo María de visitar al Padre de la Patria. Contaba Justo María que siempre que lo iba a ver, encontraba a Hidalgo orando en silencio, en actitud de contemplación, con su rosario entre las manos. El rostro del sacerdote reflejaba una paz absoluta, aunque para don Miguel fueron meses de un gran dolor al saber cómo los malditos sicarios iban eliminando a sus amigos y fieles seguidores. Cada día lo torturaban en su corazón diciéndole con todo cinismo a quién habían fusilado y hasta describiéndole la expresión de dolor de la víctima y la cantidad de balazos recibidos en su cuerpo. Un domingo, Justo María, al salir de la misa que ofreció el padre Granados, se encamino hacia la cárcel, ocultando entre sus ropas unos dulces envueltos en papel, Eran unas melcochas que le gustaban mucho al padre Hidalgo. Era quizá el domingo más triste en las páginas de nuestra historia nacional, por ser el último en la existencia de Hidalgo. Batallando y arriesgando su vida, Justo María Chávez Aguilar llego hasta la celda de don Miguel y estuvo con él hasta la madrugada, en una larga conversación. Al entrar Justo María, el cura Hidalgo lo recibió con un emocionado y fraternal abrazo, y luego le dijo:— ¿Cómo te arriesgas de esta forma a venir hasta donde estoy como un convicto? Estoy condenado a morir. Al estar aquí conmigo corres la misma suerte, si llega a saberlo el brigadier Salcedo.

Más adelante, hablo con las siguientes palabras: "Estoy seguro que tú, Justo María, hubieras sido uno de los más valientes oficiales de nuestra causa. Tal vez si te fueras al sur con el padre Morelos. Pero es difícil, porque el mismo Padre Morelos está rodeado de traidores que tarde o temprano lo conducirán a un destino igual que el de mis compañeros y mío. Mira, Justo María, tu causa no ha de ser las armas, tu causa ha de ser la cultura y el despertar de todos nuestros hermanos esclavizados por los gachupines desde hace tres siglos. "El 27 de julio de 1811, Miguel Hidalgo fue degradado, el acto se llevó a cabo en el Hospital Real, el padre franciscano José María Rojas fue su confesor. El lunes 30 de julio, a las cinco de la mañana, Hidalgo tomo su último desayuno, una taza de chocolate y pan duro, estuvo orando y a las seis fue llevado a la capillita de San Pedro Apóstol y luego al lugar donde habría de ser fusilado. Antes de su cruel ejecución, se dirigió a donde estaban los soldados del pelotón y les repartió los dulces que un día antes e llevara Justo María Chávez Aguilar. Enseguida le cubrieron los ojos y fue fusilado a las siete de la mañana. El pelotón fue dirigido por el capitán Pedro Armendáriz, quien después le ordeno a un tarahumara, quien vivía en aquel lugar, que le coitara la cabeza al cuerpo de Hidalgo. Este fue sepultado en la capillita de San Antonio de Padua, ya cercenado de la cabeza.

El rosario de Sevilla anduvo en manos de muchos clérigos, hasta que fue recuperado por el Archivo Histórico del Estado, de donde se extravió durante el incendio del Palacio de Gobierno en 1940, un sábado a las tres de la tarde.

El rosario fue toda una leyenda. Dicen que José de Jesús Ortiz, primer obispo de Chihuahua, lo encontró en su buro extrañamente y lo conservo con mucho cariño, sin conocer su origen. Después al obispo Nicolás Pérez Gavilán le apareció en su lecho, una vez que se encontraba muy enfermo. Luego un fraile franciscano lo encontró en el lugar donde estuvieron, hasta 1823, los restos sin cabeza del padre Hidalgo. Entre las calles 17 y Juárez, junto a donde hoy está la casa mortuoria de Funerales Hernández, se encontraba una Panadería en los años veintes y treinta. La panadería se llamaba La Espiga de Oro y era propiedad del señor Ruperto Rubio. Cuenta Roberto Licon Rubio, sobrino de Ruperto, que cuando él era niño se veía por las noches Salir del Templo de San Francisco una sotana negra muy lúgubre que se deslizaba hasta los patios de la panadería, Donde estaba la cochera. Allí los animales que jalaban los coches se ponían frenéticos, muy asustados, pues veían que atravesaba las paredes la sotana de un cura sin cabeza. De niño no cómprenla lo que pasaba, pero ahora que hemos conversado me cuenta que algunas señoras que iban a misa muy temprano decían que la noche anterior, en las márgenes del rio Chuviscar, no pararon de ladrar los perros y hacia un viento muy feo. La razón era que el alma en pena de un sacerdote vagaba por las noches, durante los meses de julio y agosto. Hoy es solo una leyenda. Hoy la modernidad se ha llevado a los fantasmas al lugar donde quizá en paz descansan.

Versión escrita: Luis Carlos Arriola Chávez. Leyendas de estado de Chihuahua., jueves, 21 de octubre de 2010.

 
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