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LAS FIESTAS PARA E LIBERTADOR Y MONARCA DE MÉXICO AGUSTÍN DE ITURBIDE EN CHIHUAHUA, 1821-1823

 

 

LA JURA DE OBEDIENCIA AL EMPERADOR

Un poco antes de que se desatara el desembarco de los españoles y la desafección de Santa Anna, el gobierno imperial decretó que era el momento para que los pueblos llevaran a cabo el ritual del juramento de obediencia a su emperador, tal como “lo reclamaba la costumbre de las monarquías”. Las “juras” eran los actos solemnes en que los estados y ciudades de un reino admitían a un príncipe por su soberano y juraban mantenerle por tal.[1] Por decreto del 9 de septiembre de 1822 se ordenaba a los ayuntamientos de todas

las cabeceras de partido que la celebraran con toda suntuosidad durante tres días, “en la forma acostumbrada respecto a los monarcas españoles”.[2] La jura de obediencia a Iturbide se llevó a cabo en medio de la incertidumbre pero cumpliendo el mandato.

Desde distintos lugares del imperio, comenzaron a llegar las gerundianas noticias de las ceremonias que habían emprendido o que se emprenderían con tal fin. Para muchos de ellos se trataba al mismo tiempo de la proclamación, porque a esas alturas, no la habían hecho. A todos se les contestó dándoles las gracias a nombre

de su majestad, y se obligó a los que no hicieron una reseña detallada a que la mandaran a la brevedad, mientras muchas poesías enviadas fueron publicadas en El Noticioso General para conocimiento de los mexicanos.

El archivo General de la nación resguarda las actas de muchísimos pueblos, villas y ciudades donde la jura tuvo lugar, en los que dependiendo de sus recursos, compartieron en términos generales, bailes para “personas decentes y para el populacho”, paseos, comparsas, tablados, arcos de triunfo, colgaduras, alegorías en carros, iluminaciones con hachas de cera y brea, salvas, repiques, músicas, procesiones, misas, tedéums, monedas especiales y comunes para el pueblo, comedias, serenatas, “regocijos públicos”, fuegos artificiales, “lucidas invenciones de pólvora”, peleas de gallos y, por supuesto, corridas de toros. Los pueblos más pobres sólo reportaron haber hecho repiques de campanas y timbales, pero todos estaban deseosos de darse a conocer por sus homenajes.

De la provincia de nueva Galicia se refirieron algunos casos interesantes.

La jura que hizo la villa de chihuahua fue una de las más simbólicas y fastuosas. Ahí construyeron un bergantín de guerra “con trece varas de quilla y quince de boca”, que bautizaron con el nombre de Correo Agustín en cuya popa había un dosel, un cojín, una corona, un cetro y asientos para seis damas y en el que iba además una orquesta que amenizó la función. El barco y su contramaestre fueron montados sobre ruedas de coche y aquél era empujado por 24 hombres que quedaron cubiertos por un lienzo que figuraba el agua del mar. Según el cronista que dio cuenta de la fiesta, “sólo faltó botarlo al agua y verlo fluctuar entre las ondas

para considerarlo verdaderamente nave”. En la plaza mayor pintaron un puerto y construyeron un castillo donde subieron a uno que hacía el papel de su gobernador [de la fortaleza], quien vestía de “riguroso uniforme”.[3]

Todo se preparó para llevar a cabo una representación con diálogos, gritos y cañonazos, con objeto de dar a conocer que la fragata, después de diecisiete días de navegación llegaba a darles la noticia de la proclamación de Agustín I. entonces empezó la “misión imperial” del barco y sus tripulantes, quienes iniciaron una marcha

por algunas calles de la villa, presididos por cincuenta indios ataviados con arcos, flechas y rodelas, por comparsas de los plateros y cobreros a caballo y vestidos “a la romana” y por los miembros del ayuntamiento con su presidente abanderado con el lábaro imperial. Cuando el carro triunfal llegó al primer tablado se llevó a cabo la proclamación y la jura con sus “vivas”, monedas comunes para el pueblo, salvas y repiques.

Al día siguiente, volvieron a sacar el barco en el que sentaron en el trono a “don Vicente palacios”, quien hizo de emperador y ocuparon los asientos con seis niñas vestidas de ninfas “con trajes costosos”, que entonaron canciones “alusivas”. Lo que más gustó esa tarde fue una comparsa que montaron “los caballeros de comercio

y minería”, costeadores del festejo, que se vistieron de africanos, indios, caciques, chichimecos y españoles. Después tuvo lugar otra representación frente al castillo, donde hablaron al pueblo el “emperador”, el capitán de las milicias cívicas, dos damas, una vestida de Fama y otra de la villa de chihuahua, quienes dijeron

una loa, y finalmente del gobernador del castillo, que usó metáforas de la nave mexicana “en el tremebundo océano político”, pero con un piloto —Iturbide— que prometía que “ningún temporal podrá arrancarnos de la dulce calma”. Todo terminó con una contradanza que ejecutaron los de la tripulación y “varias damas”, con la comparsa de “señoras distinguidas” que se vistieron de “moros, indios y españoles” y con seis días consecutivos de corridas de toros. El secretario del cabildo, que fue quien informó a la corona de todos los festejos, estaba seguro de que el emperador no podía dudar de que en “esa remota distancia” tenía en cada uno de sus habitantes “un americano iturbídico”.[4]

Las juras, que tuvieron lugar en el mes de enero de 1823, ya no pudieron aislarse de los presentimientos que se ceñían sobre el monarca y su imperio. En la ciudad de Valladolid, el acto tuvo lugar en la aduana imperial, que fue curiosamente decorada. Además de los retratos de los emperadores, colocaron en la puerta lateral

derecha un lienzo alegórico que pintaba en el fondo el lago de Pátzcuaro, el pueblo de Juchi y los siete coyotes que en la antigüedad anunciaron la llegada de los conquistadores, y en primer plano a la provincia de Michoacán representada “por una hermosa matrona lactando al héroe libertador”, sin aclarar el cronista si éste era representado como niño de brazos o con sus 39 años. En la puerta de la izquierda otro lienzo alegorizaba, al estado “fluctuando en una nave” a la que el emperador salvaba bandera tricolor en mano. El decorado general de la fachada, ejemplo de la importancia que tuvo la arquitectura efímera en esos años, implicó la construcción de seis arcos y el mismo número de columnas imitando cantería. Distintos letreros, quintillas y octavas explicaban las alegorías, y así se leía en el segundo lienzo: “ancla a la patria que perece”,[5] en clara alusión a los acontecimientos que ensombrecían el panorama político.

Notas: 1.- real academia española, Diccionario de autoridades, edición facsimilar de la de 1726, Madrid, Gredos, 1963.; 2.- AGN, Gobernación, sin sección, caja 24, exp. 2.; 3.- La presencia de un barco en esa ciudad, además de afirmarnos el gusto del diseñador por lo diferente e impactante, nos recuerda que una metáfora tradicional del poder desde el siglo XVI, y sobre todo a lo largo de los siglos XIX y XX, es la de la firmeza del estado representada en un navío. Por ejemplo, en 1558, en el cortejo fúnebre de Carlos V se paseó por las calles de Bruselas una nave de tamaño natural, y en el caso de chihuahua que nos ocupa y de otros ejemplos que señalo más adelante, iban en la nave los atributos del emperador criollo.; 4.- José María Ponce de León, “acto de la solemne jura y proclamación de su majestad ilustre en la villa de chihuahua”, relato del 31 de diciembre de 1822, en Archivo Franciscano de la Biblioteca Nacional de México, transcripción y selección de textos de maría del Carmen Valverde, Históricas, México, universidad nacional autónoma de México, n. 13, septiembre-diciembre de 1983.; 5.- “Breve descripción de la celebración en la aduana imperial de Valladolid”, enero de 1823. Crónica de el Noticioso General, en centro de estudios de historia de México Carso, Fondo XlI-I, carpeta 19, n. 1440.

Fuente: Articulo autoría de María del Carmen Vázquez Mantecón. Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México/issn 0185-2620, n. 36, julio-diciembre 2008.

 
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