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CARTA DECIMA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA DECIMA

Quisiera que mi Real y Pontificia Universidad, si eres bachiller en ella; te hubiese quitado ya este mínimo de sus grados, porque no mereces estar ni debajo de las gradas por donde corren los albañales y se expelen las inmundicias; siendo, según tu presente estado (que en el futuro no me meto) vaso de ira y de ignominia con toda esa congregación de Coré que te acompaña, de hombres agrestes y bárbaros, graduados antes en el oficio de herradores, y ahora por ti mariscales de locisinmundis.

A lo sumo, pues, te llamaré en adelante: bachillerejo...

Tratemos de cumplir con el mismo ruego que David dirigía al Altísimo:

“Reprehende a las fieras del cañaveral, congregación de toros entre vacas, es la de los pueblos, para echar fuera a los que están probados, como la plata.

Disipa a las gentes que quieren guerras.”

En esto nos manifiesta el espíritu divino, que roguemos, y no sólo roguemos, sino que tratemos de reprimir y exterminar a los cruelísimos enemigos suyos y nuestros, armados de las lanzas del cañaveral, y semejantes en su ímpetu ciego a una cuadrilla de toros cuando corren precipitados tras las vacas en el campo de su celo.

Tú y tu torada de malsines mal intencionados y de salvajes indómitos y estúpidos que veníais a pedir cotufas al golfo, debeís ser domados y destruidos con toda arma, como conspiradores contra todo el linaje humano; pues que los principios y doctrinas en que se apoya tu diabólica rebeldía, declaran igualmente la guerra hasta a los bienaventurados, como hayan nacido en la tierra que te proponías para teatro de tu mando.

Este punto queda pendiente para después, porque ahora mismo me dirige un amigo de los que asistieron ayer a las reflexiones del anciano, las siguientes que él extendió en las noches del 30 y 31 de octubre, acompañándolas con este billete: Amigo, lo adjunto lo escribía cuando ese enemigo nos amenazaba de cerca; si usted tiene a bien dirigirlas, para que más rabie leyéndolas, o para que otras las vean con fruto, lo apreciaré.

Fueron entonces el desahogo de mi corazón, y podrán ser ahora un testimonio de mis honrados afectos, y presentimientos atinados.

Concluyo con aquella palabra de Dios, cuando alienta a aquellos hombres rectos que lo temen, sin temer cosas adversas; porque en la tribulación y angustia en él confían, para no ser conmovidos, hasta que les precien y destruyan a sus sacrílegos adversarios.”

Lo verá el pecador (esto es Costilla) y se indignará, rechinará sus dientes, y se repudiará: el deseo de los pecadores (esto es, de sus huestes costillas) perecerá.

Reflexiones escritas en las noches del 3 0 y 31 de octubre de 1810

Amada patria mía: los más bárbaros y feroces enemigos, aunque escarmentados con la gloria tuya en el monte de las Cruces, que será para siempre el primer templo y altar consagrado a la inmortalidad de tu nombre en esta época, esos monstruos han osado acercarse a la capital, creídos en que mañana han de ocuparla.

¿Lo conseguirán?...

Es imposible.

El celo de la religión y el valor más heroico, han formado una valla impenetrable.

Hernán Cortés ha revivido; anda en medio de nosotros: lo he visto por todas partes; su piedad, celo, actividad, valor, prudencia, serenidad y grandeza de alma han hecho desaparecer el peligro inminente.

Lo ha previsto y combinado todo.

México es inconquistable.

En medio del mayor riesgo, reposamos estas noches en el centro de la mayor seguridad.

Vemos, sí, en los montes vecinos las hogueras de los apostatas.

Allí se calienta su odio y su impiedad echando miradas codiciosas hacia esta corte opulenta.

Creen que la multitud de los insectos hallará en estos dos días el camino abierto para entrar a emponzoñarnos.

Ojalá bajen a estas llanuras todas esas legiones infernales, que cercan aquel punto más alto donde tremola Lucifer su bandera, y desde donde esta tarde el caudillo de los impíos y perversos miraba con un anteojo los palacios que sucesivamente quería ocupar, y los templos que iría profanando con su entrada sacrílega, mofándose de Dios, a quien adoramos, y de la reina de Guadalupe, de los Remedios y de los Ángeles, en quien confiamos asidos de la prenda augusta de estas y otras imágenes divinas de su advocación! ¡Ojalá, que el terror pánico que esta tarde se empezó a apoderar de sus pechos viles y cobardes, al ver que mil hombres leales y religiosos han contenido y escarmentado a más de cuarenta mil de ellos, ojalá que les deje libertad para venir a provocarnos de más cerca; que, todos hallarán aquí su sepulcro, y todos vivos descenderán por su culpa y osadía a los infiernos! Mas, no ¡oh eterno Dios de las misericordias! ¡no querréis que muchos, por el delito que es enteramente ajeno, y tal vez poco conocida su malicia suma, viniesen a perecer al filo de nuestras espadas, pudiendo ser después útiles a la sociedad, y ciudadanos de los santos!

Ellos retrocederán por un golpe improviso de clemencia soberana.

Nos bastará la gloria y ventaja de estar siempre ciertos de que bajo la dirección y mando de un jefe semejante, México está segura; sus habitantes son todos héroes y la plebe mexicana es digna, por su fidelidad, resolución, entusiasmo, jovialidad y bravura, de hacer papel entre los pueblos más famosos del universo y de los más celebrados en las historias de Grecia y Roma, donde el pueblo fiel y valiente era el ante mural más grande de la verdadera libertad y de la patria en los mayores peligros, como lo es hoy todo el pueblo español, excediendo los hechos más memorables de los siglos heroicos.

La plebe, la preciosa multitud del pueblo mexicano, a quien esos caribes querían devorar como si fuera un pedazo de pan, será el modelo más noble para todos los otros pueblos de la Nueva España; y así este reino descansará siempre sobre las basas sólidas de un amor acendrado a la religión, de una fidelidad incontrastable a nuestro rey legítimo FERNANDO VII, y de una inviolable adhesión a España nuestra madre, aunque el infierno vomite otra chusma mayor de Hidalgos y Allendes menos cobardes que estos infames, que soñaban arrastrarnos a su partido con sólo dejarse ver.

Tengan esos menguados la confusión y rabia eterna de que los despreciamos y detestamos, y de que no ha de quedar uno con vida, si se obstina en ser rebelde y malvado.

Las pequeñas disensiones y rivalidades en que ellos apoyaban el éxito de esta tentativa, estaban disipadas por la previsión y talento del jefe, quien excitó oportunamente los talentos y virtudes, para declarar la guerra a tan viles preocupaciones y pasiones.

Plegue al cielo, que embozadas bajo nombres de criollos y gachupines, jamás vuelvan a verse atizando disensiones y bandos de que volvería a resultar otro huracán de bandidos.

Imitemos la prudencia del rey Francisco Efebo de Navarra, que así que fue coronado, ordenó que ninguno se llamase Biamontes ni Agramontes, nombres y linajes encontrados en aquel reino.

El suprimir el uso de unas voces, aunque inocentes, puede producir un efecto saludable, mientras la malicia las mira como signos de división y de intereses encontrados, que tan contrarios son a los más dulces, que deben unirnos a todos, como a una sola familia española y cristiana.

“Consultemos la ley natural, (usaré de la reflexión de un gran político extranjero).

Críense y edúquense juntos cien niños de diferentes naciones de las cuatro partes del mundo, sin decirles que los unos son extranjeros respecto de los otros.

Se verá que entre ellos nacen y se forman los mismos vínculos de intimidad y unión designados como los primeros principios de la sociedad.

Ellos se reunirán para divertirse, se separarán para estudiar, se ayudarán mutuamente en el trabajo.

Los hombres en fin todos son hermanos por naturaleza, y jamás la naturaleza fue mala política.”

¡Cuánto mayor debe ser la concordia, cuando a este motivo se juntan los poderosos de tener un mismo rey y gobierno, y profesar la única religión verdadera, que nada intima con más fuerza y repetición, que la ley suave de amar a Dios, y por Dios a los hombres!

Ese bárbaro quiere romper los lazos más naturales, los de la sociedad más íntima, y los de esta divina religión que profesamos.

Desde ese monte amenaza con las cuchillas de los carniceros que lo rodean y defienden, venir a cumplir su voto exterminador.

¡Insensato y frenético! ¿Pues qué ha soñado, que puede haber uno tan depravado como él y su gavilla sacrílega? Su impía locura no le deja ver las fuerzas invisibles, que además de las visibles nos amparan.

El no oye los lloros tiernos y humildes de los ángeles de paz, que en los claustros y en las casas claman al Dios que da la victoria.

No escucha el gemido de la tórtola y paloma sencilla, que en el asilo del pudor, medrosa redobla sus tristes arrullos.

No vea los justos de todas clases y estados, que todo el día y toda la noche han extendido sus manos al cielo, diciendo con David: Deus iniqui insurrexerunt:

Dios mío, se levantaron los inicuos contra nosotros, contra tu templo y pueblo tuyo; y una multitud de hombres desenfrenados y crueles amenazan arruinarlo todo, sin considerar que cuanto maquinan está descubierto a tus ojos, para darles ahora mismo el condigno castigo.

“Fac mecum signum in bonum.

Has, Señor, con nosotros una señal para bien, a fin de que la vean los que nos aborrecen, y queden avergonzados: pues tú nos has ayudado y consolado hoy.”

Sí; el cielo oyó los clamores de los justos; levantó en el aire esa sedal o divisa de terror para los enemigos, y de fortaleza y consolación para nosotros.

Mientras Moisés y la tribu de Lebí oraba con él, Josué derrotaba a los soberbios.

Las tropas del Señor de los ejércitos multiplicaban los prodigios, y nos anunciaban otros muchos incesantes, hasta que la irreligión y rebeldía desaparezcan de este suelo hermoso, sin volver a asomar la cabeza.

¿Y tú hidra infernal, que mientras reina el silencio y el reposo en la capital del nuevo mundo, devorado en tu interior por las Eumenides furias del abismo, estás inquieto y conturbado; revolviendo en tu maligno pecho ardides y ponzoña, amasando el mayor de los crímenes; tú; cruel Coriolano, sin ninguna de las prendas y talentos del antiguo, te atreves a maquinar la ruina de la patria? ¡Ah! Si vieses el comercio de fuerzas y auxilios establecido entre el cielo y la tierra; que hay centinelas sobre los muros de esta Jerusalén, ciudad de paz; que esos santuarios son fortalezas inexpugnables; que los ángeles presentan el oloroso incienso de las oraciones de los santos, que descienden sin cesar con el buen despacho del Altísimo; que María Virgen ha extendido su cetro para proteger esta ciudad, que la cubre con su real manto; que guía, inspira, anima al Gedeón magnánimo; que la ha invocado con fervor y confianza...

Si esto vieras, y mucho más de lo que la religión hace ver a quien tiene fe, y que tú no eres capaz de entender ni sospechar, porque has apostatado públicamente de sus banderas: tú, tú huirías precipitado ahora mismo a esconder en los infiernos tu criminosa tentativa, tu impiedad manifiesta, tu atentado inaudito, con la vergüenza y confusión eterna, que deberá redoblar tus furores y remordimientos.

Mas ¿aún tienes avilantez de enviar unos fatuos, a modo de parlamentarios?...

¿Qué pretenderás, loco? ¿Crees, que como cacareabas en Acámbaro el 23 de octubre, y después en Ixtlahuaca y Toluca, ochenta mil mexicanos saldríamos a recibirte? Sí; saldríamos a saludarte con el estruendo del cañón, con el incienso de la pólvora, y con plomo y hierro en lugar de plata y oro que esperas de nosotros, y has ofrecido repartir a la hambrienta manada de osos que te sigue...

Cuando Aníbal se acercaba a Roma, lleno de terror el pueblo romano repetía: Aníbal está a las puertas...

Pero nosotros saltando de gozo, al ver que llegaba la ocasión deseada de aniquilarte, repetíamos: El animal está a las puertas...

¡Qué Aníbal tan animal es éste, que sin más apoyo, ni fuerzas que la de su odio, ambición, y codicia, intenta rendirnos y espera hacernos infames! Vamos, volemos a coger al animal que está a las puertas.

Así gritaba entusiasmado este pueblo pundonoroso, riéndose del ridículo Aníbal, que nos amenazaba...

Al fin él mismo nos libró de su pestilente presencia, huyendo despavorido a recibir en otros puntos el exterminio de su gavilla malhadada...

La victoria despliega entonces sus doradas alas, y remonta su vuelo desde el seno de la paz y seguridad.

La he visto en esta hermosa noche salir de esta capital, cargada de laureles, en busca de nuestros ejércitos; y que el pavor se difundía entre las bestias de tierra adentro y les apretaba los hijares.

Quede por fin consignado en los fastos gloriosos de nuestros días, que esta escandalosa tempestad movida por el más ruin de los traidores a la patria, quedó desvanecida a la vista de la corte mexicana, con la entereza de nuestro excelentísimo jefe, que no quiso dar oídos a ninguna propuesta del menguado apóstata.

Así también se libertó Roma cuando el rebelde Coriolano se atrevió a amenazarla; pues que su augusto senado respondió que jamás entraría en contestación con un ciudadano armado contra su patria, y que ésta primero quedaría sepultada bajo sus ruinas, que ceder en lo más mínimo a tal enemigo armado.

Esta resolución desconcertó a aquel ingrato hijo; y salvó a Roma.

El hecho se ha reproducido con igual lauro contra ese facineroso, digno solamente de nuestra execración y vilipendio.

De este modo la gloria, el honor y la virtud borran la mancha que intentaba echar a nuestro nombre y mal de su grado contribuye a inmortalizarlo.”

Aquí finalizaban las reflexiones escritas en aquellas dos noches.

Sirvan ellas para dártelas muy malas, sin que puedas tener momento de reposo; y cuanto has hecho y maquinado contra nuestra religión y patria, y cuanto nosotros hacemos por sostener sin mancilla ambos objetos sagrados y preciosos, sea un continuo torcedor para la ruin alma del bachillerejo, de quien Dios nos libre por siempre jamás. Amén.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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