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GENERAL DIONISIO TRIANA GUZMÁN

 

 

Nació en San Miguel del Mezquital, Zacatecas, sus padres fueron, don Cipriano Triana y doña Susana Guzmán.

Dionisio fue seminarista y Manuel su hermano militaba en la División del Norte al cual en un combate le dieron muerte. Siendo esta la causa por la que Dionisio siendo Diacono deserto del Seminario abandonando su deseo de ser Sacerdote para enrolarse en el ejército de la División del Norte que comandaba el General Francisco Villa, pues en este ejército militaban también sus tíos el General Martín Triana y el Coronel Emiliano Triana Gómez, (Después el General Martín Triana se hizo constitucionalista).

El General Francisco Villa, relata la muerte del General Dionisio:

Dice el Gral. Villa.- Supe que un correo del campo carrancista había llegado hasta el campo nuestro con palabras de Martín Triana, general de los de Obregón, para su sobrino Dionisio Triana, general de los míos. Así hubo aclaraciones y declaraciones, y se descubrió que Martín Triana mandaba a su sobrino el consejo de que me desconociera a favor de Venustiano Carranza, y de que se pasara con sus fuerzas al ejército de Obregón, para el cual le añadía:

“Pancho Villa es hombre asesino y bandolero, sometido a lo que se nombra las fuerzas reaccionarias. Yo te aseguro que aquí encontrarás muy grandes ventajas, tú y tus jefes, y tus oficiales. Tan pronto como te resuelvas a venir, te mandaremos la contraseña de estas tropas y tomaremos buenas providencias para que tu marcha hasta nuestras líneas se haga sin ningún tropiezo.”

Así era el contenido de aquel mensaje. Mas en verdad que oyéndolo yo, y considerando que Dionisio Triana era buen hombre revolucionario y buen militar, reflexione entre mí:

“Cuando eso sea ¡señor! Martín Triana puede mandar los mensajes que quiera. ¿Pero es Dionisio responsable de las invitaciones de su tío? ¿Sería yo responsable si hoy me llegaran mensajes secretos de Pablo González o Álvaro Obregón para reconocer a Venustiano Carranza y no seguir en defensa de la causa del pueblo? Lo cual digo porque ya se vio cómo Eulalio Gutiérrez urgía a su hermano Luis el desconocimiento de Carranza y el reconocimiento del gobierno convencionalista, y cómo Luis Gutiérrez no sólo no consintió en las exigencias de los dichos mensajes, sino que arreció en la lucha por el triunfo del carrancismo. Pues eso mismo puede pasar aquí. Cuantimás que Martín Triana, sabedor de que Dionisio no ah de desconocerme, acaso sólo intente enemistarlo conmigo, para paralizarlo a él y debilitarme a mí, que Martín Triana es hombres de astucias y rencores, según se me mostró durante las peripecias de la campaña de La Laguna en 1914.”

De manera que decidí no tomar ninguna providencia sobre lo que me descubría el dicho correo, sino sólo estar atento a lo que Dionisio hiciera, o a lo que hablara.

Sucedió, sin embargo, que la mañana de otro día siguiente los más de mis generales vinieron a mí, diciéndome:

Mi general, corren muy malas voces sobre la conducta de Dionisio Triana. Nosotros sabemos que él es buen hombre revolucionario y de grandes hechos en la guerra, pero ¿nos guardará él su fe en medio de los reveses que hoy nos depara la fortuna? Considere usted que pasaría, mi general, si Dionisio llegara a traicionarnos en lo más recio de alguna batalla.

Y como les contestara yo entonces palabras favorables a Dionisio Triana, me respondieron que estaba bien, que ellos sólo cumplían el deber de comunicarme sus temores, a lo cual los impulsaba el amor por nuestra causa, y que si luego resultaba que Dionisio, por seguir los consejos de su tío, caía en brazos de la deslealtad, ellos sufrirían resignados las consecuencias de lo que pasara, pero con el consuelo de no haber hecho suya la culpa.

Oyéndolos Comprendí cómo todos aquellos jefes no otorgaban ya su confianza a Dionisio Triana, sino que lo veían con ojos temerosos. Porque era cierto que por traer él muy buena gente de infantería, organizada por Felipe Ángeles, venía cubriendo posiciones de mucha importancia en nuestras líneas, lo que en caso de traición encerraba serio peligro. De modo que reflexioné otra vez, sin que mi ánimo se alterara, y les hablé así:

--Señores no todas las responsabilidades han de cargar sobre mi persona. Lo que ustedes quieran que se haga contra Dionisio Triana, eso se hará.

Me contestaron entonces:

--Queremos nosotros, señor general, que se le quite a Dionisio el mando que tiene, y que sus hombres queden bajo otros jefes y oficiales suyos se repartan entre varias corporaciones para que respiren de nuevo los aires de la lealtad.

Conforme me lo propusieron ellos, así lo hice. La tarde de aquel mismo día mandé formar la Brigada de Dionisio Triana, más otras fuerzas que la encuadraran, y una parte de ella, sin jefes ni oficiales, pasó a incorporarse en la brigada de Gonzalitos, y la otra parte quedó a las órdenes de Macario Bracamontes, que mandaba en ausencia de su hermano Pedro, herido en los combates de Celaya.

Pero sucedió a poco, según volvía yo de aquella ceremonia, que también Dionisio Triana se encaminó hacia su tren, y envenenado él en su ánimo por la afrenta que acababa de hacérsele, no me hablaba, ni me miraba, aunque venía muy cerca de mí. Yo, que iba observándolo conforme andábamos, me condolí de su desgracia, conociéndolo como hombre de vergüenza y de merecimientos, por lo que quise consolarlo con estas palabras:

---Siento, amigo, lo que le ha pasado, y crea que en nada de esto habría consentido yo de no habérmelo pedido varios de mis generales.

Como no me contestaba, le añadí:

--- Ahora se va usted a Chihuahua. Se lleva sus caballos más sus oficiales de confianza, más los asistentes que quiera. Se está allá algún tiempo, siempre con el goce de sus haberes y demás consideraciones, y pronto se aclarará todo y se arreglará. Y si ha habido yerro en quitarle el mando, lo enmendaremos, y si le hemos hecho agravio o perjuicios, los repararemos.

Así le predicaba yo mis palabras, con verdadera ternura, y hasta con cariño, pues en verdad que no me imaginaba que aquel jefe me pudiera traicionar, masque otra cosa me afirmaran varios de mis mejores hombres. Pero entonces se revolvió él a mirarme, y a hablarme, y me dijo:

---Yo no quiero ir a Chihuahua, mejor mándeme usted a los Estados Unidos.

---¿A los Estados Unidos? ¿Y por qué no quiere  usted ir a Chihuahua, que es la base de mis operaciones y el asiento de mi gobierno? ¿No estoy ofreciéndole lo mejor que puedo darle?

Y según le hablaba, lo miraba yo, y me miraba él. Y entonces descubrí por la mirada de sus ojos, conforme se fijaba en los míos, que él no me era leal, sino que alimentaba ya impulsos de traición. Es decir, que sin más, allí mismo dispuse que lo desarmaran, y lo mandé preso al carro de mi escolta y di orden de que le pusieran centinela de vista.

Así obré yo en obediencia de mi deber, aunque con ánimo sereno, y todavía sin concebir la idea de que Dionisio Triana mereciera algún castigo. Pero minutos después, ya estando yo en el carro de mi cuartel general, y ya sabida por todos la prisión del dicho jefe, vinieron a expresarse con migo los mismos generales que aquella mañana me habían pedido que lo destituyera.

Me dijeron ellos:

---Según creemos nosotros, es buena enseñanza para nuestras tropas la prisión de Dionisio Triana, supuesto que ya todos conocían las comunicaciones que guardaba con el enemigo. Esperamos ahora que al aplicársele su pena, la dicha enseñanza sea de las que se nombran ejemplares. Reflexione, señor, que son muchos los caminos que Álvaro Obregón encuentra para sus persuasiones o sus dádivas, según se vio en Chihuahua en Septiembre de 1914, y aquí en la Ciudad de México durante los arreglos de la convención. ¿Cómo evitar, pues, que se avengan a escucharlo nuestros hombres vacilantes o débiles si no los contiene el anunció de un castigo irreparable?

---Yo los oía, y aunque estimaba que tenían razón, no me hallaba dispuesto a decidir en aquella hora la suerte de Dionisio Triana; por lo que les pregunté:

---¿ Y qué sentencia esperan ustedes que caiga sobre este acusado?

Me contestaron ellos:

---La sentencia de pena de muerte, mi general, que es la que siempre cae sobre los traidores.

 Y es lo cierto que en acabando ellos de expresarme aquellas palabras, salí de mi carro al andador de la estación y dije a Juan Bautista Vargas A., que allí estaba:

--- Muchachito, es mi orden que un oficial y cinco hombres lleven ahora mismo a Dionisio Triana al cementerio y lo fusilen allí. Tú vas con ellos, presencias allí el fusilamiento y vienes a rendirme parte de lo que veas.

 Así se hizo. Salió Vargas al cumplimiento del deber, en horas que serían las cinco de la tarde, y media hora después volvió y me dijo:

--- Ya está fusilado Dionisio Triana, mi general. Me dio este anillo, que es de oro y topacio, y estas llaves para que de su gaveta sacara yo otro, de platino y brillantes, que Felipe Ángeles le había regalado. Además, escribió este papel.

Le pregunte yo:

---¿ Murió Triana con valor ?

---Sí, mi general.

---¿ Dio el mismo órdenes para que le dispararan?

---Sí, mi general.

---¿ Dictó algunas disposiciones?

---Ninguna, mi general.

---¿ Te dijo para quien era el papel?

---No, mi general.

Cogí yo entonces aquel papel y lo leí. Su contenido era éste:

“Igual es morir que vivir; pero me alegro de irme al otro mundo donde tal vez no encuentre verdugos ni tiranos.” (143

22 de Abril de 1915.

Fuente: Crónica Municipal. cronicamaz.es.tl.

 
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