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LA ÚLTIMA REBELIÓN ANTICAUDILLISTA

 

“Los principales generales protagonistas del movimiento armado estaban convencidos de que el triunvirato formado por el presidente de la República y sus coterráneos, Plutarco Elías Calles y Francisco R. Serrano, compartirían el poder mientras vivieran. Se irían turnando en la primera magistratura, hasta que Obregón se hastiara de la simulación y decidiera deshacerse de sus dos compadres.”

La rebelión encabezada por Adolfo de la Huerta, quien había formado parte del gabinete del presidente Álvaro Obregón como secretario de Hacienda, fue el último intento de abrir espacios no caudillistas a la Revolución Mexicana. Los principales generales protagonistas del movimiento armado estaban convencidos de que el triunvirato formado por el presidente de la República y sus coterráneos, Plutarco Elías Calles y Francisco R. Serrano, compartirían el poder mientras vivieran. Se irían turnando en la primera magistratura, hasta que Obregón se hastiara de la simulación y decidiera deshacerse de sus dos compadres. La masacre de

Huitzilac así lo demostró con el asesinato de Serrano, lo que dejó sólo a Calles en la palestra sucesoria. Éste seguramente supuso, en 1928, que el siguiente en morir sería él, una vez con Obregón de nuevo en la silla presidencial, de ahí el complot en La Bombilla.

De la Huerta también era sonorense, pero un civil que había sabido ganarse la amistad de los principales militares durante su gestión como ministro de Hacienda, siempre dispuesto a escucharlos y resolverles sus problemas pecuniarios.

Había nacido en Hermosillo el año 1881, donde estudió hasta la preparatoria e hizo cursos de contabilidad,

música y canto. En 1908 abandonó Guaymas, donde residía y fundara el Club Antirreleccionista de la localidad, para iniciar una activa labor en contra de la dictadura de Porfirio Díaz. A la caída de éste, siendo diputado local, participó en las negociaciones para poner fin a la guerra con los yaquis.

Se encontraba en la Ciudad de México cuando ocurrió el cuartelazo de La Ciudadela (9 de febrero de 1913) y acompañó al presidente Francisco I. Madero, junto con los cadetes del Colegio Militar, desde el Castillo de Chapultepec hasta la calle de Plateros, que hoy lleva el nombre del presidente mártir. Después de la Decena Trágica, se presentó en Monclova, Coahuila, ante Venustiano Carranza, para ponerse a sus órdenes. Luego de la derrota del usurpador fue nombrado oficial mayor de la Secretaría de Gobernación y luego encargado del despacho de 1915 a 1916, año en que fue nombrado gobernador provisional de Sonora, de mayo de 1916 al 31 de agosto de 1917. En ese lapso demostró tener convicciones sociales, pues promulgó leyes en favor de los obreros y campesinos, en consonancia con la Constitución Federal de Querétaro.

Fue nombrado gobernador constitucional de Sonora, responsabilidad que asumió del 1° de septiembre de 1919 al 23 de abril de 1920, cuando se adhiere al Plan de Agua Prieta que desconoce al presidente Carranza, quien abandona la Ciudad de México y es asesinado en Tlaxcalaltongo, Puebla, en su trayecto hacia el puerto de Veracruz. El 1° de junio, el Congreso de la Unión nombra a De la Huerta presidente de la República sustituto, cargo que desempeñó hasta el 1° de diciembre de 1920 para ocuparse de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde permaneció hasta el 25 de septiembre de 1923. Durante su desempeño demostró habilidades que le valieron el reconocimiento de la clase política. Concertó el Tratado De la Huerta-Lamont, que permitió reducir la deuda externa y abrir de nuevo negociaciones con los principales acreedores del país. Los desacuerdos con el presidente Obregón, posteriores al tratado, concernientes sobre todo a la renuencia de la Huerta a contratar nuevos empréstitos, postura que alentaba el ministro de Relaciones Exteriores, Alberto J. Pani, lo llevó a renunciar al ministerio de Hacienda. Aceptó la candidatura a suceder a Obregón en la presidencia de la República, que le ofreció el Partido Cooperatista Nacional (PCN), sólo que el mandatario no estuvo de acuerdo: ya había decidido apoyar a Calles. En los meses de octubre al 7 de diciembre se planeó la rebelión que encabezaría De la Huerta, quien se trasladó al puerto de Veracruz el día 5 para desde allí ponerse al frente de la rebelión a la que se sumaron 36 generales con mando de tropas.

Nunca como entonces la hegemonía de Obregón se vio en tan serio peligro, pues los rebeldes sumaron más de 56 mil soldados, mientras que las tropas que permanecieron leales al gobierno llegaron a 44 mil 518 miembros del Ejército. Para entonces ya había sido asesinado el general que pudo haber liderado la rebelión, Francisco Villa, quien seguramente habría derrotado a las fuerzas obregonistas, las cuales se hallaban desmoralizadas una vez que vieron que los generales con más prestigio abandonaban al caudillo. Todo parecía favorecer un rápido triunfo de los alzados contra Obregón, sólo que faltó un comandante en jefe con capacidad estratégica, la que le sobraba a Villa, y sobre todo con cualidades personales propias para el objetivo tan complejo que se perseguía: derrotar al hombre más astuto en las filas revolucionarias, carente de escrúpulos y sanguinario como pocos.

Sin embargo, el factor determinante del fracaso de la rebelión delahuertista fue que su líder no tenía convicciones de político en un país convulsionado, que exigía los mayores sacrificios a quienes tenían responsabilidades públicas. Villa y algunos de los principales generales no afines a Obregón, estaban conscientes de que un civil con conocimientos hacendarios podía enderezar el rumbo de un Estado en bancarrota que lideraba con mano de hierro un nuevo caudillo, de similares características al depuesto dictador Porfirio Díaz, sin el inconveniente para el curso de la Revolución que representaba el entreguismo de

Obregón al gobierno estadounidense, política de la cual era firme defensor junto con su principal consejero, el ingeniero Pani.

Obregón conocía perfectamente a De la Huerta, así que no lo culpó a él de la defección, sino a los generales que se habían valido de éste para dar curso a sus ambiciones (Obregón nunca demostró un ápice de sentido autocrítico, por lo que su inagotable sed de poder no la veía mal), sin tomar en cuenta que De la Huerta era “débil de cerebro y espíritu”. Así lo precisó: “Nosotros hemos venido haciendo un estudio minucioso del proceso que se produjo en el espíritu y en el cerebro de don Adolfo, y hemos llegado a la conclusión de que su propia conciencia ha perdido toda su autoridad en la intervención de sus actos”. (Comunicado dirigido a Samuel Gompers, máximo líder obrero de su tiempo en Estados Unidos. Tal documento lo cita parcialmente Enrique Plascencia de la Parra, en su libro Personajes y escenarios de la rebelión delahuertista. 1923-1924.)

En su biografía de Obregón, el historiador Pedro Castro afirma, con base en testimonios documentales, que De la Huerta no estaba convencido de que acceder al poder debía ser mediante un movimiento armado. Al llegar a Veracruz, el 5 de diciembre de 1923, sus anfitriones trataron de convencer a De la Huerta de la urgencia de pasar a la ofensiva armada, pero él respondió que “no deberíamos hacerle el juego al gobierno, ya que éste sólo quería que nos precipitásemos en actos subversivos y así incapacitarnos legalmente para la pugna democrática”. Cita que tomó el historiador del libro Cincuenta años de política mexicana: memorias políticas, Jorge Prieto Laurens, otro astuto político de muy escasos principios.

Los hechos posteriores demostraron que Obregón tenía razón en cuanto a la descripción que hizo a Gompers de la personalidad de su paisano. Siempre fue a contracorriente de los generales que estaban decididos a derrotar a Obregón y evitar que Calles llegara a la Presidencia. Afirma Castro: “Ante la dificultad de convencer a don Adolfo de la necesidad de actuar a la brevedad, el general Guadalupe Sánchez, de acuerdo con Prieto Laurens, se levantó en armas el 6 de diciembre con el apoyo de la Marina del Golfo”. Fue por ello que De la Huerta se vio forzado al día siguiente a dar a conocer a la opinión pública el manifiesto que tituló “Declaración revolucionaria de Adolfo de la Huerta”, en el que desconocía a Obregón como jefe del Ejecutivo, así como a los miembros de los poderes Legislativo y Judicial.

La mayor parte del corto lapso de poco más de cuatro meses que duró la rebelión de los generales antiobregonistas, De la Huerta se la pasó en Frontera, Tabasco, población que abandonó finalmente el 10 de marzo para dirigirse a Cuba. En La Habana estuvo poco tiempo, mientras lo alcanzaban su esposa y sus hijos. De allí partieron a Key West, Florida, donde obtuvo pasaportes para continuar hasta Nueva York. Dice Plascencia, citando como fuente a Alfonso Taracena: “La salida al extranjero causó gran enojo entre sus seguidores; Prieto Laurens telegrafiaba a uno de ellos que ‘Don Adolfo de la Huerta se fugó ignominiosamente so pretexto de ir a Washington a hacer gestiones en favor de la Revolución’.”

En realidad, fue un alivio para los generales que su “jefe” se hubiera fugado, pues así se evitaban la molestia de buscarlo para hacerle saber sus planes y conocer sus puntos de vista, que generalmente ninguno de ellos tomaba en cuenta. Además, en su afán de poder salir del país, nombró al general Cándido Aguilar jefe supremo con carácter de interino del movimiento, cuando dicho nombramiento lo tenía ya Guadalupe Sánchez, nada menos que el militar que guió a las tropas que en la madrugada del 14 de mayo de 1920 dieron muerte al presidente Venustiano Carranza. Lo paradójico de la tragedia es que Sánchez formaba parte de las tropas del hombre fuerte de Veracruz, Cándido Aguilar, quien era yerno de don Venustiano, por eso viajaba confiado hacia el puerto, donde creía que su pariente lo protegería.

El movimiento estaba destinado al fracaso, porque no tenía un móvil político claro que sirviera de factor unitario a los objetivos de todos y cada uno de los militares involucrados. Cada uno de ellos perseguía fines particulares, aprovechar la coyuntura para mejorar sus respectivas posiciones en un sistema que buscaba asideros para consolidarse. Como afirma Plascencia en su obra citada: “No hubo una dirección adecuada, de hecho, es factible afirmar que De la Huerta no quería encabezar el movimiento. Predominaron los personalismos y la falta de cooperación entre los rebeldes. Ahí están los casos de Guadalupe Sánchez, que obstaculizó a Antonio I. Villarreal, el odio de García Vigil a De la Huerta, o la desconfianza de éste a Prieto Laurens y la de él en Zubarán… El movimiento, mientras transcurría, fue dando síntomas de esclerosis, a pesar de la vivacidad y movilidad que mostraron algunos jefes, como Estrada, Cavazos y Maycotte”.

Por otro lado, está el hecho concreto de que durante los cuatro años del gobierno de Obregón, la corrupción fue el signo distintivo, el factor clave del actuar de la mayoría de generales convertidos en caciques de sus respectivas zonas de influencia. Vieron la Revolución como el motor de un ascenso social fundado en un enriquecimiento rápido, abriendo cauces expeditos a la explotación de los recursos naturales que había en las entidades federativas bajo su mando. Empezaron a actuar más como nuevos hacendados, con una visión innovadora del manejo de las fuerzas productivas, con el irrestricto apoyo del caudillo, quien alentó esa forma de proceder para garantizar la lealtad de sus subalternos.

Por ejemplo, entre muchos otros negocios hechos bajo el cobijo del gobierno, Calles llegó a ser el más importante exportador de plátanos de Tabasco junto con Tomás Garrido Canabal. Guadalupe Sánchez, el principal jefe del movimiento delahuertista, se convirtió en el principal acaparador de la caña en Veracruz, cuyo precio ascendió en el mercado internacional a partir de 1917, y en el más importante cultivador del producto como se confirmó cuando le fueron decomisadas sus tierras en 1924. Asimismo, era propietario de la principal empresa cervecera de Veracruz. Es así inverosímil que lucharan por cambios progresistas, los llamados delahuertistas, porque sería luchar contra sí mismos finalmente.

Desde luego hubo excepciones, como el caso notable de Rafael Buelna, “El granito de oro”, el general más joven de la Revolución Mexicana, quien demostró tener convicciones sociales a lo largo de su corta existencia de sólo 33 años. Había sido un villista firme que siempre se distinguió por su valentía y capacidad estratégica. Murió en la batalla de Morelia, el 23 de enero de 1924, después de haber tenido éxitos fulgurantes, entre ellos haber derrotado a las fuerzas comandadas por otro joven como él que entonces tenía el grado de teniente coronel: Lázaro Cárdenas del Río. Otro caso notable fue el del general Salvador Alvarado, también sinaloense como Buelna. Fue carrancista, aunque no adicto al enriquecimiento como lo demostró a lo largo de su vida revolucionaria. Fue nombrado gobernador y comandante militar de Yucatán el 18 de febrero de 1915, cargos

que aprovechó para llevar a cabo una labor progresista encomiable, desde combatir a fondo el feudalismo que conservaba prácticas deleznables, como besar la mano a los patrones, hasta impulsar políticas públicas visionarias, como el Congreso Feminista en el que convocó a las mujeres a ejercer a plenitud sus derechos. Murió en una emboscada en El Hormiguero, en la selva contigua a Palenque, en 1924.

Una vez derrotada la sublevación delahuertista, Obregón se dio gusto ordenando matar a quienes habían osado retarlo, principalmente a los más atrevidos, como los dos sinaloenses mencionados, así como a Fortunato Maycotte, Manuel M. Diéguez y Francisco Murguía. La lista de asesinatos cometidos por Obregón durante su mandato caudillista fue abultada: Carranza, Villa, Arnulfo R. Gómez, Lucio Blanco. No se salvó, como señalamos antes, ni su principal correligionario: Francisco R. Serrano, quien se había sentido con pleno derecho para ser el próximo presidente una vez que Calles cumpliera su periodo.

Así finalizó el último intento por frenar las ambiciones del personaje más antitético de la Revolución Mexicana, quien siempre cargó sobre su imagen pública la acusación cierta de haberse sumado a la lucha armada después de haber sido derrotado el ejército federal porfirista, gracias al empuje del principal jefe militar maderista: Francisco Villa. Según Martín Luis Guzmán (Caudillos y otros extremos, prólogo, selección y notas de Fernando Curiel, UNAM, 1995): “Obregón no vivía sobre la tierra de las sinceridades cotidianas, sino sobre su tablado; no era un hombre en funciones, sino un actor. Sus ideas, sus creencias, sus sentimientos, eran como los del mundo del teatro, para brillar frente a un público: carecían de toda raíz personal, de toda realidad interior con atributos propios. Era, en el sentido directo de la palabra, un farsante”.

Su escuela fue la que se impuso al paso del tiempo, hasta que asumió el poder el general Lázaro Cárdenas del Río, quien puso fin a la farsa “revolucionaria”, hasta donde objetivamente pudo hacerlo. La sociedad de su tiempo no estaba preparada para seguir avanzando social y políticamente hasta donde era indispensable para consumar el proyecto delineado en la Constitución de 1917. De ahí que se enfrentara al dilema de continuar por esa ruta o frenar la marcha, como finalmente sucedió, para no provocar un mayor derramamiento de sangre como era previsible de haber dejado como sucesor a su alter ego: Francisco J. Mújica. La pregunta que algún día tendrá que ser respondida con suficientes elementos de juicio es si valió la pena esa decisión o mejor hubiera sido haber continuado la marcha revolucionaria, con todas las consecuencias esperadas: la intervención estadounidense, la masacre alentada por las fuerzas ultraconservadoras, como la Iglesia católica,

los porfiristas emboscados, los generales corrompidos hasta la médula de los huesos. Lo que salta a la vista, en la actualidad, es que Obregón sigue vivo por conducto de una clase política adepta a sus prácticas deleznables.

Fuente: Articulo autoría de Guillermo Fabela Quiñones. Revista Trabajadores. Número 105-Noviembre-Diciembre 2014. Universidad Obrera de México Vicente Lombardo Toledano.

 
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