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LOS DESEOS DEL GENERAL FELIPE ÁNGELES

 

LOS DESEOS DEL GENERAL ÁNGELES

YO VINE A la Revolución para prestar servicios como militar, y aunque he tenido la honrosa sorpresa de que el señor Carranza me diera el alto cargo que ostento como Subsecretario de la Guerra, Encargado del Despacho, en realidad, usted se habrá dado cuenta, desempeño un papel burocrático que no satisface mis aspiraciones de soldado. En esa virtud le ruego, querido amigo Fabela, que sea usted intérprete de esta petición ante nuestro respetado Jefe.

Dígale que le estimaré sobremanera me dé mando de fuerzas; una brigada, un regimiento, lo que él estime conveniente, pues en tal forma sería mucho más útil a la causa que en las condiciones en que me encuentro.

Ofrecí al Gral. que cumpliría su encargo con beneplácito, no sólo por la amistad que nos ligaba, sino considerando razonables y plausibles sus deseos.

En la primera oportunidad que tuve, y procurando ser fiel intérprete de los propósitos del Gral. Ángeles, abordé el caso con el señor Carranza, quien después de escucharme atentamente me contestó con un "está bien, Lic.".

¿Qué le digo al Gral.? Pregunté al Primer Jefe.

Dígale usted que más tarde resolveré este asunto.

Después de informar a mi buen amigo el resultado de la entrevista, Ángeles se quedó con la esperanza de que quizá, pasado cierto tiempo solucionaría su asunto favorablemente.

Pero como no fuera así, y días y semanas pasaron sin que Don Venustiano hiciera referencia al caso del Subsecretario, éste me suplicó que insistiera, pero esta vez modificando su solicitud en sentido mucho más modesto.

Sírvase, Lic., manifestar al Jefe, si le parece mucho darme una brigada o un regimiento, que me conceda sólo un pelotón de soldados... después de una larga pausa, agregó:

Y por último, si no accede a esta mínima demanda, dígale que estaría dispuesto a lanzarme al campo con un ayudante nada más; y transmítale mi certeza de que apenas entrara en contacto con fuerzas federales, lograría fácilmente, hablando a todos los oficiales que estuvieran a mis órdenes cuando fui Director del Colegio Militar, se vinieran con nosotros al primer llamado.

Volví una tercera y última vez con Don Venustiano a plantearle la última propuesta de mi amigo y colega ministerial. Entonces el señor Carranza -que no acostumbraba a dar explicaciones de sus acuerdos- me hizo las siguientes consideraciones:

Precisamente eso que desea el Gral. Ángeles, es lo que no conviene, Lic. Mientras más federales se incorporen a filas revolucionarias, aumentarán las dificultades entre nosotros. Ya ve usted lo que ha pasado con el propio Gral. Apenas llegó, los altos jefes de la División del Noroeste, en su gran mayoría, no lo recibieron bien. Cuando supieron que tuve intenciones de nombrarlo Secretario de la Guerra, hicieron patente su disgusto, por lo que me pareció prudente nombrarlo Subsecretario Encargado del Despacho.

Ante tales razonamientos, que conceptué terminantes, di por concluido el encargo confidencial que me hiciera el Gral. Ángeles, a quien manifesté que el Jefe, en aquellos momentos deseaba que siguiera formando parte de su Gabinete.

Al comunicar a mi buen amigo Ángeles el resultado de la comisión personal que me confiara, manifestó su resignada conformidad con la superior resolución, no sin que se trasluciera en el gesto de su rostro bruno el evidente disgusto de su espíritu.

Comprendí la razón de aquella pena; pero al mismo tiempo advertí cómo Don Venustiano actuaba con la prudencia política que las circunstancias le aconsejaban.

Ese mismo tacto político del Primer Jefe, hizo que nunca diera al Gral. Ángeles amplias facultades en el ramo militar, reservándose todos los atributos como Ejecutivo, en particular los de suprema autoridad del Ejército y director de la campaña.

Él estableció los Cuerpos de Ejército en que dividió las fuerzas revolucionarias, fijando a cada uno su jurisdicción territorial; él nombró a sus jefes respectivos, que fueron: en el Noreste, Don Pablo González; en el Noroeste, al Gral. Álvaro Obregón; en el Centro, a Pánfilo Natera; en el Oriente, al Gral. Cándido Aguilar, reservando al Gral. Francisco Villa el mando de la División del Norte.

Don Venustiano discernía los grados militares, ordenaba la movilización de los Cuerpos de Ejército y suministraba fondos a las tropas de todo el país hasta donde era posible. Además dirigía las operaciones militares; naturalmente, dejando a quienes tenían mando de fuerzas, en libertad para que obrasen como lo creyeran conveniente, según las contingencias de la lucha armada.

En esta forma, el Subsecretario, aun siendo Encargado del Despacho, no era quien mandaba a los patriotas levantados en armas, sino el Primer Jefe, en quien todos fueron reconociendo el mando superior del movimiento armado.

Con tal procedimiento, al acoger a Ángeles en el seno del Gabinete, pretendía dos objetivos: primero, dar a su Gobierno mayor prestigio, especialmente ante los ojos de los mismos federales que combatían la Revolución, ya que el Gral. Ángeles había sido durante varias generaciones Director del Colegio Militar; y segundo, evitaba la susceptibilidad de los revolucionarios no sólo de Sonora, sino del resto de la nación.

Carranza comprendió desde un principio, que el pueblo levantado en armas contra el traidor Huerta no podía tenerles confianza a miembros del antiguo Ejército del Porfiriato y la usurpación, sino en muy contados casos, como fueron los de aquellos gallardos defensores del Presidente mártir, sus ayudantes los Capitanes Federico Montes y Gustavo Garmendia, quienes, a pesar de sus honrosísimos antecedentes, no dejaron de provocar ciertos celos, del todo injustificados, entre los militares revolucionarios.

Respecto al Gral. Ángeles, un pretexto sirvió para que parte del elemento insurgente desconfiara de él. Se hizo correr el rumor, por quienes en ello tenían interés, de que el estimable maestro militar había llegado a la Revolución con ambiciones presidenciales.

Tengo el convencimiento de que tales rumores carecían de base; al enterarse el aludido de aquellos díceres, los consideró no sólo injustos sino también malintencionados; por otra parte, tenía interés específico en desmentirlos categóricamente y así provocó un acercamiento con el Jefe del Cuerpo del Ejército del Noroeste, en la forma que en seguida relataré.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V.; Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.162-164. Imagen: Archivo El Universal.

 
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