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EL SEÑOR DON ABRAHAM GONZÁLEZ. EL HOMBRE

 

EL SEÑOR DON ABRAHAM GONZÁLEZ. EL HOMBRE.

DON ABRAHAM era un fuerte varón; alto, robusto, un poco abultado de vientre, de espaldas bien anchas, morena la tez, pero no mucho; bigote tupido y entrecano que jamás descuidaba, frente espaciosa, nariz recta, boca bien dibujada de labios delgados, de ojos grandes muy negros, de espesas cejas, su mirada siempre alerta, resplandecía una luz brilladora: la inteligencia. Su voz era grata, de tonos menores y modulaciones claras. Su risa parecía de niño por lo franca y sonora. Caminaba erguido y reposado, con el paso firme y seguro del hombre de mando.

Vestía con decencia pero sin aliño, de manera negligente que deslucía el buen conjunto de su figura; sobre todo cuando descuidaba lo atañedero al cinturón, la corbata y el sombrero, el cual, a veces, se calaba Don Abraham rancheramente, dejando ver la tersa y despejada frente. Su corbata movediza no siempre ocupaba el sitio que le correspondiera; y en cuanto al cinturón que sujetaba los pantalones, tampoco se escondía bajo el chaleco con la debida compostura. Pero cuando el señor Gobernador arreglaba su indumento a derechas, portaba la ropa con guapeza y se le veía verdaderamente bien.

La virtud relevante de su vigorosa personalidad fue el carácter. Don Abraham era hombre de acciones definidas, que no invalidaban ni torcían los sentimientos propios ni las influencias extrañas. Inclinábase siempre del lado de la magnanimidad, pero no de la ternura, y cuando tenía motivos de enojo, no se encolerizaba; sabía guardar la serena postura del sujeto que controla el manejo de sus nervios. Era además un valiente que podía imponerse sobre los demás, fueran quienes fuesen, cuando de su parte estaba la justicia o la equidad.

Una ocasión, sin fanfarronerías, con su llaneza habitual, me contó esta anécdota que le sucediera con Pancho Villa. El admirable guerrillero respetaba mucho a Don Abraham y decía quererlo "harto". Cuando el bravo insurgente se lanzó a la revolución, Villa lo reconoció como a su jefe directo, siendo con él obediente y disciplinado.

Cierta vez que aquel brioso centauro de instintos primitivos mató con sus propias manos a un inocente, el Gobernador lo reprendió en forma terrible, y como Villa le respondiera de mal modo queriendo justificarse, Don Abraham, encorajinado y violento, dándole un manazo en plena cara, le dijo:

Cállate la boca, eres un asesino...

El castigado, soportando el golpe, comenzó a llorar.

Y ahora -agregó el Gobernador-, dame tu pistola; las armas son para los hombres que saben hacer buen uso de ellas, no para los cobardes como tú.

Pancho Villa, obedeciendo a regañadientes, desenfundó su revólver entregándolo a su jefe.

Después de un rato de silencio entrambos, y cuando ya se separaban, Villa suplicante, le dijo:

Don Abraham, déme mi pistola, no volveré a hacer mal uso de ella.

El interpelado se la devolvió, haciéndole prometer que no volvería a asesinar a nadie.

Al recibirla, Villa le dijo, subrayando bien sus palabras:

Conste, Don Abraham, que usted es el único que me ha pegado en la cara.

Pues a ver si es la última vez, le contestó el valeroso fustigador.

¿Y no cree usted -dije entonces al Gobernador- que Pancho le guarde rencor por aquella afrenta?

Es posible, pero no me importa. A Villa hay que tratarlo así.

¿Pero, le tiene usted confianza?

¿Confianza... ? Hasta cierto punto. Teniéndolo cerca lo domino; pero es hombre peligroso.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.32-33.

 
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