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ISIDRO FABELA; SU ESTANCIA EN CHIHUAHUA

 

ESTANCIA EN CHIHUAHUA

MI PERMANENCIA EN aquella ciudad fronteriza me era positivamente placentera. Como provinciano que soy, enamorado de la tierra y simpatizador de la gente lugareña, mi vida y carácter se acomodaron prontamente a las costumbres norteñas.

El modo de ser tan peculiar de aquella gente, su franqueza que gusta de la verdad desnuda sin la envoltura del eufemismo ni el circunloquio, me atrajeron desde que llegué a esa cuna de hombres sanos por dentro y por fuera, y de mujeres que poseen el doble imán de su hermosura y donaire.

Sin embargo, la política del régimen dictatorial que había dividido al pueblo todo de la república, causó en Chihuahua una profunda escisión. De un lado, los grandes terratenientes con sus ricas familias privilegiadas; y del otro, el proletariado de los extensísimos fundos ganaderos y agrícolas, de los minerales y las artesanías, que vegetaba en sórdida pobreza y resignación aparente.

Con el triunfo de la Revolución, como era natural, no se conformó ni se resignó aquella sociedad capitalista que había perdido sus fueros, sino que vivía alerta siempre y con esperanzas de un retorno a los buenos tiempos feudales de Don Porfirio.

En medio de esa onda de inconformidad que si no se manifestaba abiertamente, se mantenía, de hecho, contra el nuevo régimen, el gobierno provinciano no contaba con el apoyo moral ni la simpatía política de la clase conservadora que se inclinaba a la insurgencia orozquista. No porque a Pascual Orozco lo creyeran su hombre, sino porque ellos y el rebelde coincidían en su malquerencia contra las autoridades maderistas, entre las que figuró, en primera fila, por su lealtad al apóstol, aquel honesto e indomeñable Ejecutivo de Chihuahua, al cual ellos despreciaban desde las honduras de su espíritu, pero a quien tenían respeto por estar convencidos de que era una acerada personalidad política, de varonía vertical.

Con el Secretario General de Gobierno, Lic. Aureliano González, no llegué a estrechar hondos vínculos, a pesar de llegarnos a tutear, pues no teníamos otro trato que el de los negocios oficiales. Él llevaba una existencia hogareña, recoleta siempre, que no era propicia al fomento del trato íntimo. Quizá en el fondo de su conciencia no tuviera confianza en la persona del recién llegado que pudiera restarle sus influencias cerca del señor Gobernador; y hasta creyera tal vez, recónditamente, que el joven Diputado Federal había ido a substituirlo en el importante cargo que desempeñaba. Pero si llegó a pensar de tal manera, nunca dejó traslucir sus secretos recelos porque fue siempre deferente y amable conmigo, hasta el punto de querer borrar con manifiestas pruebas afectuosas la separación oficial existente entre el superior jerárquico y el subordinado, a fin de trocar el respeto y la obediencia que ameritaba su elevada personalidad burocrática en sencilla camaradería.

Aparte de mis tratos cotidianos, oficiales y amistosos con Don Abraham y el Secretario General, me relacioné con el cuerpo de profesores del Instituto Científico y Literario de Chihuahua, donde acepté dictar las clases de Literatura e Historia de México, siendo mi más caro cobijo la Biblioteca Pública, cuyo Director, el culto e inteligente señor de la Peña era uno de mis mejores amigos. Y otro también, por el que guardo respetuoso recuerdo, Don Manuel Gameros, compañero de estudios de mi padre en la Escuela de Minería, de la Ciudad de México, donde juntos terminaron su carrera de ingenieros. De ese caballero solitario y talentoso, que entonces era uno de los más ricos empresarios del Estado, conservo la memoria que se consagra a los seres que tuvieron la amistad y el afecto de nuestros padres. Estando con Don Manuel, paradigma de bondad, parecíame estar cerca de los míos, que vivían en Veracruz, muy lejos, en la casa paterna que dejó trunca el hijo ausente.

Mis ratos de solaz los pasaba en el frontón, jugando con el sabio maestro químico De Lille, padre de Don Pedro, el famoso y popular locutor de la radio, y con Vicente Horcacitas, de prócer familia de aquella entidad, compañero estudiantil de Don Abraham, quien le tenía confianza y cariño de hermano. Con "Chente" tomábamos casi todos los días el aperitivo en su casita de soltero, frontera al Palacio de Gobierno. Horcacitas, dicho sea de paso, al ser sacrificado el señor Madero pidió con insistencia a su camarada Abraham que escapara inmediatamente de Chihuahua, porque el amigo sincero tuvo el presentimiento de la tragedia que narraré más adelante.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.35-37.

 
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