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CARTA UNDÉCIMA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA UNDÉCIMA

Bachillerejo Costilla.

Al fin sé de positivo tus planes, máximas, razones y miras para lo porvenir.

Una feliz casualidad me ha proporcionado ver varios papeles tuyos originales, y saber de boca de algunos presos, tus más íntimos confidentes, tu modo de pensar y de discurrir, cuando los animabas a esta conspiración.

Resulta de todo, que los argumentos para apoyarla y promoverla, en último análisis se reducen a los siguientes sacados de las sumulas, que aprendiste y enseñaste en el colegio.

Siendo desde entonces sutil lo(gi)co, ahora has hecho la más sutil aplicación de aquella arte lo(gi)ca, que para ti vale por todas las ciencias y artes sabidas y por saber, especialmente por el arte de la guerra.

Dices pues así en tus papeles, y dijiste en tus peroraciones a los patanes que te oían con la boca abierta, cuando en Valladolid les hablabas con los ojos desencajados, y pateando furibundo: sic argumentor in barbara, figura de mi dialéctica.

“Todos los bienes (nullo dempto), de todos mis enemigos (nemine dempto) son míos, sine ulla exceptione: Sed sic est, que es así que todos los que no sigan mis banderas, son enemigos míos (nemine dempto).

Ergo, al instante, luego, todos sus bienes (cuiuscunque generis) son (nullo dempto) míos y muy míos (sine exceptione) por la figura bárbara.

Pruebo la mayor, en que podíais hallar el primer tropiezo, y aun querer negar el supuesto de enemigos, pero para esta suposición basta y sobra, que yo los suponga tales: y así nos detendríamos en vano en probar los supuestos, cuando sólo se trata de destruirlos, y lo demuestro con la mayor, por la figura lo(gi)ca llamada Ferio.

Los supuestos enemigos míos, no son en mi estimación hombres.

Sed sic est, que así es, que así será, que Allende me sigue y es mi amigo; luego el que no es Allende no es hombre.

Luego todos los demás se han de tratar como no hombres.

Subsumo; vuelvo a tomar; luego, luego todos los bienes, a excepción de los de Allende, me los debo yo tomar, por la figura Ferio, que no debe ser en el caso, singular negativa en la ilación figurada; y yo os digo, Feries.

Y así magistraliter como catedrático, y resolutivé, como generalísimo lo(gi)co digo y sustento en la palestra, que mi plan bien combinado por mi dialéctica, es apoderarme de todos los bienes de cualquiera clase, y acabar con toda clase de hombres, a excepción de Allende, y uno que otro eiusdem furfuris et farinae, por sus servicios importantes en recogerme toda la harina de otros costales, para lo cual Abasolo se pinta solo, y Aldama no perdona ni a su ama...”

Estornudabas, moqueabas, y gargajeabas, chupabas y te cantoneabas, ¡o gran bachillerejo! en Valladolid (bien sabes el papel que hacías, que es el mismo) hablando así y aquella turba de rancheros y mecos, que boca pasmantur aperta, al oír tan profundos razonamientos, decisiones tan claras y terminantes, y latines tan claros y oportunos, que no hay más que pedir para continuar la grande obra.

Al verlos ¡o Costilla! tan estupefactos, te volviste hacia ellos, girando tres veces al rededor tus ojos de color de tótala o cucaracha, y chillando y silbando les dijiste: “Urgeo, a vosotros os urjo con otro argumento en la figura dabitis: diréis a los que tengan algo: todos los bienes con las personas pertenecen a Costilla: (punto decidido): tú tienes bienes: luego al punto vas a las cárceles de Costilla: y con esto, dabitis, daréis tras todos y todas.”

“La ejecución la deberéis hacer por las reglas de la división de las proposiciones y etcétera que enseñé en la lo(gi)ca de palanca, apta para mover a todo el reino con este formulario divisor aplicado a las cosas reales, por la bella figura de la retórica, llamada metáfora o traslación a mí.

De las reglas estas cuatro son las cardinales:

primera: Lo dividido debe excluir las partes.

Segunda: la división debe ser íntegra.

Tercera: los miembros dividentes deben ser opuestos entre sí, y excluirse.

Cuarta: la división debe ser breve.”

“Y así, ¡o mis satélites y ministros ejecutores! bárbaramente hiriendo daréis al traste con todo, y daréis tras todos los habitantes de esta América, excluyendo en la división y destrozo a todos los miembros íntegramente, pues son opuestos entre sí por mi declaración; y que la división íntegra sea breve, al instante.

Así lo prescriben todas las reglas de mi dialéctica, que son los cimientos de mi empresa, de mi política, de mi moral, de mi religión, y que desde hoy serán la pauta de mis operaciones.

A argumentos en forma, por las tres figuras más concluyentes y temibles no hay réplica; y para cortar usque ad ultimam replicam, apelemos a las reglas de la división empezando por los caudales que hay en esta iglesia de Valladolid.

Tenedlas presentes, reducidas a dos: división total y breve. Satis, satis, hijos míos.

Mi plan os es manifiesto, y se asombrará la posteridad de mi sutileza dialéctica, en la cual llevo muchas ventajas al mismo Napoleón.

¡Así tuviera algunas de sus fuerzas militares!”

Se me ha asegurado, que con este voto concluyes tus sermones, o al menos que este es tu más ardiente deseo, desde que viste y vas viendo, que a tu lógica se contesta con cañonazos, y que las sutilezas de tus argumentos tienen fatales ilaciones para tus comitres de galera; pues les entran las bayonetas ya que no pueden entrarles las razones más convincentes.

Habiendo manifestado a un joven bachiller agudo y penetrativo tus principios y argumentos de revolución, y el plan de ella según va dicho, empezó al instante a sacar tales y tantas consecuencias, que si no lo detengo, jamás diera fin en desenvolver tus delirios e impiedades de todo género.

Algunas de estas consecuencias conservo en la memoria y voy a repetirlas.

Díjome: Conozco ese lenguaje bárbaro y esos latines macarrónicos.

Aun cuando no me nombrase vuestra merced a Costilla; por las senatorias, mal gusto en la expresión y modo de torcer siniestramente los conceptos, cebando su entendimiento en absurdos y falsedades, conocería que semejante lógico o loco, no podía menos de ser el mismo que en las demás materias era siempre pedante.

Mas ahora, sobre bárbaro en discurrir y hablar, lo es más en maquinar y ejecutar.

Es inconcebible el caos de atrocidades y errores que se encierra en esas diabólicas proposiciones o argumentos de su infernal sistema.

Y si no, deslindemos un poco el veneno de áspides y basiliscos que contienen como en semilla, y que necesariamente había de brotar para inficionar y perder la Nueva España, si pudiera entablar el tal bárbaro el plan más inhumano e irreligioso que hasta hoy haya podido imaginar el tirano más perverso y delirante.

Mis ilaciones serán claras y necesarias, con todo el rigor de una buena dialéctica; y juzgo que sólo no advirtiéndolas, pudo haber quien fuese capaz de seguir empresa tan atroz, y seducción tan infame y trascendental.

Veámoslo en estas legítimas consecuencias de una sana dialéctica.

Luego según tal plan revolucionario, este bachillerejo barbarote y herejote, quisiera apropiarse los bienes de ochenta mil españoles europeos que hay en la Nueva España, y tratarlos después como los argelinos en otro tiempo de barbarie a los buenos cristianos que ponían en mazmorras, prolongando sus martirios y sufrimientos.

Pero ochenta mil españoles europeos, fieles a Dios y al rey, y dueños legítimos de lo que poseen y ganan, acabarían con ochocientos mil sofistas armados de silogismos, lanzas, escopetas y cañones, bajo las órdenes de esos cuatro botarates impíos y ladrones, aun cuando no tuviesen más armas que sus puños.

Luego el pícaro Costilla se proponía por segunda operación hacer lo mismo en los mismísimos términos con el millón de españoles americanos, que hay en este virreinato, inclusas las señoras, contra las que asestaba principalmente los tiros, para aumentar el catálogo de las mártires de la castidad, si no se rendían a discreción a las miras y planes de la turba asmodea...

Pero los españoles americanos, tan leales y religiosos como sus padres y hermanos de Europa, tan interesados como estos en conservar sus propiedades, el sosiego público, la honra de su sangre y la gloria de su nombre, el pudor santo de sus tiernas y hermosas hijas, y el honor incontaminado de sus esposas y madres, arrollarían en un momento y disiparían como humo, cuadrillas de tunantes mucho más numerosas que las que a modo de langostas devoradoras han salido con el excomulgado apóstol de Satanás, a amenazarles con la pérdida de todos sus bienes más preciosos y sagrados, si no lo siguen y aunque lo sigan.

Luego el condenado lobo de la congregación propiamente dicha de Dolores, quería enredar y enfurecer dos millones de indios contra igual número de las otras castas que hay en el distrito de este virreinato, a fin de que introducida la levadura de la insurrección más cruel y sacrílega en estas dos grandes masas del pueblo, todo él fermentase, se alterase y corrompiese en la moral y costumbres.

Intentaba que convertidos en cuatro millones de tigres rabiosos se comiesen alternativamente a bocados, unos pueblos chocasen con otros, ardiesen hasta las chozas y los jacales, se destruyesen sus sementaras, y entretanto él, según que se divertía Nerón, bailaba y tocaba la flauta con el incendio de Roma, y con ver que los cristianos ardiesen después en las luminarias públicas, víctimas inocentes del atentado que él ideó; así éste más feroz que aquel tirano, viese con gusto abrasarse todo el reino por su causa, que la guerra civil que él atizaba con tales sofismas, no dejase hombro a vida, que si él podía escapar la suya, fuese dueño sin competidores de lo que quedara, y si no tuviera al morir el placer propio de los demonios, de no querer arrepentirse de hacer mal al linaje humano...

Pero más de cuatro millones de almas no se pervierten tan fácilmente.

A las más las preserva de tal seducción y sofisterías locas, su misma sencillez y la ignorancia de tales proyectos; el horror natural al crimen; el amor constante a la religión, la lealtad arraigada a FERNANDO VII, a quien con tanto gusto, como el que más de los españoles, han jurado y reconocido por su rey legítimo; su respeto profundo a las autoridades que en tan precioso nombre nos rigen, su docilidad y obediencia a los pastores y ministros de la religión, que con tanto celo los educan, y con igual empeño los defienden contra las asechanzas de esos diablos visibles.

La masa general no se fermentará, a pesar del conato de eso monstruo.

A muchos arrastra en pos de sí: es verdad; pero tales malvados o idiotas, son pocos en comparación de la inmensa muchedumbre, y esos pocos van pagando su necia locura e infidencia en los combates.

Los demás que se obstinen acabarán en una horca para escarmiento general, y mayor ignominia y vituperio de ese maldito y maligno cura sofista, que nada menos pretende, que el hacernos a los unos asesinos de los otros, hasta que nadie quede que pueda contarlo a las generaciones venideras.

Luego en razón de la población de Nueva España, que asciende (según las tablas Geográfico políticas del barón de Humboldt presentadas al virrey en 1804) a cinco millones setecientos sesenta mil almas: el tal bachillerejo es cerca de seis millones de veces más bárbaro y feroz que el principal predicador de revoluciones, filósofo ginebrino.

Lo demuestro. Juan Santiago Rusó en la colección de sus cartas (tomo 24) protesta más de una vez, que está creído de que no debería empezar ni acabar la revolución más favorable para los pueblos, si había de costar la sangre de un sólo hombre.

Sed sic est, que Costilla pretende promover una (y la más absurda, irreligiosa, e inhumana de cuantas se han visto en los anales revolucionarios) con la sangre y no sólo de uno o dos, o ciento o mil hombres, sino de ochenta mil primeramente, y después de los demás hasta cerca de seis millones de personas.

Luego Costilla con toda exactitud dialéctica, es como seis millones de veces más sanguinario y brutal que aquel revolucionario especulativo; y aún más que todos los prácticos en esta carrera de sangre.

Se prueba; porque en ninguna parte había de correr más que en este suelo, si tal insurrección se llevase adelante, pues que en ninguna serían más enconados y rabiosos los partidos, por las mismas diferencias de castas y de lugares nativos, roto una vez el freno sagrado de la religión y conciencia, y los vínculos de naturaleza, gobierno y sociedad.

Los padres se armarían de puñales contra los hijos parricidas, las castas contra unos y otros puros españoles y contra los indios; o indios y españoles contra las castas; o formadas cuatro razas de combatientes en una guerra civil interminable, cada una disputaría el triunfo y la posesión del terreno hasta no dejar con vida o con libertad a uno siquiera de los contrarios.

En cada casa y familia estarían las cuatro clases de enemigos.

Arriba se matarían hijos y padres, y abajo españoles, mulatos e indios.

Irritada la venganza hasta el extremo intentado por ese tigre insaciable de sangre y de dinero, los primeros que caerían a tierra serían los indios, a quienes principalmente tira a engañar y perder, arrastrándolos con apariencias de lástima, al modo de las sirenas y cocodrilos, para atraer a los incautos y devorarlos a su salvo.

Luego el mayor enemigo que han tenido y puedan tener los sencillos indios, es el cura hereje feroz, que no sólo quiere perder sus almas enseñándoles errores, injusticias, traiciones y barbarie, sino sacarles luego de este mundo para los infiernos, porque en esta lucha los indios son y serían los primeros sacrificados, si seguían las banderas del apóstata.

Ya lo han experimentado hasta el 25 de noviembre más de veinte mil de estas infelices víctimas, que han mordido rabiosas el suelo, y han expirado en las principales acciones, en que la victoria más completa y gloriosa ha coronado la justicia de nuestra causa, y el valor impertérrito, piedad y lealtad inalterable de nuestros generales y soldados.

En toda guerra, el débil, el ignorante en la táctica, el que no tiene armas, el que no reposa en la seguridad que inspira la religión y santidad de la empresa, ha de perecer el primero.

Tal sería la suerte de los indios dirigidos por ese loco desesperado.

Luego el frenético cura Hidalgo, que promete robos a los indios, quiere en realidad robarlos hasta no dejarles ni cerilla en los oídos, e intenta sacrificarlos en este mundo y en el otro, ofreciéndoles tierras, que ni puede, ni quiere darles, aunque pudiera y fuese dueño de todas las del mundo.

Lo que él desea es echar a los indios de toda la tierra habitada, sin dejarles más elemento para su total descanso que las entrañas de tierra adentro, o los abismos profundos de la mar.

Luego se sigue de su sistema y doctrina, que él es más enemigo de los indios, que lo era el mismo demonio en tiempo de su barbarie e idolatría; pues a pesar de los sacrificios humanos que exigía de ellos, a muchos dejaba vivir y gozar de los bienes de esta vida, contentándose con la condenación eterna de sus almas; pero Costilla, además de querer que siendo cristianos apostaten ahora de Dios y de la virgen María su protectora en la imagen de Guadalupe, que sean vilísimos traidores al rey y enemigos de su patria, y que así vayan a los infiernos cargados de mayores iniquidades e ingratitudes que cuando eran paganos; procura de todos modos el que salgan pronto de esta vida temporal, nada tengan en este mundo, vivan y mueran sin Dios como perros, carezcan en sus trabajos del consuelo y esperanza de la religión, unos a otros se maten como fieras, y que el poquito de tiempo que ellos y nosotros podíamos vivir en esta región tranquila y deliciosa, sea un verdadero infierno anticipado.

Luego Costilla según su manifiesta intención, quiere, solicita y procura con la seducción y con la violencia dos infiernos para los indios, esto es, que aquí rabien de hambre y perezcan acuchillados, y que allá ardan en aquel fuego, privados de ver a Dios, a Jesucristo, a su Madre divina, a los ángeles y santos, y que maldigan eternamente sin consuelo ni esperanza al bachillerejote sofista, capataz de bandoleros impíos, que los arrastró a dos abismos de calamidad y desesperación interminable con semejantes sofisterías y traiciones.

¿Dirá alguno, que esto no ha sucedido, y que las consecuencias que saco son entes de razón? Para más de veinte mil almas ha sucedido ya todo esto hasta este día, y por mucho tiempo pagarán otros las consecuencias funestas y reales de tal proyecto revolucionario.

Y ¿quién es el principal culpable, el reo de tantos crímenes atroces y de resultas tan lastimosas? El cura arquitecto de toda esta maldad y tramoya desatinada.

Yo lo juzgo, como se debe juzgar la malicia de hombre perverso y del demonio obstinado, no tanto por lo que en realidad ejecuta, como por lo que desea ejecutar; por la esfera inmensa a que se quiere extender su voluntad de dañar y pecar, y no por la menor en que encierra a su acción mortífera la providencia del Altísimo, o por sí misma reprimiéndola, o no permitiendo tanto vuelo a la maldad; o por medio de la justicia humana, a quien dirige para que en tiempo la contenga, enfrene y castigue.

La endiablada y obcecada malicia de Costilla, además del incalculable daño espiritual y temporal que con todo conocimiento y voluntad ha causado, se extendía en sus miras y deseos a todos los inconcebibles males y delitos que he sombreado en estas necesarias deducciones.

Si él hubiera podido trastornar el seso y pervertir el corazón de medio millón de habitantes (como se prometía y cacareaba) habrían visto los demás realizados dentro de poco todas o las más de las indicadas consecuencias.

Dios por su misericordia las ha atajado.

Dios ha inspirado sentimientos de honor y de virtud cristiana a la muchedumbre de todas clases y castas.

El Dios de los ejércitos ha guiado los nuestros que son suyos y pelean por lo más sagrado y augusto que pueda interesar a los hombres, los he conducido al campo del honor, a coger en todas partes laureles inmerecibles, y a castigar a los malvados rebeldes.

El señor envió en el tiempo de la tribulación, y en el más oportuno para el remedio, un jefe supremo que desconcertase y confundiese proyectos tan inicuos; y el mismo señor por su piedad lo ha proporcionado para tan gloriosa ejecución los Callejas, los Flones, los Cruces, los Trujillos, los Jalones, los Emparan, los Rebollos, los Ortegas, los Andrades, los Espinosas, los Iberris, los...

¡Oh estos, y otros nombres con los de todos los leales y valientes subalternos escritos en láminas de oro, y en las columnas de bronce que sostienen el templo de la fama y de la inmortalidad, pasarán a nuestros más remotos descendientes, y serán pronunciados con tanto éxtasis, ternura y enajenamiento, como con el que hoy resuenan en nuestras casas, calles y templos, y con el que los repiten las bóvedas del mismo cielo, y los repetirán prontamente los mares, las islas y la patria madre de los héroes! También se oirán tan preciosos nombres en la misma obscura prisión en que el rey más justo y amado, el desgraciado y cautivo FERNANDO VII, no tiene otro consuelo, que saber alguna vez, que sus hijos y vasallos en todos sus dominios van rompiendo las cadenas que arrastra, y las que a todos quiere echarnos el tirano; que sostienen y le conservan el trono y corona sagrada todos con igual lealtad, amor y entusiasmo.

¡Loor eterno a la lealtad y al valor!

Se sigue también, que el dicho bachillerejón es el enemigo más emperrado y furioso de nuestro adorado monarca FERNANDO; porque cuando su misma desgracia empeña e inflama más y más nuestra ternura y fidelidad, cuando el verlo entre las garras de un tigre insaciable de sangre y rapiñas, nos obliga a más amarlo, y a procurar por todos medios su libertad y restitución al trono de sus padres, al que le guardan nuestros corazones; este barbarote cura, trata de despojarlo de una de las porciones más preciosas de su herencia; intenta arrancarle estos dominios para apropiárselos a sí propio, propiamente hablando; o traspasarlos al mismo inhumano carcelero y verdugo de nuestro rey amado.

Y no sólo pretende esta escandalosa usurpación, sino que para conseguirla con menos resistencia de los incautos y sencillos vasallos añade el último ultraje e insulto al nombre y memoria del mismo soberano.

Toma el nombre de Fernando para quitar el cetro a FERNANDO; y con la misma astucia de otro sofista como él, de aquel infame canónigo Calvo, que en un cadalso pagó en Valencia igual traición y pérfidas mañas, profana con sus labios hediondos y sacrílegos el nombre hechicero de FERNANDO, para con más vileza destronar, perseguir y encarcelar su sagrada persona para siempre, se vale del nombre del rey para quitarle el reino; del pretexto ridículo de conservarle la América, para robársela; porque según el catecismo que este párroco del infierno enseña a la caterva bárbara que lo sigue, si FERNANDO VII pusiera sus reales plantas en este reino, buscando un asilo en el que lo era y será de la fidelidad, y de la dicha, por sentencia del diablo costilludo debía morir atravesado a lanzazos, por sólo el hecho de no haber nacido en la congregación de Dolores de alguna Costilla injerta de todas castas.

Porque tal pecado original no lo perdona él, ni en los reyes legítimos y justos; y si pudiera tanto, habría ahogado en su cuna a cuantos reyes católicos ha habido desde que se descubrió la América.

Si estuvieran reunidos todos los monarcas españoles desde Fernando e Isabel, en cuyo tiempo Dios abrió este vasto imperio para teatro de las glorias de España y del triunfo de la religión, hasta el actual idolatrado FERNANDO, en cuyos días, a pesar de la amargura y tribulación universal, se coronan aquellas antiguas glorias y se acrisolan todas las virtudes; si Costillón, vuelvo a decir, los tuviera a todos estos soberanos augustos, a tiro de sus lanzas y machetes, en fuerza de sus silogismos y proyectos los mandaría asesinar a todos juntos en media hora.

Después limpiándose las manos teñidas en sangre real, diría muy ufano, que todos habían muerto según las reglas de su dialéctica, y que no tenía que lavárselas como Pilato para protestar inocencia o violencia en el juicio de la causa; sino hacer alarde de que él había pasado a la tercera operación del entendimiento que es el discurso, silogizando sobre el modo dialéctico de obrar con la fuerza de los silogismos en bárbara y ferio, y con las matanzas, que son la precisa secuela de los razonamientos que ha formado contra todos los bienes ajenos, contra cuantos no han nacido en las rancherías de tierra adentro, y contra cuantos no sean tan perversos y traidores como desea su soberbia y obcecación luciferina.

Amigo, me añadió al concluir, otras muchas consecuencias podrán sacar otros bachilleres contra el bachillerejonote Costilla.

Varias anteveo, como la ruina y trastorno de todo derecho y ley divina y humana, sin que en la América quedase más ley ni derecho, que el del más fuerte, bárbaro, atrevido y sanguinario; que es el derecho predicado antes por el ateísta Hobbes, seguido ahora en Europa por Napo-demonio, y empezado a plantear en esos desventurados pueblos de Michoacán por el nuevo demonio de Napo...

Sólo soy bachiller en la universidad del sentido común, y como veo que lo han perdido cuantos siguieron y siguen los infernales delirios de ese archi-loco cura, me contento con presentar los absurdos y maldades que se siguen necesariamente de su sistema y de los sofismas atroces en que quiere apoyarlo.

Basta poner a la vista el precipicio horrible en que va a caer, aún una bestia desbocada, para que se detenga al menos en el borde.

¿Cuánto más deberemos esperar de gentes sencillas y rudas, que por verlo cubierto de flores, no advirtieron la profundidad del abismo en que iban a despeñarse? Si al verlo ahora no retroceden espantados, no sé como puedan desengañarse; ni tal tenacidad puede comprenderse, sino con creer que el diablo ha tomado posesión total de sus almas y cuerpos, y que son como aquellos puercos, en que entró una legión de demonios y los hizo arrojarse a la mar.

Dios terrible en sus juicios y castigos, abandona a tales monstruos a su propio sentido réprobo, y los deja andar y perderse según los deseos de su corazón y las invenciones de su malicia.

Pena formidable, con que Dios ha cegado a ese cura y principales secuaces de su frenesí, abandonándolos visiblemente a su furor y a las furias del infierno, que los instigan, llevan y traen a lo loco, sobre el borde del abismo, para precipitarlos en lo más hondo con mayor ruido y escándalo.

Por última de mis consecuencias, saco que el tal bachillerejonísimo Costilla, debe llamarse por su oficio y obstinada maldad: el singular Caco-Demon del tiempo en que andan sueltos los diablos y los ladrones a la par.

Así discurrió, y muy bien el anti-bachillerejo.

Sus ilaciones son muy justas.

Sólo nos falta que la justicia con otra clase de argumentos pueda argüir y concluir tu protervia, que llamado a estas conclusiones públicas todo el nuevo mundo, para retorcerte los silogismos bárbaros con las razones de ferio, te den a ti, malvado sofista y catedrático de locos y truhanes, el pago que Espartaco, capataz también como tú de una canalla despreciable de rebeldes, recibió en una batalla, o si no el que tuvo el avaro hidrópico insaciable Crasso, que destruido en una acción, cuando más confiaba en lograr tesoros inmensos, en su boca destilaban oro derretido, repitiéndole esta razón convincente para hacerlo: tu corazón era insaciable de oro; pues hártate para siempre...

Si así has de convencerte y hartarte, o crasísimo botarate, empieza a abrir la boca, porque de todos metales te echaremos, empezando por plomo derretido.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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