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MISIÓN CONFIDENCIAL DE PARTE DEL GOBERNADOR DON ABRAHAM GONZÁLEZ A ISIDRO FABELA

 

 

MISIÓN CONFIDENCIAL

EN LOS PRIMEROS días de febrero de 1913, al llegar al Palacio de Gobierno, Don Abraham González me llamó a su despacho para decirme:

Yo tengo muy serias inquietudes, Lic., sobre el porvenir del país y, especialmente, sobre la situación militar de Chihuahua. Los orozquistas andan a salto de mata molestando por todas partes y no veo eficacia en la persecución que hacen de ellos las tropas federales. Sus actividades son lentas y a veces se me figura que no los baten y aniquilan porque no les da la gana.

Y luego agregó:

Si tuviera fuerzas propias, de mi confianza, que yo mismo seleccionara y mandara, en un santiamén acabaría con ellos. Pero el señor Madero, como él mismo se lo comunicó a usted, no sólo no quiere pagar esos elementos rurales, sino que se opone a que los reclute y pague por cuenta del Estado, porque dice que eso sería tanto como demostrarle desconfianza y no darle su lugar al ejército de línea. Éste es un error muy grave que de seguir subsistiendo, nos costará muy caro.

Me hará usted favor de ir a México a entrevistar de mi parte al señor Presidente, a quien ya prevengo de su próxima visita, y le expone con toda franqueza cuáles son mis fundadas preocupaciones. Insista usted en este punto: que si el presupuesto nacional no está en condiciones de cubrir los haberes de esas fuerzas auxiliares, los cubrirá mi Gobierno. Lo que necesito es la autorización para hacer el reclutamiento, y, naturalmente, la facultad de comandar a mi gente. Y ratifíquele, Lic., la seguridad que tengo de que, de esa manera, yo me comprometo a barrer el orozquismo de este Estado. Además, sírvase decirle la verdad de lo que realmente pasa.

Aunque el Ejecutivo no lo haya querido creer, el Ejército Federal ha sido incompetente para restablecer la paz en Chihuahua. Al respecto déle usted con toda franqueza mi opinión, que es ésta: a mi juicio, los federales pueden acabar con los rebeldes, pero no quieren exterminarlos. Para dar cuenta final con ellos, sólo hay un procedimiento eficaz: el de perseguirlos por medio de columnas volantes que se propongan darles alcance, hasta aniquilarlos. Y esto es lo que no hacen las tropas del Centro. Van a donde las mandan y allí se plantan hasta nueva orden.

Con este sistema, le explica usted al señor Madero, la rebelión continuará sabe Dios hasta cuándo.

Y ahora, viene mi recomendación urgente: ratifiquele usted lo que yo mismo le he repetido varias veces: que dispense mi sinceridad de ranchero al decirle que yo no creo lo que él cree. Él piensa que el Ejército Federal está sosteniendo su gobierno lealmente, y yo creo lo contrario.

Por supuesto -agregó Don Abraham- no dudo de que haya elementos federales de absoluta honradez y disciplina, pero recálquele a Don Francisco que nosotros, acá lejos, en la frontera, estamos observando los acontecimientos en forma distinta de como se ven en la ciudad de México; y que no debe confiarse mucho, sino tomar precauciones respecto a su persona.

Con referencia a la cuestión económica -añadió- quiero que vea usted al Ministro de Hacienda, Don Ernesto Madero, porque mucho ha de depender de él la opinión de su sobrino, el Presidente.

A Don Ernesto se servirá exponerle todos los detalles de que hemos hablado, con el fin de que quede bien enterado no sólo del problema militar, que yo puedo resolver si cuento con su apoyo decidido, sino del problema político que, a mi juicio, es muy serio, por la conducta que están siguiendo, al menos en Chihuahua, los federales. Están poniendo en peligro no la estabilidad de mi Gobierno, porque a mí no me hacen nada los orozquistas, sino la vida misma del régimen maderista.

Cuando Don Abraham me dio las instrucciones expuestas, le dije: primero, que cumpliría al pie de la letra sus órdenes verbales; y, segundo, que le agradecía su confianza al darme tan delicada misión que, además de significar para mí el honor de servirlo, me ofrecía la oportunidad de regresar a México, adonde necesitaba ir, por haber contraído, desde hacía tiempo, un compromiso amistoso.

Don Abraham, sonriendo con ironía bondadosa, me expresó:

¿No será otro el motivo, y no un compromiso amistoso, Lic.?

No -le repliqué-, es que deseo asistir a la boda de un amigo que se casa este mes, el Lic. Alejandro Quijano, quien contraerá matrimonio con la señorita Dolores Méndez Armendáriz, también mi amiga desde la primera juventud.

El día de mi partida, el señor Gobernador me despidió con estas palabras:

Buen viaje, Lic., y que pronto regrese usted... ¡Y no se me quede por allá!... Como es usted Diputado, no se le vaya a ocurrir entrar a la Cámara y olvidarse de nosotros...

Yo le ofrezco formalmente, Don Abraham, que volveré a Chihuahua para seguir a sus órdenes.

Desgraciadamente, el destino me impidió, por causa de fuerza mayor, cumplirle mi ofrecimiento al insigne mexicano, que poco después habria de ser mandado asesinar por aquel de quien dijera él mismo: "No me gusta nada este hombre, Lic.", refiriéndose a Victoriano Huerta.

Mi llegada a la ciudad de México la anuncié al señor Presidente, pidiéndole audiencia para enterarlo de la comisión que para él llevaba.

El señor Madero, en su mensaje de respuesta, me expresó que le sería grato recibirme en próxima audiencia, la que nunca se efectuó por sobrevenir a poco la "Decena Trágica" con sus consecuencias bien conocidas.

Al Ministro de Hacienda sí tuve el gusto de entrevistarlo, haciéndole saber, con detalles, la situación que prevalecía en Chihuahua y los concretos y apremiantes deseos del señor Gobernador González.

Don Ernesto Madero, con su severa cortesía característica, no fue muy explícito conmigo, sino lacónico y terminante. Él nada podía resolver sin la venia del Primer Magistrado, pero sí me advirtió que las finanzas de la Federación no le permitirían a la Secretaría de Hacienda hacerse cargo del pago de las fuerzas rurales que Don Abraham solicitaba.

No me quedó otro recurso que solicitar audiencia con el señor Presidente, para ver si conseguía convencerlo del imperioso auxilio, más que económico, político, impetrado por el Gobernador de Chihuahua, pero en esta espera estaba cuando se precipitó la asonada militar Reyes-Díaz-Mondragón.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución.; Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela.; Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García.; Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.45-48.

 
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