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CARTA DUODECIMA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA DUODECIMA

Bachillerejo Hiperaspistes Costilla. Horrorosa guerra has movido también contra los cielos.

Has querido renovar la de los orgullosos gigantes, escalar el firmamento, e ir a arrojar de su trono al Altísimo.

Luzbel al menos se contentaba con ensalzar su solio hasta hacerse semejante a la divinidad o a la humanidad de Jesucristo.

El impío Baltasar, figurado en la arrogancia y caída de Luzbel, y figura o parábola de los que persigan y tiranizan con errores o con armas al pueblo cristiano, exclamaba igualmente, según Isaías: “subiré al cielo, me sentaré en el monte del testamento a los lados del Aquilón.

Subiré cobre la altura de las nubes, semejante seré al Altísimo.”

El ángel malo, caudillo de los espíritus insurgentes, cernía su gran soberbia a la aproximación o semejanza mayor a la divinidad, o por envidia a la unión hipostática que Dios tendría con la humana naturaleza en Jesucristo, queriendo otra igual gloria; o porque a sus fuerzas naturales quería se le debiese dar de justicia el mayor ensalzamiento, sin corresponder a las gracias que de pura gracia se le habían dado, y a las que debía corresponder humilde y agradecido, convirtiéndose todo al autor soberano de la naturaleza y de la gracia, de quien liberalmente y sin poder merecerlas había recibido una y otra.

Aunque tú has sido catedrático de teología juzgo que estas cuestiones están ya muy fuera de tus alcances, y que son demasiado profundas para que las entiendas.

Porque como el vicio de la impureza embota extraordinariamente el entendimiento, y la soberbia lo cierra a toda buena luz, tú que por tantos años has estado sentado en la cátedra de la pestilencia y sensualidad, cubierto con el manto hipócrita de los soberbios fariseos, has venido a parar en ser como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento.

Bajemos, pues, de la consideración del orgullo que agitó a los ángeles insurgentes en el cielo, volviéndolos demonios, a la contemplación de los insurgentes malignos contra Dios y su Cristo, que ellos han procurado buscarse por compañeros en la tierra, como para consuelo y medio de venganza por su ruina y desesperación irremediable.

Los Nabucos, Baltasares y demás caterva de tiranos altivos e insurgentes contra la divinidad, han aspirado y aspirarán a usurpar los atributos y el culto supremo que a solo ella es debido.

Unos han pretendido ser adorados en los tronos y palacios, como lo es Dios en sus templos. Otros en los mismos templos.

Unos se han querido llamar divos o dioses, como varios césares paganos; otros omnipotentes, como el fingido César y emperador, pero real usurpador de diademas, que para mayor oprobio del linaje humano ha fingido también ser cristiano, a fin de que en él todo sea ficción, farsa y patraña, sin que de realidad tenga otra cosa que el lleno y colmo de todas las maldades con la más profunda arte de rapiña sin rastro de vergüenza.

Perdóname bachillerejo Costilla, esta digresión en elogio de tu amo; y vengo al tuyo, en todo semejante, porque de iguales perfiles se forma tu catadura.

Te has imaginado que para ser famoso en los anales de la maldad, era preciso sobrepujar de algún modo a cuantos monstruos se han distinguido en esta línea.

Veías que en dieciocho siglos los heresiarcas habían vomitado ya la ponzoña del error contra todos los dogmas católicos, sin dejar ni uno intacto; que tras esa chusma vino en nuestra edad otra mayor de deístas, materialistas y ateos, que habían acometido de recio a los fundamentos de la revelación y de la razón, trastornando las verdades más claras, y despreciando los preceptos más sencillos de la ley natural.

Mirabas con gusto de tu perverso y sacrílego corazón, que estas blasfemias y maldades no se habían quedado en los libros, sino que se habían derramado por el orbe, y que Napo-demonio ofrecía impunidad a todos los crímenes, al mismo tiempo que ejecutaba los mayores contra la iglesia de Jesucristo, contra la suprema cabeza de ella, contra los pastores y demás ministros de la religión, y contra todos los fieles a Dios y a sus reyes legítimos, particularmente contra los españoles, que reunían en grado supremo las dos prendas de piedad y lealtad que más le incomodan y repugnan.

Al ver tú que hasta ahora este último tirano y perseguidor era el más feliz y poderoso de cuantos ha habido, pensaste que a pasos largos caminaba a la dominación de todo el globo, y que iba a cumplirse lo que ahora poco escribía en París su orador y adulador asalariado Mr. Bonnald: “que para el sosiego del mundo, las cuatro partes de él debían estar y estarían sujetas a Francia y Francia a Bonaparte, y que en esta unidad de poder estribaba la paz de todas partes.”

Te has complacido con esta perspectiva tan grata a tu ambición, odio y envidia, repitiendo: “Si hay, como dicen los cristianos, un sólo Dios que gobierna al mundo, haya, como vaticina Bonnald, un sólo Napoleón que lo destroce, y no quede con vida quien no lo sigue y adora.

Cúmplase la opinión moral, religiosa y política de Manes, de que si uno sólo es el principio del bien, haya en contraposición otro principio positivo omnipotente de todo mal, que de continuo le haga guerra y le dispute a palmos la victoria, hasta ver quién acaba con quién.”

Añadías: “a mi me repugna diametralmente el bien de cualquier orden.

Me haría violencia suma en abrazarlo.

Sigo pues, el impulso de mi mecanismo y de mi voluntad (pues sólo por tener placer en ser más malvado, quiero por ahora creerme libre en hacerlo) sigo con gusto sumo el partido del sumo desorden y las banderas del mal genio universal, que ha dado licencia para que sin freno de ley, ni temor de Dios o de infierno, haga cada uno todo el mal que pueda y se ponga en armas contra el mismo cielo.

Y cuando no pueda introducir allí el tumulto e insurrección, como yo quisiera, y como cuentan y yo creí de niño, que lo intentó Luzbel, dirigiré al menos contra él mis tiros, y escupiré blasfemias.

Voy a promover cierta guerra sorda que hasta ahora nadie le había hecho.

De este modo me señalaré entre cuantos han maquinado otras, y adquiriré el renombre de ser después de Napoleón el enemigo más terrible y temible para el mismo empíreo.

Refieren que Miguel sostuvo la causa del emperador celestial contra la insurrección del demonio; pues yo quiero trocar los frenos, y hacer ver que hay un Miguel peor que el mismo demonio, que renueva la guerra más atroz contra aquel emperador invisible a favor del muy visible y muy grande (aunque pequeño) emperador de los franceses y rey futuro del globo terráqueo, incluso su centro.

Verán los bobos americanos, que de tierra adentro, o de lo más adentro de la tierra, ha salido otro Miguel valiente, que no ha dejado hueso sano a ningún bueno, no ha de perdonar a los que se pregonan santos del cielo, y no ha de dejar en su lugar al mismo Cristo, acelerando en cuanto de mí penda la venida de su capital enemigo el anticristo, que anuncian y temen tanto los cristianos, columbrando algunos que a poco más andar podrá serlo completamente Bonaparte, pues ha sobrepujado a los que hasta ahora se apellidaron anticristos.

Y si así va siendo, ¿cuánta será mi gloria, el ser yo su escudero y predicador? Gloria única que no la cederé a nadie, y se cumplirá enteramente mi mayor deseo, de que sólo haya uno que me gane en la carrera famosa de la maldad.

Miguel contra Miguel.

Yo contra el de arriba; veremos quién gana.

Napoleón contra Cristo: veremos quien vence.

De cualquier modo tendremos ambos la satisfacción de hacer mal, que es la única gloria a que aspiramos.”

Pues ¡oh Hiperaspistes! que así llamó San Irineo a la segunda bestia que serviría de escudero a la primera que es el anticristo; ¡oh escudero famoso de la gran bestia! que elogia la carrera de bestial de renegar de Cristo, de vomitar nuevas blasfemias contra él, contra su padre Dios y su madre María, y contra sus coherederos los santos, y contra su tabernáculo del cielo y de la tierra; ¡oh seudo profeta, que quieres que rindamos todos el cuello al dragón que dio poder a la bestia, y que adoremos a ésta, pues dices: ¿quién hay semejante a la bestia? ¿Y quién podrá lidiar con ella? ¡Tú quieres acelerar la ruina del universo; que el perseguidor más infame de la Iglesia lleve su furor a todas partes, aún a las más remotas y tranquilas del mundo, a las que resguardadas por la inmensidad del océano, parecían estar más seguras de la voracidad de las llamas con que abraza a la Europa! ¡Oh impísimo Hiperaspistes, quieres que también aquí en la que llamas! ¡oh monstruo! patria tuya, el demonio sea adorado y Bonaparte obedecido, que el dragón pintado en el Apocalipsis domine, y sus dos bestias destrocen y maten a cuantos no los siguen.

No diré, que tú en todo rigor teológico seas esta misma segunda bestia y el sacerdote falso, hipócrita y seductor, que al fin de los siglos ha de comparecer predicando la doctrina del anticristo, para que sigan todos sus banderas y se sometan a su poder, pues nadie sabe cuando empezará esa última persecución con que ha de acabar el mundo y con la que se ha de completar el número glorioso de los mártires y demás predestinados que seguirán a Cristo con fortaleza invencible y con paciencia inexpugnable; pero lo que sé y afirmo y sostengo a la faz de todo el orbe, y te digo en tu cara descarada, es que en tus principios y planes de rebelión hallo un no se qué, que sobrepuja la malicia de los antiguos seductores, que deja atrás a los Apolonios Tyaneos, a los Porfirios y Celsos, y a los antiguos y modernos sacerdotes apostatas de la religión, que abusando de su dignidad, influjo y carácter, han corrompido las costumbres y han hecho prevaricar en la fe a muchos pueblos y naciones.

Porque en los principales artículos de tu persecución, sellados con tus blasfemias; de la persecución manchada con tanta sangre; de la persecución sostenida con increíbles horrores y errores, se envuelve el sistema nuevo de que no ha de haber ley alguna divina y humana, si prevaleciesen tus delirios; que los mandamientos de Dios, grabados en el corazón de todo racional, habían de borrarse y arrancarse de todos los corazones; que los preceptos de la santa Iglesia son una quimera; la virtud un vano nombre que nada significa; el vicio un estímulo halagüeño e irresistible; el robar y matar, proezas de la nueva república de Costilla; los sacramentos cosas sujetas a su capricho para variarlas o quitarlas; y que los mismos sacerdotes (como lo hacen algunos que te siguen) prediquen estas impiedades, y para mejor seducir los pueblos, les den el primer ejemplo de prevaricación y apostasía, tomando también las armas para promulgar tu nuevo Alcorán, más bárbaro que el de Mahoma.

Se sigue que no hay más derecho que el de haber nacido en el suelo para apoderarse de todo el territorio que se quiera, excluyendo a cualquiera otro poseedor, aunque lo fuese desde el diluvio, si no nació en la tierra que pisa.

Se sigue que el hijo del portero o criado de un palacio o casa grande, por haber nacido en la covacha debajo de la escalera, tiene tanto derecho al dominio de la casa y palacio como el amo que habita en los altos y les paga el salario; y así podrá arrojar de la habitación al dueño, y mucho más si éste no nació allí mismo; que el ranchero y peón podrá ejecutar lo mismo con la hacienda del señor que lo mantiene, con tal que sea planta indigna de aquellos campos.

Pero se sigue, según este tu derecho nuevo natural y de gentes, que no hay dominio alguno verdadero sino sobre los cuatro palmos de terreno que ocupa un hombre al nacer, y sobre los siete que se le darán al morir; y que todo lo demás es una usurpación hecha a los otros vivientes que ha brotado la tierra y que pueblan los aires; que el que quiera posesiones anchas las busque en la mar, si lo consienten los peces, o en la región dicha del fuego, y en los planetas si no hay allí otros habitantes más antiguos.

Según tu sistema, es una locura e injusticia haber edificado ciudades y reinos, cuya posesión, sociedad y dominio no puede pertenecer a los mismos fundadores; y siempre deberá ser del último que nazca (al revés del derecho de primogenitura) expeliendo el hijo postrero a todos los antepasados.

No puede haber rey, sino en su choza cada uno; no puede extenderse un palmo fuera de ella; debe haber una guerra eterna de unas gentes con otras, como la de las fieras, a fin de que nadie se acerque a su taberna, y como la de los perros hambrientos de un barrio que no toleran a los de otro.

Así los hombres salidos de este Costilla, han de vivir aislados, desunidos, acechándose y guerreando sin fin para sostener el único verdadero fuero de propiedad, ceñido al que tienen los hongos y los pólipos, los ostráceos y los inmobles animales, que nacen pegados a las peñas en la mar.

A lo sumo se les permitirá en el fuero juzgo de Costilla tener el honor y derecho de los caracoles, cargando con su existencia la casa y lo que asoman por ella.

No se ha de salir de la línea divisoria que él trace como necesaria a la vegetación.

Quien la traspase será reo de usurpada majestad y propiedad ajena, y conspirador contra los imprescriptibles derechos de los tres reinos de la naturaleza.

Y tú, insigne Costilla, eres este reo; porque saliste de la covacha de tu origen; has sido cura donde no naciste, y has vegetado fuera de tus ostráceas conchas con exceso escandaloso, y con grave perjuicio de otros vivientes, excluidos por tu usurpación de la propiedad primigenia que ahora predicas y pregonas en los pueblos, pero para quitarles lo que les queda.

He aquí el plan de una insurrección general de todos contra todos, para que cada ente vuelva a los linderos que le prescribes con tu gran legislación.

Los animales, las plantas, los metales, los seres todos inanimados van a recobrar sus derechos, reclamarán al hombre haberlos trasplantado, sacándolos de las entrañas de la tierra, llevado a otros sitios, y lo acusarán de lo mucho que les ha robado; y si pudieran obedecer tu voz, contra ti mismo, que a todos has robado más que todos, se levantarían los árboles, los brutos y las piedras, y dóciles a tus mandatos, si eres consiguiente en ellos, a ti como al más descarado caco, los árboles te apalearían, los metales te cocerían, las bestias te comerían y las piedras te sepultarían.

Día vendrá en que la justicia eterna lo haga ejecutar así, y que la redondez de la tierra con cuanto abarca pelee contra ti, como uno de los hombres más insensatos, pérfidos e injustos que la han querido trastornar hasta en sus fundamentos y desquiciar los más inmobles, augustos y sagrados de la sociedad humana.

A esto se encaminan tus órdenes infernales, tus proclamas desatinadas, tus promesas inicuas, tus bestiales insultos hechos a toda la América, como si ésta fuese una gavilla de hotentotes, que hubiera de seguirte en masa, como te sigue esa masa corrompida y apestada de idiotas y perversos que afeaba y escandalizaba los pueblos donde han habitado.

¿Tan brutos nos consideraba tu brutalidad que a tu voz, creyeses, que querríamos trastornarlo todo; que la ilegalidad, la injusticia, la inmoralidad se sentaría en el trono de la equidad, de la ley, de la virtud, muy a nuestro placer, por complacerte? ¿Habíamos de consentir jamás, que todo fuese iniquidad en nuestro estado nuevo; todos los actos proditorios; todas las actas violencias sumas; todas las leyes nulas, sobre bárbaras y cuanto tú hicieses dando o quitando empleos, promulgando mandatos etcétera, una cadena interminable de delitos que nunca podían somearse, ni revestirse siquiera de alguna apariencia de equidad y autoridad aun soñada?

Es tan escandalosa, atroz, violenta, inicua, bárbara e impía la usurpación que has proyectado, que en ningún tiempo podría aparecer legal para aquietar de algún modo las conciencias, obligarlas a ceder y obedecer, ni conseguir de las autoridades legítimas transacción alguna aún en el mayor extremo y apuro.

Era preciso que pereciéramos todos, antes que obedecer a semejante ladrón y homicida.

¿Y qué diremos de tus miras revolucionarias en puntos eclesiásticos?

No habría jurisdicción alguna espiritual; deberían cesar los obispos de otro lugar cualquiera; cada uno sería rey, y papa en su choza; cada casita y jacal sería una pequeña cismática Samaria con su montecito de Garicin, independiente de Jerusalén, El pontífice romano no podría ser cabeza de iglesia alguna americana; siendo extranjero quedaba segregado de toda propiedad, honor, autoridad y comunicación en los tabernáculos de Costilla.

La sucesión apostólica de los obispos que ha habido en la América, no debió haberla, según tus leyes, decretos, cañones y machetes; y debe ahora acabarse según ellos.

Si los americanos quieren seguir en ser como tú opinas, supersticiosos y tener sacerdotes y obispos, deberían recibirlos de tu mano y por medio de tu consagración, con la jurisdicción que tú les darías para que los lleven derechos a los infiernos.

Cuantos pastores europeos y americanos ha habido en tres siglos, han sido, según tu catecismo, intrusos, nulos, injustos, irregulares, reos de alta traición contra la verdadera autoridad, y reos de lesa nación americana, sin exceptuar ni al venerable señor Palafox de tal crimen; porque o nacieron en otro suelo, y eran incapaces de obtener en este de Costilla, jurisdicción, honor y dignidad; o si nacieron aquí, recibieron la tal autoridad y honra de unos reyes que no eran indios, y de unos papas que ni eran (los más) españoles, y ninguno americano.

La institución, como el nombramiento lo debieron hacer, según tu fallo, los nacidos en la congregación de Dolores; y las bulas expedirlas el sacristán de la tal parroquia si era indio, como los despachos darlos y firmarlos la recamarera de tu cámara, partícipe de tu tálamo, y de tu alta dignidad soberana.

Todo lo demás fue y es, y será mal hecho y contra derecho según la decisión de tus machetes: ergo nulo; y no hay sacerdocio, ni ministerio que valga un pito en Nueva España hasta la época presente, cuando tu revalides y arregles las mitras en las cabezas o cabezones de tus arrieros.

Síguese el cielo después de la tierra; y después de la insurrección de este Miguel contra la tierra, contra todos sus derechos, contra los del estado y los de la iglesia de Jesucristo, síguese la insurrección del tal Miguelillo contra los mismos cielos y sus habitantes.

Según el mismo plan, los santos que no nacieron en tu parroquia y que tú no hayas bautizado y canonizado, no son santos en ella ni pueden recibir veneración.

Han sido pues unos usurpadores del culto que se les daba, y deben arrojarse sus imágenes al fuego, y lo mismo hacerse en cada feligresía, sin más santos que los nacidos en ella.

Todos los otros, y más si eran santos españoles, eran y son enemigos de Costilla (y esto sí que es verdad); y así lejos, fuera de aquí, hasta su memoria.

Los clérigos y frailes americanos no deberán rezar de ellos, ni hacer conmemoración, so pena de injusticia notoria y desobediencia pública, al concilio general de los arrieros y coleadores habido en el pueblo de Dolores en septiembre de 1810, bajo la presidencia del serenísimo príncipe, y arrebatadísimo padre Costilla, invocada la asistencia del demonio meridiano, después de haber celebrado el sacrificio a Baco, su sacerdote Allende, con asistencia de Aldama y Abasolo de la misma bachica y vacuna jerarquía, habilitados todos para el efecto con un largo (y no breve) vaso de licor sacado de la tuna cardona, con que Costilla solía embriagar y enfurecer ya antes a sus feligreses.

De este espirituoso licor bebieron todos los vocales del tal concilio, y se resolvió lo dicho, para aliviar la carga de los eclesiásticos que ayudan a la conquista.”

Si no hay santos bastantes en cada pueblo nativos de él, y quieren los indios culto y fiestas, tendrás ideadas las que deseaba Volter, y puso en práctica Robespierre en París.

Aquél lloraba la muerte de una cómica impura diciendo en su epitafio: que era digna de los altares.

El segundo dio pública veneración a una prostituta en el principal templo de París, la que hacía el papel del Dios de la naturaleza o de la naturaleza Diosa.

El nicho de San Pedro y San Pablo lo ocuparon las estatuas de Marat y otros regicidas.

Con que pariter, et codem modo según tu estilo y doctrina harán papel de santas tus concubinas y las de tus compinches; y en vez de las efigies de las santos, entrarás tú con Allende, Aldama y Abasolo, pues tan dignos sois como Marat y demás Jacobinos sanguinarios; y si no las estatuas de Napoleón y de Chepe su hermano en lugar de Santiago y San Jorge, para que los adoren, como pretendes, por su mejor escudero.

Si todos los santos de la corte celestial viviesen entre nosotros, o bajasen ahora a esta mansión que habitamos, ¿qué harías con ellos, con esta inmensidad de ciudadanos del cielo, que se aparecían a serlo del suelo mexicano, sin haber nacido en él, sino uno u otro? En fuerza de tu decreto debieran ser arrojados noramala, o degollados luego, como enemigos natos y por nacimiento; aunque fueran los mismos apóstoles y el bautista, o el santísimo patriarca José; y aunque fuesen los ángeles, porque no empezaron a ser y existir en el terreno, que niegas a todo el que no haya nacido en él.

A fin de limpiar tus estados de tanta multitud de alienígenas, tú sabrías hacer con todos, cuanto hicieron con cuarenta millones de mártires los Nerones, Dioclesianos y demás perseguidores, y cuanto va haciendo tu prototipo y señor, la primera bestia, a quien adoras.

Y con la reina de los ángeles y madre de los hombres María Santísima, ¿qué hicieras en virtud de tu sistema ?...

Lo propio, porque es extranjera. Nació en Judea, y así no tenía derecho de vivir en América...

¿Y con Jesucristo nuestro redentor ?...

Lo mismo, porque nació en Belén, y Belén no pertenece a la congregación de Dolores, ni es vicaria de la Nueva España.

Por mucho favor y gracia enviarías a pasear a Jesucristo y a su madre si arribasen por acá; y si no querían irse, descargarías sobre ambos tus machetes y no perdonarías a la reina a quien respetaron los judíos; y acusarías a Jesucristo de un crimen que no le imputaron sus mayores enemigos, habiéndolo calumniado con tantos y tan extravagantes.

Si a Cristo se le hubiera de sentenciar ahora en Habacha, en el valle de los morales, y dolores, y tú hicieses el oficio de Cayphas, Allende el de Herodes, Abasolo el de tu suegro Anas, y Aldama el de Pilato, no andadas en más averiguaciones que esta: “es de otra tierra y ha venido a predicar y vivir en la nuestra; luego es reo de muerte, y debe morir por venir a redimirnos, no habiendo nacido en nuestra congregación.

Es hombre, y ningún hombre, aunque sea el hombre-Dios, debe violar el primer derecho de nuestra sociedad inviolable.”

Tus planos encierran todas estas consecuencias, por necesidad.

Sin duda te indignarás de que Jesucristo escogiera entre sus ascendientes a una extranjera, a la moabita Ruth; y que esta lo dijese a su suegra Neemi en el camino, cuando la persuadía a que regresase a su país: No volveré, madre mía, sino que tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será también mi Dios.

No hubiera respondido así, si te hubiese consultado; ni Jesucristo hecho tal elección, si respetase las leyes de equidad y justicia nueva que tú has venido a promulgar contra su divinidad y humanidad en el nuevo mundo, y contra la propiedad, dominio y vida de los hijos de Dios que aquí lo adoran.

Tú obligarías a las cenizas de nuestros padres mismos a salir de los sepulcros, e ir a buscar reposo en otras regiones, como las de Jacob fuera de Egipto.

Les diremos: “marchaos, id de aquí cenizas de nuestros padres, malditos y proscritos por ese cura, que dice no debisteis aportar a este hemisferio, y que no teníais cabida en él...

¿Y para qué vinisteis a dar el ser a monstruo semejante que se precia de descender de vuestro linaje, cuando decreta el exterminio de sus progenitores, como Nerón el de su madre? “No dejarás de tachar de injusta al mismo Dios, porque dio la tierra de Canaan a los israelitas, que nacieron en el desierto.

Tú te pondrías de parte de los cananeos para develarlos, y dirías en su abono: “en mi sistema social cada uno debe vivir y morir donde nace; y así en el desierto deberán vivir y morir esos israelitas, que allí han nacido y que Dios trae a esta región a expensas de mil prodigios.

Yo impugno otras leyes suyas para fundar la mía, y así no me embarazan los portentos, cuando desprecio los mandatos del Decálogo.”

Me horrorizo y me avergüenzo de tener que desentrañar estas escandalosas consecuencias y blasfemias inauditas, que se contienen en el plan de guerra que has suscitado, fundándolo en tan perniciosas herejías morales cuales jamás habían salido del pozo del abismo.

Callaría cubriéndome la cara de vergüenza, y lloraría en silencio tan execrables delirios, si no hubieras tomado las armas para realizarlos, y si tal multitud de bárbaros idiotas, y otra de malvados inexcusables no te coadyuvara para tal atentado con la más insolente impiedad, introduciendo algunos sacerdotes con avilantez suma la abominación de la desolación en el lugar santo, pisando, escupiendo y profanando la sangre de Jesucristo, y perdiendo las almas redimidas con tal precio divino, y encomendadas a su dirección espiritual.

Todo, todo es obra tuya; ¡oh escudero del demonio, y del Napo- demonio!

Claman pues, y clamarán contra ti eternamente las mismas piedras del santuario poluido, y las de las ciudades teñidas en sangre humana por vuestra causa y culpa.

Claman y clamarán eternamente el monte de las Cruces, Aculco, Guanajuato, y otros pueblos donde vuestra fiereza e impiedad ha sido la causa de que perezcan por vuestra mano, a sangre fría, tantos hombres buenos y honrados; y tal multitud de perversos y estúpidos sectarios de vuestra revolución, que han hallado en una justa muerte un desengaño tardío y una condenación interminable.

Alza, sacrílego Hiperaspistes, tus ojos y tu boca sacrílega hacia el cielo; arroja contra él la ponzoña de tu pecho; di que quisieras tener a tus alcances a aquellos moradores, y a la reina de misericordia y de la gracia; y di ¡oh infame! que si pudieras no harías gracia, ni tendrías misericordia con esa nuestra dulce Madre, ni con los santos y ángeles que la alaban y bendicen, pues tus leyes y decretos son de proscripción y exterminio total para cuantos no hayan visto la luz en las covachas que tú has obscurecido con tu asqueroso nacimiento.

Cual otro Luzbel, y como lo hará el anticristo, ponte a desafiar de frente al mismo Jesucristo.

Publica que le quieres quitar sus ovejas; destruir su aprisco; abolir el incruento sacrificio de la misa; acabar con el sacerdocio y obispado, quitar los sacramentos; interrumpir la jurisdicción espiritual; la fuente de la santificación; conducir las iglesias americanas a la condición de la sinagoga reprobada; y esto sería en castigo de tus mismos atentados, errores, herejías y seducción.

Concluyo con que no habías de perdonar ni a la real presencia del Redentor si lo vieras en tu suelo.

¿Y no es esto lo que ya has dogmatizado en muchas partes con palabras solapadas?

¿No dicen altamente esto mismo los bandos, los decretos y los nombramientos que expides escritos de tu puño, con tinta del abismo, con las frases de los réprobos, con el horrible colorido de los demonios, con la maledicencia de los impíos, y con la rabia y soberbia de Lucifer? Has abolido las leyes de Dios y de la iglesia entre tus gentes soeces y feroces, y has promulgado otras que condenan al mismo hombre-Dios, y escarnecen a su divina madre, profanando su culto.

¡Oh! ¡Pásmense los cielos, y sus puertas eternales caigan sobre ti de espanto!

El orbe todo vengue a nuestro Criador y Redentor, y el honor de nuestra reina y madre; asómese desde el cielo el Altísimo para oír, ver y castigar tus blasfemias, tus delirios y herejías morales, tus decretos sanguinarios, tus atrevidos e infernales proyectos; y si tu obcecación ya es consumada, aún en esta vida, expires luego al modo del apóstata Juliano, arrojando tu sangre contra el justo y santo cielo, gritando desesperado como él: me has vencido ¡oh Galileo!

Pero Dios tenga piedad de ti, aunque tú no la tienes de nadie, ni de ti mismo.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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