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RELACIÓN DE LO OCURRIDO EN LA APREHENSIÓN DEL SEÑOR HIDALGO Y DEMÁS JEFES INDEPENDIENTES

 

Relación de los acontecimientos que tuvieron lugar al verificarse la aprehensión del señor Hidalgo

Marzo 8 de 1811

El subdiácono Zambrano manda de Béjar los capitanes José Muñoz y Luis Galán, a ponerse de acuerdo con el teniente coronel Ignacio Elizondo, que venía con los insurgentes, para la sorpresa de los generales, dándoles despachos y comunicaciones para el teniente general Jiménez por si los aprehendiesen en el camino.

Marzo 17

El teniente coronel Elizondo, unido en Monclova con el teniente comandante J. de Rábal administrador de tabacos Tomás Flores; su hijo Vicente; capitán Macario Borrego, teniente Rafael del Valle, alférez Matías Jiménez, sargento Ventura Ramos, Faustino Castellanos y otra de los vecinos principales, promueven un gallo (festejo popular) en que embriagan al mariscal Pedro Aranda, que dormido aprehenden en la cama de Ignacio Castro, apoderándose de la fuerza, que era de 150 hombres y 9 cañones. Los más de estos hechos fueron promovidos por el subdiácono J. Manuel Zambrano; cogen también al franciscano Carlos Meriza.

Marzo 19

Elizondo y sus compañeros se reúnen en el curato de Monclova con el cura Galindo para acordar la prisión de Hidalgo, generales y ejército; los Flores querían dirigirlo todo; pero al fin convienen en que el teniente coronel Elizondo, con Valle, Uranga y 200 hombres, fuesen al paraje de Baján y pusiesen el campamento al pie de la cuesta para no ser descubiertos, de acuerdo con los Flores. Elizondo manda al intérprete Pablo Delgado con cuatro indios a reconocer el campo insurgente; regresa llevando dos caballos y un sarape del campo de los insurgentes, y dicen: “estar el campo tendido desde la Joya hasta la punta del Espinazo.” Cuando se acuerda ir amarrando, el capitán de la nación mezcalera dijo: “que no era bueno amarrar, sino mejor matar y después contar, porque la gente es mucha y ellos eran pocos y se entretenían en amarrar.”

Marzo 20

Pedro Bernal, soldado de Monclova, lleva una carta de Uranga al capitán general Jiménez avisándole estarlo esperando en Baján como le había prevenido desde Anado. Al amanecer entrega Bernal a Elizondo la carta de Uranga. Éste la manda con él mismo a Jiménez, quien pregunta por Elizondo y Bernal dice no conocerlo pregunta por Aranda; le dijo que en la mañana salía a encontrarlos, que las calles estaban compuestas y con arcos desde el Puertecito hasta la puerta de la iglesia.— Jiménez preguntó: ¿cómo estamos de agua?— Bernal contestó: señor, hay poca y vuestra señoría trae mucha gente; fuera bueno que los coches y gentes principales se fuesen delante para que tomaran la primera agua, cosa que cuando fueran llegando los demás atajos y avíos, y su excelencia y los señores han pasado y descansado, así podrá haber agua para todos los caballos porque si van todos de golpe no dan agua en todo el día, y se muere mucha caballada, porque está delgada y todavía está vuestra excelencia lejos.— Jiménez contestó: pues bien, así lo haré; me parece muy bien lo que usted dice. Entonces Bernal se fue adelantando para avisar a Elizondo la llegada de todos, para que se previniesen. Acordado el amarrar, se nombraron amarradores, guardias para los reos, para los coches y prisioneros que se llevarían a las casas de las Norias de Baján (14 leguas de Béjar) y para las mujeres, encargando al padre Borrego de amarrar a los religiosos, despojándolos de sus armas. Arreglado todo se avistó el primer coche al salir el sol, que es asegurado, y en que venía el carmelita Fray Pedro Bustamante, un muchacho de doce años, teniente Joaquín Rodríguez, alférez Fernando Rodríguez, de Río Grande, y un soldado. Al padre se mandó con el padre Borrego, y los oficiales ofrecen tomar parte con Elizondo para ayudarlo en su empresa, la que se admite por decir conocer a todos. En seguida se ha aprehendido, después de una pequeña resistencia, a Flores, a un teniente González, del Saltillo, con otros 60. A González lo matan, y haciendo a un lado el cadáver, se tomó el segundo coche con dos clérigos, una mujer y 14 hombres de escolta, los que son mandados a las casas por el teniente Elizondo con 4 hombres para que los separaran. El tercer coche sólo conducía mujeres. El cuarto clérigos y frailes. El quinto al tesorero Mariano Hidalgo y Costilla, hermano del cura, y mujeres con escolta de pelados, a todos los que se amarran. En el sexto el generalísimo Ignacio Allende y una mujer. Rodríguez avisa a Elizondo ser estos los generales; cercan el coche, y don Tomás Flores les intima rendición a nombre del rey, lo que Allende dijo: “eso no; primero morir; yo no me rindo”; y tiró desde el coche un balazo que a nadie dio. Elizondo mandó hacer fuego y entre los tiros murió el hijo de Allende, y Arias, herido en un cuadril que con una escopeta salió del coche apuntando a Flores. Jiménez reclama a éste el recibimiento que le hacían, tratando de convencerlos a su causa, diciéndoles que su causa era de todos, pues todos eran americanos, siguiendo en su razonamiento, hasta que Flores lo hizo amarrar y meter al coche con los demás y conducirlos a Béjar. En el séptimo coche venía un carmelita, un clérigo, el barón de Bastrops, Sebastián Rodríguez y otro. Llegan otros cinco coches, a todos los que aseguran como los anteriores. En el decimotercero avisó Rodríguez venía el cura Hidalgo; pero éste venía montado en un caballo prieto, con un padre a su lado y 40 hombres de las colonias del Nuevo Santander. Elizondo lo dejó pasar, y unido con los Flores, lo cercaron e intimaron rendición a nombre del rey. Hidalgo quiso sacar una pistola, lo que le impidió Vicente Flores, agarrándole la mano y diciéndole estaba perdido, pues todos los que lo cercaban le harían fuego. Queda custodiado por los Flores, Manuel Flores, Nepomuceno del Rábago con otros diez o doce hombres, y Elizondo salió a encontrar otro coche en que iban Lanzagorta, Santa María y otros que amarran desde luego. Eran tantos los pelotones que se apresaban, que ya no daban abasto los cuatro amarradores, a los que don Antonio Rivas agrega otros cuatro; de suerte que a las cinco de la tarde se habían acabado 300 lazos y cuantos más cabestros de los soldados se habían encontrado; teniendo amarrados más de 600, de los que hicieron marchar adelante 400, para que les diesen agua y fuesen conducidos a Coahuila. Elizondo manda avisar a Flores haber quitado unos cañones, pero que Griego estaba apurado porque los artilleros no se querían rendir e iban a hacer fuego. Flores mandó amarrar a todos sin excepción, y dijo a Rivas: “cuidado, Rivas; ea, muchachos, prevengan belduques y lanzas, y luego que oigan tiros de cañón, comienzan a echar cabezas abajo y que lo mismo haga Elizondo en Baján.” Hidalgo dijo a don Tomás que aquellos no tenían ya culpa y más estando presos; a lo que repuso Flores: que supuesto que quería guerra, él sería el primero en morir. El cura Hidalgo mandó entonces a un tal Solís y al Güerito, capitán de artillería, para hacer que se rindiesen sin oposición. Entretanto Elizondo había quitado 29 cañones, matando 3 artilleros. A las diez de la noche llegó de Coahuila el gobernador Manuel Salcedo con otros oficiales; después el capitán retirado Pedro Nolasco Carrasco, mandado por el teniente coronel Simón de Herrera. El resumen de esta jornada es 40 muertos, 893 prisioneros, 500,000 pesos en plata acuñada, otro tanto en plata pasta, 18 tercios de balas, 22 cajones de pólvora, 5 carros de municiones, 2 guiones, una bandera con la cruz de Borgoña, y prisioneros notables, Francisco Bernardino, conde de San Pedro y San Pablo de Michoacán, fray Ignacio Jiménez, carmelita, fray Gregorio de la Concepción, mercedario, y fray Pedro Bustamante; clérigos, teniente general, Mariano Balleza; J. M. Salcido, Francisco Olmedo, Nicolás Nava, Antonio Ruiz, Antonio Belén, e Ignacio Hidalgo. Intendente de ejército, Manuel Ignacio Solís; coroneles; Luis Malo, Manuel Chico, Carlos Cepeda, Luis Lara, Francisco Mascareñas; teniente coronel Vicente Saldierna; Mariano Olivares, Jacobo Amado; mayores de plaza, Antonio Álvarez Vega, Vicente Acosta, José María Segura, Pedro León; capitán, Ignacio Chávez, Jacinto Noreña; tenientes, José de los Ángeles, José Antonio Narváez, Carlos Martínez; licenciado J. M. Letona; José Miguel Arroyo, J. M. Echaiz, Valentín Hernández, Antonio Nieva, Jerónimo Balleza, Joaquín Jiménez, Teodoro Chowell, Francisco Pastor, José María Canal, Vicente Frías, Carlos Taboada, Juan Echaiz, Mariano Hidalgo, Sebastián Conejo, Manuel María Lanzagorta. Arias murió de la herida que recibió. Generalísimo Miguel Hidalgo y Castilla, Ignacio Allende, capitán general; Mariano Jiménez, teniente general, licenciado Ignacio Aldama; mariscales, Nicolás Zapata, Pedro Aranda, Francisco Lanzagorta, Manuel Santa María, Ignacio Camargo, Mariano Alvarado; brigadieres, Juan Bautista Carrasco, Juan Ignacio Ramos, Onofre Carvajal; coroneles, Agustín Marroquín, Luis Mireles, José Santos Villa; director de ingenieros, Vicente Valencia. Licenciado Ramón Garcés, licenciado Manuel Garcés, licenciado J. M. Chico.

Los realistas no tienen pérdida ninguna. Todos son llevados a Béjar.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Juan E. Hernández y Dávalos. Colección de Documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821. Tomo II. Coordinación Virginia Guedea y Alfredo Ávila. Universidad Nacional Autónoma de México 2007. La edición del tomo II de la Colección de Documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821 estuvo a cargo de Edna Sandra Coral Meza, Rosa América Granados Ambriz, Raquel Güereca Durán, Rodrigo Moreno Gutiérrez, Eric Adrián Nava Jacal, Gabriela E. Pérez Tagle Mercado, Claudia Sánchez Pérez. Proyecto DGAPA PAPIIT IN402602.

 
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