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FRAY SERVANDO, “EL ABUELO DEL PUEBLO”

 

Yo poseo el talento de pintar monstruos;

pero aún no es tiempo de trazar el cuadro.

Fray Servando Teresa de Mier

Manifiesto apologético (1820)

Existen personajes cuyo temperamento y vigor han llevado a que se les compare con seres de energía sobrehumana. Así, George Bernard Shaw nos recuerda que el filósofo y poeta Friedrich Nietzsche fue llamado la gran bestia rubia (the big blonde beast). Aunque muy distinto en multitud de aspectos, no se salvó fray Servando Teresa de Mier de una comparación similar. En la biografía exhaustiva que le dedica Cristopher Domínguez Michael, lo nombra “bestia frailuna”, pues llegó a conocer, como pocos, de lo que era capaz. Asimismo, entre sus contemporáneos, pueden hallarse testimonios que lo señalan en el mismo sentido. El administrador de la prisión de Los Toribios, en Sevilla, al rendir informe sobre su fuga, declaró: “Todo es inútil con esta clase de monstruos por no decirles hombres… no tengo fuerza ya para lidiar con semejantes criaturas”.

Pero nuestro interés por recordar a fray Servando no será nada más describirlo como una especie extraída de un peculiar bestiario de nuestro pasado, aunque parece un personaje tomado directamente de la literatura picaresca y hay autores, como Reinaldo Arenas, que cuentan su vida cual trama de las páginas del más acabado realismo mágico. No obstante, su biografía y pensamiento lo hacen más interesante que cualquier otra analogía.

José Servando Domingo de Santa Teresa de Mier Noriega y Guerra (Monterrey, Nuevo León, 18 de octubre de 1763, Ciudad de México, 3 de diciembre de 1827), tenía tantos nombres y apellidos como personalidades. Sus escritos autobiográficos y los bien logrados intentos por contarnos su vida, de Arenas y Domínguez Michael, pueden darnos mejor idea de lo que fue. Aquí sólo la recordaremos brevemente.

En 1779, a los 17 años, viajó a la capital novohispana para unirse a la Orden de Santo Domingo, en cuyo convento comenzó su carrera magisterial. Poco después de alcanzar el grado de doctor en teología, manifestó en público sus simpatías criollistas. El 12 de diciembre de 1794, por invitación del Ayuntamiento, predicó en el santuario de Guadalupe, ante el virrey, el arzobispo de México, los oidores y demás autoridades. Su sermón resultó tan escandaloso para los presentes, que fue condenado a la pérdida de su título doctoral, se le prohibió ejercer la docencia, fue inhabilitado como sacerdote y sentenciado a 17 años de destierro en España.

Lo que fray Servando predicó fue una novedad que a gran parte de la audiencia le pareció herética y al gobierno español le sonó, además, a menosprecio de su labor evangelizadora. Mier había seguido las teorías del jurista criollo José Ignacio Borunda, quien interpretó los jeroglíficos de la Piedra de Sol (calendario azteca) –una vez examinados sus manuscritos, podemos decir que más que interpretar los torturó hasta que dijeron lo que a él le pareció adecuado– en el sentido de que el apóstol Santo Tomás era el mítico Quetzalcóatl, que había venido a convertir al México prehispánico siglos antes de la conquista.

Sin apenas sospecharlo, quienes buscaban un castigo ejemplar para Mier lo enviaron al viejo continente de donde regresó, casi dos décadas después, convertido en el más temible teórico de la independencia mexicana. A lo largo de su vida, pasó más de una década prisionero en diferentes cárceles civiles, militares y eclesiásticas, pero también se consolidó como un experto en el arte de la fuga. En 1801, logró escapar a Francia. En París se ganó la vida como traductor y maestro de español. Conoció a Simón Rodríguez, maestro de Simón Bolívar, y al obispo Henri Grégoire, quien dejó una huella decisiva en su desarrollo intelectual.

Mier viajó a Roma con el propósito de lograr su secularización, aunque no sabemos si la consiguió –tenía fama de mitómano–, pues siguió desempeñándose como sacerdote. De aquí regresó a la Península Ibérica, donde fue detenido, pero logró fugarse a Portugal. Al momento de la invasión francesa (1808), se convirtió en capellán del batallón de voluntarios de Valencia, en donde se hace constar que destacó “por el entusiasmo que infundía en las tropas con sus discursos, por el celo con que administraba los socorros espirituales, en medio del fuego, con la caridad con que levantaba hospitales provisionales, en que él mismo servía las medicinas, por el desinterés con que gastaba su sueldo en vestir a sus soldados”. Cayó prisionero de los franceses en la Batalla de Belchite, pero logró huir de la reclusión en Zaragoza, y asistió, como observador, a las sesiones de las cortes en Cádiz.

Con apoyo del liberal español José María Blanco White, llegó a Londres, donde colaboró en el periódico El Español, en cuyas páginas publicó sus Cartas de un americano; por los mismos años (1811-13), redactó la Historia de la revolución de Nueva España, cuya primera edición apareció en la imprenta londinense de Guillermo Glindon (1813). Un par de años después, Mier convenció a Xavier Mina de dirigirse a México para proseguir la lucha por su independencia. Juntos salieron de Liverpool e hicieron escalas en los Estados Unidos y el Caribe, donde reclutaron a un pequeño ejército. Haciéndose pasar por arzobispo de Baltimore, fray Servando volvió a la patria después de 17 años. Cuando el general Joaquín Arredondo derrotó a Mina, nuestro personaje fue enviado a las mazmorras de San Juan de Ulúa y, en seguida, por su carácter sacerdotal, a la cárcel del Santo Oficio, donde rindió 18 declaraciones y aprovechó el tiempo para preparar sus Memorias. Finalmente, fue acusado de apostasía contra la Orden de Predicadores, difusión de literatura sediciosa, autoría de obras subversivas y usurpación episcopal, pero el tribunal inquisitorial desapareció en marzo de 1820, y se le trasladó a la Cárcel de Corte y de ahí, de nueva cuenta, a San Juan de Ulúa, porque se le quería enviar otra vez a España.

En camino a lo que supuso sería su último destino, adujo graves padecimientos para quedarse en el castillo del Morro, en La Habana, de donde logró evadirse hacia los Estados Unidos. En Filadelfia entró en contacto con el agente de la Gran Colombia, Manuel Torres, quien lo hospedó en su casa y lo convirtió al republicanismo. En ausencia, Mier resultó electo diputado por el Nuevo Reino de León al Primer Congreso del México independiente. Al viajar para ocupar la curul, desembarcó en San Juan de Ulúa, aún en poder de los españoles, quienes lo redujeron a prisión. Finalmente, fue liberado por gestiones de los diputados, quienes sabían que sería un enemigo implacable contra el emperador Iturbide, cuyo congreso describió así:

Un obispo, presidente;          

dos payasos, secretarios;          

cien cuervos estrafalarios          

es la Junta Instituyente.          

Tan ruin y villana gente          

cierto es que legislarán          

a gusto del gran Sultán:          

un magnífico sermón          

será la Constitución          

que estos brutos formarán. 

Todos los diputados, incluyendo a fray Servando, fueron encarcelados en el convento de Santo Domingo. Al restaurarse el congreso, Mier volvió a desempeñar una intensa labor parlamentaria. En 1824, por sus servicios a la patria, se le concedió una pensión vitalicia a cargo del erario. Vivió sus últimos años en el Palacio Nacional y fue sepultado en el convento de Santo Domingo.

Nadie duda que fray Servando fue una figura mayor en la lucha por la Independencia. Lo sabía Alfonso Reyes cuando lo nombró “abuelo del pueblo”. Aunque no luchó en los campos de combate como otros caudillos, las aportaciones teóricas de Mier fueron verdaderas armas de destrucción masiva para el régimen español. Con sus escritos logró socavar los cimientos de la conquista y colonización española, justificó la independencia y sentó las bases del republicanismo nacional.

Las Cartas de un americano (1811-1812), en gran parte borradores para su Historia de la revolución de Nueva España, surgieron de una polémica de alto nivel que entabló con el expatriado español José María Blanco White, quien en un inicio se opuso a las guerras de independencia americanas y acusó de jacobina a la Primera República venezolana. Mier argumentó que ningún reino del continente americano estaba unido a la Península por designio divino, pues la religión católica era idéntica en derechos y deberes en ambas orillas del Atlántico. Tampoco había jacobinismo o violencia sin sentido en lo que Blanco White creía un grupo de rebeldes contra la corona española, pues los movía el rechazo a la opresión y el menosprecio de una nación entera. La independencia de América acabó convenciéndolo, era inevitable. Así, al llegar a Londres, fray Servando fue considerado el principal vocero de la causa americana en Europa.

Andrés Quintana Roo reprodujo parcialmente las Cartas en su Semanario Patriótico Americano. Pero esto era apenas el comienzo. En intercambio epistolar con un camarada argentino, nuestro personaje escribió: “Si las Cartas [de un americano] fueron cohetes, ésta [la Historia] ha de ser cañones de a 24”. Originalmente concebida para refutar La verdad sabida y buena fe guardada. Origen de la espantosa revolución de la Nueva España de Juan López Cancelada, que Mier llamó “Verdad prostituida y buena fe burlada”, la Historia de la revolución de Nueva España, antiguamente Anáhuac, o verdadero origen y causas de ella con la relación de sus progresos hasta el presente año de 1813, fue su aportación teológico-política para justificar la guerra de independencia americana.

Su argumento principal consistía en que España había violado lo que llamó el pacto social –inspirado en el contrato entre rey y súbditos expuesto por Edmund Burke–, aquel que convirtió a la América en “parte integrante de la monarquía española” y que contrajo Carlos V con los conquistadores. El rey firmó dicho convenio también con los indios, a quienes consideró vasallos, a cambio de concederles exenciones y privilegios. De este modo, a pesar del despotismo de tres siglos (que probó con diversas reediciones de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de fray Bartolomé de las Casas, en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y México), “conservaron los reyes en su fondo nuestras leyes fundamentales, según las cuales, las Américas son reinos independientes de España sin otro vínculo con ella que el rey. Rex Hispanorum et Indiarum como se grabó en nuestra moneda y no en la de España: dos reinos que se unen y confederan por medio del rey pero que no se incluyen”. Que la Nueva España era un reino independiente, quedaba probado en el hecho de que fue dotado de sus propias Cortes facultadas para legislar “con consulta del rey y la misma jurisdicción suprema en las Indias Orientales y Occidentales y sobre sus naturales”.

En suma, el único vínculo entre la Vieja y la Nueva España era el soberano. A falta de él, el reino novohispano reasumía su independencia. Esta tesis fue retomada por Simón Bolívar en su famosa Carta de Jamaica (1815). La Historia de fray Servando también resultó decisiva en la conversión de Iturbide a la causa independiente, y la obra fue continuada por su discípulo, Carlos María de Bustamante, autor del Cuadro histórico de la revolución de la América mexicana (1823-46), donde forjó el mito de la identidad nacional.

La discusión en Cádiz de la ciudadanía de los americanos no podía ser indiferente a fray Servando. En su Historia reclamó por una representación equitativa y acorde al número de habitantes de los virreinatos y capitanías generales; abogó igualmente por la misma consideración para los indios, “antiguos y legítimos dueños del país, a quienes una conquista inicua no había podido privar de sus derechos”.

Años después, en su Memoria político-instructiva (1821), escrita e impresa en Filadelfia, se reveló lector de Thomas Paine, principal publicista de la independencia estadunidense, y pidió rechazar en el recién independizado México cualquier ejemplo de monarquía, aunque fuera constitucional, para seguir el modelo republicano, porque “es el único en el que el interés particular siempre activo es el mismo interés general del gobierno y del Estado”.

Aun en aspectos en apariencia banales, Mier defendió la singularidad de su nación. En la Carta de despedida a los mexicanos (1821), justificó el escribir “México” y no “Méjico”, como había autorizado la Real Academia Española en 1815, pidiendo a sus paisanos no acatar “la supresión de la x en los nombres mexicanos o aztecas que nos quedan de los lugares, y especialmente de México, porque sería acabar de estropearlos”.

Aunque fue un gran conocedor de la filosofía de su época, Mier no puede ser calificado como fraile heterodoxo. El obispo Grégoire le enseñó a no confundir fe y razón, al mismo tiempo que lo inició en el galicanismo, doctrina que antepone los intereses del clero nacional por encima de los de la Santa Sede; y también en España fue iniciado en el jansenismo, que abogaba por un retorno a la Iglesia apostólica o, según explica fray Servando, “los jansenistas, así se llaman en Europa todos los hombres sólidamente instruidos en la religión y amigos de la antigua y legítima disciplina de la Iglesia”. Con este bagaje, era de esperarse la respuesta que expuso en el Discurso sobre la encíclica de León XII (1825). Mientras el papa exhortaba a volver al seno de la monarquía española a las colonias americanas, Mier recordó la injusta donación alejandrina y citó una homilía del propio León XII en la que, siendo obispo de Imola, Italia, favoreció una alianza entre el cristianismo y la democracia, texto impreso en París por “mi célebre amigo, el sabio y virtuoso Grégoire”, y que en traducción castellana circulaba entonces en México.

En otras materias de religión, siguió sin dudar las enseñanzas de Tomás de Aquino, máximo teólogo de su orden, y manifestó siempre su rechazo hacia los jacobinos y los filósofos ilustrados. En su teoría del pacto social entre la Nueva y la Vieja España no había rastro del famoso Contrato Social de Rousseau, “aquel tejido de sofismas, dorados con el brillo de la elocuencia encantada del filósofo de Ginebra”; y acerca de Voltaire, pensaba que “no tuvo nunca más guía que su vanidad y su lascivia”.

Sorprende que siendo diputado, después de haber sufrido persecución por el Santo Oficio, tribunal que también condenó varios de sus escritos, escribiera “que era muy justo se prohibiesen los libros contrarios a [la] religión, y que de ningún modo y por ningún pretexto se les debía dar pase”. Esto se explica porque fray Servando era un whig, es decir, un liberal católico, como aprendió al visitar Inglaterra. En su defensa del sistema republicano para nuestro país, explicó que los excesos de la Revolución francesa no se debieron a su republicanismo, sino a la irreligión introducida por los filósofos, entre otras razones.

En forma parcial se recuerda a fray Servando por su defensa del régimen de gobierno centralista en el congreso constituyente de 1823-1824. Decimos que en forma incompleta, porque nunca fue un apologista del centralismo definitivo, sino de un régimen central temporal (de 10 a 12 años) con miras a evolucionar hacia un federalismo en el porvenir. Pero ni sus argumentos, ni los de Carlos María de Bustamante bastaron para convencer al partido federalista. Los intereses grupales se impusieron a los nacionales.

El texto constitucional de 1824 fue, en sus palabras, un “monstruoso injerto de la de los Estados Unidos sobre la de Cádiz de 1812”, así la llamó porque creaba una federación de estados soberanos y dejaba al poder ejecutivo subordinado al congreso. Desesperado, Mier dirigió al Congreso su famoso Discurso sobre las profecías en el que advirtió sobre los peligros de un federalismo radical, que acabaría siendo “federal en el nombre, y central en la realidad”. Predijo entonces para el país un periodo de demagogia anárquica, seguido de otro de despotismo militar. Aunque al principio no lo fue, fray Servando terminó siendo profeta en su tierra.

Fuente: Articulo autoría de Miguel Ángel Fernández Delgado. 200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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