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LA PÉRDIDA (HASTA LOS HUESOS) DE NUESTRO PASADO

 

Es ya costumbre encontrar en las páginas de los diarios constantes referencias a la destrucción de nuestro pasado. A pesar de las voces de la conciencia sobre su valor histórico, artístico y cultural, continuamos en la merma de esa herencia, a veces dolosa, a veces indolente. Anteriormente, cuando sólo un puñado de hombres poseía tal conciencia y sus voces eran casi inaudibles, tal devastación fue constante y alcanzó hasta aquello que se consideraba más sagrado para la República: los restos de sus héroes.

El 19 de julio de 1823, un decreto del Congreso declaró beneméritos de la Patria en grado heroico a Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, José María Morelos, Mariano Matamoros, Leonardo Bravo, Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Mariano Jiménez, Xavier Mina, Pedro Moreno y Víctor Rosales, razón por la que se mandó exhumar sus restos a fin de depositarlos en un monumento en la Catedral de México, fijándose el 17 de septiembre para tal efecto. El tiempo era poco: menos de dos meses, para reunirlos y trasladarlos.

La primera dificultad estribó precisamente en recolectar los restos, pues su dispersión se había iniciado en seguida de los decesos. Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez, Hermenegildo Galeana y Pedro Moreno habían sido decapitados; no obstante, las cabezas de los cuatro primeros fueron recobradas en Guanajuato. Todo indica que la calavera de Pedro Moreno no fue recuperada de su entierro en Lagos, aunque sí el esqueleto de su cuerpo en la hacienda de La Tlachiquera. En cuanto a los restos pertenecientes a Leonardo Bravo, Miguel Bravo y Hermenegildo Galeana, se desconocían los sitios de sus respectivas sepulturas. Además, los de Mariano Abasolo se habrían perdido en alguna fosa del castillo de Santa Catalina de Cádiz, donde murió en 1816.

Rápidamente, en Chihuahua y Guanajuato se dispuso todo para el traslado. Los cuerpos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron exhumados, así como las cabezas que estaban depositadas en la iglesia de San Sebastián en Guanajuato.  El entierro de Xavier Mina fue localizado cerca del sitio donde fue abatido, y sus restos fueron introducidos en una caja que proporcionaron los dueños de la hacienda de Cuerámaro, misma en la que fueron puestos los de Pedro Moreno; asimismo, en Morelia, los de Mariano Matamoros fueron colocados en un pequeño baúl, y en Tacámbaro se recuperaron los de Víctor Rosales.

Hay que imaginar el trayecto de Chihuahua a la Ciudad de México, pasando por Guanajuato: pésimos caminos, plena temporada de lluvias, el ajetreo de una carreta subiendo y bajando por cerros y barrancas, vadeando crecidas, 25 días de viaje en los que se cubrieron 1,500 km., de distancia.

Por fin, entre el 13 y el 15 de septiembre, las nueve osamentas llegaron a la Villa de Guadalupe, y al día siguiente fueron depositadas en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México. El 17, fueron conducidas en solemne procesión a la Catedral, donde se ofició una gran ceremonia; en seguida el carro que conducía las urnas y cajones, al menos tres, fue depositado en la capilla de San Felipe (o de la Cena, según otra fuente). Carlos María de Bustamante menciona en su Diario cómo un amigo suyo se quedó con una bota, lo que hace suponer que no sería la única persona en ceder a la tentación de conservar una reliquia. Al igual que en la tradición católica, los restos y objetos pertenecientes a los héroes serían objeto de estima y culto.

Sin embargo, tan pronto como el Congreso dejó las osamentas de los héroes en la Catedral, se olvidó de ellas. Debido a que los restos comenzaron a recibir culto por la gente del pueblo como si fueran de santos, alarmados los canónigos de la Catedral visitaron a la autoridad; juntos acordaron retirarlos de la capilla para buscarles un sitio en la cripta. Como no estaba prevista su sepultura definitiva en ese recinto, simplemente urnas y cajones fueron colocados de manera improvisada en la misma “bóveda donde se sepultó el cadáver del Señor O’Donojú”.

Ni el Congreso —ni autoridad alguna— volvió a acordarse del asunto. Mientras los restos permanecieron olvidados en la húmeda oscuridad de la cripta, los años pasaron de largo. Lucas Alamán, detractor y crítico de los héroes, mandó hacer una caja nueva, pues en una ocasión en la que visitó la cripta, encontró ya casi destruida la original y en situación poco digna las osamentas. No estaba claro cuántas cajas habían sido depositadas y,  al ajetreo del traslado, se unió el desorden provocado por la incuria.

Hay diversas noticias de la venta de los restos. Por ejemplo, un albañil le vendió a la viuda de O’Donojú la calavera de su marido en la que habría de reconocer su sonrisa. A la muerte de ella, la calavera fue devuelta a la catedral, aunque no se sabe si se volvió a depositar en la cripta. Un miembro de la acaudalada familia Escandón habría comprado la supuesta calavera de Pedro Moreno, siendo que ésta no había sido recuperada desde el inicio.

Pesa sobre Juan Nepomuceno Almonte la acusación de haber extraído los restos de su padre para llevarlos a su exilio, dicho que no tiene sustento, pues ahora se ha comprobado que los testimonios son falsos. Los restos de Morelos descansaban en el mayor de los templos de México, bajo su extraordinario altar, tumba de arzobispos y virreyes, ¿para qué llevárselos?

A fines del siglo XIX, la voz de alarma la dio un obrero, quien, invitado a la cripta por unos albañiles que hacían algunos arreglos, vio cómo los peones sacaban los huesos para jugar con ellos. En 1893, una comisión inspeccionó la cripta, en la que encontraron “seis cráneos encima de una confusión de huesos”. Entre las tablas podridas y jirones de tela, estarían —sin orden ni concierto— los restos, que solamente habían recibido la veneración (e ignorancia) del pueblo, y nunca el respeto de los gobernantes, insensibles, ciegos y sordos al legado de los héroes.

La caja de Alamán se había deteriorado mucho, y los miembros de la comisión mandaron hacer una nueva. Ángel Pola, en el reportaje de esta visita, remató su artículo con esta sentencia: “Un pensamiento nos abrumaba, nos entristecía: la indiferencia con que son vistos estos restos, la certeza de que en breve quedarán destruidos, el olvido en que yacen”.

La sociedad obrera “La Gran Familia Modelo” propuso el traslado de éstos a un mejor sitio dentro de la misma catedral. Una comisión formada por miembros del Ayuntamiento de la Ciudad de México bajó a la cripta en julio de 1895 para realizar una nueva inspección. Los reportajes publicados en la prensa no señalan faltantes, pero indican, sí, de manera rotunda, el abandono, la dispersión, el descuido, la negligencia. No sólo eso, se concluyó que los restos del último virrey acabaron por mezclarse con los de los héroes.

Para el cambio, se eligió la capilla de San José, en la que rápidamente se construyó un altar con nicho en el que se colocaría un nuevo receptáculo con todos los restos óseos. Los huesos y los cráneos fueron sometidos a lavado y asoleado; con el polvo restante, todo se depositó en una nueva urna de cristal. En el Ayuntamiento fueron expuestos al público que se agolpó para verlos, y el 30 de julio fueron depositados en su nuevo nicho en la Catedral. En este traslado, faltaron los restos de Matamoros, que fueron reportados como desaparecidos, hasta que una nueva inspección a la cripta concluyó que simplemente habían sido olvidados en su baulito.

En 1903 se proyectó la construcción del Panteón Nacional en los terrenos de la huerta del convento de San Fernando, pero los problemas técnicos de su edificación no se resolvieron. La idea era que el Estado laico asumiera el cuidado de los restos de sus héroes, y, aunque para entonces ya existía la Rotonda de los Hombres Ilustres, este lugar no parecía  el más apropiado para los héroes de la Independencia.

En 1911, el presidente Madero autorizó a Jesús Galindo y Villa a buscar los restos de Matamoros que aún faltaban en la capilla de San José. A su vez, Nicolás León declaró que la urna estaba hecha “un verdadero muladar […] por el abandono y el desaseo”, además de que el altar estaba a punto de caer sobre ella.

En 1919, Galindo y Villa dieron a conocer un amplio reporte en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en el que señalaba los errores que se cometieron desde el inicio por la premura con que se hizo el traslado y depósito de los restos en la Catedral. Todas estas condiciones, afirmó, fueron determinantes para la destrucción, dispersión y pérdida de los restos de los héroes.

Como había sido la costumbre en los festejos de cada 16 de septiembre, el presidente de la República acudía a rendir homenaje a los héroes en la Catedral. Pero ante la abierta animadversión que Plutarco Elías Calles tenía por la religión católica, en 1925 se decidió el traslado de los restos a la Columna de la Independencia, inaugurada en 1910, y que no había sido concebida como monumento funerario.

Fue entonces cuando alguien advirtió la falta de los restos de José María Morelos. No parece haber indicios claros de la seriedad de estas sospechas, pero no hubiera sido raro que, en efecto, faltaran. No sólo los de Morelos se habían perdido o estaban incompletos, cualquiera de las osamentas podría estar en la misma situación, dada la persistente incuria en que permanecieron por demasiados años los huesos de los héroes que nos dieron Patria.

Fuente: Articulo autoría de Carmen Saucedo Zarco. 200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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