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LA PRIMERA CELEBRACIÓN DEL MÉXICO INDEPENDIENTE

 

El Ejército Trigarante entró triunfalmente a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, consumándose con este hecho la Independencia. Ese día, hombres y mujeres de todas las razas y clases sociales saludaban al nuevo héroe: Agustín de Iturbide. No sabían aún que ceñiría la corona que ningún Borbón iba a aceptar, ni que ignoraría a los insurgentes que habían realizado la campaña por la libertad.

La culminación de la Independencia mexicana no llegó por la vía que generalmente resuelve las guerras civiles: la victoria absoluta de uno de los dos bandos. Tras 11 años de lucha y con un país devastado, las autoridades hispanas parecían tener control de la situación, puesto que sólo algunos grupos mantenían viva la contienda en territorios aislados. La revolución liberal de 1820 en España precipitó el viraje de quienes antes habían defendido tan estrictamente su pertenencia a la metrópoli. Los hechos se consumaron con rapidez a partir de los comienzos de 1821.

La febril y conciliadora actividad epistolar por parte de Agustín de Iturbide convencería a todos los jefes insurgentes de aceptar su Plan de Iguala, documento en el que exponía un camino viable para unir fuerzas y lograr así la independencia de México.

Los postulados del Plan de Iguala habían logrado unificar facciones y razas en aras de la posibilidad y las ventajas de convivir pacíficamente en una nación libre y bajo una sola religión. Las guarniciones españolas capitulaban ante esta propuesta, encabezada por uno de sus antiguos jefes: Agustín de Iturbide. El reconocimiento del Plan y del liderazgo de Iturbide por parte de Vicente Guerrero en febrero de ese año fue el hecho decisivo para que rebeldes y realistas dieran fin a la guerra, unidos como Ejército Trigarante.

Así, el 24 de agosto, el último virrey, Juan O’Donojú, quien prácticamente no llegó al territorio de Nueva España más que para pactar su libertad, firmó los Tratados de Córdoba. El Trigarante se aprestaba a entrar en la Ciudad de México. De esta forma, fue negociada la entrega pacífica de la capital y pudo celebrarse una fiesta que se recordaría por mucho tiempo como la primera de un país liberado tras 11 años de guerra.

Para celebrarla, Juan O’Donojú primero tuvo que exigirle al general Francisco Novella, quien comandaba la guarnición española que quedaba en la capital, la entrega de su mando. Novella lo hizo el 13 de septiembre, y las tropas allí emplazadas emprendieron la retirada a Veracruz. En un movimiento inverso, el Ejército Trigarante se iba acercando a la capital.

Ya en aquel entonces, la Ciudad de México era una de las más grandes, importantes y hermosas, no sólo de América sino del mundo. Amaneció soleado. Expectante y jubilosa, la multitud esperaba la llegada de quienes habían conquistado, sin más derramamiento de sangre, la libertad de la patria. Dos días antes, una orden del Estado Mayor Trigarante dictaba que a las 7 de la mañana estuvieran listos, flamantes e impecables los miembros del que podemos llamar sin reservas primer ejército nacional.

Encabezados por la división del centro al mando de Anastasio Bustamante, precedidos de una compañía de cazadores y seguidos por la artillería, caballería e infantería, sus miembros entraron por la puerta del fuerte de Chapultepec. La división de vanguardia estaba formada desde Azcapotzalco para hacer su entrada por Tacuba. Se ordenaba también, nos dice Domingo Revilla, “que todos los individuos que componen el Ejército Trigarante guarden la mejor armonía con los habitantes, dando con eso más pruebas de su disciplina, subordinación y buen comportamiento”.

Eran más de 16 mil hombres en total. Entre ellos estaban tanto los cuerpos del ejército llamados De la Libertad, como los que aún no habían cambiado su nombre; se seguían llamando Del Rey, Del Príncipe o De Fernando VII —ese mismo Fernando que encolerizado negó la validez de los tratados y la independencia de su más rica y preciada posesión en América—. Todos desfilaron bajo la insignia tricolor: una bandera parecida a la actual, al menos con los mismos colores, blanco, verde y rojo, simbolizando la pureza de la religión católica, la independencia y la unión entre mexicanos y españoles. Las franjas estaban entonces dispuestas de manera diagonal, y tenían una estrella mientras que, al centro, se veía una corona, la de la monarquía católica que los Tratados de Córdoba habían estipulado como forma de gobierno para México.

Toda la ciudad, adornada con esos colores, trepidaba de alegría en la que quizá podemos llamar primera celebración patria oficial: desde muy temprano, la gente de los barrios y pueblos vecinos se había colocado a lo largo de lo que sería el camino triunfal de los Trigarantes. La gente principal había adornado sus balcones y salió, con sus mejores galas, a vitorear a Iturbide y a su ejército. La Alameda, San Francisco y Plateros lucían imponentes y engalanadas, quizá más que cuando se celebraban fiestas y solemnidades reales.

A las 10 de la mañana, entraba el nuevo ejército bajo un arco triunfal, con el acompañamiento de aclamaciones y aplausos, marchas militares, salvas de artillería y la multitud de campanas que repicaban a triunfo, a alegría y a victoria. Iturbide, de frac, botas, sombrero con tres plumas y una banda con los colores nacionales, exultaba de orgullo… ya nadie recordaba su cruel persecución de la insurgencia o sus prevaricaciones en el Bajío.

Por el camino adornado con los colores nacionales, desfiló también Vicente Guerrero, sin cuyo pragmatismo y modestia al unirse sin reservas al Plan de Iguala seguramente la guerra se hubiera prolongado y no hubiera alcanzado el final pacífico que llenaba a todos de alegría. Además estaban Joaquín de Herrera, Anastasio Bustamante, Nicolás Bravo y Manuel de Mier y Terán.

El Trigarante entró por la calzada de Chapultepec, marchó por la garita de La Piedad, el paseo de Bucareli, y Corpus Christi. Frente al convento de San Francisco se detuvo Iturbide, pues el Ayuntamiento había salido a recibirlo y a entregarle las llaves de la ciudad mediante su alcalde de primer voto, José Ignacio Ormaechea. Tras esta pausa, se dirigió de nuevo, a caballo, a la Plaza en la que la catedral y el palacio lo esperaban. Se escuchaban vítores y gritos y, dice Revilla: “Se advirtió luego que los acentos que se elevaban hasta los cielos eran de hombres libres”.

También cuenta Artemio del Valle Arizpe que hubo otra pausa en el desfile: frente a la casa de María Ignacia La Güera Rodríguez, Iturbide se detuvo a saludar, y le arrojó una de las plumas de su sombrero. ¿Sería acaso la roja? Leyenda o realidad, esta anécdota es una más de las que rodean un día de gloria, todavía mezclado de pompas y ceremonia coloniales, ya preñado de un aparato que precedería al concepto de celebración patria en México.

En el palacio, Iturbide fue recibido por O’Donojú, último virrey que ni llegó a ocuparlo. Pero este imponente edificio aún recibiría nuevos monarcas; Lamentablemente, despuntaba un siglo de asonadas, guerra, levantamientos y cuartelazos. Las disputas entre conservadores y liberales, federalistas y centralistas, monárquicos y republicanos propiciaron incesantes cambios, endeudamiento y conflictos. Habría dos emperadores, uno de ellos el mismo Iturbide quien, aunque convocó a una junta gubernativa, una regencia y un congreso, eludió todos los procedimientos legales para ser coronado emperador, gracias a un levantamiento pretendidamente popular.

El hombre que consiguió tan hábilmente la libertad de su nación le hizo la primera trampa: pocos sabían el contenido de los Tratados de Córdoba, que estipulaban el ofrecimiento de la corona a Fernando VII o a alguno de sus familiares en riguroso orden sucesorio, condición confirmada en el Acta de Independencia.

Es muy probable que la adoración popular que se le mostró reafirmara su apetito de poder, alimentado por la certeza de que ninguno de los Borbones aceptaría encabezar el Imperio Mexicano. Por todo ello, parece que con frecuencia olvidamos quién consumó nuestra independencia y cómo. Sin embargo, aquel 27 de septiembre de 1821 marca la línea divisoria entre la colonia y la nación moderna. Al siguiente día se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, que lo dice muy claro: “La nación mexicana, que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido”.

EN BREVE

Cuando el Ejército Trigarante entró a la ciudad, marchó por Bucareli; al final dio vuelta a la derecha por la calle del Calvario y en la calle de Corpus Christi (hoy avenida Juárez), prosiguió su marcha al lado de la Alameda; cruzó la calle de Santa Isabel (hoy Eje Central) y entró por San Francisco y Plateros (hoy Madero), pasando frente a la Casa de los Azulejos para finalmente salir a la Plaza de la Constitución (llamada así por la promulgación de la Constitución liberal española de Cádiz en 1812), hoy conocida como El Zócalo.

Agustín de Iturbide, el “Dragón de Fierro”, llamado así por ser un gran jinete, nació en Valladolid (hoy Morelia) el 27 de septiembre de 1783, de padre español y madre mexicana.

Miguel Hidalgo lo invitó a sumarse a la causa independiente, pero Iturbide lo rechazó y se unió al ejército realista, en el que destacó como perseguidor de los insurgentes.

En 1820, Iturbide se unió a la conspiración de La Profesa para impedir que se restableciera la constitución liberal española.

Agustín de Iturbide combatió a Vicente Guerrero sin éxito y posteriormente lo buscó para sumarlo al Plan de Iguala, para lo cual se entrevistaron en Acatempan.

El 18 de mayo de 1822, se proclamó a Iturbide emperador, como Agustín I. En ese cargo disolvió el Congreso, lo que provocó el levantamiento iniciado con el Plan de Casa Mata para restaurarlo.

El Congreso le asignó una pensión vitalicia a Iturbide, pero en 1824 lo declaró traidor, considerándolo prófugo.

Iturbide volvió a México en abril de 1824, y en julio desembarcó en el puerto de Soto La Marina, Tamaulipas, donde fue hecho prisionero, sentenciado a muerte por el Congreso local y ejecutado el 19 de julio de 1824.

Fuente: Articulo autoría de Magdalena Mas. 200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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