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LA PRIMERA UNIVERSIDAD DE MÉXICO

 

Una de las aportaciones trasplantadas con mayor éxito por el mundo hispánico a suelo americano fueron los recintos universitarios, una de las concepciones más acabadas del espíritu medieval en las esferas de la educación y la cultura, que al momento de su traslado se habían convertido en baluartes de modernidad gracias a las reformas introducidas por el humanismo renacentista.

En fecha muy temprana, mientras otros dudaban de su condición de seres humanos, sobre todo por conveniencia, los frailes franciscanos reconocieron la capacidad y disposición de los naturales para ser educados en la cultura europea, por lo cual solicitaron al rey una escuela para ellos. En carta a Carlos V, datada el 15 de diciembre de 1525, Rodrigo de Albornoz expresa esta inquietud: “Para que los hijos de los caciques y señores, muy poderoso señor, se instruyan en la fe, hay necesidad nos mande Vuestra Majestad se haga un colegio donde les muestren a leer y gramática y filosofía y otras artes”. Desde luego, el propósito primordial de la educación era servir como instrumento para la conquista espiritual.

Como la necesidad de educar a los jóvenes indígenas no podía esperar largos trámites burocráticos, fray Pedro de Gante había tomado la iniciativa de evangelizar y enseñar a leer, escribir, cantar y tocar instrumentos a los hijos de los señores de Texcoco. Al ver la capacidad de los menores, con ayuda de otros hermanos de la orden de San Francisco, se creó una escuela en la Ciudad de México, donde, hacia 1525, ya contaba con unos mil niños indígenas. Desde entonces, se le conoció con el nombre de Colegio de San José de los Naturales.

También en Texcoco, por orden del arzobispo fray Juan de Zumárraga, comenzaron los frailes a enseñar a jóvenes mujeres indígenas a leer y escribir, así como los quehaceres que entonces se consideraban propios de su sexo. Como llegaron a beneficiar a los habitantes de unos ocho o nueve pueblos, en 1530, la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, envió por cuenta propia a seis mujeres, encabezadas por doña Catalina Bustamante, para enseñar oficios femeninos.

Por iniciativa de Zumárraga, quien también introdujo la imprenta, se dio impulso a una institución de cultura superior para los indios con mayor ventaja en los colegios franciscanos. Pidió y se le concedieron las autorizaciones y apoyos económicos necesarios, además de preceptores de gramática y otras artes, porque pensaba subsanar con los colegiales la carencia de ministros para la nueva cristiandad. Así surgió, en 1536, el Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. En él se estudiaban las cátedras de latín, retórica, filosofía, música, lógica, teología y medicina, y tenía los mismos estatutos que los colegios europeos. En su claustro de profesores se encontraban luminarias como fray Bernardino de Sahagún, fray Arnaldo Basaccio, fray Andrés de Olmos, fray Juan de Gaona, fray Francisco de Bustamante, fray García de Cisneros y fray Juan de Focher. La vida en el Colegio no era fácil, pues los estudiantes tenían que dormir sobre tarimas. El instituto desapareció pocos años después de fundado, se decía entonces, porque a los alumnos les costaba mucho mantenerse célibes, lo cual los alejaba del ideal sacerdotal, pero la verdadera razón se debió a que algunos funcionarios de la corona no vieron con buenos ojos que los indígenas tuvieran acceso a estudios superiores.

Otras escuelas que se adelantaron a la fundación de la Universidad, sin ser antecedentes directos de ella, aunque sirvieron para probar que sería no sólo deseable, sino también posible, fueron el Colegio de San Nicolás, en Pátzcuaro, Michoacán, creado por iniciativa del obispo Vasco de Quiroga, en donde también se buscaba formar sacerdotes autóctonos; el Colegio de San Juan de Letrán, destinado a niños mestizos, y su equivalente femenino, el Colegio de Nuestra Señora de la Caridad. En el de San Juan de Letrán se dividía a los alumnos en dos grupos: los que no manifestaban capacidad para las ciencias, que sólo permanecían tres años en sus aulas, con el fin de aprender oficios y primeras letras, y los mejor dotados para el aprendizaje, que seguían en el colegio por siete años. Las niñas mestizas de Nuestra Señora de la Caridad, huérfanas o abandonadas en gran número, a las que luego se sumaron españolas en igual condición, aprendían a leer y escribir, así como “artes mujeriles”, mientras se les enseñaban los fundamentos de la religión católica. Además, todos los conventos tenían, al lado de la iglesia, una escuela.

El proyecto de una fundación universitaria llegaría a concretarse a mediados del siglo XVI, cuando la necesidad de contar con suficientes teólogos, letrados y médicos resultó impostergable. Desde 1536, por medio de sus procuradores y del ex presidente de la Audiencia de México, el arzobispo Zumárraga tomó la iniciativa de pedir al rey su establecimiento. Como no se recibió respuesta, tres años después, el Cabildo municipal, en concierto con el virrey Antonio de Mendoza, concluyó que para la sustentación y perpetuidad de los nuevos pobladores de la Nueva España era indispensable contar con una universidad, la cual solicitaron en debida forma. Por su cuenta, para que no volviera a echarse en saco roto, Mendoza reiteró la solicitud a la metrópoli, entre otras razones, decía, porque ya había muchos y muy buenos gramáticos españoles, jóvenes indígenas egresados del Colegio de Santiago de Tlatelolco y novicios en los monasterios, los cuales se perderían si no había quién los incitara a continuar sus estudios.

Al fin se recibió respuesta y, poco a poco, al ritmo pausado y barroco de la burocracia de aquel entonces, comenzaron a hacerse nombramientos de catedráticos, localizar edificios, dotar de fondos y demás requisitos indispensables para que marchara la nueva fundación.

Finalmente, la real cédula para la creación del “estudio de universidad” fue firmada, en ausencia del emperador Carlos V, por el príncipe Felipe en Toro, el 21 de septiembre de 1551, aunque los trámites y la distancia volvieron a retrasar el inicio de sus actividades hasta los inicios de 1553.

Decíamos al comienzo de este trabajo que las universidades son creaciones de estirpe netamente medieval. A mediados del siglo XII, en Bolonia y París se desarrollaron escuelas de leyes y de teología, a las que llegaron estudiantes de todas partes de Europa. En ambas se trató de ampliar el saber humano y así nacieron las universidades o studia generalia (estudios generales). En la Península Ibérica, el rey Alfonso X, el Sabio, legisló esta clase de fundaciones en la segunda de las Siete Partidas, cuyo título 31, ley primera, definió lo que se entendería por tales: “Estudio es ayuntamiento de maestros e de escolares que es fecho en algún lugar con voluntad e entendimiento de aprender los saberes. E son dos maneras del: La una es a que dicen Estudio general, en que hay Maestro de las Artes, así como de Gramática, e de Lógica, e de Retórica, e de Aritmética, e de Geometría, e de Astrología: e otrosí en que hay Maestros de Decretos e Señores de Leyes. E este estudio debe ser establecido por mandato del Papa, o del Emperador, o del Rey. La segunda manera es a que dicen Estudio particular, que quiere tanto decir, como cuando algún Maestro muestra en alguna Villa apartadamente a pocos escolares”.

El nombre de universitas (universidad) proviene del término latino con el que los estudiantes de Bolonia se referían, en un principio, a su propia hermandad o gremio, concebido según el modelo de otras corporaciones medievales de origen urbano. En otros países, algunas de ellas fueron exclusivas de alumnos, otras, de profesores; en España, poco después, se le llamó así a la reunión de ambos.

En México, el nuevo recinto universitario, llamado real desde su establecimiento, fue dotado de los mismos estatutos y privilegios, franquicias, libertades y exenciones de que gozaba la Universidad de Salamanca, aunque sin concederle la jurisdicción que a ésta competía.

Las actividades se inauguraron en forma solemne el 25 de enero de 1553, con una misa en la iglesia de San Pablo, y las lecciones comenzaron el 3 de junio siguiente, en beneficio de unos cien alumnos. Este día, aunque era sábado, se reunieron cantidad de hombres de edad madura y aun algunos ancianos con otros jóvenes, quienes iban ataviados con “capas largas y bonetes cuadrados hasta las orejas”. No faltaban, entre alumnos y profesores, los representantes de las órdenes religiosas. También participaron algunos de los conquistadores sobrevivientes, con sus mejores galas, acompañando a sus hijos.

Al llegar el cortejo de maestros y doctores, encabezado por un bedel con una maza de plata, los concurrentes se colocaron en dos filas para abrirles paso. En seguida aparecieron los miembros del cabildo de la catedral metropolitana y los alcaldes y regidores de la ciudad; luego los oidores de la Real Audiencia y, para cerrar el cortejo, su presidente, que era al mismo tiempo el virrey y capitán general de la Nueva España, don Luis de Velasco.

En el salón General de Actos, una vez colocados en sus respectivos asientos, el rector temporal, Dr. Antonio Rodríguez de Quesada, solicitó la venia del virrey para comenzar la ceremonia de inauguración de cursos, en la cual hicieron gala de sus habilidades oratorias personajes como Francisco Cervantes de Salazar.

El viernes siguiente, fray Alonso de la Veracruz, el teólogo más destacado que pasó a estas tierras, empezó a leer y a comentar en su cátedra las epístolas de San Pablo. Entre la multitud que asistió a su primera lección se hallaban el virrey Velasco, el rector Quesada y los oidores Francisco de Herrera y Antonio Mejía. Destacó en el número de sus alumnos el célebre Juan González, amigo por excelencia de los indios, y primer matriculado en Santa Teología, que llegaría a ser canónigo de la catedral metropolitana y rector de la Universidad.

Las disciplinas que a partir de entonces se estudiaron en la Real Universidad fueron teología (que incluía el estudio de la Sagrada Escritura), derecho canónico, derecho civil y artes (gramática y retórica). En pocos meses se añadió la facultad de medicina y, unos años después, las lenguas autóctonas. Las cátedras matinales eran denominadas de prima, las cuales se consideraban de mayor trascendencia que las de vísperas, impartidas por las tardes. Para poder ingresar como universitario, se requería del conocimiento del trivio (gramática, retórica y dialéctica) y del cuadrivio (aritmética, geometría, astronomía y música), las siete artes básicas del humanismo, que permitían el acceso a los estudios superiores.

Aunque por orden real la Universidad contaría con un subsidio anual de mil pesos oro, y sus cuotas de inscripción eran bajas, los costos para obtener los grados eran altos. Una investidura de doctor podía alcanzar el precio de 10 mil pesos. De cualquier forma, el simple hecho de ingresar a sus aulas significaba una puerta de ascenso social, y sus miembros integraban una categoría social con prerrogativas especiales.

El rector de la Universidad se elegía el día de San Martín (11 de noviembre); su fiesta principal era la de Santa Catalina de Siena (30 de abril) y sus santos patronos fueron los apóstoles Pedro y Pablo.

En el ámbito terrenal, el primer protector universitario era el virrey y, a partir de 1595, el papa Clemente VIII le concedió el título de pontificia y le otorgó el privilegio de pertenecer al selecto grupo de instituciones que recibían en primer término sus decretales, privilegio exclusivo, hasta entonces, de Bolonia, París, Oxford y Salamanca. Esto último, según cuenta la tradición, en reconocimiento a la fama de sus teólogos y juristas.

Los grados universitarios (bachiller, licenciado, maestro y doctor) eran otorgados por el canciller, quien también recibía el nombre de cancelario o maestrescuela; por lo general, se trataba de un eclesiástico, usualmente un canónigo designado por el capítulo episcopal. Como era práctica frecuente en otras instituciones universitarias, en la Universidad se concedían doctorados honoris causa. La forma de realizar los exámenes, como otros muchos aspectos, también se copió de Salamanca, en los que se usaban sólo dos letras para aprobar (A) o reprobar (R).

El rector tenía facultad de juzgar delitos ocurridos dentro de sus instalaciones, siempre y cuando no ameritaran penas relevantes, como la muerte o pérdida de un miembro. La Universidad contaba asimismo con un calabozo, por fortuna ocupado en raras ocasiones.

El claustro de profesores elegía a los diputados universitarios, en número de seis, quienes se encargaban de administrar la hacienda y las finanzas. La institución era representada por un procurador en caso de conflictos de orden legal. La puntualidad de maestros y alumnos era supervisada por bedeles, quienes podían imponer multas, además de tener bajo resguardo las llaves del calabozo.

La administración de la Universidad era responsabilidad de un secretario, quien recibía el apoyo de síndicos y maestros de ceremonias. Además, existían cuerpos colegiados de gobierno, llamados claustros, contados hasta cuatro: el claustro universitario, principal órgano de gobierno, conformado por el rector, los catedráticos, los funcionarios administrativos, los representantes de otros colegios (distintos a la Universidad, pero que poco a poco fueron absorbidos por ésta) y los graduados; el claustro de diputados, donde se reunía la asamblea de catedráticos propietarios que resolvían los asuntos financieros; el claustro de consiliarios, del cual formaban parte todos los bachilleres recibidos hacía más de un año, entre cuyas atribuciones se hallaba elegir al rector y a los catedráticos; por último, había un claustro pleno, en el que se reunía el claustro universitario y el de consiliarios cuando se requería tomar las decisiones de mayor relevancia.

Como refiere el bachiller Cristóbal Bernardo de la Plaza y Jaén, autor de la Crónica de la Real y Pontificia Universidad de México, que narra los orígenes del recinto universitario desde su fundación hasta finales del siglo XVII, en ciertos grados académicos, la ceremonia de graduación era un auténtico trasunto de la caballería medieval, pues cuando el doctorando era laico, el canciller o un padrino lo ceñía con una espada dorada y lo calzaba con espuelas del mismo color. En caso de tratarse de un eclesiástico, se le entregaba un bonete negro, un libro (que simbolizaba su capacidad para enseñar la materia), un anillo (símbolo de matrimonio con la ciencia) y se le daba un ósculo de paz. Los dos últimos gestos provienen del rito de investidura feudal.

Las novatadas o vejámenes tampoco faltaron entre los primeros universitarios. Al concluir una graduación, uno de los doctores o maestros se encargaba de leer un documento satírico en castellano para hacer burla al recién titulado, en la que solían participar sus condiscípulos. Con el paso del tiempo, estas burlas se hicieron con acompañamiento musical. A los estudiantes de nuevo ingreso se les sometía a un “paseo de perros” llevándolos como si fueran tales por las calles de la ciudad.

La designación de pasantes se usaba desde aquel entonces para referirse a los candidatos a la licenciatura, y la vida cotidiana de los estudiantes imitaba la presente, con algunas variantes de la época: serenatas en las que resonaban los latines, jolgorios, espectáculos como las corridas de toros que podían presenciarse casi a las puertas universitarias en la Plaza del Volador; cantidad de vino, cantos, picaresca y mucho galanteo en la vida real y en la fantasía.

Fuente: Articulo autoría de Miguel Ángel Fernández Delgado. 200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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