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LA PERSEVERANCIA DE UN GUERRERO

 

Tras el sacrificio de Morelos en San Cristóbal Ecatepec, acaecido el 22 de diciembre de 1815, el liderazgo militar de los insurrectos recayó en Vicente Guerrero, defensor conspicuo de la independencia y quien mantuvo encendida la llama del gobierno insurgente.

En el complejo entramado de sucesos que envolvió el proceso de independencia de México, la desaparición física de los caudillos en diversos momentos de la lucha avecinaba la culminación definitiva de la inercia revolucionaria que comenzó en el poblado de Dolores la memorable madrugada del 16 de septiembre de 1810.

Sin embargo, a pesar de los descalabros y el lamentable fallecimiento de los protagonistas primigenios de esa gesta por la libertad, la perseverancia y entereza de un notable insurgente, Vicente Ramón Guerrero Saldaña, conservó inextinguible, por más de una década, la luz de la rebeldía en un oscuro túnel cuyo final no se vislumbraba cercano.

Nacido en los primeros días de agosto de 1782, en el poblado de Tixtla, emplazado en la entonces intendencia de México y que en nuestros días se localiza en el estado nombrado en su honor, se desarrolló —dedicado a uno de los negocios familiares: la arriería— quien con el tiempo llegaría a convertirse en el segundo presidente de México. Su oficio inicial le permitió conocer desde muy pequeño, como la palma de su mano, caminos y vericuetos del territorio donde, en edad madura, encabezó la insurgencia en beneficio de su patria.

En cuanto a la educación elemental recibida durante su niñez, los biógrafos que abordaron su trayectoria han desatado la polémica. Su actividad en las labores relacionadas con el traslado de mercancías por la zona suriana ha sido considerada una traba para su incorporación a la enseñanza formal. Según algunos autores, el supuesto alejamiento de las actividades académicas que conlleva el trabajo con las recuas lo habría retirado de esta oportunidad.

Nada más inexacto. En esas épocas, administrar el trabajo de las mulas constituía una diligencia principalísima para la economía novohispana y, por tanto, era bien remunerada. De ahí que pueda inferirse que desde pequeño aprendió, quizá bajo la tutela de profesores privados, los elementos suficientes de lectura y escritura, así como los de matemáticas. No era un hombre culto, eso es cierto, pero tampoco se contaba entre los millones de analfabetas que saturaban los ámbitos rurales del virreinato.

Su inclusión en la lucha independentista se dio casi desde que ésta comenzó. En noviembre de 1810, se sumó a la insurgencia, junto con Hermenegildo Galeana, poniéndose a las órdenes de José María Morelos. Al año siguiente, el conocimiento que tenía de la zona sureña le permitió colaborar de manera destacada en la toma de su poblado natal y de Chilpancingo. Desde entonces, su presencia en la vanguardia de la línea rebelde se haría notar, y escaló posiciones, gracias a sus méritos, en el ejército revolucionario.

No obstante el tesón de Guerrero, el debilitamiento de las instituciones de los alzados contrastaba con la férrea defensa que implementó el valiente sureño, quien no desistía de sus esfuerzos por la libertad, a pesar de encontrarse recluido en una zona del país de difícil acceso. Empero, la estrategia de guerra de guerrillas que aplicó contra sus enemigos le permitió ser calificado como una constante amenaza al orden establecido. En las comunicaciones entre las autoridades virreinales no lo bajaban de “cabecilla”, líder de una “despreciable gavilla” y no de un ejército disciplinado, como efectivamente lo fue durante sus años de enfrentamiento con los militares realistas. Frustración y desconcierto eran las constantes en el ánimo de sus enemigos, quienes se veían imposibilitados para vencerlo.

Las maniobras para obtener la sumisión de sus tropas incluyen la famosa anécdota en la que su propio padre, en nombre de las autoridades virreinales, le intimó su rendición, poniendo de por medio la vida de sus familiares más cercanos. Es de sobra conocida la respuesta que expresó, en la que se encierra la frase que proyectaba inequívocamente su convicción ante la encomienda sostenida sobre sus hombros: “La Patria es primero”. Hoy, esta sentencia ocupa un lugar de honor en el muro legislativo del Congreso mexicano, en homenaje a quien la pronunció.

De entre sus acciones revolucionarias, es indeleble el recuerdo de su participación en la consumación de la etapa beligerante, que se había prolongado durante más de 11 años. Con toda razón, se le relaciona en este proceso con Agustín de Iturbide, a quien se debe, sin duda, la aplicación del plan que resultó en la independencia de la Nueva España. Sin embargo, los testimonios de la época revelan que la estrategia ejecutada para lograr el anhelado resultado que se concretó el 28 de septiembre de 1821, con la firma del Acta de Independencia del Imperio Mexicano, estaba entre los planes del caudillo sureño, incluso desde antes de contactar a quien después sería reconocido como Agustín I.

Una misiva fechada el 17 de agosto de 1820, dirigida al coronel realista Carlos Moya, trasluce cuáles eran las expectativas de Guerrero en esos momentos, ante la posibilidad de llevar a buen término su misión libertadora. Poniendo como ejemplo el levantamiento de Rafael de Riego, en España, que reinstaló la hegemonía de la Constitución gaditana de 1812, frente al absolutismo de Fernando VII, le comunica a su corresponsal la posibilidad que entreveía para alcanzar con ese modelo la independencia tan deseada.

Pero no se trataba de solicitar concesiones para su persona, ni mucho menos asumir un liderazgo ante la situación que lo convirtiera en el principal ejecutor del plan independentista. Por el contrario, su propuesta al militar realista era subordinarse ante su autoridad, siempre que el coronel asumiera como suya la causa mexicana y desconociera, desde luego, la autoridad del soberano Borbón. Por desgracia, el plan no fue aceptado por su contraparte, y no fue sino hasta casi un año después cuando Iturbide llevó a cabo algo semejante.

Una prueba contundente de que las intenciones de Guerrero no eran alcanzar el poder y erigirse como el conductor de la nación es la poca presencia que tuvo en los actos simbólicos y fácticos que pusieron fin a la lucha. Su lugar en el contingente trigarante que ocupó la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, muy alejado de la vanguardia encabezada por Iturbide, y la ausencia de su firma en el acta independentista prueban que su ambición no estaba más allá de ver realizados los sueños de independencia de su pueblo.

En un principio, Guerrero comprendió que la elevación de Iturbide como emperador era una buena solución para iniciar el derrotero independentista. Depositó su confianza en el ejecutor del Plan de Iguala y se retiró de la escena política. Pero su convicción por el bien de la patria lo condujo nuevamente al campo de guerra cuando el despotismo del soberano criollo se hizo constante en el ejercicio del poder. La tarea todavía no estaba terminada.

Una vez resuelto el trance del fallido Primer Imperio Mexicano, sus ansias republicanas se cristalizaban con la llegada al poder del primer presidente, Guadalupe Victoria, antiguo colaborador de la resistencia insurgente. Una constitución federalista, con tendencia republicana, la de 1824, le daba la confianza suficiente para considerar que, ahora sí, el tramo que seguía no estaría tan lleno de aristas. Sin embargo, la inestabilidad que generaba la escasa organización en los ámbitos del poder lo colocó nuevamente en el ojo del huracán.

La sucesión de 1828 se convirtió así en el principio del declive del notable insurgente, quien se encumbró en la presidencia, aun después de ser derrotado en los comicios por Manuel Gómez Pedraza, tras un golpe de Estado, conocido como el motín de la Acordada.

La ilegitimidad que rodeaba a su mandato le acarreó muchas dificultades, tantas que, al dirigirse a emprender acciones contra una sublevación encabezada por el vicepresidente, Anastasio Bustamante, el momento fue aprovechado por sus enemigos para destituirlo del poder, alegando su incapacidad para ejercerlo. Aunque no se establece el tipo de impedimento que le restaba habilidades para conducir a la nación, el decreto que lo dictó, del todo anticonstitucional, lo condujo otra vez a las tierras del sur, desde donde inició una nueva lucha. Sin embargo, la traición esperaba paciente para ensombrecer su brillante trayectoria.

Es también de todos conocido el ardid del pérfido genovés Francisco Picaluga, quien después de recibir un pago de $50,000 pesos, lo invitó con engaños a comer a bordo de su barco, para después aprehenderlo y entregarlo a las autoridades, quienes le formaron causa sumaria, en la que se le sentenció a muerte. Falleció fusilado en Cuilapan, Oaxaca, el 14 de febrero de 1831.

En 1971, al cumplirse 150 años de la consumación de la Independencia, el gobierno mexicano encabezó las ceremonias correspondientes, exaltando la figura de Guerrero como el verdadero libertador de la patria, en contraste con la de Iturbide. Una vez más, la política generaba un maniqueísmo histórico que, como resultado, no produce más que confusiones.

Es cierto que Guerrero representaba la rama radical del movimiento, especialmente como continuador de la lucha emprendida por Hidalgo, Allende y Morelos. Es incuestionable también que Iturbide supo aprovechar la coyuntura y obtener los apoyos suficientes para lograr el cometido que todos ansiaban, a pesar de no perseguir los ideales de los precursores. Pero en el proceso histórico que en definitiva concretó la emancipación, la participación de ambos debe ser valorada en su justa medida. En el umbral que antecedió el nacimiento de la nación mexicana aparecen como protagonistas del mismo nivel. Relegarlos al olvido es un error que no podemos darnos el lujo de cometer… una vez más.

Fuente: Articulo autoría de Carlos Betancourt Cid. 200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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