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MIRAR AL CIELO, VER LO QUE EL HOMBRE HA CONQUISTADO Y SOÑAR

…busco una fecha viva como un pájaro,

busco el sol de las cinco de la tarde

templado por los muros de tezontle…

Octavio Paz

Piedra de sol Mirar al cielo es un acto cotidiano, reflejo natural del hombre por generaciones. Si bien el deseo de volar era, según las mitologías antiguas, característica casi exclusiva de los dioses, el hombre siempre anheló surcar el cielo con sus manos.

La leyenda de Ícaro se repite en casi todas las cosmogonías de la antigüedad. En la cultura mexica, Tohtli es el hombre-ave, hijo de Ehécatl, dios del viento; el caballero águila es la reencarnación humana de la deidad. La literatura universal recogió ese anhelo en historias de caballeros que surcaban los aires en corceles alados o aves gigantescas, en relatos repetidos de generación en generación sobre hombres que volaban. Más aún, la inteligencia humana no se quedó postrada sólo en esas ilusiones. Del sueño de volar nació la posibilidad real de hacerlo.

El futuro era inexorable. Los hombres se lanzaron a la conquista del aire creando “máquinas voladoras” que en realidad eran juguetes con figuras de ave impulsados por mecanismos de reloj. Pero no serían ellas las que por primera vez llevarían a los hombres a asediar el cielo.

El 5 de junio de 1783, en la provincia francesa de Annonay, los hermanos José y Esteban Montglofier lograron elevar una gran esfera de papel con  aire caliente hasta una altura de 1800 metros. Los Montglofier fueron proclamados como conquistadores del aire y el invento bautizado con un nombre que hacía alusión a su apellido: globo.

En México, al parecer, la idea de volar en globo se había desarrollado con anterioridad. En 1667, según las crónicas, un individuo cuyo nombre se ignora inventó un extraño aparato, muy semejante a los aeróstatos de un siglo más tarde, con el que se elevó de las calles del centro del Puerto de Veracruz, rematando en los médanos del Perro con un aterrizaje forzoso que le costó la fractura de una pierna.

Pasaría un siglo más para que surgiera otro intento de vuelo en nuestro país. El 18 de mayo de 1784, en Xalapa, Veracruz, José María Alfaro logró elevar una esfera montgolfiera, pero no se sabe con certeza si él iba a bordo. Subir globos se volvió una actividad festiva en los últimos años de la Nueva España y los primeros del México independiente. El 15 de septiembre de 1825, para celebrar el grito de Dolores, los hermanos Ceferino, Manuel y Tranquilino Ibar, de oficio carpinteros, lograron elevar un globo decorado con papeles multicolores.

Durante la segunda mitad del siglo XIX fueron muchos los pioneros del viaje aerostático que, colgando de globos aerostáticos, como trapecistas en un espectáculo circense, eran el deleite de la población. Ninguno de ellos, sin embargo, sería tan recordado como don Joaquín de la Cantolla y Rico. Hijo de un comerciante español y de una aristócrata mexicana, De la Cantolla nació el 25 de junio de 1829. Impresionado por las demostraciones de vuelo en globo del profesor Samuel Wilson, quiso emularlo. A partir de 1863, su espectáculo aéreo con los globos Moctezuma I, Moctezuma II y Vulcano lo hicieron célebre y se volvieron una atraccióncotidiana durante el fin del siglo. De la Cantolla solía subir al globo portando la bandera nacional, elegantemente vestido de levita y chistera, o bien, de charro mexicano. Según las crónicas de la época, su globo Vulcano tenía una altura aproximada de 20 metros, adornado con un olán de tela roja con flecos dorados y cuatro águilas del Escudo Nacional en los costados. Realizó su último vuelo el 25 de enero de 1914, cuando, en una especie de homenaje, el célebre piloto y empresario Alberto Braniff lo llevó a recorrer en globo la Ciudad de México. Quiso la mala fortuna que ese mismo día sufriera un ataque en las escaleras de su casa, en la calle de San Cosme, y se golpeara la cabeza. Luego de tres días de agonía, falleció y fue enterrado en el panteón del cerro del Tepeyac.

A finales del siglo XIX se desarrolló la técnica de los vuelos con planeadores, antecedentes directos del vuelo mecánico. El 23 de junio de 1872, el señor Carlos Obregón realizó, con un planeador, un vuelo horizontal desde las torres de la Catedral metropolitana. A partir de ese momento fueron varios los mexicanos que tripularon planeadores. En 1908, el ingeniero Alfredo Robles Domínguez publicó su Tratado de locomoción aérea, considerado el primer tratado científico de aeronáutica en México. Los estudios de Robles Domínguez fueron interrumpidos por su participación en la revolución maderista. En ese mismo año el joven catalán Manuel Ventosa inventó en la ciudad de Puebla su bicicleta voladora, el “aerocurvo”, con el cual realizó un sinnúmero de vuelos de demostración.

En 1909 Ernesto Pugibet, gerente de la compañía cigarrera El Buen Tono, que años antes había utilizado el globo como medio de propaganda comercial, adquirió en Francia un avión modelo Bleriot, con la intención de que fuera parte de una ambiciosa campaña publicitaria. Sin embargo, la escasa fuerza del avión le impidió despegar de los llanos de Balbuena. El honor de tripular el primer vuelo mecánico le correspondería al piloto mexicano Alberto Braniff, a bordo de un avión modelo Voisin, el 8 de enero de 1910. Gran sensación causó el vuelo de Braniff, cuya hazaña fue destacada en amplios reportajes. Como parte de la conmemoración del centenario de la Independencia Nacional, se organizaron exhibiciones aéreas en el aeródromo de Balbuena, en las cuales participó el célebre piloto francés Roland G. Garros, cuya destreza impresionó a Porfirio Díaz.

En 1911, viendo el potencial tanto científico como militar de la aeronáutica, el presidente Francisco I. Madero solicitó al gobierno de Estados Unidos la compra de cinco aviones; además, envió a cinco jóvenes a estudiar las técnicas de vuelo, entre ellos Alberto Salinas Carranza y Gustavo Salinas Camiña, sobrinos del entonces gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza. El 30 de noviembre de ese año, Madero se convirtió en el primer mandatario de un país en realizar un vuelo aéreo, con un viaje de 10 minutos por los llanos de Balbuena.

En los primeros años de la Revolución mexicana, la aviación fue utilizada para atacar las posiciones enemigas. Durante la Decena Trágica, Miguel Lebrija y Juan Guillermo Villasana le propusieron al general Felipe González Salas bombardear la Ciudadela para derrotar a los rebeldes, pero la maniobra nunca se llevó a cabo. Siendo presidente Victoriano Huerta, el general Manuel Mondragón, secretario de Guerra y Marina, tomó en sus manos el proyecto de hacer una fuerza aérea armada. El 7 de abril de 1913, Miguel Lebrija hizo la primera exhibición de un bombardeo aéreo en los llanos de Balbuena, pero sería un año después, el 14 de abril de 1914, cuando tendría lugar por vez primera un combate aéreo-naval en territorio mexicano: por parte de las fuerzas constitucionalistas, al mando del general Álvaro Obregón, el piloto aviador Gustavo Salinas, desde un biplano G.L. Martin Tusher, bombardeó el buque de guerra Guerrero.

Al ser derrocado Victoriano Huerta e iniciarse la lucha de facciones, los dos bandos más importantes en pugna, los villistas y los carrancistas,  utilizaron los aviones para identificar posiciones enemigas y bombardearlas. En los famosos combates de Celaya y Trinidad, en abril y mayo de 1915, se utilizaron aviones para combatir a las fuerzas terrestres.

Dada la importancia de la aviación militar, el 5 de febrero de 1915, el Primer Jefe, Venustiano Carranza proclamó el acuerdo para formar la Fuerza Aérea Mexicana, reconociendo el grado de piloto aviador dentro del Ejército Nacional al piloto Gustavo Salinas.

Pero la aviación no sólo tuvo aplicaciones bélicas. El 6 de julio de 1917, Horacio Ruiz, a bordo del biplano serie A, inauguró el correo aéreo, al volar de Pachuca a la Ciudad de México. Al término de la Revolución mexicana y con la llegada de los sonorenses al poder, se buscó mejorar la tecnología aeronáutica, tanto por la adquisición de aviones en Europa y Estados Unidos, como por la inventiva propia de los mexicanos. En 1922 el ingeniero Ángel Lascuráin y Ocio  y el piloto aviador Emilio Carranza construyeron en los Talleres Nacionales de Construcciones Aeronáuticas los aviones Quetzalcóatl, alcanzando un gran éxito durante la década de 1920.

Para entonces las exhibiciones aéreas atraían grandes multitudes y  las hazañas de los pilotos mexicanos eran registradas por los diarios capitalinos, que incluso patrocinaban sus aventuras. Fue el caso de Excélsior, que dedicó amplios desplegados a las hazañas de Emilio Carranza, como sus vuelos sin escala entre México y Estados Unidos. El 12 de octubre de 1928, al volar de regreso al país, una fuerte tormenta fue la causa del accidente que provocó la muerte del piloto. Fue tal el impacto de esta noticia en la sociedad que su sepelio se convirtió en tumulto, e incluso el presidente Plutarco Elías Calles decidió que sus restos descansaran en la Rotonda de los Hombres Ilustres. A pesar de esta tragedia, pilotos mexicanos como Joaquín González Pacheco, Roberto Fierro y Gustavo G. León, entre otros, continuaron surcando los aires en pos de nuevas hazañas.

En los años siguientes fue común que el gobierno mexicano combatiera las rebeliones y asonadas con cuadrillas aéreas, como sucedió en la rebelión, delahuertista de 1923-24, el levantamiento yaqui de 1926, la rebelión cristera (1926-1929) y la rebelión escobarista de 1929.

El 12 de abril de 1934 la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas otorgó su licencia de piloto aviador a Emma Catalina Encinas, quien fue así la primera mujer mexicana en obtenerlo.

El 7 de junio de 1939 la aviación nacional sufrió una nueva tragedia, cuando el piloto Francisco Sarabia, célebre por sus vuelos de México a Nueva York a en su avión Conquistador del Cielo, falleció en  las aguas del río Potomac, en Estados Unidos, cuando volaba de vuelta al país. Una vez más el pueblo se volcó a los funerales y el presidente Lázaro Cárdenas ordenó que sus restos fueran inhumados en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Para ese momento la aviación comercial y militar en el país había cobrado una gran importancia. El 15 de noviembre de 1933, por órdenes presidenciales, se creó el Museo de Aviación dentro del aeródromo de Balbuena, para dejar constancia de los esfuerzos de pilotos, ingenieros y mecánicos mexicanos por consolidar esta industria. Durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho la aviación militar adquirió una importancia vital para la defensa nacional, por lo que el 5 de octubre de 1943 se decretó la creación de la Fuerza Aérea Naval Mexicana, previendo un ataque aéreo por la playas mexicanas de las fuerzas del Eje (Alemania, Italia y Japón), a la cuales México declaró la guerra el 28 de mayo de 1942. Sin embargo, el país no enviaría aviones de combate hasta 1944, al formarse la célebre Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, “Escuadrón 201”.

En esos tiempos de guerra y de unidad nacional, el Estado Mexicano consideró que era pertinente honrar a los pioneros de la aeronáutica mexicana con un día de fiesta nacional. Fue así como el 3 de diciembre de 1943, en un parco decreto, el presidente Ávila Camacho instituyó que el día 23 de octubre de cada año se conmemorara el “Día Nacional de la Aviación”. Se abre así una nueva oportunidad de mirar al cielo, ver lo que el hombre ha conquistado y soñar.

Fuente: Articulo autoría de Rafael Hernández Ángeles. 100 años de la Revolución Mexicana.  200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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