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PEDRO MORENO, EL HÉROE DEL FUERTE DEL SOMBRERO

 

Hay instantes en la vida de un hombre en los que tiene que tomar decisiones que lo llevarán a transformar su vida y la de aquellos que lo rodean. Tal es el caso de Pedro Moreno, uno de los más sobresalientes y desconocidos caudillos en la lucha por la Independencia, quien, precisamente por su valentía, arrojo y patriotismo, mereció un lugar junto a los grandes próceres que nos dieron patria y cuya suerte no podemos dejar de ligar a la de otro gran líder de la Independencia: Xavier Mina.

En buena medida, parte de la admiración que Moreno despierta se debe a que no tenía ninguna necesidad de involucrarse en la lucha por la Independencia de la Nueva España. Gozaba de una situación absolutamente holgada y tenía resuelta la vida. Además, entre sus parientes había personas ilustres: era sobrino tercer-nieto del Ilmo. Sr. Francisco Verdín y Molina, obispo de Valladolid y de Guadalajara (siglo XVII), y primo hermano del Ilmo. Sr. Francisco García Diego, primer obispo de las Californias (1840).

Moreno pertenecía al sector social de los criollos, y todo en su físico lo delataba como tal: era alto, blanco, bastante gordo, de ojos grandes y negros, barba poblada y cabellos de color castaño oscuro y rizado natural. Desde joven lo apodaban “El Toro” por sus fuertes hombros, sus anchas espaldas y su gran pecho. Según uno de sus biógrafos más importantes, el Dr. D. Agustín Rivera, hijo también de Lagos, los hechos de la vida de Moreno señalan indicios de haber tenido una serie de cualidades intelectuales y morales que le marcaron el camino a seguir: principios muy fijos, un alto grado de patriotismo, gran valor militar y una elevada conciencia moral, características que fueron una constante en su vida y a las que nunca renunció, así estuviera en juego su vida y la de su familia, como efectivamente ocurrió.

Pedro Moreno nació el 18 de enero de 1775 en la jurisdicción de Santa María de los Lagos, provincia del Reino de Nueva Galicia (hoy Jalisco), y fue el hombre cuyo valor mereció se le diera nombre definitivo a aquel lugar: Lagos de Moreno. Sus padres fueron los españoles Manuel Moreno Verdín y María del Rosario González, propietarios de la hacienda de La Daga, donde Pedro nació y se crió. Estudió en el Seminario de Guadalajara, en donde cursó Humanidades y Filosofía, y más tarde se inscribió en la facultad de jurisprudencia. A fines del siglo XVIII regresó a su tierra natal, estableciéndose como comerciante. Instaló una tienda en la que vendía efectos de lencería, cristalería y algunos abarrotes que compraba en San Luis Potosí, y como buen hacendado de buena cuna, se dedicó también a administrar los bienes de la familia.

Moreno era dueño de la hacienda de La Sauceda, de la de Matanzas de Abajo y del rancho de Coyotes, que había sido parte de la hacienda de La Daga.

Su familia estaba compuesta por su esposa, Rita Pérez, mujer valiente, leal y solidaria hasta el final, y de sus hijos, Luis, Josefa, Luisa y Guadalupe (posteriormente nacerían Severiano y Nicandra en el Fuerte del Sombrero), además de tres hermanos y cuatro hermanas, todas ellas solteras, que vivían con Pedro, y la mayoría de ellos afectos a la causa de la Independencia, a excepción de una hermana, que era realista.

Ya desde los inicios del levantamiento de Hidalgo, Moreno había entrado en contacto con los insurgentes, a los que auxilió en lo posible, y en la trastienda de su establecimiento comenzaron a realizarse juntas con sus hermanos y amigos de tendencias liberales, en las que se comentaban los graves acontecimientos que sucedían en la Nueva España. Esto convirtió a Moreno en un sospechoso ante las autoridades españolas, lo que llevó a que, a partir de entonces, fuera vigilado y no pocas veces amenazado con ser enviado a prisión.

A fines de 1813, Moreno realizó un viaje de negocios a Apatzingán, Michoacán, donde conoció los Sentimientos de la Nación escritos por Morelos; quedando convencido de lo que plasmaban y decidido a organizar su propia campaña. Al poco tiempo, regresó a Lagos, cuya población era liberal y progresista, y por lo tanto, afín a la lucha independentista que se desarrollaba desde hacía tres años. Tan era conocido este hecho, que Félix María Calleja, reconocido militar realista, en uno de sus partes oficiales dirigido al virrey Francisco Javier Venegas, al detenerse en Lagos en alguna ocasión y observar el sello revolucionario de este sitio, expresó: “Con qué gusto entregaría yo a las llamas a esta población”.

Una vez de regreso en Lagos, Moreno puso a sus amigos partidarios de la insurrección al tanto de lo que había oído en Apatzingán, y después de muchos debates, se acordó tomar las armas contra el régimen español, siendo designado don Pedro como jefe de la insurrección.

Moreno resolvió salir de Lagos y se instaló en su hacienda de La Sauceda, desde donde le escribió a su esposa para expresarle que estaba resuelto a tomar las armas a favor de la Independencia, y que ella era libre para seguirlo o para quedarse con sus hijos en Lagos. Doña Rita, decidió seguir a su marido.

El 13 de abril de 1814, miércoles de Pascua, estando en La Sauceda en compañía de su familia, amigos y muchos rancheros de la región, Moreno declaró abiertamente que tomaba las armas a favor de la Independencia y en contra de las fuerzas realistas que se empeñaban en mantener a la Nueva España subyugada a la Corona. El grupo que se conformó es un ejemplo de las fuerzas que lucharon en la insurgencia de Morelos: familias enteras, esposas, hijos, hermanos, y aun criados, que seguían a los hombres, permanecían junto a ellos luchando, y muchas veces corrían la misma suerte. Sus batallas contra los realistas se realizaron en la región ubicada entre Lagos y la Sierra de Guanajuato.

Pedro Moreno tenía casi 40 años, y su campaña duró tres años y seis meses, y a lo largo de ese tiempo fue reuniendo bajo su mando a gente de todas las poblaciones cercanas. Su ejército se componía de una pequeña tropa, integrada por ciudadanos comunes, muchos de ellos hijos del pueblo, pero hombres valientes y dispuestos a combatir al lado de su jefe.

Su primer enfrentamiento contra las fuerzas realistas ocurrió en Piedras Coloradas el 4 de mayo, entre Moreno y su gente, y Santiago Galdámez, comandante de la plaza de San Juan de los Lagos, y los “panzas”, término que utilizaban los habitantes de Lagos para referirse a aquellos que servían al régimen colonial y hostilizaban a cuantos tuvieran ideas independentistas. La contienda fue ganada por éste, debido a la impericia militar de Moreno y su gente, quienes tuvieron que huir. En éste, su bautizo de fuego, lo único que Pedro declaró fue: “Así aprenderé a vencer”. Y efectivamente, se rehizo y en las siguientes batallas corrió con mejor suerte. Ganó la de Las Jaulas, y en la de Ojo de Agua, no sólo triunfaron los insurgentes, sino que Santiago Galdámez murió.

Con esta pequeña tropa, Moreno realizó una serie de hazañas contra las disciplinadas y aguerridas tropas realistas. Además de los combates anteriores, se enfrentó a éstas en las batallas de los Altos de Ibarra, San Juan de los Herreros, San Juan de los Llanos, Comanjá, y en el asedio al Fuerte del Sombrero, a 25 km de la ciudad de León, Guanajuato, cuyos barrancos la hacían inexpugnable. Fue ahí donde Moreno y su tropa, así como sus familias, se atrincheraron; el lugar se convirtió en el teatro principal de su proeza más admirable, ya que ahí, con una reducida guarnición, se defendió durante dos años contra las tropas realistas de don José Brilanti, y contra las del brigadier don Pascual Liñán y don Pedro Celestino Negrete, quienes atacaron varias veces aquella fortaleza con verdadero empeño en rendirla, sin que salieran victoriosos. Moreno estableció su centro de operaciones en ese fuerte, desde el cual organizaba incursiones por el Bajío y los Altos.

El carácter patriótico y templado de Moreno quedó patente cuando se le presentó la oportunidad de acogerse al indulto que le ofrecía el brigadier realista José de la Cruz, por medio del padre Pedro Vega, quien subió al Fuerte del Sombrero a ofrecérselo. Moreno se negó categóricamente a aceptar el indulto, diciendo que había resuelto “morir por la patria”. Cuando el Padre Vega le pidió que lo hiciera por su hija Guadalupe, de dos años, y prisionera del realista José Brilanti, Moreno respondió: “Mi hija, a su corta edad, de nada sirve a la causa insurgente. Tengo otros cuatro hijos que podéis tomar, pero el fuerte no se entrega”.

En su lucha contra los españoles, Moreno sacrificó su hacienda, sus comodidades, la seguridad y la libertan de su hija Guadalupe, a su hijo mayor, muerto a los 15 años, en la batalla contra los realistas en el monte conocido como Mesa de los Caballos, junto al hermano de Pedro, Juan de Dios. También sacrificó a su esposa y a sus demás hijos, incluída su propia vida.

Pedro Moreno no fue el único que continuó sus ataques a las fuerzas realistas resguardado en fortalezas o protegido por las sierras inhóspitas a lo largo del territorio, y para comprender esta situación en toda su dimensión, no podemos dejar de remontarnos a la situación que la insurgencia vivía entonces.

El inicio de 1816 fue deprimente para la causa independentista. Morelos, su mayor genio militar, había muerto en San Cristóbal Ecatepec en diciembre de 1815, dejando a las regiones insurrectas frente a un panorama sembrado de incertidumbre. En las filas insurgentes no destacaba ningún hombre capaz de asumir el mando con firmeza, que le diera dirección ideológica y militar a la revolución, como lo había hecho Morelos al morir Miguel Hidalgo.

Los caudillos que aún conservaban el ímpetu de lucha lideraban únicamente pequeñas tropas, y generalmente se limitaban a concentrarse en fortalezas aisladas, desde las cuales salían en ocasiones para asolar a las fuerzas realistas mediante la estrategia de “guerra de guerrillas” para evitar cualquier enfrentamiento a campo raso. Sin embargo, sus fuerzas estaban condenadas al exterminio, pues generalmente, menos de la tercera parte tenía armas de fuego, los demás luchaban con espadas, lanzas y flechas. Este es el contexto en el que se dió la lucha de Pedro Moreno.

A pesar de la implacable persecución de la que fueron objeto, y de la matanza sistemática que seguía a la reocupación realista de los territorios y ciudades que habían estado en poder de los insurgentes, éstos no desistían en su empeño: “ante los pelotones de ejecución cayeron muchos más independentistas que en los campos de batalla”.

Sin embargo, un acontecimiento imprevisto le imprimió un nuevo impulso al espíritu libertario de la Nueva España. En abril de 1817, desembarcó en Soto la Marina, Tamaulipas, el español Xavier Mina, acompañado de 250 hombres, entre americanos y europeos. Mina se distinguiría por su valiente lucha en contra del gobierno virreinal, representante del absolutismo de Fernando VII, al cual combatía, y por su visión clara al percibir que la revolución de independencia novohispana y la lucha contra el despotismo de la metrópoli no eran fenómenos aislados sino parte de un mismo proceso. Esto lo había decidido a marchar a América y luchar por la independencia de la Nueva España.

Después de varias victorias sobre las fuerzas realistas, Mina continuó su camino hacia su siguiente punto de reunión: el Fuerte del Sombrero, cercano a León, Guanajuato, en el cual Pedro Moreno se había atrincherado junto con su pequeña tropa compuesta por 400 hombres aptos para la guerra, escaso parque y poca artillería en un estado deplorable, además de un gran número de niños y mujeres, enfermos y heridos. Mina llegó al fuerte el 24 de junio de 1817, y una vez unidas las fuerzas de ambos caudillos, la fortaleza se convirtió en el centro de operaciones insurgentes más importante de la región; entre ambos organizaron una poderosa resistencia contra las tropas del mariscal Pascual Liñán.

San Juan de los Llanos fue el escenario de la batalla que Moreno y Mina libraron juntos contra el coronel realista Cristóbal Ordóñez. Los insurgentes sólo necesitaron de ocho minutos para terminar con el enemigo. Días después, ambos volvieron a salir del fuerte rumbo a la hacienda del Jaral, apoderándose de un gran botín.

Hasta ese momento, Mina había realizado una rápida y brillante campaña que lo colocaba, a los ojos del gobierno virreinal, como un serio peligro para las instituciones coloniales, de forma que toda la atención del ejército realista se dirigió, a partir de entonces, a terminar con este nuevo y peligroso caudillo de la revolución.

Al mariscal Pascual Liñán se le encomendó dirigir la campaña contra Mina, y es así como el 31 de julio de 1817 comenzó el sitio del Fuerte del Sombrero, concentrándose en las faldas del cerro un poderoso ejército de 3000 hombres, que serían repelidos por únicamente 650 reunidos en la fortaleza.

El sitio duró 20 intensos días, en los que los insurgentes soportaron los constantes ataques realistas. Xavier Mina logró salir dos veces en busca de refuerzos, pero nunca logró obtener nada.

La falta de alimento, de provisiones de guerra, pero sobre todo la escasez de agua, fueron las causas principales por las que los valientes defensores del Fuerte del Sombrero no pudieran seguir resistiendo los continuos ataques del enemigo.

Antonio Rivera de la Torre, en su monografía histórica sobre Mina y Moreno, describe así la situación de los que permanecieron atrincherados en el fuerte: “Los habitantes del fuerte seguían soportando con angustia la falta de agua que, de cuando en cuando, les distribuían las nubes como por caridad del cielo. Éste fue uno de los mayores inconvenientes del sitio, por no poder aprovechar el líquido que arrastraba un arroyo a cerca de 800 metros de la fortificación”. Pedro veía con total impotencia la deplorable y desesperada situación en la que se hallaban todos los habitantes del fuerte, pero nunca perdió la esperanza de que pronto fueran socorridos. Sin embargo, el socorro nunca llegó.

Los sitiados tenían muchos motivos para estar desesperados: su reducido número, cada vez menor porque muchos de ellos buscaban escapar del fuerte a través de los barrancos; las muchas brechas abiertas en los muros por las balas enemigas, la escasez de municiones, el hambre, la sed y el hedor insoportable de los cadáveres.

A Moreno no le quedó otro remedio que ordenar el rompimiento del sitio. Es así como, finalmente el día 19 de agosto la resistencia fue quebrantada y se tomó la decisión de abandonar el fuerte por la noche. Sin embargo, la columna fue descubierta y atacada por el ejército español, comenzando una carnicería en medio de la oscuridad, en la que se confundían los llantos de las mujeres, los gritos de los niños, los gemidos de los moribundos, el rugir de los cañones y los fusiles, las voces de triunfo de los vencedores y el ruido de la lluvia. Todo fue desconcierto: mientras unos trataban de huir a través de los barrancos, otros se vieron obligados a regresar al fuerte, entre ellos, doña Rita y sus hijos. Los que lograron huir se dispersaron; tan sólo se salvaron unas cincuenta personas, entre ellas, Pedro Moreno, quien quedó separado para siempre de su familia. Mina había dejado El Sombrero dos días antes para buscar refuerzos y víveres. El fuerte fue tomado por los realistas la mañana del 20 de agosto, siendo fusilados todos los que ahí se encontraban, incluso los heridos; la fortificación fue demolida y no quedó piedra sobre piedra.

Reunidos de nuevo Mina y Moreno, conformaron un nuevo grupo insurgente; participaron en la batalla de La Caja y en el asedio de Guanajuato, hasta que por último se dirigieron hacia el rancho El Venadito, donde las fuerzas de Francisco Orrantía los sorprendieron en la madrugada del 27 de octubre. Moreno, quien prefirió morir defendiéndose antes que rendirse, sólo alcanzó a gritar: “En mi vida mando yo”, cuando un certero balazo acabó con ella. Xavier Mina fue tomado preso y fusilado el 11 de noviembre de 1817. De entre todos los insurgentes, Moreno fue de los pocos que murió peleando, espada en mano.

Fue así como dos de los más infatigables luchadores por la Independencia desaparecieron; sin embargo, su ideal de libertad seguiría vigente en muchos otros insurgentes que la llevarían a su culminación.

El cuerpo de Moreno fue decapitado y su cabeza expuesta en Lagos para escarnio público. Sepultaron sus restos en la hacienda de La Tlachiquera, pero en 1823, fueron llevados a la Ciudad de México para ser honrados. Posteriormente serían trasladados a la Columna de la Independencia, al lado de los de los héroes insurgentes. Su cabeza permanece en el Templo de La Merced.

Pedro Moreno no fue el único de su familia que murió defendiendo sus ideales de libertad. También sucumbió su hijo Luis, de 15 años, y su hermano Juan de Dios, en marzo de 1817 en la Batalla de la Mesa de los Caballos. Sus hermanas sufrieron las persecuciones y ultrajes de los realistas, y doña Rita, su esposa, junto con sus cuatro hijos, fueron apresados y conducidos a pie a la cárcel de León y luego a la de Silao, en Guanajuato, en donde unos días después, sus dos hijos pequeños, Severiano y Prudencia, nacidos en el fuerte, murieron ante los rigores del asedio, el traslado y el encierro.

Hoy en día, en la cumbre del Cerro del Sombrero, en lugar del fuerte que fue derribado piedra por piedra, se encuentra un sobrio y elegante obelisco de cantera rosa. Al centro, junto a una rama de laurel y una cadena rota, se lee esta inscripción: “Al general don Pedro Moreno y compañeros héroes de la Patria, mártires de la libertad”.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Articulo autoría de Luz Elena Mainero del Castillo. 100 años de la Revolución Mexicana.  200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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