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MUERTE EN LECUMBERRI

 

Al firmar su renuncia a la presidencia y vicepresidencia de la República, Francisco I. Madero y José María Pino Suárez firmaron también su sentencia de muerte. La víspera, el 18 de febrero de 1913, habían sido tomados prisioneros en Palacio Nacional por el general Aureliano Blanquet, quien se unía de esta manera al cuartelazo iniciado diez días antes. Esa misma mañana, el general Victoriano Huerta se había puesto a la cabeza de la sublevación que debía haber sofocado. En unas cuantas horas, Madero se había quedado solo.

Junto con Madero fueron aprehendidos casi todos los miembros del gabinete junto con el vicepresidente José María Pino Suárez y el general Felipe Ángeles, quien viajó a la capital desde Cuernavaca para apoyar en el aplastamiento de la revuelta. Al final de la jornada todos los ministros fueron puestos en libertad. La liberación de Madero y Pino Suárez, en cambio, sería más difícil. Los golpistas exigían sus renuncias. Con ellas en la mano estarían en condiciones de sustituir las autoridades en el marco de las leyes establecidas.

Los principales cabecillas del cuartelazo, Félix Díaz y Victoriano Huerta, se reunieron la noche del día 18 en la Embajada de Estados Unidos en México. Bajo la tutela del embajador norteamericano, Henry Lane Wilson, establecieron un pacto en el que desconocían el gobierno maderista y se comprometían a elevar temporalmente a Huerta a la presidencia. Durante meses, el embajador Wilson se había dado a la tarea de criticar la administración de Madero y de crear una opinión adversa hacia la misma entre el cuerpo diplomático y ante su propio gobierno. Ahora brindaba su apoyo al cuartelazo.

En los días previos, el presidente había resistido las presiones de algunos senadores que, mientras le reclamaban su incapacidad para sofocar el cuartelazo iniciado el 9 de febrero anterior, le solicitaban su renuncia. Madero se mantuvo firme también ante la amenaza, blandida por el embajador Wilson, de una posible intervención estadunidense en caso de continuar el clima de violencia. Sin embargo, a partir de su arresto, las condiciones habían cambiado drásticamente. En la mañana del día 19, otro de los pronunciados, el general Juvencio Robles, se presentó ante los cautivos para hacerles ver lo obvio: que Madero estaba vencido, abandonado y rodeado de enemigos. También les advirtió: “o renuncian a sus respectivas magistraturas, en cuyo caso tendrán la garantía de la vida, o de lo contrario quedarán expuestos a todas las consecuencias”.

Unas horas más tarde, Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, se entrevistó con Madero y Pino Suárez para convencerlos de presentar sus dimisiones. Los cautivos cedieron. A cambio pidieron algunas garantías: que se respetara el orden constitucional de los estados, debiendo permanecer en sus puestos los gobernadores existentes; que no se molestara a sus amigos por motivos políticos; que el presidente, junto con su hermano Gustavo, el vicepresidente Pino Suárez y el general Felipe Ángeles, con sus respectivas familias, fueran conducidos esa misma noche a Veracruz en un tren especial y en condiciones de completa seguridad, para embarcarse en seguida al extranjero; que los acompañaran en su viaje los ministros de Japón y Chile, quienes recibirían el pliego con las renuncias, a cambio de una carta en la que Huerta debería aceptar estas proposiciones, comprometiéndose a cumplirlas. El canciller se retiró para negociar las condiciones con Huerta.

A mediodía, mientras los cautivos comían en su improvisada celda, Lascuráin volvió para informarles que las condiciones habían sido aceptadas. Entre bocado y bocado, Madero redactó el borrador de sus renuncias. Tras rescribir el breve texto lo firmaron con cierto temor, pero sin saber que firmaban también su sentencia.

Todo era parte de un engaño. La noche anterior, el hermano del presidente, Gustavo Adolfo, había sido vejado y asesinado en la Ciudadela, principal bastión de los sublevados. Aún así, Huerta se “comprometía”, horas después, a salvaguardar su vida. Por otro lado, si bien nadie había manifestado abiertamente que los funcionarios serían eliminados, Huerta y el embajador Wilson habían acordado “hacer con ellos lo que fuera mejor para la paz del país”. Para las primeras horas de la tarde, Madero y Pino Suárez ya no eran más que ciudadanos comunes. Firmadas sus renuncias ya no tenían nada que negociar: su futuro estaba en manos de los golpistas.

La jornada concluyó con el arribo de Huerta a la Presidencia. Mientras se celebraba la ceremonia de investidura, Madero y Pino Suárez permanecían prisioneros en el mismo edificio, a unos metros de distancia, esperando a que se les condujera a la estación de ferrocarril. Pasó la noche sin que fueran llamados para reunirse con sus familiares y salir del país.

Siguieron tres días angustiosos para los prisioneros y sus allegados. Sus esposas buscaron convencer a Huerta de dejarlos en libertad. Tocaron todas las puertas imaginables, incluida la de la embajada estadunidense. A través del ministro Wilson hicieron llegar un mensaje al presidente Taft para que intercediera por la vida de los cautivos. Ningún esfuerzo fructificó.

En la intendencia de Palacio Nacional, Madero, Pino Suárez y Ángeles pasaron por todos los estados de ánimo. En la espera, Madero se enteró del asesinato de su hermano. Con la noticia se desvanecieron sus esperanzas: mientras lo lloraba, le quedaba claro que los usurpadores no tendrían respeto por sus vidas. Pino Suárez, por su parte, aún mantenía la expectativa de que fueran puestos en libertad, pues los golpistas ya habían obtenido lo que perseguían. Ángeles, como Madero, esperaba lo peor.

En las horas siguientes les habían informado algunos cambios de planes: porque su vida corría peligro en aquel puerto —les habían dicho—, la partida a Veracruz se había pospuesto. Más tarde les hicieron creer que saldrían del país por Tampico, que ofrecía mayores garantías. Finalmente, hacia las 11de la noche del 22 de febrero, el presidente y el vicepresidente depuestos recibieron instrucciones de prepararse para ser trasladados a la penitenciaría de Lecumberri, donde, les informaron, estarían más cómodamente instalados mientras llegaba el momento de salir al exilio. El general Ángeles no recibió indicación alguna. Madero se despidió del leal militar con un abrazo; Pino Suárez sólo alcanzó a agitar la mano desde lejos. Jamás se volverían a ver.

Por separado fueron subidos cada uno a un coche. Los vehículos se dirigieron hacia el oriente. Al llegar a Lecumberri rodearon la penitenciaría. Francisco Cárdenas, mayor de las fuerzas rurales, hizo descender a Madero e inesperadamente le dio un balazo en el cuello. A unos metros fue sacrificado Pino Suárez.

Los periódicos del día siguiente publicaron la versión oficial de los decesos: mientras los prisioneros eran trasladados a la penitenciaría un grupo de simpatizantes intentó liberarlos; durante la refriega, los ex mandatarios resultaron muertos.

La ciudad, tomada por los golpistas, fue testigo de los funerales. En la sentida ceremonia todo permaneció bajo control. En los estados, en cambio, el cuartelazo y la muerte de los gobernantes depuestos provocaron numerosas reacciones contra el nuevo gobierno. Pocos días después estallaría la guerra civil. Huerta sabría entonces que si en vida Madero parecía inofensivo, muerto era realmente peligroso.

Fuente: Articulo autoría de Luis Enrique Moguel Aquino. 100 años del Comienzo de la Revolución Mexicana.  200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010.

 
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