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BENITO JUÁREZ, VISIONARIO DE UN NUEVO MÉXICO

 

El 21 de marzo de hace 203 años, en San Pablo Guelatao, aldea de la Sierra de Oaxaca que en aquel entonces era habitada por no más de una veintena de familias, nació el hijo de Marcelino Juárez y Brígida García, ambos zapotecas monolingües, dedicados a la agricultura.

¿Qué marcó la diferencia de ese nacimiento con otros de la región? Quizá, para comenzar, habría que decir que, al día siguiente del nacimiento, ese infante fue bautizado como Benito Pablo Juárez García, nombre que a más de dos siglos se mantiene vigente de una u otra manera, en la vida de los mexicanos y más allá de nuestras fronteras.

En cientos de páginas se ha dicho que ese niño quedó huérfano a los tres años de edad, y que desde entonces estuvo bajo el cuidado de su tío Bernardino Juárez, hombre de carácter duro, pero con quien, según el propio Benito, “aprendió rudimentos de lectura”. Bien conocido es, también, que su trabajo de infancia era pastorear las ovejas del tío en los alrededores de la laguna Encantada, y que a los 12 años se echó a caminar por la sierra rumbo a la capital de su estado, aquella ciudad que él idealizaba por las noticias que escuchaba acerca de sus amplias calles, sus grandes casas, sus escuelas, y por la actividad que se vivía en ella. Así, con su arribo a la ciudad, termina la niñez y comienza la adolescencia del joven Juárez.

¿Qué lo distinguió de otros muchachos de su generación, de su pueblo, de sus condiciones? Sin duda la inquietud por aprender y la decisión de trazar su propio destino fue el motor que lo impulsó a transformar su realidad y a sobreponerse a los obstáculos impuestos por una sociedad excluyente, en la que un individuo como Juárez, por su origen indígena y pobre, difícilmente podía aspirar a sobresalir en el México del siglo XIX. Otro factor importante: al contar con Antonio Salanueva, quien fue más que un simple tutor, la vida en la ciudad abrió a Benito un mundo de posibilidades: además de aprender castellano y asistir a una escuela, tuvo acceso a los libros que Salanueva resguardaba en su casa para encuadernar.

El nuevo ambiente en el que Juárez comenzó a desenvolverse lo llevó a un camino ascendente sin retorno: ingresó al Seminario de Santa Cruz, donde realizó el bachillerato; luego, en 1828, al Instituto de Ciencias y Artes, en el que se graduó de abogado en 1834. Concluida esta etapa, ejerció su profesión en un despacho, y fue profesor de física y secretario del Instituto donde él estudió.

Su paso a la carrera política ocurrió en 1831, cuando desempeñó la regencia del Ayuntamiento de Oaxaca. Dos años más tarde obtuvo una diputación local; en 1834 ocupó el cargo de magistrado del Tribunal Superior de Justicia y en 1841 se le designó juez de lo civil. En el ámbito personal, el año 1843 fue determinante en su vida, pues contrajo matrimonio con Margarita Maza.

Una constante en la vida profesional de Juárez fue ir ascendiendo paulatinamente los distintos niveles de la política local, gracias a su capacidad y destreza para los asuntos públicos, hasta convertirse en gobernador de Oaxaca durante el periodo comprendido entre octubre de 1847 y agosto de 1852. Sus ideas liberales y la abierta oposición al general veracruzano, Antonio López de Santa Anna, le acarrearon a Juárez serias dificultades –bien merecidas, según Santa Anna, pues en alguna ocasión tuvo el atrevimiento de prohibirle la entrada a Oaxaca–, por lo que, en mayo de 1853, fue aprehendido y expulsado del país. Fue directo a Cuba y de ahí se trasladó a Nueva Orleáns.

Durante su estancia en aquella ciudad estadunidense se vinculó con otros liberales mexicanos que se encontraban en la misma terrible situación de destierro que él: Melchor Ocampo, José María Mata y Ponciano Arriaga fueron solidarios compañeros; unos y otros, abrazados en la nostalgia por la tierra y por la familia, pero también unidos en su lucha. Desde allá, en unión con sus camaradas, Juárez apoyó el movimiento encabezado por el general Juan Álvarez, quien proclamó el Plan de Ayutla para derrocar a un Santa Anna que por enésima vez asumía la presidencia del país.

Conseguida la victoria sobre el santanismo, los desterrados volvieron a México en julio de 1855. Juárez se vinculó con Álvarez, quien, al ocupar la presidencia de la República, lo designó ministro de Justicia e Instrucción Pública. La gestión del oaxaqueño fue breve pero fructífera, pues en esa época se expidió la ley sobre Administración de Justicia, mejor conocida como Ley Juárez, que ordenaba suprimir los fueros eclesiástico y militar. El contexto en el que surgió esa ley marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de México, en que por la vía de las leyes se buscaba modernizar a la sociedad en todos los sentidos: político, económico, educativo y cultural.

Si bien toda la vida de Juárez fue intensa, los años que siguieron a 1855 fueron, sin duda, los más trascendentales en su trayectoria, por lo que su figura representó para el proyecto de país que él y otros liberales destacados defendían. Sería injusto, pues, otorgarle el mérito a un solo hombre: Juárez fue el líder —amado por unos y odiado por otros—; él fue la cabeza del grupo, pero qué habría hecho sin compañeros como Melchor Ocampo, Sebastián Lerdo de Tejada, Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Payno, Matías Romero, entre tantos otros sin cuyos nombres sería inexplicable esta época; cómo conseguir el triunfo sin los grandes militares como Ignacio Zaragoza, Jesús González Ortega, Mariano Escobedo y Porfirio Díaz, que se jugaron la vida en el frente de batalla, ya contra los conservadores, ya contra los imperialistas.

Durante la presidencia de Ignacio Comonfort, Juárez estuvo al frente del Ministerio de Gobernación por espacio de dos meses, y su actividad política no cesaba. Reunido el congreso constituyente, en cumplimiento al Plan de Ayutla, en febrero de 1857 se promulgó la nueva Constitución que, si bien albergaba esperanza de cambio por parte de los liberales, los conservadores la repudiaron, la enfrentaron y la abrogaron con el Plan de Tacubaya. El presidente Ignacio Comonfort se adhirió a los inconformes, lo que representó el desconocimiento al orden legal establecido. Como respuesta, Benito Juárez, en su calidad de presidente de la Suprema Corte de Justicia, asumió la primera magistratura de la República, acatando de esta manera lo dispuesto en el artículo 79 de la Carta Magna.

La tensa situación que se respiraba en 1858 entre liberales y conservadores derivó en una guerra desgarradora, conocida como la Guerra de Reforma o Guerra de Tres Años. Los conservadores ocuparon casi todo el territorio nacional durante el primer año de contienda. No obstante, Juárez se mantuvo firme, estableció su gobierno en Veracruz y se dio a la tarea de redactar, junto con Ocampo, Lerdo de Tejada y Manuel Ruiz, los decretos que contenían las Leyes de Reforma. Entre los meses de julio y agosto de 1859 se promulgaron las leyes de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos, la de Secularización de Cementerios, la del Registro Civil, las cuales, en la práctica, nacionalizaban los bienes del clero, separaban a la Iglesia del Estado, ordenaban la exclaustración de monjas y frailes, preveían la extinción de las corporaciones eclesiásticas, implantaban el registro civil y secularizaban los cementerios y las fiestas públicas.

En este año 2009, declarado en días pasados “Año de la Reforma Liberal”, es inevitable traer a la memoria uno de legados más importantes de Juárez, el de las leyes que dieron a México un nuevo rostro. El cambio fue paulatino, pues la inercia de una sociedad no cambia de la noche a la mañana, pero baste decir que Juárez predicó con el ejemplo: ante la mirada atenta de la gente llevó a Manuela, la mayor sus hijas, a contraer matrimonio al Registro Civil, en apego a la nueva ley.

Sin duda quedan sueltos muchos pasajes de la vida de Benito Juárez, pero, a 150 años de la expedición de las Leyes de Reforma, es preciso llamar la atención de manera especial hacia ese proceso que transformó a México, para celebrar a un Juárez vivo.

Fuente: , Articulo autoría de Elsa Aguilar Casas. 100 años del Comienzo de la Revolución Mexicana.  200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010. Retrato de Vicente Guerrero, Leandro Izaguirre. Colección Museo de Historia Mexicana.

 
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