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EL ACTA CONSTITUTIVA DE LA FEDERACIÓN: PRIMER PACTO POLÍTICO DE LA REPÚBLICA MEXICANA

 

…Llámense cien hombres, no digo de los campos,

ni de los pueblos donde apenas hay quien sepa leer,

ni que existen siquiera en el mundo angloamericano,

de México mismo, de esas galerías háganse bajar

cien hombres, pregúnteseles qué casta de animal

es república federada, y doy mi pescuezo

si no responden treinta mil desatinos.

Servando Teresa de Mier

En 1821 México nació a la vida independiente como una monarquía al amparo del Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. Ambos documentos lograron conciliar los intereses de los insurgentes, el Ejército y la Iglesia, principales actores políticos de la época.

Por medio de su Plan, Iturbide ofreció a cada uno, según el caso, la consecución o preservación de sus ideales o privilegios. Otros grupos secundarios, como la burocracia y los comerciantes, también se verían beneficiados. Satisfacía asimismo tanto a monarquistas como a liberales. Por su parte, las provincias se vieron atraídas al Imperio Mexicano por  la persona del emperador y la necesidad de integrar una defensa común en contra de una reconquista española, sumándose así a la antigua Nueva España las que habían pertenecido a la Capitanía General de Guatemala.

Al triunfo del Plan de Casa Mata, que puso fin al imperio, el primer Congreso Constituyente –disuelto por Iturbide en octubre de 1822 y reinstalado en marzo del año siguiente– declaró nula la coronación de Iturbide e insubsistentes el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. De esta forma desaparecieron súbitamente los instrumentos que habían servido de acuerdo y legalidad a nuestra independencia, y que habían señalado la forma de gobierno que debíamos adoptar.

Los mexicanos de la época se vieron en la necesidad de construir y adoptar a toda prisa un modelo de Estado. La labor resultó más complicada de lo esperado, pues como decía Emilio Rabasa: la Nueva España no era un Estado ni parte de un Estado, ni nación, ni provincia de una nación, ya que había sido administrada por España, no como una entidad política, sino como si se tratara de una propiedad. En consecuencia, sus habitantes poco y mal se encontraban versados en las cuestiones de gobierno, por lo que no resulta extraordinario que, en vista de las nuevas circunstancias, la confusión y el desorden cundiera por todo el territorio. Varias provincias se proclamaron estados libres y soberanos: algunas de ellas, considerando que no existía vínculo legal con las restantes y creyéndose únicas dueñas de su destino, convocaron a elecciones para formar sus propias legislaturas. México se encontró, repentinamente, en peligro de desaparecer y fragmentarse en muchas repúblicas independientes.

Guadalajara, que contaba con una Audiencia propia, fue una de las provincias, que con mayor vehemencia se opuso a seguir los lineamientos del centro y manifestó que no existía ordenamiento legal, pacto o convenio, que la obligara a admitir ninguna clase de sujeción, ni a acatar órdenes provenientes de la ciudad de México. Otras provincias rechazaron al Congreso que Iturbide había repuesto y enviaron comisionados exigiendo la convocatoria a uno nuevo. En Monterrey las provincias de Texas, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, formaron una Junta con objeto de separarse y celebrar, en calidad de pueblos independientes, una federación con México. Oaxaca, Querétaro y Yucatán actuaban ya como estados autónomos.

Para agravar la situación, el germen del caudillismo se hizo presente. Así, el general Antonio López de Santa Anna, por iniciativa propia y con las fuerzas de su mando, se dirigió por Tampico hacia el interior del país. En San Luis Potosí pretendió autoproclamarse protector de la federación y de la libertad de los pueblos para constituirse; con ese pretexto intentó sacar el mayor provecho personal de la situación. Por suerte, las provincias no sólo no lo secundaron, sino que mostraron su rechazo. Santa Anna tuvo que disolver parte de su fuerza y presentarse en México para responder por su conducta.

Mientras tanto, en el sur, un Congreso de las provincias centroamericanas, reunido en la ciudad de Guatemala, declaró su absoluta independencia de México, constituyéndose en una república federal. Por su parte, el obispo de Sonora, fray Bernardo del Espíritu Santo, contando sólo con la autoridad que le confería su jerarquía eclesiástica, se permitió descalificar el Plan de Casa Mata, dando pie a que se fraguaran conspiraciones en favor de Iturbide, en las que participaron aquellos que creían legítima la independencia, sólo si ésta se ceñía a lo dispuesto por el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. Por si todo lo anterior no bastara, en el seno de los republicanos nació la división entre centralistas y federalistas. Existía por todas partes un desorden generalizado, en el que cada uno obraba de acuerdo con su parecer y todos –provincias, militares, eclesiásticos y particulares– se sentían autorizados para reconocer y desconocer autoridades.

En estas circunstancias, el Poder Ejecutivo y el Congreso General, obraron con prudencia. Considerando que entre las numerosas demandas la más recurrente era la formación de un nuevo Congreso, se expidió una nueva convocatoria bajo el sistema de elección indirecta, asignando un diputado a cada 50 mil habitantes, o a las fracciones que pasasen de 40 mil. Con esta medida se frenaron las manifestaciones más radicales y la mayor parte de las provincias volvieron a la obediencia, pero algunas se mantuvieron hostiles. Guadalajara estaba dispuesta a continuar con la desobediencia. Oaxaca fue más radical: devolvió la convocatoria del Congreso y, en el extremo de la rebelión, los habitantes de su capital proclamaron su independencia de México; fue necesario recurrir al empleo de la fuerza para reducirlas.

Por fin, el nuevo Congreso se reunió el 5 de noviembre de 1823, siendo instalado dos días después. La observación hecha por Guadalajara, respecto a la inexistencia de un pacto de unión era, hay que reconocerlo, justa y por lo mismo, se hizo evidente la necesidad de la creación de un nuevo acuerdo que restaurara los elementos de cohesión que habían hecho triunfar al Plan de Iguala. Los constituyentes, entre los que se destacan Miguel Ramos Arizpe, Servando Teresa de Mier, Lorenzo de Zavala y Prisciliano Sánchez, se apresuraron a redactar un documento en el que se marcaron los nuevos principios, bajo los cuales debía realizarse el nuevo pacto. Además de la intolerancia religiosa, que de acuerdo con las condiciones de la época debía incluirse de forma obligada, se estipuló una nueva forma de gobierno adoptando el federalismo; se consideró la división y el equilibrio entre poderes y se estatuyeron ciertos derechos del hombre y el ciudadano. Sobre estos pilares debía asentarse el nuevo pacto que debía unir a los diversos integrantes de la nueva república.

Correspondió a Miguel Ramos Arizpe la presidencia de la Comisión de Constitución, que el 21 de noviembre presentó el Acta Constitutiva, que fue aprobada el 31 de enero de 1824. Los dos principios que caracterizan dicha Acta y posteriormente a la Constitución de 1824 son el federalismo y la intolerancia religiosa. Estos aspectos fueron el centro de la polémica y, provocaron a lo largo de buena parte del siglo XIX, las mayores crisis políticas: la pugna entre el federalismo y el centralismo; y la lucha por conseguir la separación de la Iglesia y el Estado y la libertad de cultos. Lo anterior dio origen a conflictos tan graves como la Guerra de Reforma, la Intervención y el Imperio. En una intervención parlamentaria, que posteriormente fue conocido como “La Profecía de la Federación”, Servando Teresa de Mier advirtió sobre los riesgos de adoptar el federalismo en nuestro primer ensayo constitucional; sin embargo, no podía ser de otra forma, pues se debía atender con urgencia el grave problema de la unión y, a la vez, sentar los principios bajo los cuales habría de fundarse una nación.

Fuente: , Articulo autoría de Raúl González Lezama. 100 años del Comienzo de la Revolución Mexicana.  200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010. Retrato de Vicente Guerrero, Leandro Izaguirre. Colección Museo de Historia Mexicana.

 
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