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ASÍ VIVÍ ENTRE DOS CONSTITUCIONES

 

Ahora que el fin se acerca, el pasado se arremolina en mi cabeza. Imágenes de los años de juventud transitan por mi memoria y revitalizan el recuerdo como si hubiera sido ayer. Sentimientos de tiempos idos vuelven ahora con fuerza inusitada y me conducen a los primeros días de marzo de 1854, cuando en la sierra —al mando del general Juan Álvarez, quien había peleado por la independencia—, nos levantamos para transformar a la patria, para darle la puntilla a la influencia de un hombre que muchos males nos acarreó, aunque para algunos había sido el indispensable, el insustituible: Antonio López de Santa Anna.

De las entrañas de nuestro coraje, sin poder soportar más la obstinación y desparpajo de un rey de papel, nos pusimos en pie de guerra y gritamos al unísono: ¡No más tiranía! El arranque conjunto rindió frutos y el triunfo fue nuestro. Memorables fueron los momentos después de alcanzada la victoria. Posibilidades inéditas se abrieron para recuperar el imperio de la ley, transgredido por la ambición. Se nos presentó la oportunidad para reiniciar el itinerario hacia la estabilidad; había que aprovecharla.

No imaginábamos lo difícil que sería, pero nada podía detenernos. Éramos parte de una generación que había vivido en carne propia la desgracia nacional: guerras injustas y derramamiento de sangre en suelo patrio, cuya lección era que nada se consigue fácilmente. No obstante, no nos acobardamos ante las expectativas futuras y pusimos manos a la obra.

Los preceptos del plan que nos arrojó a los campos de batalla desde la población de Ayutla, y que después fueron reformados en Acapulco, establecían claramente que era necesario convocar a los mexicanos más capacitados con una sola intención: obtener un marco legal, producto de un pacto de unidad, en el que se reflejaran las más altas aspiraciones que anhelábamos como nación independiente. El compromiso estaba ahí y el alejamiento definitivo del dictador nos colocó de repente en tierra fértil, en donde la semilla de un nuevo orden político, económico y social debía germinar para convertirse en un árbol fuerte, sobre cuyas ramas habría de descansar la libertad de todos los mexicanos. La responsabilidad era motivo de unión, aunque la forma de cumplirla nos separaba. A pesar de ello, el Congreso Constituyente se erigió un luminoso día de 1856, como el territorio idóneo para dirimir las diferencias, que no eran menores.

Durante las sesiones de esa notable asamblea se exaltaron los ánimos. Tendencias moderadas chocaban frente a vehementes radicalismos. Incluso hubo posturas irreconciliables, como la de Ignacio Ramírez, El Nigromante, quien negó la existencia divina, alegando que a los hombres en la tierra, única verdad tangible, les corresponde marcar el derrotero de su destino. Otros fueron más cuidadosos. La meta era salir fortalecidos del difícil trance que significó medio siglo de desavenencias.

Más allá de las dificultades, el objetivo principal se cristalizó el 5 de febrero de 1857, coincidente con la efeméride que recuerda al canonizado mexicano san Felipe de Jesús. En aquel tiempo, la conmemoración se tornó laica. Recuerdo que ahí estaba don Valentín Gómez Farías, quien veía en papel el producto de sus afanes de toda una vida. A su lado, entre otros, Ponciano Arriaga, Francisco Zarco, José María Mata, compartían el sentimiento. Un corpus de leyes, que comenzaba agradeciendo al supremo su manufactura, vio la luz. Ahora iniciaba el tiempo para hacer que los contenidos, discutidos acaloradamente, se cumplieran. Todos abrigábamos la esperanza de cambio, más lo cierto es que aún no estábamos listos.

El resultado final generó incertidumbre; una parte de los vencidos no estaba enteramente persuadida, por lo que terribles avatares de guerra y enfrentamiento se vislumbraban… una vez más. La entereza de los que demandábamos una república se encarnó en la figura de un presidente firme y decidido, quien cargó sobre sus hombros la responsabilidad de sostener la Carta Magna que tanta sangre había costado. Nos unimos a Benito Juárez, a Melchor Ocampo, a Guillermo Prieto, y no lograron derrotarnos ni las ideas reaccionarias, ni posteriormente la ambición de monarcas extranjeros. Tras la guerra fratricida y una injusta invasión extranjera, en el Cerro de las Campanas se finiquitó el proyecto que pretendía arrebatarnos la independencia.

Empero, el camino no se hallaba todavía libre de obstáculos. Con el tiempo se instaló en el poder un protagonista rodeado del fulgor del heroísmo. Sin embargo, el heroísmo sucumbe ante las pasiones que genera el poder. Durante más de 30 años, Porfirio Díaz se mantuvo como un emblema del orden y el progreso, unas veces soslayando la Constitución y otras adecuándola a sus intereses y los de sus protegidos. Esa conducta generó amplias desigualdades y sólo por medio de una revolución se logró lanzarlo de la silla.

Fue cuando la ilusión volvió a aparecer. En Francisco I. Madero encontramos a un demócrata convencido que acaudilló la lucha contra el estatismo senil y caduco. A su lado se aglutinó el sentir popular, representado por miembros del pueblo que habían sido agraviados por el régimen que envejecía, que estaba irremisiblemente derrotado ante una batalla –imposible de ganar– contra el tiempo.

La oportunidad de la reivindicación se presentaba otra vez a la vuelta de la esquina. Si bien el movimiento resultó triunfador, la traición cegó la vida del carismático líder y con ella se opacó la esperanza, aunque no lo acompañó al sepulcro. Desde el norte del país se reclamó el cumplimiento de la ley. La Constitución de 1857 se transfiguró en brazo armado y comenzó la ardua campaña para vengar la afrenta. Ejércitos populares se reunieron bajo liderazgos surgidos de la misma tierra que los vio nacer.

La derrota de Victoriano Huerta, el usurpador, no pudo ser más estrepitosa. Sin embargo, el júbilo fue efímero. La desunión cundió entre los revolucionarios y la ola de violencia nuevamente sembró de desolación el territorio nacional.

Sobre el carisma de los líderes se impuso el realismo de la política y Venustiano Carranza salió victorioso ante Francisco Villa y Emiliano Zapata. Después de tiempos aciagos, la labor primordial era la reconstrucción. En sus manos quedó encargado el futuro de los mexicanos. Conocedor de la historia y respetuoso de las leyes, el promotor del Plan de Guadalupe lanzó un llamado para rectificar el rumbo y transitar por la senda de la legalidad. A fines de 1916, un nuevo Constituyente, entre cuyas filas se destacaron revolucionarios como Francisco J. Múgica, Heriberto Jara o Esteban Baca Calderón, se reunió en Querétaro y, justo cuando se cumplían 60 años de aquel glorioso 5 de febrero que viví en la juventud, un código renovado, con avanzadas ideas de libertad e igualdad, comenzó a dirigir los designios de una nación todavía herida por las circunstancias de la guerra. Una luz al final del túnel comenzó a brillar.

Eso pasó ayer; mas aquí, en mi lecho de muerte, entiendo que el camino de la vida se estrecha. Con lucidez vislumbro que las generaciones futuras serán las beneficiadas por aquellos esfuerzos pretéritos. Un México de instituciones conformará nuestro testamento. He sido un afortunado testigo, un miembro del pueblo que vivió el arduo proceso del nacimiento de dos Constituciones, hermanadas en la historia por un mismo objetivo: instaurar la libertad entre todos los mexicanos. Me puedo ir en paz.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Articulo autoría de Carlos Betancourt Cid. 100 años del comienzo  de la Revolución Mexicana.  200 años de del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional. México 2010. Imagen: francés Joseph Desiré Charnay.

 
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