historia.jpg

REVOLUCIONARIAS Y SOLDADERAS

 

En la literatura de la independencia mexicana destaca una considerable cantidad de mujeres que jugará un papel decisivo en el proceso independentista. En ellas se cumple la imagen del héroe que destacaba Joseph Campbell: frente al racionalismo anterior, de repente surge un pensamiento heroico en el que se le da un lugar muy destacado a la mujer1. A estas mujeres se les pueden aplicar los valores que definen al héroe: un ser que «ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus circunstancias históricas personales y locales» (26). Para Campbell, defensor del imaginario y del mundo simbólico frente al racionalismo, se añade además la circunstancia de que el héroe es capaz de reunir en una unidad los elementos dispersos y darles sentido. La exageración de estas actitudes heroicas, y en concomitancia con las opiniones de Nietzsche, el héroe se confunde con el genio definido como la suma de las fuerzas de una Nación. Y estas mujeres que vamos a ver brevemente son precisamente la suma de fuerzas de la Nación.

Las mujeres de la independencia de México se convierten en arquetipos que más adelante influyen en la revolución mexicana de 1910. Son, como decía Campbell, rito, mito o visión. Sin embargo, muy pocos escritores prestan atención a las mujeres que impulsan y animan a la revolución de independencia. Lizardi, preocupado por la educación de la mujeres2, aunque aún con muchos resabios de la cultura decimonónica, será uno de los primeros en manifestar su interés y proponerlas como modelo, si bien en un calendario de divulgación. A pesar de todo es un primer paso para establecer la figura del héroe, heroína en este caso, y es el primer intento de popularizar el acceso de la mujer a la cultura, cuyas primeras manifestaciones nos lo ofrece el periodismo. La prensa destinada específicamente a las lectoras, como recoge Lucrecia Infante de Vargas, surge en 1839 cuando «apareció el Calendario de las Señoritas mexicanas, editado anualmente por Mariano Galván hasta 1943 (…) verdadera obra de tipografía, de tamaño pequeño y lleno de filigranas con aguafuertes, con secciones de poesía, cuento y novela, historia universal, cultivo de plantas, cuidado de ropa, moda, y santoral» (186).

La obra pionera que Lizardi dedica a estas heroínas mexicanas lleva por título: Calendario para el año de 1825 dedicado a las señoritas americanas especialmente a las patriotas. Dentro de un claro propósito didáctico da comienzo a las biografías de los arquetipos heroicos de la Independencia con la figura de doña Josefa Huerta de Escalante. El interés de El Pensador Mexicano se centra en destacar el papel desempeñado por estas mujeres y la insistencia en la educación femenina como base y fundamento de la sociedad, tal y como también llega a manifestar en otras novelas como El Periquillo Sarniento y Don Catrín de la Fachenda, cuyos vicios tienen su origen en madres permisivas y sin educación letrada. Pese a sus ideas en torno a la mujer se da la curiosa circunstancia de que más que la figura de doña Josefa Huerta, se destaque la actuación de Manuel Villalongín, quien, sabiendo que había sido encarcelada su esposa, se vistió con una piel de oso y arremetió en la plaza hasta sacar a su mujer de la prisión. Junto a ella sitúa a otras heroínas insurgentes como Fermina Rivera o Manuela Herrera y la destacada actuación de María Petra Teruel de Velasco, a favor de su esposo3:

¿Quién no sabe los servicios y caridades que hizo a los presos insurgentes la ilustre ciudadana María Petra Teruel de Velasco? ¿Quién no admirará la constancia y el valor de la ciudadana Ana María García, esposa del benemérito patriota José Felix Trespalacios, la que caminó 160 leguas hasta el lugar donde llevaron a su esposo las tropas del rey y, a costa de trabajos y vergüenzas logró eludir dos sentencias de muerte firmadas contra él y salvarlo, consiguiendo con la libertad de su marido, el que éste, a la cabeza de unas tropas extranjeras mantuviese el fuego sacro de la libertad hasta el grito de Iguala en un provincia (…) tan realista, que pudo ver asesinados a sangre fría a los primeros héroes de la patria? (Folletos XIII, 313)

Pero además de las ilustres damas letradas, Lizardi relata otro caso que aproxima a las mujeres de la independencia con las soldaderas. Es el caso de la mujer del guerrillero insurgente, Albino García, quien «montada a caballo como hombre, con el sable en la mano, a la cabeza de la división de García entraba la primera en los ataques, animando con su voz y ejemplo a los soldados» (Id. 314).

El otro ejemplo que nos ofrece Lizardi es el de una «señora de Huichapan» cuyo nombre dice ignorar, pero que, como señala en su comentario crítico Rosa Palazón, se trata de Altagracia o María Dolores Mercado, mujer que mantenía relaciones con el insurgente Vicente Vargas. Su patriotismo se revela en haber subvencionado a su costa las tropas de una división y, no contenta con ello, de haberse puesto al frente de ellas. En una reñida batalla, mientras sus hombres se baten con las tropas realistas, fue apresada. Su valiente actuación le valió el indulto pero no la libró de cuatro años de cárcel. Sin embargo, la gesta que llevan a cabo las mujeres de la Independencia no sirve para que El Pensador Mexicano modifique su postura romántica respecto a la mujer que ha de estar no solo bajo la protección sino bajo la tutela del varón como expone en un folleto de 1826 con irónico título: «Anita la tamalera ha dado en ser diputada». Para los hombres del xix la función social y política de la mujer no debe nunca traspasar las paredes del hogar.

Los ejemplos de las acciones heroicas proliferan en la época y así Rafael Heliodoro Valle, en su biografía sobre Iturbide, destaca el fusilamiento de María Tomasa Esteves (1788-1814), «hembra hermosa que seducía a la tropa en Irapuato» (8) para que se pasara al bando insurgente. Fusilada también fue Gertrudis Bocanegra (1765-1817). Celia del Palacio enaltece la figura de esta mujer que animó a su esposo y a su hijo a enfrentarse a las tropas realistas. Al morir ambos en la batalla, se incorpora a las tropas para ayudar al ejército independentista. Su valor llegó a que no hubo quien pudiera sacarle una sola delación de sus compañeros e incluso ante el pelotón de fusilamiento arengó al pueblo para que apoyara la causa de la emancipación. En su historia biográfica González Obregón destaca: «Mina y otros caudillos le debieron que les salvara la vida en más de una ocasión. Ningún historiador consagra otro dato sobre su vida. Solo sabemos que murió fusilada en la plaza de Pátzcuaro el 10 de Octubre de 1817» (641).

La historia se convierte en elemento que propicia la ficción y así se puede llegar a convertir casi en elemento novelesco un caso como el de la francesa Helene La Mar quien, enamorada de Xavier Mina, le siguió en la revuelta insurgente y fue obligada por el ejército realista a servir en un Hospital en condiciones muy adversas (Adictas a la insurgencia). O bien la historia de Antonia Nava, conocida como la Generala, título que le dio la tropa por su buena puntería y dotes de mando como refiere Celia del Palacio (Id., 120).

Pese a la multiplicidad de mujeres que lucharon por la independencia, como refiere Susana Montero, «de las tres imágenes que consolidó la literatura romántica mexicana la de la heroína fue la que tuvo un desarrollo más vacilante en el discurso». Esta imagen heroica se colapsó por las luchas intestinas de partidos o la defensa de la soberanía nacional, tal vez porque los rasgos inherentes al arquetipo femenino romántico, como la feminidad, la debilidad, la delicadeza, el sometimiento y la obediencia se oponían a su consideración como personaje heroico: «la imagen literaria de las mismas —escasísima por lo demás— se ajustó al ideal androcéntrico de la mujer en su calidad de sujeto afectivo» (100). Circunstancias que se pueden apreciar en los comentarios poéticos de Guillermo Prieto 4(1818-1897) en un extenso volumen de romances sobre la independencia en el que dedica varias de sus primeras páginas a la Corregidora, doña Josefa Ortiz de Domínguez(1774-1829)5, en una acción dramatizada en la que interpela directamente a su marido para que avisen a los conjurados de que han sido descubiertos. Una versión distinta de la historia real puesto que el marido encierra a su mujer para que no se implique y protegerla durante el registro que ha de hacer como corregidor para abrir una causa contra los conspiradores de Querétaro.

Pero no son casos aislados, en Adictas a la insurgencia (2010), Celia del Palacio relata la sorpresa cuando al apresar a un capitán «el delicado capitán se despojó del bicornio adornado con plumas y galones para dejar en libertad una larga cabellera rubia y ondulada que cayó sobre sus hombros. Era una mujer». Se trataba de Maria Luisa Camba, llamada la Fernandina, cuya relación con Hidalgo y la insurgencia corre en diferentes versiones. Su actuación es paralela a las que llevaron a cabo Bernarda Espinoza, encarcelada durante ocho años por ostentar su simpatía hacia los insurgentes o Juana María Jiménez, condenada a dos años de prisión por ser sorprendida con municiones que planeaba entregar al bando de la independencia. Al igual que Susana Montero, Celia del Palacio destaca la escasa atención concedida por críticos e historiadores a estas mujeres alegando que se trataba tan solo de que habían seguido a sus amantes o a sus maridos. Opiniones que contradicen la historia si nos atenemos a los hechos, puesto que, por ejemplo, Manuela Medina, llamada la Capitana, encabeza siete importantes batallas, y María Fermina Rivera muere combatiendo en Chichuahua en 1821.

Sin embargo, aunque algunos escritores destacan su acción, en múltiples ocasiones, la mujer, de acuerdo con el arquetipo romántico, será contemplada como el ángel del hogar. Incluso en su vertiente historicista nos encontramos comentarios en los que domina el párrafo retórico y la lírica frente a la acción concreta y heroica, con lo que se pierde el verdadero carácter de las insurgentes:

Durante la guerra de insurrección, las mujeres mexicanas recorrieron nuestras ciudades y campos de batalla, como diosas protectoras, ya anunciando el génesis de nuestra independencia, ya avivando con su amor un amor más grande y santo; ora sorprendiendo con hazañas que rayaron en lo fabuloso, ora en fin derramando su propia sangre, no contentas con haber ofrecido la de sus hijos. (González Obregón, 635)

Pese a la amistad que según Ignacio J. Altamirano Lizardi profesa a Josefa Ortiz de Domínguez, El Pensador Mexicano tan solo la menciona de pasada. Y esta circunstancia se repite a lo largo el tiempo: el interés que suscita en la historia suple la escasez de obras literarias que se le dedican. A pesar del decisivo papel que desempeña en la Independencia, su actuación es una de las que menos se ha ocupado la literatura. Participa activamente en la frustrada conspiración de Valladolid y es quien evita el fracaso de la conspiración de Dolores, que consigue llevar a buen fin, cuando golpea con sus zapatos el suelo con el propósito de avisar al alcaide Ignacio Pérez, que se encontraba exactamente debajo de su piso. Esta acción permite notificar a los insurgentes que había sido descubierta la conspiración tramada con Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y Juan Aldama. Gracias al aviso, Hidalgo pronunciará el famoso Grito de Dolores con el que da comienzo la guerra independentista. En la biografía de Alejandro Villaseñor se reconoce este decisivo papel que le corresponde: «fue una de las más decididas partidarias de la Independencia y la que materialmente empujó a los primeros caudillos a empezar la revolución» (Biografía de los héroes, 29). Entre otras anécdotas, sin contar su encarcelamiento durante el periodo colonial, destaca el hecho de haber sido un excelente correo entre los conjurados a pesar de no saber escribir, aunque sí leer. Para enviar mensajes recortaba «las palabras necesarias de los papeles que guardaba y las pegaba ordenadamente sobre papel de china» (Id., 30)

Por el contrario las obras literarias proliferan en torno a su contemporánea Leona Vicario (1789-1842). La inicial y más exhaustiva biografía de esta heroína procede de Genaro García (1910)6, así como de Miguel i Vergés, quienes se ocuparon también de otros héroes de la independencia, sin olvidar el Premio Grijalbo de Novela Histórica 2010, otorgado a Carlos Pascual por su libro La insurgenta, donde a través del testimonio de sus contemporáneos, a quienes da voz en la ficción, se reconstruye, tras su muerte, las peripecias de esta mujer heroica en el entorno de la Independencia.

Más cercano a los hechos, Guillermo Prieto (1818-1897) redacta un romance cuyo tema se centra en Leona Vicario, si bien atribuye la propaganda de la causa independentista a Quintana Roo y no a su mujer:

La joven que al héroe amaba / entusiasta confundía / el amor que la encendía / con la causa que abrazaba / Y así henchida de pasión / … / se hizo brazo y confidente / de don Ignacio Rayón. / Es delatada, se oculta / la aprehenden, y en el momento / de Belem en el convento / sin piedad se la sepulta. / Feliz de sufrir, contenta / al Virrey dijo verdades / … / Iracundo está el poder / y redobla su violencia / verse puesto en evidencia / por culpa de una mujer. (pp. 474-475)

Destacada es también la semblanza que refiere Vicente Riva Palacio en su México a través de los siglos (volumen III, capítulo VIII). Comienza su relato en mayo de 1813 cuando, al quedarse huérfana, ha de permanecer bajo la custodia de su tío don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, partidario de la dominación española. En el despacho de este conoce y se enamora de Quintana Roo, rompiendo entonces con su anterior prometido. La historia de Leona Vicario está llena de anécdotas. Desde la venta de sus bienes para sustentar la gesta de la independencia, hasta su participación en el grupo y la conspiración de las Guadalupes, cuyas reuniones se celebraban en su casa. Pero su labor más destacada fue la de servir de correo entre la capital e Ignacio López Rayón. Perseguida por la Inquisición y descubierta, fue llevada por orden del virrey, como narra en su obra, al colegio de Belem de las Mochas. Estando presa irrumpen los soldados en el colegio y refiere Lucas Alaman: «el teniente coronel Arroyave entró en el patio primero, donde estaba la habitación de doña Leona; la sacó (…) y la hizo poner en un caballo (…) pasó luego a Tlalpujahua, donde se casó con su amante» (México a través de los siglos, 382). Llevaba oculta entre sus vestidos una pequeña imprenta que serviría para enviar noticias, redactadas por ella misma, aunque sin firma, del frente de batalla a través del Semanario Patriótico Americano y El Ilustrador Americano7. Era el año de 1813; ese mismo año, en Guerrero, se forma el Supremo Congreso con Quintana Roo como presidente del mismo. El matrimonio es perseguido por los realistas, y Leona, con su esposo, huye a la sierra de Tlatlaya (1815) dando a luz en una cueva (1817). Celia del Palacio describe este momento con gran energía, presentando a Leona, que se debate entre la fiebre y el dolor, apenas ayudada por su marido. Su casi soledad condiciona el nombre de su hija, Genoveva, en claro paralelismo entre su propia situación y la historia de Genoveva de Bravante.

Acusada por Lucas Alaman de aprovecharse de su situación para conseguir una pensión le contesta: «Stäel atribuye algunas acciones de patriotismo en las mujeres a la pasión amorosa, esto no probará jamás que sean incapaces de ser patriotas» y añade «mis acciones y mis ideas han sido siempre muy libres» «¿Qué tiene de extraño ni de ridículo el que una mujer ame a su patria y le preste los servicios que pueda?»8. Sea como fuere lo cierto es que, terminada la independencia, Leona Vicario se reincorpora a su hogar y no vuelve a participar en ninguna otra acción. Por su parte, el historiador Genaro García dice de ella que era lectora asidua de San Jerónimo, San Juan de la Cruz, o Palafox y Mendoza, sin olvidar la obra de Buffon y la Idea del Universo del jesuita Francisco Hervas, o Las aventuras de Telémaco, con la crítica de Fenelón al lujo.

Personaje que también producirá una constante literatura será el de María Ignacia Rodríguez de Velasco (1778-1851), más conocida como la Güera Rodríguez. De ella señala Valle Arizpe en su obra homónima: «desde muy criatura ostentaba su fértil inventiva y tuvo gracia y buenos dichos» (p. 22). Su vida roza lo novelesco, sin necesidad de recurrir a la ficción. Y algunos autores de distinta calidad literaria han tratado a este personaje en sus obras, como es el caso de Adolfo Arrioja Vizcaíno (El águila en la alcoba, 2005) o Jorge Martínez Villaseñor (El viento no es para siempre, 2005). Durante este año se ha llevado a la escena la obra costumbrista de Federico Schroeder Inclán (1910-1981) en la que se refiere la vida de esta mujer que tanto tuvo que ver en los destinos del país. La obra da comienzo con el logro de una rica herencia por parte de la protagonista y continúa con su labor diplomática para evitar la famosa Guerra de los Pasteles con Francia9. Este y otros hechos proporcionan un ámbito de comedia a un personaje marcado por la astucia, tanto en la política como en su vida real.

Desde muy joven su vida se ve envuelta en el escándalo. El virrey don Juan Güemes de Padilla, para evitar habladurías por verse a solas con su novio, les exigió a ella y a su hermana que se casaran, pese a la reticencia de sus padres. Su marido José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil, tras algunos años de convivencia, da cuenta de la infidelidad de su mujer con don José Beristaín de Sousa, descrito en la época como un hombrecillo de escaso atractivo. La sospecha de adulterio hace que el marido la emprenda a golpes con ella, y que, no contento con la paliza, le dispare, aunque sin consecuencias, por lo que fue encarcelado. Se pondrá fin a esta tormentosa relación mediante la solicitud de divorcio en 1802. Para evitar mayores males fue puesta bajo la custodia de su tío don Luis Osorio Barba. Sin embargo esta medida no fue suficiente para sujetar las veleidades de María Ignacia, quien, como relata la obra teatral de Schroeder, fue amante de Humboldt y de Iturbide, y la leyenda dice que también de Bolívar. Sin olvidar su influencia política en Santa Anna. Tras la muerte de su esposo se volvió a casar con un hombre edad (don Mariano Briones) de quien hereda una cuantiosa fortuna, y más adelante con Manuel de Elizalde. Madame Calderón de la Barca reconoce su gran belleza y refiere con lujo de detalles el impacto que, como le comentó la propia Ignacia, causó en Humboldt (La vida en México, 65). Acusada ante la Inquisición y llevada ante el tribunal, no se achantó sino que la injusticia de la denuncia no hizo sino envalentonarla hasta el punto de interpelar a sus jueces y acusar ella por su parte al propio tribunal por los vicios en que los jueces habían incurrido. De este modo su biografía aparece dividida entre la picaresca y la seducción.

Pese al interés de estas figuras históricas que obtienen, aunque relativo, un reconocimiento por parte de la sociedad mexicana, durante los primeros años de la independencia escasea el recuerdo de estas mujeres y su entrada en la ficción. Sin embargo, con el crecimiento paulatino del periodismo, se produce un rescate que permite el posterior enlace con las soldaderas. Aunque a lo largo del siglo se prodigan las publicaciones periódicas destinadas a las mujeres, no son significativas, puesto que su fin es la educación de la mujer pero esta educación se reduce al ámbito del hogar. Buena muestra de ello es el Calendario de las señoritas mexicanas de Mariano Galván (1838), El panorama de las Señoritas de Vicente García Torres, La semana de las Señoritas de Juan R., Navarro, etc. Ni siquiera habrá cambios cuando una mujer, Ángela Lozano, en 1873, queda al frente de un periódico y funda con Manuel Acuña la revista El Búcaro.

Un primer atisbo de cambio se advierte en Las Hijas del Anáhuac (1873-1874), periódico credo por las alumnas de la Escuela de Artes y Oficios, fundado y dirigido por Concepción García y Ontiveros, o El Álbum de la mujer (1883-1901), fundado por Concepción Jimeno de Flaquer, o El correo de las Señoras. A su lado, ya no como revista dirigida a la mujer, sino como revista de acción política, se encuentra Vesper (1891), publicación dirigida contra el porfirato por Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, quien llega a participar en el Plan de Ayala y llega a ser nombrada coronela del regimiento Victoria por Zapata.

En cuanto a las continuadoras, Laureana Wright de Kleinhans, postula la emancipación de las mujeres por medio del estudio, para lo cual funda dos revistas para mujeres, Violetas del Anáhuac (1887-1889) y Mujeres de Anáhuac (1887). En la primera inserta una serie de semblanzas biográficas10, recopiladas más adelante en un volumen con el título Mujeres notables mexicanas (1910), entre las que se incluyen especialmente algunas de las artífices y colaboradoras de la independencia.

En el lapso de un siglo, sin embargo, la situación para la mujer no cambia, y en ocasiones empeora. Los antecedentes de un movimiento de liberación femenino dentro de una sociedad patriarcal, que se encuentran en sus primeros estadios, son opacados por la revolución mexicana, donde la mujer cumple nuevamente con la imagen que había adquirido en la independencia. En esta ocasión su aparición en la batalla no es ocasional sino que ocupa un lugar y cumple una función precisa tanto sirviendo y atendiendo al hombre como en concretas y a menudo olvidadas acciones heroicas. De ahí la importancia de obras como las de Nellie Campobello, pero sobre todo como la de Elena Poniatowska, que tratan de otorgar y recuperar para la mujer el protagonismo sólido que les corresponde.

Lo recordaba Antonio Lorente en una reciente conferencia evocando la figura de «la negra Angustias», la de la coronela Angustias Farreras (novela de Francisco Rojas González, 1944) o la de Amalia robles y la de quienes, vestidas de hombre y en clara competencia con ellos, se hacen respetar por el ejército y llegan a dirigir las tropas, como previamente, aunque en contados casos, habían llevado a cabo sus predecesoras, las heroínas de la independencia mexicana.

El premio a la acción revolucionaria, al igual que ocurre con sus predecesoras, es nulo. El paradigma se encuentra en Jesusa Palancares, la protagonista del relato de Poniatowska, una mujer que nuevamente termina en el olvido. La fuerza de la narración en el caso de una novela testimonial como esta reside en su condición de narración biográfica directa, como indica Gabriela de Beer; de ahí su relación con la novela histórica que la antecede.

Aunque se puede indicar que no existen grandes diferencias entre estas mujeres y las heroínas de la independencia, sin embargo, se puede matizar una sutil diferencia. En su conjunto frente a la acción colectiva anterior, en un número considerable de ejemplos estas mujeres se encuentran solas y solas se tienen que defender de ataques de su propia tropa y de ataques ajenos. La misma Jesusa indica: «supe defenderme desde el día en que escondí una pistola en el blusón» (102). Al tiempo son mujeres que defienden la propia autonomía y que de algún modo se jactan de no precisar la ayuda masculina. El alegato de Jesusa es claro: «Mejor pasar necesidades que aguantar marido. A mi los hombres no me hacen falta ni me gustan, mas bien me estorban aunque no estén cerca de mí ¡Ojala y no nacieran!» (173).

El rescate de estas mujeres de la independencia es un rescate también fotográfico, como en el reciente libro de Poniatowska, Las soldaderas. Bajo la lente de Casasola las mujeres de la Revolución se agrupan en una colectividad que en general aparece alejada del hombre. Ellas son la imagen, refieren un comportamiento y una actitud. Son las indispensables pues como subraya la autora «sin las soldaderas, los hombres llevados de leva hubieran desertado». Y son ellas las que inician la acción de igual modo que, de acuerdo con lo afirmado por Celia del Palacio, hiciera Leona Vicario con Quintana Roo: «Hubo casos de mujeres que no esperaron a que llegaran las tropas rebeldes a sacarlas de la monotonía de su vida: fueron a su encuentro» (15).

Son fotografías anónimas de una fuerza incontrastable en las que, como indica Aurora Camacho, se encuentra la geografía, la historia y la identidad de México interpretada por sus mujeres para afirmar su presencia histórica. Pero se encuentra también el testimonio del horror y de la violencia puesto de relieve en la cita de José María Jaurrieta, el secretario del «centauro del norte»: «Aquel cuadro fue dantesco (…) noventa mujeres sacrificadas, hacinadas unas sobre otras, con los cráneos hechos pedazos y pechos perforados por las balas villistas» (Las soldaderas, 11).

Cuando se trata de novelar, nuevamente para confeccionar a sus héroes, se recurre a la historia. Pero la identidad, esa identidad difícil que configura el pueblo mexicano, se produce con el espasmo de la Revolución. Esa gran guerra civil de México que trata de abrir el paso al difícil sendero que transita entre la modernidad y la recuperación del pasado. Es la revolución la que nos proporciona los tipos humanos que nos encandilan con su fuerza trágica como ocurre con el coro dramático de Pedro Páramo.

La compleja violencia y ternura de las mujeres que hicieron la independencia o de las mujeres que hicieron la revolución se revela en los dos libros de Elena Poniatowska en su doble vertiente de imagen y palabra —Soldaderas y Jesusa—. La autora mexicana no selecciona a una heroína, en el concepto clásico del término, sino a una mujer de la tropa, una soldadera más, un ser anónimo de las calles de México. Una mujer que relata dentro de un testimonio claro y directo su perspectiva del tiempo heroico que fue la Revolución.

Decía Campbell del héroe: «siempre ha sido función primaria de la mitología y del rito suplir los símbolos que hacen avanzar el espíritu humano, a fin de contrarrestar aquellas otras fantasías humanas constantes que tienden a atarlo al pasado» (18).

Bajo el prisma de Jesusa Palancares, la mirada que se proyecta es una clara mezcla de fracaso y victoria. La Revolución ha fracasado, podíamos concluir, porque al final del relato estamos en el mismo punto de destino en el que se inició la novela, en una situación de clara desventaja porque el tiempo ha pasado y a Jesusa la muerte la acecha por todos los rincones.

Bibliografía:

Abdo, Adriana. Las revoltosas. México: Selector, 2010.;  Beer, Gabriela de. «Biografia, autobiografía y ficción. El caso de Elena Poniatowska y Nellie Campobello». En Rocío Oviedo (coord.) Elena Poniatowska, México escrito y vivido, pp. 42-48.; Calderón de la Barca, Frances. La vida en Mexico, (1.ª ed. Londres, 1843). México: Porrua, 1967.; Camacho de Schmidt, Aurora. «Revelaciones: los textos fotográficos de Elena Poniatowska» en Elena Poniatowska. México escrito y vivido, pp. 87-93.; Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito. México: FCE, 1972.; Clark de Lara, Belem. La república de las letras: asomos a la cultura escrita del México decimonónico. México: UNAM, 2005.; Echánove Trujillo, Carlos Alberto. Leona Vicario: la mujer fuerte de la independencia. México: Eds. Xochitl, 1945.; Fernández de Lizardi. Obras, Folletos (1824-1827), Calendario para el año de 1825 dedicado a las señoritas americanas, especialmente a las patriotas (pp. 251-315). Ed. de María Rosa Palazón. México: Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, 1968.; González Obregón. México Viejo, noticias históricas, tradiciones. Paris: Bouret, 1900.; Montero, Susana. La construcción simbólica de las identidades sociales. Un análisis a través de la literatura mexicana del siglo xix. México: Plaza y Valdés, Programa Universitario de estudios de género, 2002.; García, Genaro. Leona vicario, la heroína insurgente. México: Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, 1910.; Prieto, Guillermo. El romancero Nacional. México: Oficiona tipográfica se la Secretaría de Fomento, 1885.; Infante de Vargas, Lucrecia. «De lectoras y redactoras. Las publicaciones femeninas en México durante el siglo xix» en Belem Clark de Lara y Elisa Speckmann Guerra, La república de las letras, pp. 183- 194.; Miquel i Vergés. Diccionario de Insurgentes. México: Porrúa, 1969.; Galí y Boadella, Monserrat. Historias del bello sexo. Introducción al romanticismo en México. México: Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 2002.; Oviedo Pérez de Tudela, Rocío (coord.). Elena Poniatowska: México escrito y vivido, América Sin nombre, n.º 11-12, diciembre, 2008.; Palacio, Celia del. Leona Vicario. México: Suma, 2010.; Palacio, Celia del. Adictas a la insurgencia. México: Punto de lectura, 2010.; Pascual, Carlos. La insurgenta. México: Grijalbo, 2010.; Poniatowska, Elena. Hasta no verte Jesús mío. México: Era, 1969.; ___. Las soldaderas. México: Era-CONACULTA-INAH, 1999.; Riva Palacio, Vicente. México a través de los siglos. México: Ballescá, 1884-1889. Barcelona, Espasa y Compañía, 1888.; Schroeder Inclán, Federico. Hoy invita la Güera. (México: 1955) en Salvador Novo y Federico Schroeder Inclán: La culta dama; hoy invita la Güera. México: Secretaría de Educación Pública, 1984.; Tecuanhey, Alicia. «La imagen de las heroínas mexicanas», en Germán Carrera Damas: La construcción del héroe en España y México, 1789-1847. Valencia: Universitat de Valencia, 2003.; Valle, Rafael Heliodor. Iturbide varón de Dios. México: Xochitl, 1944.; Valle Arizpe, Artemio del. La Güera Rodríguez (1.ª Ed. 1949). México: Porrúa, 1960.; Villaseñor y Villaseñor, Alejandro. Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia. México: Jus, 1962.; Wright de Kleinhans, Laurena. Mujeres notables mexicanas. México, Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1910.;

(1) «Freud, Jung y sus seguidores han demostrado irrefutablemente que la lógica, los héroes y las hazañas del mito sobrevienen tiempos modernos. Como se carece de una mitología general efectiva, cada uno de nosotros tiene su panteón de sueños, privado, inadvertido, rudimentario, pero que obra en secreto» (p. 12).

(2) Clara muestra de ello será la creación de su Sociedad Pública de Lectura y la voluminosa obra La Quijotita y su prima (1819), donde uno de sus personajes antimodélicos, Pomposita, lleva el mismo nombre del tío de Leona Vicario, partidario de la facción realista.

(3) Otras mujeres a las que se refiere Celia del Palacio en su obra serán Bernarda Espinoza (encarcelada durante ocho años), Juana María Jiménez, sorprendida con dos paquetes de cartuchos que pensaba entregar a los insurgentes, Gertrudis Bocanegra, Manuela García Villaseñor, que participo en el movimiento por ser esposa del periodista y abogado Carlos María Bustamante, la francesa Helene la Mar, Antonia Nava... volver

(4) Su amigo Ignacio Ramírez, el Nigromante, también dedicó unas líneas a la Corregidora. Guillermo Prieto, Romance de Leona Vicario. Leyenda de amores en Romancero Nacional, p. 127.

(5) Josefa Ortiz Girón, al quedarse huérfana se fue con su hermana a Morelia y estuvo interna en el colegio de las Vizcaínas. Con 23 años se casó con Miguel Domínguez que fue corregidor de Querétaro.

(6) «que reconoce como antecedentes el estudio biográfico del licenciado Carlos María Bustamante, publicado en El siglo xix, el 25 de agosto de 1842, y de Francisco Sosa en sus Biografías de mexicanos distinguidos, impresas en 1884» (Tecuanhey, La imagen de las heroínas mexicanas. p. 84).

(7) Tras la independencia, como indica Carlos Pascual, apoya eficazmente el periódico El Federalista y se convierte en la primera mujer periodista de México.

(8) Echánove Trujillo, Carlos Alberto. Leona Vicario: la mujer fuerte de la independencia. México: Eds. Xochitl, 1945, pp. 164-169. Leona Vicario escribió o pasó información a periódicos de la independencia como El Semanario Patriótico Americano y El Ilustrador Americano, sin olvidar su participación en El redactor municipal donde expone la defensa de su propia capacidad de pensar por sí misma (México, 22 marzo, 1824).

(9) Los comerciantes franceses afincados en México elevan una reclamación al embajador francés por haberse comido unos oficiales un buen número de pasteles sin pagar, por lo que exigía una indemnización. México acababa de terminar la guerra con Texas en 1836. Para validar la reclamación se enviaron diez barcos de guerra con la amenaza de invadir el territorio si México no cumplía las condiciones del ultimátum que dio Deffaudis.

(10) «Algo sobre la conquista y la independencia de México». Violetas del Anáhuac, México 5 de agosto de 1888. Excesivamente reverencial en lo que se refiere a los héroes de la independencia. Cfr. Belem Clark de Lara.

Fuente: Articulo autoría de Rocío Oviedo Pérez de Tudela. Universidad Complutense de Madrid.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia