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¡Y PARA TI, NO BALAZOS, PARA TI… ¡LUMBRE! JUAN MATA ORTIZ EL DESTINO DE UN HOMBRE

 

Chihuahua es el estado de la República Mexicana con mayor extensión territorial, su delimitación geográfica cubre aproximadamente el 13% del total del territorio nacional. Es dueño de una cultura viva, multifacética y cosmopolita que se refleja al recorrer sus calles y visitar sus espacios. Su historia extraordinaria y prodigiosa ha sido testigo fiel de grandes sucesos.

En tiempos atávicos este territorio fue habitado por tribus indígenas semi-nómadas como los apaches, comanches, tarahumaras, tobosos, pimas, guarojíos, tepehuanes, ópatas, conchos, julimes, tapacolmes, tubaris, guazaparis, chínipas, que formaban parte de los grupos que los españoles denominaron Chichimecas. La conquista y colonización de este espacio fue muy lenta debido a la ofensiva de sus naturales. Se cuenta que los más belicosos fueron los apaches, tobosos, comanches y tarahumaras, quienes se opusieron a la ocupación de sus tierras por parte de los colonizadores durante mucho tiempo.

Sin embargo, la conquista avanzó y las invasiones colonizadoras se hicieron presentes en esta región, fundándose aldeas, villas y ciudades en las cuales los pobladores desempeñaron actividades agrícolas, mineras y comerciales, haciendo de esta provincia una zona comercial pese al paisaje agreste y desértico de algunas zonas.

La presencia nómada fue vista como ajena al desarrollo de los colonizadores y combatida tenazmente por la población sedentaria chihuahuense. Era evidente la contradicción entre dos formas distintas de ocupar el espacio. Para los apaches los robos de ganado en haciendas y ranchos mexicanos configuraban un patrón de subsistencia, al ser arrebatados de sus tierras y recursos por dos naciones sin respeto por los pobladores originarios; a través del contrabando en tierras estadounidenses lograban vender lo que en México robaban, viviendo un día más por cada robo.

Hacia mediados del siglo XIX se agravaron los despojos a los terratenientes y rancheros mexicanos pujantes. Para éstos, los ataques apaches dificultaban la actividad ganadera, el comercio, la agricultura y en general representaban un tope a su poder en expansión. El poder gubernamental mostraba una y otra vez su incapacidad para eliminar esa amenaza.

En el último tercio del siglo XIX, Chihuahua vivió una nueva oleada de ataques por parte de los nativos, era la Guerra Apache. Éstos habían decidido dar la última batalla por la subsistencia de su raza, rechazando ofrecimientos de paz del Gobierno de Estados Unidos y México por las humillaciones y asesinatos cometidos en contra de su pueblo tanto en un país como en el otro. A pesar de que sus ofensivas fueron ganando terreno por algunos años, el retorno al gobierno de Chihuahua del ganadero y militar Luis Terrazas marcaría la derrota de los apaches en esta zona.

El general Luis Terrazas era el hombre más rico del estado, su carácter era enérgico y soberbio. En 1863 ya había combatido con fiereza a los apaches. Cuenta la historia que un grupo de apaches dirigidos por el mestizo Victorio, quién logró reunir bajo su liderazgo a la totalidad de resistencia de su pueblo, escapó de las reservaciones norteamericanas, y se asentó en las cercanías de la Laguna de Guzmán, en el noroeste del estado, justo donde el gobernador Terrazas tenía parte de sus haciendas ganaderas, por lo que mandó llamar a su pariente, el coronel Joaquín Terrazas y lo dotó de recursos para combatir a los rebeldes.

Se puso precio a las cabelleras de los indios y en particular a la de Victorio. Para exterminarlo, el gobernador de Chihuahua reorganizó las juntas de guerra que habían funcionado en años anteriores y acordó movilizar fuerzas en coordinación con el coronel Adolfo T. Valle y el mayor Juan Mata Ortiz.

Una vez localizada la zona de asentamiento iniciaron las movilizaciones y persecuciones de los Apaches por parte de Joaquín Terrazas y Juan Mata Ortiz, quien era el encargado de la seguridad pública y rural.

Ayudado por los tarahumaras, el coronel Terrazas encuentra la huella de Victorio y lo rastrea hasta la Sierra de la Amargosa, en la zona montañosa conocida como Tres Castillos, el 14 de octubre de 1880 al mediodía se encuentran frente a frente el grupo comandado por Victorio entrando en enfrentamiento; mientras tanto el mayor Juan Mata Ortiz y sus rurales, a balazos impide el auxilio del jefe máximo apache por Ju y Gerónimo, quienes comandaban a la mayoría de los apaches combatientes.

Mientras tanto en el frente contra Victorio, ante un intento de negociación, Mauricio Corredor al verse muy cerca de los apaches decidió abrir fuego con su rifle calibre 44, pegando en el pecho a Victorio, derribándolo. El jefe apache es recogido por sus escoltas y llevado a la cumbre del cerro sur, donde ya se encontraban atrincherados el resto de sus guerreros, así como las familias que intentaban resguardar. Dos horas después, Victorio muere y con ello, la derrota para los apaches es inminente.

Tras la derrota las celebraciones no se hicieron esperar en el Estado, recibió a sus hombres como unos héroes, ahí iba el mayor Juan Mata Ortiz. Se decretan diversas recompensas por las cabelleras obtenidas y reparto entre sus combatientes de dinero por su "valor".

Sin embargo, la felicidad para el mayor Juan Mata Ortiz duraría poco, apenas terminadas las celebraciones por la muerte de Victorio, Ju y Gerónimo, quienes ahora dirigen a la última resistencia apache, decidieron cobrarse la afrenta y vengar su muerte, sembrando el terror en el noroeste del estado al incendiar, matar y robar en las haciendas. Inicia en México de nueva cuenta su  persecución, pero los apaches se refugiarían en Estados Unidos, sin esperar que los estadounidenses también desplegarían tropas con la finalidad de someterlos.

Al verse cercados tanto en Estados Unidos como en México Ju busca la paz, intentando acordar en varias ocasiones reuniones para buscar acuerdos, los cuales se ven frustrados por la desconfianza mutua. Finalmente, en Casas Grandes, Ju decide negociar la rendición y lograr una paz sin condiciones mínimas. Terrazas prepara una emboscada. Los apaches instalan su campamento a orillas del río Casas Grandes y al amanecer el ataque de Terrazas se malogra cuando las tropas por orden de directa de Juan Mata Ortiz, buscando el reconocimiento de la victoria sobre un pueblo, casado, desgastado y prácticamente derrotado, adelantan el combate y los indios salen disparados en todas direcciones abandonando todo.

Los apaches condenan a Joaquín  Terrazas y a Juan Mata Ortiz como traidores, lanzando Ju la siguiente amenaza hacia Mata Ortiz: “Tú, Joaquín, ¡traicionero!, ¡maldito!, y para ti ‘capitán gordo’, no balazos, no cuchillos, no lanza, no flechas; para ti… ¡lumbre! A partir de ese momento, Ju no vuelve a solicitar paz ni tregua alguna, sólo el empeño de cumplir su juramento.

Y así fue como en septiembre de 1882 Juan Mata Ortiz, sin esperar refuerzos, apresurado, sale a perseguir a los apaches con solo 21 hombres. El 13 de octubre por la mañana se encuentra con ellos, donde la superioridad numérica de los apaches se impone. En esta batalla Ju cumple su promesa y, pese a perder numerosos guerreros por los disparos de los hombres de Mata Ortiz, logran capturarlo vivo y llevarlo a la cumbre del cerro donde, amarrado, no le dispara, no lo cuelga, ni lo acuchilla, cumple su lúgubre promesa de venganza, amarrado le da fuego hasta la muerte.

Así encuentra su fin un hombre que representó crueldad y excesos para algunos y heroísmo para otros, poco conocido como individuo, poco explorado como personaje activo de la configuración de la identidad de un pueblo, que con evidentes claro-oscuros y sentimientos encontrados para 1925 su nombre sería homenajeado y tomado para bautizar un pueblo, que configuraría su propia miseria y riqueza en su propia historia.

Hoy es una localidad que integra el estado de Chihuahua y se localiza a unos 35 kilómetros al suroeste de Casas Grandes, en las cercanías de las ruinas de Paquimé. Es el centro alfarero más importante del norte de México y sus habitantes se dedican a elaborar las ollas estilo Paquimé, redescubierto y rescatado por el maestro Juan Quezada, quien irónicamente también con fuego, dotaría de fortaleza a las vasijas que darían un futuro a Juan Mata Ortiz, como nombre, como pueblo.

Fuente: Articulo autoría de Brenda Martínez Montiel. 14 de julio, 2016.

 
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