historia.jpg

Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
CARTA DECIMATERCIA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA DECIMATERCIA

Bachillerejo Jason: según el plan que me propuse, debía detenerme un poco más en manifestar que el tuyo aniquilaría enteramente la religión verdadera, y vendría a resultar por tus disposiciones generalicias un monstruo de religión, en que habría tantos delirios y mezclas como en la de Mahoma, y más extravagancias e impiedades que en el catolicismo de Bonaparte.

Tú has empezado la promulgación de tu nuevo Evangelio, aboliendo los preceptos del de Jesucristo, y dejando del culto exterior sólo los Te deum y misas de gracias para celebrar tus impías conspiraciones, correrías y matanzas, haciendo alarde en el templo de Dios vivo y delante de Jesucristo sacramentado de que un ministro del altar lo insultaba aún más que aquél cómico de París, que en los días de la revolución y carnicerías de los jacobinos, subió al púlpito en el templo de Santa Genoveva y dijo, que si había Dios lo desafiaba para que se vengase de su desprecio.

No has hablado todavía con esta claridad de un ateo, porque aún no eran del todo ateístas tus mariscales y coroneles, y porque las demás bestias de tu comitiva tenían algo más que andar para llegar a considerarse destinados a hacerlo en cuatro pies, por la profunda sabiduría de tal conductor que las preparaba a tan feliz estado de cuadrúpedos hidalguños.

Pero siendo tú en la práctica un pirrónico y materialista procaz, y más ateo que el tal mimico; que no admites moral alguna, que te burlas de toda ley, que quieres santificar cuantas maldades hay, y que nutrido primero en todas las absurdas opiniones de dos casuistas más relajados, te habías acostumbrado a mirar como lícitos hasta las mismos homicidios con la sutileza de dirigir bien la intención en los odios, calumnias y venganzas, ¿quién al verte en el templo en tales actos, no veía en tu rostro de Polifemo, en tus miradas lascivas y pesquisadoras, y en tu sonrisa sardónica y truhanesca, que en tu interior, muladar o infierno reconcentrado, resonaban blasfemias e infames cánticos al compás de los raspados violines y desaforados berridos de los indios de tu capilla realenga?

¿Qué hombre cuerdo y religioso no se estremeció de horror, y no temió que se desplomasen las bóvedas de los templos donde entrabas con traza y gestos de príncipe tenebroso, a insultar a Dios cara a cara, y a disputarle la gloria del culto, aparentando farisaicamente querer tributarle homenaje, pero con el fin de que la turba de malsines y la tropa de asesinos y traidores pensasen que el cielo autorizaba delirios y atentados tan abominables? ¿Qué alma buena y piadosa no lloró en Guanajuato, Valladolid, Guadalajara y otras partes tal escándalo y abominación, y no se escandalizó de tu osadía e impiedad, y de la estupidez o debilidad de los que hicieron demostraciones de júbilo al recibirte y acatarte cuando en ti sólo debían ver un usurpador infame, un verdadero demonio vestido de general, que iba a profanar el templo, y a declarar otra vez la guerra al Altísimo y a sentarse sobre su trono, si no había ángeles fieles a Dios que lo arrojasen del santuario?...

En esta cobardía lastimosa de algunos que no nacieron para Phinees, has cobrado al principio bríos y has soñado que en ninguna parte hallarías el acero vengador; aquel puñal con que el santo sacerdote Phinees atravesó en las partes genitales a Zambri y Cozbi, al atrevido israelita y a la ramera de Madian, que a presencia del pueblo hacían alarde de igual vileza y prostitución a la con que tú y tus renovadas costillas insultáis al pudor santo, y vais a los templos a ostentar los triunfos del libertinaje brutal por donde han empezado tus campanas, con el que las continúas, y que es el último término que te propones en ellas.

Si hubieses hallado con un Phinees en estos actos de tu disolución e impiedad, Dios (como entonces) se hubiera aplacado ahora y cesaría la plaga de los hijos de Israel: veinticuatro mil víctimas sacrificadas a la divina justicia (por su mandato) habrían (como entonces) desarmado su justa venganza, y no se habrían aumentado en la batalla del puente de Calderón otras tantas o más, para que se duplique ya el número de los que te están maldiciendo en el infierno como a autor principal de su eterna condenación.

Cuentas en esa fecha unos cincuenta mil de tus prosélitos en los infiernos: fruto y cosecha de tus campañas.

¿En ti habíamos de ir viendo progresivamente las impiedades y usurpaciones de Lisímaco y Menelao, sacerdotes intrusos y profanadores del templo, y las barbaridades de Jason?...

Al oír horrorizados y estremecidos que en esas tres ciudades particularmente hiciste el oficio de mayoral de degolladores, mandando a sangre fría asesinar hasta este día dos mil europeos y criollos, encarcelados antes por ti, y por consiguiente indefensos e inculpables, desahogo mi dolor y mi indignación con las palabras del Espíritu Santo.

Hablando de aquellos malvados sacerdotes, como si dijéramos de ti y de tus Vallesas, Macías, Mercados, Morelos etcétera.

“A aquellos infelices, que se declararían inocentes aún cuando tratasen su causa entre los seythas, los condenó a muerte.

Y luego fueron castigados injustamente aquellos que habían procurado la defensa de la ciudad y pueblo, y de los vasos sagrados...

Y entretanto Menelao (Hidalgo) por la avaricia conservaba la autoridad creciendo en malicia para hacer traiciones a sus ciudadanos.” (2 Machab. c. 4.)

Tu retrato está muy al natural como formado por la mano del mismo Dios.

Aún añade el mismo libro divino otras pinceladas, para que nada falte al diseño más completo; porque siendo tú en lo guerrero el Trason fanfarrón de Terencio, y en los sacrilegios y asesinatos el Jasón de los judíos, no pueden menos de conocerte los que te comparen con aquél en la vanidad, y en la ferocidad con éste, que es personaje real y verdadero.

Jasón, pues, habiendo sido el corruptor y seductor del pueblo escogido; habiendo aspirado a la usurpación del pontificado (por ejemplo a la mitra de Valladolid); habiendo mezclado con la religión ritos gentílicos; habiendo tenido la osadía de establecer bajo el alcázar mismo (junto al templo, a la iglesia parroquial de Dolores) un gimnasio, y exponer en lugares infames lo mejor de la juventud (lo dirá según el edicto de la Inquisición el convenio recíproco con tu manceba) aún pasó adelante en su maldad detestable e inaudita el impío y no sacerdote Jasón, (o Hidalgo Costilla.)

Prosigue el Espíritu Santo refiriendo como para más pervertir al pueblo procuró Jasón seducir y corromper a los demás sacerdotes, ocupándolos en juegos y carreras propias de atletas, y apartándolos de las funciones del ministerio y culto divino.

Siendo la corrupción más violenta y sin remedio la que se apodera de las partes más notables del cuerpo; cuando tú ya has contado con media docena de con-curas baladrones, profanos, infieles, ridículos antes en gesticulaciones y gazmoñerías, tan hipócritas de conveniencia, como ignorantones, bárbaros y taimados, sin honor, sin padres conocidos, (y no al modo de Melchisedec que no tenía genealogía terrena) sin instrucción en los fundamentos del dogma y de la moral cristiana, y sin pizca de sindéresis, ni de lealtad, has creído fácil la empresa de tu refinadísima malicia y soberbia y que fanatizando a esos mentecatos, el populacho agreste caería de hocicos en la red, que con la ayuda de ellos le tendías.

Unos tras otros han ido prevaricando, y has llegado a numerar más de cien mil brutos bipedes, entresacando de esas rancherías y pueblos, que oyendo el alarido guerrero de viva nuestra Señora de Guadalupe y mueran los gachupines; sin más examen que el dicho de tales fanáticos curas, han creído prestaban obsequio a la reina de la paz y misericordia, haciendo tan inicua e injusta guerra, y cometiendo abominaciones, impiedades y matanzas, cuales no se han visto, sino cuando los ateos de París se encarnizaban contra las imágenes de María Santísima en el templo de la victoria, al mismo tiempo que degollaban a sus conciudadanos en una guerra civil y anticristiana.

Aquí tus con-jasones han pretendido juntar el cielo con el infierno, la imagen de María con el estandarte de Satanás, la invocación del nombre de la Madre de la gracia, con la blasfemia del mismo nombre, y con la invocación cordial del padre de la iniquidad, de la mentira y de los homicidios.

No sabré decir cuál es mayor delito, si un ateísmo declarado, o este tuyo mixturado de palabras que indican culto, para hacer más befa y escarnio del Dios a quien se invoca.

Los incrédulos Bayle, Bolter y Diderot se empeñaron en sostener que el ateísmo era menos sanguinaria que el fanatismo de religión.

Bergier y otros apologistas los confutaron.

Mas hoy en la América católica te apareces tú, ateísta fanático, que antes te llamabas cura católico, y reuniendo ambos extremos, resuelves el problema, y demuestras que el fanatismo de irreligión y ateismo produce en cinco meses en el país más tranquilo y piadoso mayores males, desastres y horrores que haya causado el fanatismo más vertiginoso en cinco siglos, y el ateísmo más absoluto y osado en los diez y ocho que han precedido al nuestro.

Se han engañado los que creyeron que el ateísmo no hacía derramar sangre, y que atendiendo sólo a sus placeres y conveniencias, buscaba la paz para no ser inquietado en su goce egoístico, mirando con indiferencia todo bien, y el resto del universo incluso su hacedor.—

20 años ha, que la sangre humana vertida por manos ateas, ha desmentido la apatía o indiferencia pacífica con que pretendía engalanarse la incredulidad a fin de parecer menos odiosa que el fanatismo y superstición de varios herejes y apostatas, que con el manto de la religión han querido cubrir lo horrible de sus guerras y matanzas.

Y han corrido ya cinco meses en que ambas furias han hecho en ti alianza, y se ha visto un párroco americano ateísta y fanático haciendo alzar la cabeza a seis curas y vicarios subalternos en la carrera de la maldad e impiedad, que deslumbrados con el título de mariscales y generales, con las bandas y estrellas umbiculares que gratis les diste, han corrido a encender las teas del fanatismo más brutal y supersticioso en las lámparas guadalupanas.

Con llevar a tu imitación una medalla de la virgen santísima de Guadalupe colgada al pecho, como si fuese el pectoral de los obispos, el toyson de los grandes, y la cota y malla de los antiguos guerreros, se han imaginado árbitros de la suerte de los imperios, y capaces de conquistar en cuatro días el mundo nuevo y el viejo; se han creído invulnerables, y se han reputado iguales o superiores a sus mismos obispos.

Poniendo en los cabezones de sus columnas cuadrúpedas grandes cuadros o lienzos de imágenes guadalupanas, han persuadido a la bárbara canalla que el cañón no podía herirles, ni la bayoneta alcanzarlos, porque el cielo y su reina estaban por ellos y tenían en cada parapeto de la virgen una muralla más fuerte e impenetrable que el muro de cincuenta codos de ancho que cercaba a Babilonia.

Tal era la demencia fanática de estos tus nuevos babilonios y demonios desenfrenados.

Hablan los hechos públicos, con que se horrorizarán los siglos venideros, y por los que nuestros rostros quedarían cubiertos de vergüenza a comparecer en el tribunal de las naciones cultas y humanas, y en la posteridad imparcial y respetable, si tales sombras y borrones feísimos, no fuesen pintados y afeados, y vituperados altamente por nosotros, para que su ignominia y vileza no callada y disimulada, haga resaltar más la piedad, ingenuidad y lealtad de los demás americanos.

Son tan monstruosas y descomunales las pruebas repetidas de vuestro fanatismo antirreligioso y anti-español, que a no ser testigos oculares muchos miles de habitantes, pudieran dudar los ausentes de mi veracidad, y tenerme los pósteros por tan exagerador, hiperbólico, acalorado y entusiasta, como con razón calificamos hoy al ilustrísimo Casas, si son sólo suyas las relaciones que nos dejó de las cosas y sucesos de Indias, y no están recargadas de hiel por los émulos de las glorias de España.

Otros se aturdirán al leer el excesivo número de traidores y fanáticos, que fuesen más de cien mil los que en 17 de enero se juntaron en la batalla del puente de Calderón y con noventa cañones; que tú cuervo negrísimo, barbiraso, ojienjuto y rasguñado carnívoro, y asqueroso por dentro y fuera, en lo físico despreciable, y en lo moral y religioso aún más abominable que los viles cínicos y epicuristas; que tú con el hocico corvino manando ya por él la sangre de las inocentes víctimas, que a traición y en las sombras de la noche llevabas sacrificadas; que tú digo consiguieras dementar y enfurecer en aquel día tal turba de antropófagos.

También yo me asombro y me avergüenzo, y las lágrimas me faltan, y tan desmesuradas prevaricaciones oprimen mi corazón y cierran todo desahogo al sentimiento.

Mas el fenómeno me parece menos estupendo, al considerar que una inmensa multitud de idiotas fácilmente se congrega para la ejecución de cualquiera maldad, si se pone a su frente el pastor de la manada, y exalta el fanatismo de la ridícula independencia y quimérica libertad, frotándolo y electrizándolo con el fanatismo de la superstición farisaica.

“El evangelio de la mayor parte de las gentes del mundo, dice bien Macillon, es la vida de los eclesiásticos, de la cual son testigos etcétera”.

Mucho más la de los párrocos, en quienes justamente tienen depositada su confianza, y cuya voz oyen con gusto y respeto los pueblos, y reciben por su órgano las dulzuras y esperanzas de la religión hasta los últimos instantes de la vida.

No pueden imaginarse fácilmente, que los pastores destinados para guiarlos al cielo, quieran empeñarse de propósito en precipitarlos en el abismo.

Aún cuando todas sus acciones no le parezcan buenas y dignas de imitarse, con dificultad se persuadirá un rústico, mucho menos un indio por serlo mucho más; que aunque en la cátedra de Moisés esté sentado un fariseo como tú eras, pueda llegar éste a ser tan malo, que abuse del ministerio, predique doctrinas falsas, y quiera seducirlos y pervertirlos con la enseñanza, y autorizar con la misma religión los delirios más opuestos a sus dogmas y moral.

No haberse oído aquí jamás semejante apostasía pública en ningún ministro de Dios, hacía que esas infelices rancherías y jacales aislados, no reputasen desde luego por malo lo que les persuadían seis clérigos.

Tú el protoJasón y proto-Alcimo de estos prevaricadores, te acordarías, que también los macabeos decían: Sacerdote es, el que nos persuade que nos le entreguemos; no nos engañará; y que el malvado Alcimo con una falsedad sólo inferior a la tuya, les habló palabras de paz; y les juró diciendo; no os haremos mal a vosotros, ni a vuestros amigos...

Siguióse después, que a aquel sanguinario sacerdote se le agregasen todos los pícaros que perturbaban el pueblo, se apoderasen de la tierra de Judá, e hiciesen grande estrago en Israel, y que sesenta virtuosos Esenos fuesen degollados por el inhumano Alcimo, llenándose de horror y espanto toda la nación.

Se siguió también, que acrecentado el partido de tres malos sacerdotes judíos con las gavillas de los rebeldes e ignorantes, Lisímaco (por ejemplo Morelos (1) sitiador de Acapulco) llenase la religión de sacrilegios, armase cerca de tres mil hombres, y se pusiese al frente con un malvado viejo llamado Tirano.

Siguióse que Menelao (por ejemplo Mercado, invasor del puerto de San Blas) después de sus atrocidades e hipocresías, hubiese de huir y refugiarse en el alcázar, y que su fin, y castigo fuese tan semejante al que se buscó el dicho Mercado, tu teniente general, antes director de ejercicios espirituales, y después por tu industria, de marciales, y el primero de tus volteadores.

Antioco mandó arrojar a Menelao desde una torre de cincuenta codos de altura; y Mercado por servir fielmente al pérfido Antioco americano, se precipitó desde mayor altura en San Blas, huyendo vergonzosamente de la justicia, que le ofrecía, si se entregaba, clemencia, e indulto que no merecía.

Él se precipitó a su centro, y quizá el fanatismo de la independencia le había desconcertado el cerebro antes de su vuelo, en términos de haberlo dementado.

Quizá se le clavó la promesa que tú hacías a los indios en el monte de las Cruces, de que los militantes bajo tus estandartes guadalupanos, si morían peleando, resucitarían triunfantes a los tres días, e irían a encontrarte (en 12 de diciembre día de nuestra señora de Guadalupe) sentado bajo solio, repartiendo tierras y trojes, magueyales, muladas y boyadas etcétera, proclamado: Emperador de México, rey de Guadalajara, protector de la confederación de los arrieros del Cacalote (2) y Archipámpano y Arquiticlino del nuevo mundo.

Tal vez Mercado pensó volar por tu mágica negra sobre las alas de los vientos, como el mago Simón guiado por la estrella de tu ombligo, reverberante en la suya, ir al alto destino de dar a tu alteza y majestad una tanda (o tunda) de ejercicios espirituados y endemoniados (3).

Siguióse que Jasón (por ejemplo tú propio) degollase a sus ciudadanos sin reparo, y no advirtiese que el buen suceso contra los de su sangre era la mayor desgracia, creyendo que alcanzaba trofeos de enemigos y no de ciudadanos.

Esto no obstante, no alcanzó el principado, sino que por remate de su traición estuvo la confusión y se fue fugitivo a tierra de los ammonitas.

Al fin encerrado, huyendo de una ciudad en otra, aborrecido de todos, como un apóstata de las leyes, y un execrable y enemigo de la patria y de sus ciudadanos, fue echado a Egipto; y el que había arrojado a muchos de su patria, pereció lejos de la suya; y el que había hecho arrojar los cuerpos de muchos sin sepultura, él mismo fue arrojado, sin ser llorado ni sepultado, no hallando sepulcro ni en su tierra propia, ni en la extraña. (2 Mac. Cap. 5, v. 6 sq.)

El dedo de Dios ha escrito esta historia, y en ella la tuya, y la de tus miserables fanáticos y sanguinolentos co-ministros apóstatas del santuario, rebeldes a Dios y revelados contra la patria.

Mudados los nombres de ti y ellos se cuenta esta verdad histórica, y se os anuncia el mismo fin y castigo.

Seréis la fábula, ignominia y execración en la edad presente y en las venideras.

Se dirá que nuestros pecados eran muy grandes, pues que Dios envió el mayor de los castigos, permitiendo, como lo hizo para castigar con el extremo rigor a Jerusalén, que hubiese unos pocos curas tan locos, tan malos, tan fanáticos, que despreciando los buenos ejemplos y doctrinas de seiscientos pastores ejemplares, se atreviesen a salir seduciendo, y llamando lo malo bueno, y lo bueno malo: poniendo tinieblas donde brillaba la luz pura de la verdad, y apagando en tantas almas el resplandor hermoso de la fe divina...

¡Qué oprobio! ¡Qué ignominia! ¡Qué escándalo tan horrible!

Reflexiones amargas traspasan el corazón al ver cumplidas por tu apostasía y fanatismo de irreligión cuantas amenazas han salido de boca de los profetas y de la pluma de los santos padres, cuando algunos malignos conductores extravían con su mala doctrina y ejemplos a las ovejas de Israel.

Tantas son que es imposible numerarlas: tú has recopilado realmente sobre nuestras cabezas cuantas calamidades anunciaban, y habrías realizado la última de todas, si las balas y la lealtad de nuestros soldados, y el valor impertérrito, prudente y provisor de nuestro jefe inmortal, y de los inmortales Calleja, Flon, glorioso en su muerte heroica, Cruz, y demás intrépidos guerreros no hubieran desbaratado los planes de tu fanatismo infame, y desengañado a esas gentes bestiales de tu comparsa, de la locura que les infundiste, haciéndoles ver visiones propias de frenéticos o energúmenos.

Imaginabanse tus coleadores y toreros destinados a apóstoles de la religión nueva costillada; y entre ellos se decía públicamente así: tal vez algún día llevaremos la religión a la misma Europa.

Es hecho y dicho positivo; y lo es que tú gran belitre forjador de este fanatismo, que tanto importaba a tu consumada malicia, a un gran cañón lo bautizaste con una gran blasfemia, llamándolo: el Poder de Dios.

Sin duda tú no has conocido otro Dios que este terrorismo, ni más poder que el de la muerte, ni otra divinidad que esta, que podía darte el trono infernal a que aspirabas, esperando que los cañones en Calderón con el estruendo de la imaginada y vaticinada victoria gritarían: ya es emperador el mayor bribonazo y bellacón; Miguel primero, el primero de los zorros y el mayor amigo de zorras. Rabie el emperador.

Rumor y no vulgar es, que el mismo desesperado Allende más de cuatro veces te ha proclamado así; y que en esta forma habían de levantar muchos el grito de tu aclamación, cuando en aquel acto te habías de poner la corona de nuestro suspirado FERNANDO VII, cuyo nombre, imágenes y divisas consoladoras, perseguiste muy a tu placer en Guadalajara, disponiendo así las cosas para apellidarte: ¿qué? Rey de trapizonda.

¡Oh viejo chocho, impío, demente y más perverso que loco!...

¡Oh infame Sardapilon, trapiento y tramposo desde la cuna, fanático y entusiasta malicioso, cabeza incurable con todo el eléboro de las boticas, cuervo graznador, víbora que despedazas las entrañas de tu madre! Si no me engaño, en el congreso caballuno habido para tratar de coronarte de (qq) alegabas esta razón para recobrar tus derechos.

“Hidalgo es la primera persona de la sociedad, y Adán fue el primero Hidalgo.

A Adán le saca Dios una costilla, y forma la mujer primera.

De aquel Hidalgo y de esta Costilla salió Caín, su primer hijo y el primer fratricida.

Yo por mi padre soy Hidalgo, por mi madre Costilla; por mis hazañas Caín: luego yo Caín, Hidalgo, Costilla, yo soy el heredero universal de cuantos tronos pudo dejar Adán, al menos en el nuevo mundo; pues aquí en ningún otro se han reunido tales circunstancias.”

Los vaqueros te aplaudieron: se fanatizaron y se armaron para el coronamiento de su primer Caín.

¡Cuánto hubieran llorado los Abeles, si la maldad y usurpación más extravagante, ridícula, impía, irreligiosa y feroz, se hubiese apoyado en fuerzas más arregladas que tus silogismos; y si Dios indignado contra tantas infamias y sacrilegios de tu monstruoso ateísmo, no hubiese descargado sobre ti, y sobre vuestro fanatismo de impiedad e independencia, tan repetidos golpes, capaces de despertar y desengañar a cuantos no estén ya marcados con la negra señal que Caín llevaba en su frente.

Tal vez otros abrirán a tanta luz sus ojos soporados.

Mas de ti pronostico la suerte de Jasón, y el cumplimiento de la maldición fulminada contra Caín...

No sea así; pero entretanto, pásalo muy mal, que esto te conviene para que así no sea, y no lo pases después peor.

NOTAS:

1. Sábete Costillón, que Morelos, vicario que fue de Teypam, sacado por ti de la cárcel, donde lo habían puesto sus habilidades antiguas, y hecho por ti general para ejecutar otras mayores, sábete que te gana en ciertos puntos de loco y sacrílego.

Él dice misa con el sombrero puesto, como general; con dos trabucos sobre el alba como quien va a prender a Jesucristo, y espada debajo del brazo como que quisiera degollarlo materialmente.

Así celebra el santo sacrificio, cargado de excomuniones e irregularidades visibles, y no vistas jamás igual.

2. El rancho del Cacalote ha sido el almácigo de tus generales.

Ya son cuatro los arrieros de él elevados a mariscales y coroneles, que han subido a la horca y han acabado en el aire la brillante carrera militar que les trazabas.

Querías ser rey, emperador y Preste Juan de las Indias: pues mejor te viene protector y preste Miguel del cacolotismo.

Hubieras excedido en títulos a tu prototipo, o protoplasto, el Napoladrón, emperador, rey, protector rapiñador del catolicismo.

3. Quien expira fuera del gremio de la iglesia, incurre en excomunión, como este miserable Mercado, no es digno de otro tratamiento.

Si a su cadáver se le daría sepultura profana, no debemos dar mejor lugar a su alma, ni honor a su infame memoria.

El mayor que le haré siempre, será comparar su vuelo con la muerte del pájaro gobernador de indios, traidor, muerto a manos de bocanegra, en la acción del 7 junto a Querétaro.

Y así estos dos pajarracos voladores y negros se los tragó bocanegra en la otra vida, aguardándote a ti sepulturero de almas y cuerpos, poblador de Nigricia y emperador y etcétera.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia