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DESFILES DEL 16 DE SEPTIEMBRE DURANTE LA DÉCADA DE LOS VEINTE

La primera vez que Plutarco Elías Calles fue secretario de Guerra lo fue de un movimiento rebelde que pretendía derrocar al gobierno de Venustiano Carranza. El haberlo logrado, y hacerlo al lado del caudillo Álvaro Obregón, les dio valiosas enseñanzas a ambos generales. Sobre todo, para evitar caer por la misma razón por la que llegaron al poder. Apenas entraron a la capital del país las fuerzas aguaprietistas, lo primero que organizaron fue una gran parada militar. Con ésta, Calles quería mostrar la fuerza del ejército vencedor.

La historia está llena de eventos de este tipo. El primero en la vida independiente de nuestro país fue el 27 de septiembre de 1821, con la entrada del ejército trigarante a la ciudad de México. Recordando ese hecho, cada 27 de septiembre el ejército ritualizaba ese suceso, al desfilar por las principales calles de la capital. Cuando Iturbide pasó a ser una figura histórica, discutible primero, maldita después, el 27 de septiembre pasó al olvido, pero el ejército siguió mostrando su músculo, cambiando la fecha del evento al 16 de septiembre. Como de forma harto conveniente, Porfirio Díaz asoció el festejo del inicio de la independencia, con su onomástico, el día 15 por la noche; la mañana siguiente quedó libre, simbólicamente hablando, para que los militares tomaran las calles.

Seguramente nada de esto pasó por la mente de los sonorenses, pues tenían asuntos más urgentes que atender. Pero sí eran conscientes de lo efectivo que era la demostración de fuerza. De hecho su movimiento había triunfado, más que por ganar batallas, por evitarlas con el poder de la disuasión. El influjo que tenía Obregón en muchos generales fue un elemento adicional para ese mismo fin. Los militares carrancistas simplemente no combatían, se ponían en huelga, veían cómo se desarrollaban los acontecimientos y terminaban uniéndose a los rebeldes. Igual que en 1821, en 1920 ganó el movimiento casi sin combatir. En la coyuntura electoral de ese año, había dos candidatos fuertes a la presidencia, el propio Obregón y el general Pablo González. El presidente Carranza se inclinaba por un civil, Ignacio Bonillas. Estos generales rivales intuyeron que el presidente quería imponer a Bonillas; debido a esa sospecha inició el movimiento rebelde. Los dos militares se aliaron coyunturalmente para derrocar a Carranza. Obregón se encargó de atraer a su causa a varios grupos armados anticarrancistas. Podría decirse que el triunfo fue una suma de enemistades. Se habló entonces de una “unificación revolucionaria”, que estaba muy lejos de ser cierta, pero que ayudó mucho a la causa sonorense. El desfile era una prueba de esa unificación. [1]

El jefe nominal del plan de Agua Prieta, Adolfo de la Huerta, fue elegido presidente sustituto por el Congreso, para terminar el periodo del depuesto y después asesinado Carranza. Tomó protesta el primero de junio. En ese día desfilaron todas las tropas que estaban en la capital, que eran muchas y muy variadas. Estaban los zapatistas de Morelos, los serranos de Oaxaca y los felicistas de Veracruz, entre otros. La diversidad no estaba solamente en el físico de los combatientes, sino en el uniforme, un problema que costó mucho solucionar.[2] El desfile era en honor del presidente recién ungido, pero la parada se convirtió en un homenaje al caudillo: a caballo, Obregón abrió el desfile vistiendo un sencillo uniforme de campaña, sin una sola insignia, cuidadoso de mostrar su imagen de “ciudadano en armas”. A su lado iban los generales Manuel Peláez, Benjamín Hill, Jacinto B. Treviño, Samuel de los Santos y Jesús M. Garza, jefe del Estado Mayor de Obregón. De esa forma iban un representante de los movimientos armados anticarrancistas (Peláez), uno de los propios sonorenses (Hill) y un ex gonzalista convertido en obregonista (Treviño). Al llegar al frente de Palacio Nacional, esa vanguardia entró para saludar al presidente y continuar viendo el desfile desde el balcón central. [3] Según la crónica, aparte de Obregón, los más aplaudidos fueron los cadetes del Colegio Militar, los mismos que acompañaron lealmente a Carranza en su infructuosa huida. El objetivo del desfile se cumplió: fue una muestra elocuente de la fuerza de la unificación anticarrancista. Pero también mostraba algo inquietante: el ejército había aumentado en forma desmesurada. El secretario Calles sabía que no era lo mismo ser el gerente general de un movimiento armado, que para triunfar busca incrementar sus hombres, que tener la cartera cuando se representa a un gobierno constituido, con múltiples obligaciones y escasos recursos. De ahí la necesidad de disminuir los efectivos. Como esto era imposible de la noche a la mañana, cuando menos había que mandar las señales adecuadas, de que se iba por ese camino. En las fiestas de independencia de ese año, el desfile del 16 de septiembre fue muy diferente al de junio. Se escogieron las mejores corporaciones, las entrenaron con anticipación y no pasaron de cinco mil los soldados participantes. No sólo se privilegió un número menor, también se quiso destacar la uniformidad: se desterró el sombrero texano, tan común de las tropas revolucionarias, por el sencillo quepis, y se les dio uniformes de paño azul; así —según un cronista de la época— “aparecieron ayer como los viejos soldados que todos los habitantes de la metrópoli vieron desfilar en el centenario de 1910”. [4]

El otro centenario, el de la consumación de la independencia, se llevó a cabo en 1921, ya bajo el gobierno de Obregón, siendo secretario de Guerra Enrique Estrada. Para estar a tono con el festejo, ese año se realizó el desfile el día 27. El 16, en ceremonia gigantesca en Balbuena, el presidente abanderó a doce batallones de infantería. Parte destacada de la ceremonia fue el homenaje hecho a una bandera que perteneció al ejército trigarante en 1821. Ahí, el general Jesús M. Garza, a quien le fue encargada la organización del desfile, dijo:

No faltarán elementos reaccionarios que dirán que estamos de acuerdo con la manera de sentir de aquella época. No faltarán tampoco elementos revolucionarios que censuren esta actitud nuestra. Los que formamos el ejército actual, a pesar de nuestro radicalismo, no sentimos rencores por el pasado; por el contrario, simpatizamos con los padres de la patria. Sería inútil hablar de ese ejército, de sus héroes, lo importante es la bandera y su significado. [5]

El 27 de septiembre, el desfile siguió la misma ruta que había seguido Iturbide, y como éste entró con 16 000 hombres, se determinó que fuera el mismo número de participantes cien años después. [6] A pesar de lo dicho por Garza, eran tiempos en los que presentarse como radicales era lo “políticamente correcto”: los diputados Octavio Paz y Antonio Díaz Soto y Gama propusieron retirar de la Cámara de Diputados el nombre de Iturbide, inscrito en letras de oro, en el edificio de la calle de Donceles: la propuesta fue aceptada. [7] Al año siguiente, como fiesteros que se quedan en casa después de mucha parranda, tampoco hubo desfile el 16; en cambio, de nuevo el 27, se organizó un festival militar en el Hipódromo Condesa. [8] Carreras de velocidad y resistencia hechas por soldados de infantería, así como maniobras y suertes a cargo de jinetes de caballería formaron parte del espectáculo, calificado como extraordinario por la prensa, y que pretendía demostrar, con una frase, que el reportero oía constantemente del público: “¡Ya tenemos ejército!”, conclusión inequívoca de que antes no se tenía; eran más bien “hordas revolucionarias”. A este acontecimiento, como al del mismo día del año anterior, no asistió Calles. En 1923 hubo divergencias sobre continuar la tradición del desfile, pues el jefe de Operaciones Militares en la capital, Arnulfo R. Gómez, dijo que no habría, pues en los últimos años “se ha vulgarizado mucho”. [9] En su lugar se quiso repetir el festival militar. Pero el presidente Obregón ordenó que hubiera desfile. Terminaron por hacer los dos eventos, primero el festival, y al acabar éste, un remedo de desfile, que fue muy corto y deslucido.[10] Ese mismo año, en Monterrey, también estuvo en duda su realización debido a un conflicto postelectoral. Ya era costumbre de esa época que tras una elección surgieran dos gobernadores que se autoproclamaban triunfadores y se instalaban dos legislaturas; eso sucedió en Nuevo León, donde un bando se atrincheró en el palacio de gobierno, y el otro amenazaba con sacarlos a palos; finalmente ambos bandos hicieron una tregua para ver el desfile que comandó el general Joaquín Amaro, y al terminar éste siguieron sus rencillas.[11] Volviendo al ámbito nacional, en 1923 y 1924 no hubo desfile septembrino.[12]

Calles, que se había alejado de este rito, quiso darle gran relevancia el primer año de su administración. Joaquín Amaro, encargado del despacho de la Secretaría de Guerra cuidó de presentar a los soldados con uniformes nuevos; Establecimientos Fabriles trabajó dos meses día y noche para que todas las corporaciones participantes tuvieran los uniformes.[13] Se cuidó que los caballos de los regimientos fueran del mismo color. Fue, junto al de 1921, el desfile más numeroso de esos tiempos. El mayor Ricardo Calderón Arzamendi recordaba su experiencia en estos eventos siendo cadete:

[La orden de formación para el 16] la leían los coroneles jefes de regimiento, pero con el justo temor de que sus soldados no fueran a estar listos oportunamente, daba orden al teniente coronel para que el regimiento o batallón estuviera en el Paseo de la Reforma a las nueve; el teniente coronel, con el mismo pensamiento ordenaba que se estuviera a las ocho; el mayor que a las siete; los capitanes que a las seis. Para eso había que despertarse a las cuatro. Entre las cinco y cinco y media se nos pasaban media docena de revistas, la del sargento primero, la de los tenientes, la del capitán, las de los jefes. En cada revista llovían arrestos porque un botón estaba menos limpio que otro o porque los tacones de los zapatos estaban cubiertos de polvo. Todo este tiempo estábamos firmes como estatuas, y con los nervios en tensión. A las seis ya estábamos formados en el Paseo de la Reforma. Y ya desde esa hora estábamos cansados, aburridos, disgustados y renegando de todo el mundo. Por fin, a las once de la mañana se oían allá a lo lejos los toques de atención, de presenten, la marcha de honor, los acordes del himno. Sentíamos un placer tan grande, que olvidábamos todos nuestros martirios y nuestros rencores[...]. Parece que los señores ministros de la Guerra de aquellos tiempos tenían el convencimiento de que lo que el pueblo pedía era ver muchas tropas, muchos miles de tropas; y por eso se hacían esos desfiles kilométricos, aburridos, monótonos. Las tropas llegaban a sus cuarteles extenuadas, hambrientas. El público cansado, fastidiado.[14]

Durante el cuatrienio callista siguió la divergencia entre festivales o desfiles. Aunque se llegaba a hacer ambos, ese mismo hecho quitaba relieve al que tenía mayor tradición, o de plano lo sustituía, como ocurrió en 1926. En 1928, tras el asesinato del presidente electo, no hubo festejos, pues los altos jefes militares decidían con Calles quién sería el presidente provisional.[15] Uno de los militares más experimentados de la época señalaba esa discrepancia:

En otro tiempo se organizaban espectáculos, en que algunos elementos hacían actos más o menos difíciles como carreras cosacas, pirámides ecuestres, saltos de obstáculos, etcétera. Esto era hermoso, pero era hecho por un pequeño grupo, y la gente se daba cuenta [de] que no era tan difícil sacar 20 ó 30 de 300 que pudieran hacer estos actos. Pero un desfile, como el del 16, es todo el personal y caballada de todos los cuerpos, además puede ser visto por casi todos los habitantes de la ciudad. La mayor concentración humana del país que es esta ciudad tiene derecho a saber cómo está vestido, instruido y mandado el ejército.[16]

Este viejo militar se daba cuenta de que en una sociedad de masas había que ofrecer espectáculos de masas, y ése era uno de los atractivos de los desfiles militares; además, señalaba una de las razones más importantes para hacerlos: era la mejor forma de conocer el estado en que se encontraban las fuerzas armadas. El de 1929 cobró gran importancia por el número de tropa que desfiló, 17 000; porque con él se reanudaba la tradición; se demostraba la lealtad del ejército al gobierno, cuando más necesitaba hacerlo, pues unos meses antes había estallado la rebelión escobarista; aunque fue sofocada rápidamente, dejaba maltrecha la confianza en el instituto armado. Joaquín Amaro, quien llevaba varios años al frente de la Secretaría de Guerra, fue el encargado de organizarlo. La prensa daba su veredicto:

Esta magnífica fuerza está para sostener las instituciones, por eso el gobierno ha puesto de relieve la fuerza militar de que dispone y ella le protegerá contra el instinto de rebelión y las acechanzas de sus enemigos. Pensar en nuevas defecciones militares, después de los sucesos de marzo, sería suposición pesimista e improbable. El ejército se ha ido depurando en los últimos 10 años, y sólo quedan en él los leales, los que verdaderamente aman la profesión [...]. No habrá más traidores ni ambiciosos que manchen su honor. Y tales ideas, arraigadas profundamente, harán que ni la sedición civil contamine a los militares ni éstos cambien el alto decoro de la milicia por riquezas del orden material o encumbrados puestos políticos.[17]

En el archivo de Joaquín Amaro se encuentran algunas de las felicitaciones que le llegaron por el éxito obtenido. Un ciudadano le transmitía la emoción que le causó: “Al pasar esa magna columna por nuestras principales avenidas fue objeto de grandes manifestaciones de regocijo [...], yo con todo el entusiasmo que se desbordaba en mi ser y con la sinceridad de mi corazón revolucionario entono una alabanza a esa noble institución emanada de un pueblo dispuesto a defender sus derechos”.[18]

Al año siguiente, el desfile fue aún más grande, participaron 25 000 hombres, tardaron en pasar por Palacio Nacional cuatro horas, y la extensión de la columna, se dijo, era de 30 km.[19] No todos los militares estaban de acuerdo con la magnitud de estos eventos. El mayor Calderón opinaba en la misma época:

Los desfiles, paradas o revistas, como quiera que se les llame, no fueron establecidas para diversión del público, como si fueran comparsas de circo; tienen un objeto y muy importante. Las multitudes de todos los pueblos tienen sobre este particular la misma psicología. Les gusta lo espectacular, las impresiona. Los grandes caudillos militares han sabido sacar provecho de esta circunstancia. El ejército francés del tiempo de Napoleón I estaba uniformado con gran suntuosidad, lleno de colores vivos, cordones y charreteras [...]. Cuando Napoleón necesitaba engrosar sus ejércitos para llevarlos al matadero, le daba mejor resultado una gran parada, que un mes de propaganda, discursos, dinero y vino. No hay cosa que despierte más el entusiasmo militar como ver un desfile, oír las marchas y los redobles, contemplar los vistosos uniformes y admirar el aire marcial e impecable de las filas de soldados. Creo que deben resucitarse los desfiles, pero no el paso largo de batallones, y luego cañones y luego caballos, sino un desfile de pocos soldados, pero que pasen muy bien. Para esto no es necesario hacer concentración de tropas, las de la guarnición bastan.[20]

A partir de 1931 y hasta 1934 desapareció el desfile, que fue sustituido en la mañana del 16, por una ceremonia que tuvo una vida efímera. El llamado “homenaje a banderas históricas” consistía en que oficiales del ejército ondeaban los lábaros de vista al público y al estrado donde se encontraba el presidente de la república y otros funcionarios, ya fuese en la Columna de la Independencia o frente a Palacio Nacional. Elementos de tropa entonaban un himno a la bandera, el himno nacional y otros cánticos.[21] El presidente o el secretario de Guerra condecoraban a veteranos de la ocupación norteamericana a Veracruz de 1914 y otras luchas. Las banderas las prestaba el Museo Nacional. Distintas corporaciones, escogidas por las autoridades, también llevaban sus banderas. De alguna forma se trataba de una suplantación de la tropa: en lugar de participar los soldados y clases, quedaba sólo el abanderado de su regimiento o batallón; para las banderas históricas, se elegía como abanderado a algún oficial de la jefatura de la guarnición, o de guardias presidenciales, o de la Secretaría de Guerra. Se trocaba, simbólicamente, a los soldados actuales por los soldados del pasado; se cambiaba al ejército real por las hazañas de los ejércitos del pasado. Estas ceremonias hay que enmarcarlas en los años en que el Estado propició una campaña nacionalista, con el fin de fomentar todo lo que producía el país, y rechazar lo extranjero. Ello derivó en campañas contra “extranjeros indeseables”, principalmente chinos y judíos. Eran años en los que las ideas y prácticas de la Alemania de Hitler tenían eco en otros países, incluido México. Un nacionalismo exacerbado que pretendía reafirmar su oposición al exterior, sobre todo a Estados Unidos, visto como potencia imperialista que había impedido el crecimiento de México, y que era refugio de “judíos sin patria”; de ahí que sacaran al sol las banderas de las luchas históricas, sobre todo las que involucraban a aquel país: la guerra de 1847, la invasión de Veracruz y la expedición punitiva. También hay que considerar que fueron años de una profunda crisis económica, en los que podían ser más adecuadas ceremonias más sencillas. Pero siempre existen tradiciones inventadas que arraigan y otras que no. Un editorial de El Universal comentaba lo deslucido de las fiestas patrias:

Hemos observado que desde hace algunos años, y salvo excepciones contadísimas, se han eliminado de los festejos de septiembre los grandes actos militares. A nuestro juicio es un error. Y lo es por dos razones, a cual más atendible: primera, que el ejército simboliza, como perenne defensor de la patria creada, a las primeras falanges revolucionarias a quienes debimos la emancipación, y por eso mismo, debe hacer invariablemente acto de presencia en el solemnísimo acto; segunda, que siendo también, por manera invariable, conveniente y oportuno que el pueblo se halle en contacto con el ejército, que no lo ignore, que no lo desconozca, ninguna ocasión mejor para lograrlo así, que la aparición de aquél en la vía pública, y en compacta y disciplinada masa, el 16 de septiembre.[22]

Al año siguiente, el presidente Lázaro Cárdenas ordenaba volver a realizar el desfile, decía que con ello atendía un reclamo del pueblo.[23] En esta decisión seguramente influyó el activismo de grupos extremistas, de derecha y de izquierda, como los profascistas Camisas Doradas y los comunistas, que en esa época se enfrentaban en la plaza pública, a veces de forma violenta; el primero de ellos tenía una organización militarista, gustaba de uniformar a sus miembros, y hacer manifestaciones en forma de desfiles.24 Si el ejército nacional les dejaba las calles en fechas tan simbólicas como el 16 de septiembre, era muy probable que estos grupos las ocuparan, como de hecho ocurrió con el desfile obrero del 20 de noviembre de ese año, donde se enfrentaron obreros y Camisas Doradas, como una reminiscencia de lo que sucedía en Alemania, antes del ascenso de Hitler, con un Estado débil que, en aras del respeto a las libertades de los distintos actores políticos, permitía actividades políticas que se convertían en actos delictivos.

Además de lo importante que era un acercamiento entre la sociedad y el ejército, pues es indudable que el desfile es un instrumento de acercamiento, creo que también hubo otra razón de peso para reinventar esa tradición. En la década de los treinta hubo en las filas de esa institución, una discusión muy intensa sobre la conveniencia de que el ejército tuviera formas de organización mayores. Las brigadas y las divisiones se habían formado en el pasado de forma circunstancial, y sólo ante la emergencia por combatir una rebelión castrense (la última en 1929). Lo normal eran pequeñas unidades, que a su vez se subdividían; el ejército se asemejaba más a una policía rural, presente a lo largo y ancho del territorio. Pero en esta década, donde los nacionalismos cobraban fuerza en todo el orbe, donde las naciones se veían amenazadas por otras, la defensa nacional ante un ataque externo comenzó a preocupar más en las esferas castrenses. Ante una eventualidad de ese tipo, ¿cómo se iba a actuar eficientemente si no existía la experiencia de grandes unidades, como había en otros ejércitos, llámese el norteamericano, el francés o el alemán? El desfile del 16 de septiembre se convertía —más allá del propósito cívico— en la única ocasión en que grandes unidades, con tropas de infantería, caballería y artillería, tomaban parte. Por tanto, era una manera de probar la eficiencia de una gran columna, aunque fuese sólo para marchar por las calles. El desfile también ayudaba a que el soldado y el oficial se sintieran parte de una institución nacional, y no sólo de un destacamento que tenía la encomienda de vigilar una pequeña zona del país.

El desfile del 16 dejó de ser un evento dejado al azar, al humor del secretario de Guerra o del presidente en turno. Si en la década de los veinte dejó de hacerse algunos años, tal vez fue por evitar dar la imagen de que el país era militarista, cuando los males del pretorianismo habían sido tan evidentes. En las décadas siguientes se convirtió en una muestra, tal vez en ocasiones engañosa, de los cambios benéficos en nuestras fuerzas armadas.

Notas:

1 Para la coyuntura electoral de 1920, véase Álvaro Matute, Historia de la Rrevolución Mexicana, 1917-1924. La carrera del caudillo, México, El Colegio de México, 1983, v. vIIIIII.

2 También estaba el de los nombres, pues a raíz de Agua Prieta, además de Liberal Constitucionalista,

se le llamó Ejército Liberal Revolucionario. Al tomar protesta De la Huerta, en su afán por regresar al orden constitucional, todos esos nombres desaparecieron, y volvió a nombrarse oficialmente Ejército Nacional. Declaración del secretario de Guerra Calles, El Universal, 3 de junio de 1920.

3 El Universal, 3 de junio de 1920.

4 Desfilaron los batallones 44, 45, 46 y 49, además del Primer Batallón del Río Mayo. El jefe de la columna fue Benjamín Hill, quien era jefe de la guarnición en la capital. Excélsior, 17 de septiembre de 1920.

5 Si participaron 12 batallones, se puede calcular que había cerca de cinco mil soldados. La bandera perteneció a un regimiento de Tabasco, y era parte del Museo Nacional. El Universal, 17 de septiembre de 1921. Jesús M. Garza era considerado un militar competente y eficaz. Cuando se le encargó el desfile era jefe de guarnición de la ciudad de México, pues por un tiempo desapareció la primera jefatura de Operaciones Militares (después llamada primera zona militar), con cuartel general en esa ciudad. Al ser restituida esa jefatura en 1922, Garza fue nombrado jefe. A fines de ese año dejó la jefatura de Operaciones para ir como candidato a la gubernatura de Nuevo León; estando en Monterrey se suicidó, sin saberse las causas, el 11 de febrero de 1923.

6 Tradicionalmente, el trayecto iba de la Columna de la Independencia a Palacio Nacional, pero ese año se repitió el trayecto que siguió Iturbide. Desde Tacubaya, la columna siguió por Chapultepec, Bucareli, Juárez, Madero, para pasar frente al palacio municipal y Palacio Nacional. El jefe de la columna fue el general Eugenio Martínez, en reconocimiento a su veteranía, pues se decía que había sido clarín de órdenes del general Sóstenes Rocha. El Universal, 25 de agosto y 28 de septiembre de 1921.

7 El nombre fue retirado el 7 de octubre. El Universal, 8 de octubre de 1921.

8 El Universal, 28 de septiembre de 1921.

9 Ibidem, 11 de agosto de 1923.

10 Ibidem, 17 de septiembre de 1923.

11 Idem.

12 Lo considero así, pues no hubo un evento preparado con anticipación que incluyese traer tropas de otras entidades del país, o bien, si se quería limitar a las que había en la capital, no existió un adiestramiento previo de éstas. En 1924, por ejemplo, el general Peralta, director del Colegio Militar, lo organizó de último minuto al ver que la gente salía de sus casas a presenciarlo; sólo participaron algunos elementos de la jefatura de la guarnición y cadetes del colegio. Excélsior, 17 de septiembre de 1924.

13 Antes del desfile, era tradición que el presidente acudiera a catedral, a rendir homenaje a los héroes, pues ahí estaban los restos de algunos jefes insurgentes. Así lo hizo Obregón, pero en 1925 esos restos pasaron a la Columna de la Independencia, en donde Calles montó una guardia de honor; evitó así pisar la catedral y reinventó una tradición: la guardia de honor y el discurso alusivo a la independencia se hacían ahora en la columna. Excélsior, 15 y 17 de septiembre de 1925.

14 Mayor Ricardo Calderón Arzamendi, agregado militar en Chile, a Joaquín Amaro, Santiago de Chile, 1 de octubre de 1929, Archivos Calles-Torreblanca (en adelante, act), Archivo de Joaquín Amaro (en adelante, aja), serie 0304, exp. 22, f. 950-963.

15 En 1926 no hubo desfile, en su lugar se realizó un festival militar en el Estadio Nacional. En 1927 sí hubo desfile y, unos días después, prácticas militares en Balbuena. En 1928 no hubo desfile ni festival.

16 Gustavo A. Salas, “Ecos del último desfile militar”, Excélsior, 21 de septiembre de 1929. El autor exagera, pues nunca desfiló todo el ejército.

17 Editorial, Excélsior, 18 de septiembre de 1929.

18 Abraham Sandoval a Amaro, s. f., act-aja, serie 031402, exp. “Felicitaciones”, f. 41.

19 El Universal, 14 y 17 de septiembre de 1930.

20 Calderón Arzamendi a Amaro, Santiago de Chile, 1 de octubre de 1929, act-aja, serie 0304, exp. 22, f. 950-963.

21 En 1933 lo encabezó, afuera de Palacio Nacional, Pablo Quiroga, secretario de Guerra, pues el presidente Abelardo Rodríguez no asistió. Entre las banderas históricas estaban la del Primer Batallón Ligero de Coahuila, la del Segundo Batallón de Guardias Nacionales, la del Cuerpo de Cazadores de Galeana, la del Batallón “Mina”, y la del Batallón Supremos Poderes. El Universal, 17 de septiembre de 1933.

22 “La tristeza de las fiestas patrias”, El Universal, 20 de septiembre de 1934.

23 El Universal Gráfico, 12 de septiembre de 1935.

24 Véase Alicia Gojman de Backal, Camisas, escudos y desfiles militares. Los Dorados y el antisemitismo en México (1934-1940), México, Fondo de Cultura Económica, 2000.

Fuente: Articulo autoría de Enrique Plasencia de la Parra. Instituto de Investigaciones Históricas Universidad Nacional Autónoma de México. * Una versión de este texto fue presentada en el Coloquio “Historia viva”, realizado para conmemorar el XX aniversario del Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca, ciudad de México, octubre de 2006. Imagen: Fototeca Constantino Reyes Valerio/ INAH.

 
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