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REINOS PARA UN IMPERIO

 

Ensayo breve sobre el proyecto del Conde Aranda para dividir a la América española en reinos independientes

La llegada de Carlos III al trono español supuso la puesta en marcha del llamado despotismo ilustrado, que se puede explicar mediante la máxima “gobernar para el pueblo, pero sin el pueblo”. El cuarto monarca Borbón para los territorios americanos puso de relieve esta máxima centralizando el gobierno en torno de la Corona al más puro estilo francés: se reservó el poder para los peninsulares, se relegó a la aristocracia criolla a los puestos de segunda categoría en el gobierno, se expulsó a los jesuitas en 1767, creando un vacío intelectual en las colonias americanas al serles retirados sus tradicionales maestros.

Todo este tumulto de acontecimientos puso en duda la relación existente hasta ese momento de América con la metrópoli, ¿eran las colonias propiedad de la Corona o parte integrante del extenso Imperio español? Pedro Rodríguez de Campomanes, ministro de Carlos III, pensaba, al igual que gran parte de los pensadores de su siglo, que los territorios ultramarinos eran componentes de la “nación imperial” y que España y su poderío internacional no serían reales sin la contribución de las colonias.

Así, los intelectuales del despotismo ilustrado europeo concebían la idea de imperios basados en proyectos tangibles: si bien la ilustración combatía la idea de las naciones poseedoras de extensos territorios por todo el orbe, el hecho de que crear una alianza sustentada en principios más lucrativos, como el comercio, o más intangibles –pero no por ello menos reales–, como la igualdad de derechos entre “metropolitanos” y “colonos”, aseguraría la existencia pacífica y equilibrada de ambos.

Muchas, grandes y… ¿libres?

En pleno debate se encontraba España en aquellos tiempos del reinado de Carlos III; por un lado, los ministros buscaban la forma de ganar para la nación la lucha de ideas que ponía en riesgo a las monarquías; por otro, ellas mismas se enfocaban únicamente en su tradicional visión de depositarias de la soberanía por vínculos divinos.

Similar a lo ocurrido con el Imperio romano, España enfrentaba como principal problema la desmesura de su extensión: aun para los tiempos de Carlos III, el imperio abarcaba mucho más de lo que su comercio, armada y funcionarios podían dominar desde la metrópoli. Esta falta de comunicación perjudicaba la justa solución de los pesares de los habitantes, al estar sujetos a venganzas por parte de quienes se sabían afectados, pero que su remoción no llegaría sino hasta pasados meses o años.

[...] Que V. M. se desprenda de todas las posesiones del continente de América, quedándose únicamente con las islas de Cuba y Puerto Rico en la parte septentrional y algunas que más convengan en la meridional, con el fin de que ellas sirvan de escala o depósito para el comercio español. Para verificar este vasto pensamiento de un modo conveniente a la España, se deben colocar tres infantes en América: el uno de Rey de México, el otro de Perú y el otro de lo restante de Tierra Firme, tomando V. M. el título de Emperador.

Este texto fue tomado de “Dictamen reservado que el Excelentísimo Señor Conde de Aranda dio al Rey Carlos III sobre la independencia de las colonias inglesas después de haber hecho el tratado de paz ajustado en París en el año 1783".

Las consideraciones que esgrimió para este proyecto de radical cambio en la concepción de España sobre sí misma no carecían de sentido y mucho menos eran discordantes con la realidad existente en la Europa del siglo XVIII, dada la necesidad de asegurar el poderío de un imperio basado en intereses comerciales —según se denota en la retención de Cuba y Puerto Rico—, que además, en el caso español, traería mayores beneficios, siendo que en los citados reinos ya existía una sociedad organizada, culturizada y homogeneizada por la cultura española y la religión católica.

Aranda daba, además, como razones para la federalización el claro descontento entre los criollos y la comunidad en general en América tras las reformas emprendidas que no fueron recibidas con gusto por los súbditos. Asimismo, era claro que los americanos deseaban tener participación activa en el gobierno de sus territorios y evitar la llegada de mandamases enviados desde Madrid que poco o nada tenían en común con la forma de vida de los territorios ultramarinos y, en ciertos casos, sólo llegaban a las colonias para enriquecerse amparados ante el capricho de válidos y ministros poderosos que no hacían llegar al Rey las quejas sobre el desempeño de sus protegidos.

Decía Aranda:

Dejo aparte el dictamen de algunos políticos tanto nacionales como extranjeros, del cual no me separo, en que han dicho que el dominio español en las Américas no puede ser muy duradero, fundado en que las posesiones tan distantes de su metrópoli jamás se han conservado largo tiempo. En el de aquellas colonias ocurren aun mayores motivos, a saber: la dificultad de socorrerlas desde Europa cuando la necesidad lo exige; el gobierno temporal de virreyes y gobernadores que la mayor parte va con el mismo objeto de enriquecerse; las injusticias que algunos hacen a aquellos infelices habitantes; la distancia de la soberanía y del tribunal supremo donde han de acudir a exponer sus quejas; los años que se pasan sin obtener resolución; las vejaciones y venganzas que mientras tanto experimentan de aquellos jefes; la dificultad de descubrir la verdad a tan larga distancia y el influjo que dichos jefes tienen no sólo en el país con motivo de su mando, sino también en España, de donde son naturales. Todas estas circunstancias, si bien se mira, contribuyen a que aquellos naturales no estén contentos y que aspiren a la independencia, siempre que se les presente ocasión favorable.

Combatir estas ideas y vicios en la relación América-España, según Aranda, ponía de manifiesto la necesidad de basar la unidad de América con España en el pasado común y la religión, no en la forma de una monarquía forzada y la mar de veces ausente, sino reafirmar los lazos que unían a las colonias con la metrópoli, hacer tangible una esencia que durante las guerras de independencia demostró ser muy poco palpable para los súbditos americanos del Rey de España y que, como el tiempo demostró, llevó las ideas de una monarquía española más fuerte a una catástrofe de la cual surgieron las ideas de libertad para el continente.

El vecino incómodo

El Conde de Aranda señaló que la participación exitosa de España del lado de los colonos en las Trece Colonias y en contra de Gran Bretaña en la guerra de independencia de Estados Unidos ocasionaría una serie de cambios sustanciales en el ámbito político en que se movía su esfera de poder, y que tener un "foco libertario" tan cercano a los extensos territorios españoles traería implícita la necesidad de realizar cambios en el autogobierno de los reinos americanos españoles.

[...] Engrandecida dicha potencia anglo-americana, debemos creer que sus miras primeras se dirijan a la posesión entera de las Floridas para dominar el seno mexicano. Dado este paso, no sólo nos interrumpirá el comercio con México siempre que quiera, sino que aspirará a la conquista de aquel vasto imperio, el cual no podremos defender desde Europa contra una potencia grande, formidable, establecida en aquel continente y confinante con dicho país.

Así, la visión de los ministros ilustrados de Carlos III no sólo propusieron un método para salvar a la Monarquía de su desmembración, sino que previeron el escenario al que México se enfrentaría apenas unas décadas después de iniciar su vida independiente: la guerra de 1847.

¿Qué falló?

La falta de visión intelectual para con la sociedad española del siglo XVIII les impidió ver la necesidad de reformar su imperio. Aun con las ideas reformistas de los ministros, España se veía a sí misma como la “madre” de América y, por ende, con la tutela férrea sobre sus colonias, misma actitud que las reformas borbónicas acrecentaron.

Esto llevó al choque de ideas con la aristocracia y sociedad criolla de los territorios ultramarinos: ellos pidiendo una representación justa en los asuntos del imperio, y los peninsulares guardando celosamente lo que creían eran sus fueros como “potencia europea” con posesiones imperiales. España quería evitar la pérdida de territorio, como ellos habían ayudado a Estados Unidos. No se concebía en las mentes europeas la idea de la mancomunidad, por decirlo en términos más actuales.

A la larga, la historia le daría la razón al conde de Aranda y a su visión de un Imperio federal.

Fuente: Articulo autoría de Neftalí Hernández Zetina. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México - Unidad Bicentenario.

 
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