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EL TRIUNFO ALCANZADO EN PUEBLA

 

Proveniente de las Cumbres de Acultzingo, donde se había librado la primera batalla contra las huestes de Napoleón III, el Ejército de Oriente, comandado por el general Ignacio Zaragoza, arribó a Puebla el 3 de Mayo de 1862. El enemigo lo seguía a una jornada de distancia. Los soldados de la patria debían evitar o al menos retrasar el avance de los franceses sobre la ciudad de México, que debido a la traición cometida por el general conde de Lorencez al violar los Tratados de la Soledad, no habían tenido tiempo de poner a salvo al gobierno de la República.

Nada más llegar, el General en Jefe dictó órdenes para que reforzara la defensa de los fuertes de Loreto y Guadalupe, así como los de la ciudad, pues se encontraban descuidados. Se publicó una orden para que se empadronaran todos los varones de entre 16 y 60 años los cuales al escuchar un cañonazo de aviso o el repicar de la campana mayor de la catedral, debían concentrarse en las plazuelas de San Agustín, El Carmen, La Compañía y San José. Se autorizó también que abandonaran la ciudad las familias que temieran por su seguridad, pero la evacuación se complicaba, porque las mulas y caballos de propiedad particular habían sido requisados para el servicio de la defensa.

El Ejército de Oriente fue organizado en una división y cuatro brigadas. La División con 1,200 hombres al mando del general Miguel Negrete, con artillería de batalla y de montaña, ocuparon los cerros de Loreto y Guadalupe. Las brigadas formaron tres columnas de ataque, con casi mil hombres cada una, la primera al mando de Felipe Berriozábal, la segunda comandada por Porfirio Díaz y la tercera por Lamadrid. Se contó también con 550 elementos de caballería bajo las órdenes del general Antonio Álvarez. Estas fuerzas estuvieron formadas en la plaza de San José hasta las 12 del día, a cuya hora se acuartelaron. Mientras tanto, el enemigo pernoctó en Amozoc. En la víspera de la batalla, ambos bandos realizaron en sus campamentos sendos consejos de Estado Mayor en los que se deliberó la estrategia que se desarrollaría al día siguiente.

Los franceses llenos de confianza y envalentonados se sentían ya dueños de Puebla, pues desestimaban la resistencia que les podía oponer un ejército al que veían con menosprecio. El 26 de abril Lorencez había escrito al ministro de Guerra de Francia que se sentía ya señor de México porque: “tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, moralidad y elevación de sentimientos…”. Muy caro pagaría su desprecio.

En cambio, el general Zaragoza quien ya había determinado la distribución de sus hombres se dirigió a sus generales haciéndoles ver la realidad de la situación y comprometiéndolos “a combatir hasta el sacrificio, para que si no llegábamos a alcanzar una victoria, cosa muy difícil, aspiración poco lógica, supuesta nuestra desventaja en armamento y en casi todo género de condiciones militares, a lo menos procuráramos causarle algunos estragos al enemigo, aun cuando nuestros actuales fueran consumidos, porque así el Gobierno y la Nación contarían con el tiempo necesario para preparar la defensa del país, pues que teniendo el enemigo muchas bajas y mucho consumo y deterioro en sus materiales, se vería obligado a estacionarse en Puebla”.

A las cinco de la mañana del 5 de mayo las fuerzas marcharon a ocupar sus posiciones en la línea de batalla que se les había señalado. Las piezas de artillería que no podían ser empleadas en la defensa de los fuertes fueron destinadas a fortificar la ciudad, quedando su defensa a cargo del general Santiago Tapia.

Por fin, a las diez de la mañana, se avistó al enemigo que con rapidez montó su campamento en la hacienda de los Álamos y en poco tiempo estuvo listo para el combate.

En Puebla, cuando la campana mayor de la catedral avisó a las diez y media que el enemigo se avistaba, la alarma se apoderó de los civiles. Todo era precipitación y abrir y cerrar puertas; las azoteas se colmaron de curiosos y las calles quedaron desiertas.

Los franceses iniciaron el ataque dividiendo sus elementos en dos columnas. La principal con unos 4,000 hombres y dos baterías de artillería contra el cerro de Guadalupe y otra más pequeña de cosa de 1,000 elementos que tenía traza de intentar un avance por el llano que separa a las fortificaciones. Esta disposición de ataque no había sido considerada por los mexicanos que habían tenido que dispersar sus fuerzas para cubrir los muchos puntos vulnerables que debían ser defendidos.

Sobre la marcha, Zaragoza modificó el plan de defensa y ordenó que Berriozabal se dirigiera a paso veloz a reforzar los fuertes, mientras que el cuerpo de carabineros a caballo se situaba a la izquierda de las fortificaciones aguardando el momento oportuno para realizar una carga contra el enemigo.

La artillería del fuerte inició el fuego, fue contestado por dos baterías francesas situadas a 2,200 metros de Guadalupe. Poco después, al ver que la resistencia de los cerros se veía comprometida, Zaragoza mandó en su auxilio al Batallón Reforma de la Brigada Lamadrid. Al Batallón de Zapadores, de la misma brigada, le ordenó marchar a ocupar un barrio ubicado casi a la falda del cerro y que llegó tan oportunamente que evitó la subida a una columna que por allí se dirigía al mismo cerro, trabando combates cuerpo a cuerpo.

Tres cargas efectuaron los franceses intentando tomar el fuerte de Guadalupe y en las tres ocasiones fueron rechazadas. Entonces, la caballería situada a la izquierda de Loreto, aprovechando la oportunidad, arremetió con fuerza sobre los zuavos, lo que les impidió reorganizarse para un nuevo ataque, viéndose obligados a retroceder.

Mientras se desarrollaba el combate sobre el cerro, la segunda columna de ataque francesa, intentaba avanzar por el llano y conquistar posiciones. Correspondió rechazarlas al general Porfirio Díaz, lo cual realizó con dos cuerpos de su brigada, uno de Lamadrid, parte de la brigada Álvarez y dos piezas de artillería. El enemigo fue atacado con tanta determinación que se vio obligado a replegarse hacia la hacienda de San José, donde también lo habían verificado los rechazados del cerro, que ya de nuevo organizados se preparaban únicamente a defenderse e iniciar su retirada. Díaz entonces, aprovechando la oportunidad los siguió con sus hombres, pero el general en jefe considerando que no era prudente una ofensiva, ya que aún derrotados como estaban, sus fuerzas eran numéricamente superiores a las mexicanas, mandó al capitán Pedro León con la orden de suspender la persecución.

En dos horas de fuego de artillería, los franceses habían consumido con muy pobres resultados la mitad de su dotación de artillería, la infantería no había logrado conquistar y conservar ninguna posición ventajosa, sólo les restaba admitir su derrota.

En la Ciudad de México, gracias al telégrafo, se seguía el desarrollo de la batalla. La primera noticia recibida a las 10:45 de la mañana daba cuenta de que los franceses se encontraban acampados a unos tres kilómetros de la garita de Puebla. Al mediodía “se ha roto el fuego de cañón por ambas partes”; a las dos de la tarde J. Téllez por orden del general en jefe anunciaba que el enemigo se reagrupaba y que se esperaba otro intento de ataque. Media hora más tarde, correspondió al general Tapia anunciar que el enemigo se había dispersado y que la caballería mexicana intentaba cortarles la retirada. Después vinieron dos largas horas de silencio, hasta que Zaragoza en persona anunció que las columnas que habían intentado tomar Loreto y Guadalupe, habían sido rechazadas; y que nuestras fuerzas avanzaban ahora sobre ellas. Comenzaba un fuerte aguacero. Por fin, a las cinco y cuarenta minutos de la tarde, el mensaje que el día anterior nadie hubiera soñado recibir “C. Ministro de la Guerra: las armas del supremo gobierno se han cubierto de gloria”.

Dos horas y media duró el enfrentamiento que costó a los mexicanos 83 muertos, entre ellos 4 oficiales; 215 elementos de tropa heridos, así como 17 oficiales. Por su parte, los franceses sufrieron 117 muertos con 15 oficiales y 305 heridos o dispersos con 20 oficiales.

El triunfo alcanzado en Puebla logró retrasar por más de un año el avance de la invasión francesa que tuvo que recurrir a una fuerza cinco veces mayor a la empleada el 5 de mayo para lograr conquistar la plaza.

Fuente: Articulo autoría de Raúl Alberto González Lezama. Historiador del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

 
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