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EL CASO WILLIAM BENTON

 

EL CASO BENTON

EL EPISODIO QUE voy a referir pudo haber sido de consecuencias las más graves. Por fortuna y gracias al señor Carranza, se resolvió favorablemente salvándose en un mismo día dos vidas: las del Gral. Manuel Chao, Gobernador de Chihuahua y del Comandante de la División del Norte. Cuando llegamos a Chihuahua procedentes de Ciudad Juárez nos extrañó sobremanera, a los acompañantes de Don Venustiano, que Villa no estuviera a recibir al Jefe de la Revolución. Naturalmente que tal sorpresa no fue precisamente para Don Venustiano, sino para quienes no estábamos del todo enterados del distanciamiento ya profundo que existía entre ambos personajes.

Desde el asesinato del inglés Benton, cometido por Rodolfo Fierro de acuerdo con las órdenes que recibiera de su jefe directo, Villa, ya existía una separación que si no se manifestaba en público, sí era cierta y grave.

Desde que el Primer Jefe Carranza salió de Sonora con su pequeña comitiva y escolta para atravesar a caballo los Estados de Sonora y Chihuahua, cuantos trabajábamos al lado del caudillo de la Revolución, ya fuéramos civiles o militares, teníamos por el Gral. Villa una admiración sincera. Cada telegrama que recibía el señor Carranza respecto a las victorias de la División del Norte nos causaban admirativa emoción considerándolo como nuestro máximo héroe.

Pero desde que salimos de Hermosillo, en adelante, comenzamos a enterarnos de la conducta de Doroteo Arango, que no se ajustaba a los más elementales principios de moral y obediencia. Comenzamos a darnos cuenta de que al lado del brillante insurgente se estaba formando un núcleo de revolucionarios que veían en el Gral. Villa no a un jefe militar subordinado a la Primera Jefatura, sino a un caudillo autónomo que podía hacer y deshacer a su antojo tanto en las cuestiones militares como en las civiles. Esta situación psicológica la fuimos percibiendo no de un golpe, sino paulatinamente, a medida que crecía la fama del intuitivo estratega, transformado ante los ojos de sus subordinados no como un satélite sino como un astro de luz propia.

Encontrábanse en este estado las relaciones entre jefe y subordinado, cuando aconteció el serio incidente interno que transformóse en peligrosa dificultad internacional con el nombre de "Caso Benton", del que ya nos hemos ocupado en nuestra Historia Diplomática de la Revolución, pero que viene a pelo recordar en síntesis, porque fue de los primeros hechos que causaron el distanciamiento entre el severo Carranza y el que había de ser, a poco andar, el insumiso Villa.

Un malaventurado día, William Benton, un súbdito británico víctima de las tropas villistas que habíanle causado perjuicios en sus propiedades muebles, se presentó furioso ante el temible guerrillero, diciéndole en tono altanero que lo había robado y que allí estaba para que le devolviera sus pertenencias. Pero, como esta queja la hiciera descomedidamente sin tener en cuenta el carácter violento del bravío soldado ni su moral primitiva, le contestó éste en términos enérgicos, ante los cuales el reclamante se tornó más irascible haciendo alusión a su hombría personal y a su calidad de extranjero.

Don Luis Aguirre Benavides, Secretario particular de Villa, que presenciaba aquella escena, comprendió que aquel hombre no se daba cuenta de las consecuencias de sus palabras ultrajantes, pues apenas oyó Villa las frases hirientes y provocativas del incomprensivo inglés, le dio órdenes a su lugarteniente Fierro para que lo mandara fusilar.

Fierro, quien parece, según se desprende de sus múltiples anécdotas criminales, que se complacía en matar, con diligencia acelerada llevó a Benton al lugar donde había de asesinarlo y comenzó, delante de la víctima a que cavaran su fosa diciéndole que allí lo iban a enterrar. Pero el británico con una sangre fría extraordinaria al contemplar el hoyo donde enterrarían su cadáver, le dijo a Fierro:

Ahonde más mi sepulcro para que no me saquen los coyotes.

Estaba en esos comentarios, cuando el pérfido Fierro le dio un balazo en la nuca cayendo de bruces a la que fuera su tumba.

Naturalmente que, tratándose de un extranjero que tenía deudos en los Estados Unidos, se hizo un escándalo, no solamente en México sino en la prensa norteamericana, y después en la británica, donde se denigró no sólo a Doroteo Arango calificándolo con los peores dicterios sino también a la Revolución y a su Jefe Carranza, tildando a todos de villanos y asesinos.

El señor Carranza nada sabía de aquellos acontecimientos trágicos y vergonzosos, hasta que el Cónsul Carothers le dirigió un mensaje, transcribiéndole otro del Secretario de Estado Bryan, en que este le pedía informes de aquellos hechos, así como exigía el castigo del delincuente.

El Primer Jefe, entonces, me pidió que yo transcribiera el telegrama que había recibido de Carothers al Gral. Villa, pidiéndole explicaciones sobre las quejas recibidas y la verdad de los acontecimientos.

Villa me contestó un telegrama diciéndome que Benton se le enfrentó faltándole al respeto, injuriándolo y queriéndolo matar; lo había sometido a consejo de guerra que lo había sentenciado a muerte, habiendo sido ya fusilado.

Y como todo esto fuera mentira, y en el sur de los Estados Unidos se dieran cuenta cabal de cómo habían pasado los hechos, que no coincidían sino que eran contrarios a la verdad, la furia de la prensa inglesa y estadunidense se volvió contra el Primer Jefe en forma de lo más injusta y belicosa.

El gobierno británico, que había cometido el craso error diplomático de reconocer al gobierno del traidor y asesino Victoriano Huerta, y que menospreció al de Carranza, se dirigió a Washington para pedirle al Presidente Wilson que él reclamara a México por aquel atentado repugnante. Y entonces el siempre sereno señor Carranza contestó a la Secretaría de Estado que, no tratándose de un ciudadano norteamericano sino de un súbdito inglés como era Benton, le tocaba al gobierno de su Majestad Británica dirigirse a él como encargado del Poder Ejecutivo de la Revolución.

Con tal motivo surgió una controversia, bien conocida, entre la Secretaría de Relaciones a mi cargo y la de Estado de Washington, por la que se llegó a la conclusión de que el Gobierno Constitucionalista no aceptaría representaciones diplomáticas de los Estados Unidos cuando se tratara de súbditos o ciudadanos extranjeros, las cuales representaciones deberían ser hechas directamente por los gobiernos de los reclamantes; o bien por el gobierno norteamericano con facultades específicas y oficiales para representar cerca de las autoridades correspondientes, determinadas reclamaciones.

En suma, lo que quiso evitar el señor Carranza fue que de hecho, y no de derecho, los Estados Unidos se constituyeran por sí y ante sí en representantes oficiosos de las potencias extranjeras, lo que significaba para el Gobierno de la Revolución una humillación, pues no éramos una república sometida o tutoreada por la Casa Blanca, sino un Estado soberano que tenía plenos derechos para que las potencias que no nos habían tomado en cuenta a causa de la Revolución, rectificaran su error. Y así fue que, al llegar a Ciudad Juárez después de nuestra campaña por el Cañón del Púlpito en Sonora y por el Desierto de Chihuahua, el señor Cónsul de la Gran Bretaña, Mr. Miller, me entrevistó para presentarme sus representaciones directas sobre el caso Benton, lo cual significó un triunfo de la diplomacia Carrancista que no se doblegó ante las exigencias extralimitadas del gobierno estadunidense en aquel caso lamentable.

Hubo más, que vale la pena de dejar escrito en estas Memorias.

Como los deudos de William Benton y las autoridades inglesas de El Paso, Texas, quisieran, como era humano y cristiano, recoger el cadáver del occiso, pidieron al Gral. Villa la autorización para pasar a territorio mexicano a hacer las investigaciones que creyeran convenientes sobre las causas y circunstancias en que fuera muerto Benton; a lo cual Villa, que no sabía nada de problemas internacionales, dio su autorización para que una comisión mixta de americanos e ingleses pasara a nuestro suelo e hiciera las investigaciones que les pareciera convenientes.

Sabedor de estos hechos el señor Carranza, le telegrafió a Villa urgentemente, ordenándole que por ningún motivo pasara la comisión extranjera a hacer investigaciones que sólo las autoridades judiciales mexicanas tenían derecho a ejecutar. A cuyo efecto, nombró una comisión presidida por el Procurador General de Justicia, Lic. Ramón Frausto, e integrada por otras personalidades que desde luego abocándose el conocimiento del asunto comenzaron a indagar los pormenores del atentado.

Todos estos antecedentes, además de otro hecho que hirió en sumo grado a Villa, fueron causas para que la escisión ya existente, aunque latente, entre Carranza y Villa, se hiciera más tirante cada día. Tal acontecimiento fue el siguiente:

Como el señor Carranza en su carácter de Primer Jefe y con las facultades que le diera el Plan de Guadalupe, había dado un decreto creando una deuda interior por varios millones de pesos consistente en billetes de circulación forzosa, y que fueron en realidad los que salvaron en aquellos momentos de angustiosa penuria económica a la Revolución; el Gral. Villa, también, se consideró a sí mismo autorizado para expedir papel moneda, lo que hizo en cantidades bastante considerables sin pedir permiso al Primer Jefe, sino de su propia voluntad.

Apenas conocedor de esta extralimitación de funciones del Gral. Villa, que era sólo un jefe militar y no el Ejecutivo del Gobierno Constitucionalista, único facultado para tales disposiciones, el señor Carranza reprendió a Villa, prohibiéndole que en lo futuro siguiera expidiendo billetes de circulación forzosa, dándole las razones de peso que para Villa significaron una merma en su autoridad -que él creía ejecutiva y omnímoda- y esto le causó un disgusto tan profundo que fue la causa determinante de su distanciamiento hasta entonces solapado contra el Ejecutivo de la Revolución.

Todas esas causas y muchas otras más que sería largo enumerar, fueron estableciendo poco a poco un malentendimiento creciente entre el Primer Jefe y el Gral. Villa; animadversión que se encargaban de acrecentar algunos de los amigos más cercanos y de mayor influencia en el ánimo del guerrillero.

Otra circunstancia más hizo que Francisco Villa se creyera un hombre superior, capaz, como efectivamente lo era, no sólo de dirigir y llevar a la victoria a su ejército, sino de llegar aún más alto, hasta creerse el indicado para desplazar al señor Carranza como Jefe de la Revolución.

Fue un hecho, bien observado por quienes estábamos enterados de las relaciones personales que poco a poco se fueron estrechando entre algunas altas autoridades norteamericanas y Villa, como por ejemplo: el Gral. Scott y el representante de la Secretaría de Estado cerca del Jefe de la División del Norte, que lo era el Cónsul Carothers. Estos señores, que tenían gran ascendiente en el espíritu de aquel hombre indocto pero de fuerte personalidad emocional, fueron creándole a Villa una sobre estimación acerca de su propio yo. Por lo que respecta a Carothers, hay que decir que el error de su nombramiento y de su influencia sobre Villa, nació de la propia Secretaría de Estado en Washington, pues el titular que lo era William J. Bryan llegó a creer, y así lo expresó, que el hombre fuerte de la Revolución mexicana, el que podía salvar a México, primero como vencedor de Victoriano Huerta y después como Jefe del Estado Mexicano, era Villa y no Carranza.

¿A qué se debieron tales equivocaciones que tanto daño hicieron a la Revolución, en aquel período álgido de su historia? Sencillamente, a que el gobierno estadunidense se había creado dos representaciones cerca del gobierno constitucionalista: una que negociaba con Carranza y otra que se entendía con el Jefe de la División del Norte.

Es cierto que ninguna de las dos representaciones era oficial, sino extraoficiales, pero el resultado era el mismo si consideramos las malas consecuencias que aquel acto antidiplomático causó.

 Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. De Fabela .; Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S.A. México, 1977. pp.247-252. Imagen: Photographs Division, Biblioteca del Congreso USA.

 
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