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CARRANZA PARTE DE SONORA PARA CHIHUAHUA

 

ESTANDO EN NOGALES, SONORA, dispuso el Primer Jefe que nuestro viaje a Chihuahua se hiciese por tierra en las jornadas que él iría marcando según las necesidades de la campaña. En realidad, no teníamos ningún problema serio al atravesar las largas distancias que separan el Estado nor-occidental con el más grande de la República, el de Chihuahua. Sin embargo, Don Venustiano previó que podíamos ser atacados, no por las fuerzas huertistas propiamente dichas, sino por las de Pascual Orozco, que obraba por cuenta propia, pero que en realidad estaba de acuerdo en su rebelión con Victoriano Huerta. Por esa causa ordenó que escoltara a nuestra comitiva el 4o. Batallón de Sonora, comandado por el Coronel Francisco R. Manzo.

Dispuso, además, que entre sus acompañantes no hubiera civiles, sino solamente militares, y que tampoco nos acompañaran las "soldaderas", es decir, las abnegadas mujeres que no querían separarse de sus maridos o amantes, y que seguían, por vieja costumbre establecida desde la época del porfirismo, a los soldados que cumplían determinadas órdenes militares trasladándose de un lugar a otro.

Respecto a la primera orden, hizo excepción el Primer Jefe de sólo unas cuantas personas, entre ellas el Ing. Don Ignacio Bonillas, Oficial Mayor de la Secretaría de Comunicaciones, Encargado del Despacho; y de mí, Oficial Mayor de la Secretaría de Relaciones, también Encargado del Despacho. Como la orden del jefe era terminante tuve que pedirle permiso para llevar a mi secretario-taquígrafo, Don Juan March, con el fin de dictarle mis impresiones de la campaña e ir formando de esta manera no sólo mis memorias, sino recogiendo la base de mi testimonio que sirviera más tarde como documentación de primera mano en la formación de la historia revolucionaria de la época. El señor Carranza, comprendiendo mi empeño, acordó de conformidad mi petición, que sólo tuvo efecto en la primera jornada, es decir, de Nogales a Agua Prieta.

¿Por qué? He aquí un detalle curioso. Don Venustiano montaba un caballo de sobrepaso que caminaba muy de prisa, de tal manera que él iba con toda comodidad, no sólo por ser muy buen jinete acostumbrado a recorrer grandes distancias a caballo, sino porque la andadura del animal, repito, era sumamente ligera. En cambio, los demás de sus acompañantes, llevábamos cabalgaduras comunes y corrientes. Yo, por ejemplo, tenía dos caballos siendo los dos obsequio de mi querido amigo el Gral. Lucio Blanco, que tenía las cualidades de ser muy simpático, hombre de carácter, gran soldado, un poco ciranesco, no en su figura, que era varón de buen ver y dos pocos de gascón por sus maneras bravías y un tanto fanfarronas. Pero, mis dos caballos eran: el primero, de buena alzada, trotón y resistente; y el segundo, pequeño y de andadura lenta. De manera que opté por el primero, que naturalmente en las jornadas largas me maltrataba mucha, pues mientras el Jefe avanzaba fácilmente al paso, nosotros le seguíamos al trote, que al final nos dejaba maltrechos.

¿No tendría, quizás, el señor Carranza la mañosa idea de cabalgar muchas leguas en el menor tiempo para saber en esa primera etapa de aquella campaña quiénes resistirían y quiénes no, la dura prueba de recorrer a caballo las más extensas distancias? Probablemente sí la tuvo, pues cuando arribamos a Agua Prieta, algunos de los miembros de la comitiva llegaron enfermos, simple y sencillamente, de puro cansancio, y a tal punto extenuados, que no pudieron seguir en nuestra compañía. Entre ellos, y por mala ventura para mí, mi secretario March, quien me confesó paladinamente que por debilidad natural y su falta de experiencia ranchera no se sentía capaz de seguir adelante.

Otros, por ejemplo el Gral. Ángeles, quizás por la falta de costumbre de montar a caballo en los últimos años, llegó con fiebre a Agua Prieta, teniendo que tomar un baño caliente que le repuso del todo, siguiendo adelante en la campaña con el señor Carranza, de quien era, como hemos explicado, el Subsecretario de la Guerra, Encargado del Despacho.

Otro más quedó fuera de combate por la misma razón: el Lic. Adrián Aguirre Benavides, representante del Gral. Francisco Villa, quien acompañaba al Primer Jefe en unión de los señores de la Barrera y Garza. Las dos últimas personas citadas sí llegaron con nosotros hasta Ciudad Juárez.

Uno de los hechos dignos de mencionar en estas memorias, es el que sigue: Desde que salimos de Hermosillo Don Venustiano Carranza comenzó a recibir mensajes de distintas personas pidiéndole que, como se acercaba la batalla de Torreón, una de las más importantes que libraría la Revolución en contra del Ejército Huertista, y considerando que el notable guerrillero Villa contaba ya con una artillería que ameritaba ser comandada por un jefe técnico, le pedían que nombrara al Gral. Felipe Ángeles para ocupar tan importante cargo. Pero Venustiano tenía sus razones para negar tal nombramiento al Gral. Ángeles, mas como los mensajes fueran más frecuentes y Villa, personalmente le pidiera dicho nombramiento con carácter muy urgente, el Primer Jefe no quiso cargar con la responsabilidad histórica de una derrota en Torreón que podía ser atribuida a la falta de un buen comandante de artillería, como lo era Felipe Ángeles; y entonces, a reiteradas súplicas de sus amigos, como los Licenciados Luis Cabrera, Jesús Acuña y Roberto Pesqueira, etc., que también le pedían lo mismo, al fin acordó favorablemente el pedimento de los solicitantes, ordenando al Gral. Felipe Ángeles que con el mismo nombramiento de Subsecretario Encargado del Despacho de la Secretaría de Guerra, se incorporara a la División del Norte como jefe de la artillería villista.

Y aquí viene lo que nadie sabe, excepto yo: Estábamos en Cuchuverachi cuando el Gral. Ángeles, después de recibir la orden de incorporarse a Villa, con gran contento de su parte se fue despidiendo de todos y de cada uno de los acompañantes más destacados del Primer Jefe, hasta llegar por último al señor Carranza, quien le estrechó en sus brazos deseándole buena suerte. Yo estaba en ese preciso momento al lado del Jefe y como ya he contado que habíamos estrechado una buena amistad el Gral. Ángeles y yo en Hermosillo, se despidió de mí con las muestras de la más cordial amistad, manifestándome su gran alegría porque se cumplían al fin y al cabo sus deseos de entrar en campaña.

Fue en esos momentos, cuando después de los abrazos, partió Don Felipe rumbo a Agua Prieta, para cruzar la frontera de los Estados Unidos a fin de tomar el ferrocarril norteamericano que le conduciría a Ciudad Juárez donde se pondría a las órdenes de Villa.

Ángeles, conforme se iba alejando de nosotros, volteaba su vista para levantar su mano derecha y despedirse de los que contemplábamos al experto artillero que nos dejaba. Dos o tres veces el Gral. volteó el rostro para darnos nuevas despedidas, hasta que por fin le perdimos de vista.

Fue en ese instante cuando, dirigiéndose a mí, el Primer Jefe, señor Carranza, me dijo estas palabras textuales:

"Lo que siento, Licenciado, es que el Gral. Ángeles se va a 'voltear', en unión de Villa, contra nosotros." Este hecho se realizó, según las predicciones del experimentado Carranza, cuando el Jefe de la División del Norte con todos sus Generales -siendo uno de los consejeros el Gral. Ángeles- le desconocieron como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, surgiendo entonces la segunda guerra civil que tantos estragos causó al pueblo mexicano.

Durante esa muy larga caminata, no se registró ningún ataque del enemigo, es decir, de los orozquistas o "colorados", únicos que merodeaban por esas extensas regiones del noroeste sonorense y norte de Chihuahua; pero sí notamos que en algunas poblaciones la gente se escondía para no dejarse ver, lo cual significaba que no eran amigos nuestros sino más bien orozquistas que temían algún ataque de parte de las fuerzas constitucionalistas. No, no era así. Don Venustiano únicamente estaba alerta respecto a cualquier albazo del enemigo, pero nunca pretendió atacar a los pueblos pacíficos aunque supiera que no eran partidarios de nuestra causa. Pero nada anormal aconteció hasta que llegamos, después de veintidós días de cabalgar, a la Estación Barreal, del Ferrocarril del Noroeste, donde nos esperaba el tren que había de conducirnos a Ciudad Juárez. A esta población llegamos el 28 de marzo de 1914.

Por lo que respecta a mi persona, tengo que referir dos hechos que no tienen importancia histórica, pero que sí la tienen en mis recuerdos: el primero demuestra el desinterés absoluto y el ideal constante que teníamos de lograr la derrota del usurpador, logrando así la libertad efectiva de nuestra patria; y el segundo se refiere a un detalle que pudo haberme costado separarme del señor Carranza y que por fortuna pudo salvar mi propia naturaleza y los buenos cuidados del Dr. de la columna, Don José María Rodríguez.

Al llegar a Nogales, ya para emprender nuestro viaje por tierra a Ciudad Juárez, el dinero que había llevado desde Nueva York se me había agotado; esa suma era de cuatrocientos dólares, que mi padre me giró cuando no tuve más remedio que acudir a él, al terminar completamente mis fondos propios, que cobré en México como Diputado al Congreso de la Unión.

Aquella suma me duró durante todo mi viaje de Nueva York a Brownsville, mi estancia en Piedras Negras y mi permanencia en Hermosillo durante todo el tiempo que fui Oficial Mayor del Gobierno de aquella provincia con el sueldo de doce pesos diarios, y después, Oficial Mayor Encargado de la Cancillería trashumante del Gobierno de la Revolución, con el mismo sueldo nominal, pues de hecho percibí dos sumas, según consta en los recibos cuyos originales aparecen en las copias fotostáticas que publico.

En aquel trance de pobreza, me atreví, no sin gran mortificación, a solicitar del Primer Jefe algunos dólares para comprar un traje y algunos bastimentos para la campaña que íbamos a emprender, pues, según las órdenes, cada quien debía llevar sus comestibles que, naturalmente, no podían ser otros que latas de conservas.

Mi diálogo con el señor Carranza fue muy breve:

Señor, le dije, no tengo ya dinero. Los fondos de que podía disponer se me han agotado, y necesito comprar ciertas cosas indispensables, de manera que con mucha pena le suplico a usted me proporcione algún dinero.

Con su laconismo acostumbrado, Don Venustiano me contestó:

Pídale usted a Treviño la cantidad que necesite.

Entonces se me presentó mi segundo problema, para mí de mucha importancia. ¿Qué cantidad pediría yo al Coronel Treviño? Pues cualquiera que solicitara la consideraba yo excesiva, ya que estaba perfectamente al tanto de que todo el dinero que tuviera disponible el Gobierno Constitucionalista debería emplearse en la compra de armas y pertrechos que nos eran de indispensable urgencia para combatir un ejército perfectamente dotado de toda clase de provisiones de guerra y boca. Al fin me decidí por pedirle cien dólares, que me sirvieron para comprar un traje Norfolk, un khaki, zapatos, y sombrero de campaña y algunas latas de conserva, que al fin y al cabo fui regalando a quienes las habían de menester, pues yo comía en la mesa del Primer Jefe, mesa que no era otra cosa que el suelo, árido algunas veces, nevado otras y agreste en aquellos pocos lugares donde el agua hacía nacer el verde de la campiña o los arbolados de alguno que otro oasis, que nos recibían con las ramazones y alegrías de sus variados verdes.

Pero, indudablemente, lo que más impresión me causara fue nuestro paso por el Cañón del Púlpito, paso profundo, largo y empinado que debimos traspasar, durmiendo en las cuevas que nos daban cobijo, para llegar después, en lo alto, a la contemplación del maravilloso espectáculo del desierto chihuahuense, donde por primera y única vez en mi vida contemplé el fenómeno sorpresivo del espejismo.

Mis ojos asombrados miraron en el horizonte un inmenso espejo de agua que reflejaba caballerías con sus patas largas, muy largas; y después mirando a derecha e izquierda vi los mismos horizontes, es decir, una extensísima región lacustre que extendíase hasta el confín por todas partes. Dudé un momento de si realmente nos encontrábamos rodeados de agua, que parecía, por una parte, dar aliento al espíritu por su belleza atrayente espectacular, y, por la otra, la medrosa impresión de una incógnita de la naturaleza que no sabríamos cuánto y cómo se resolvería.

Fue entonces cuando aprecié una de las características de Don Venustiano Carranza: la fortaleza física del ranchero y hombre de a caballo, que no se cansaba nunca; la serenidad del varón que seguía imperturbable, erguido por sus propósitos de triunfo; y sus rasgos de ternura y piedad para las pobres soldaderas, las cuales, a pesar de las órdenes recibidas, seguían a sus soldados a quienes no habían dejado por un momento, a pesar de las dificultades de las largas marchas forzadas a que estaban sujetas. Vi al jefe hacer alto, bajarse de su caballo prieto, para dar su cantinplora a las pobres mujeres, que recibían el don indispensable del agua de las propias manos de aquel hombre bondadoso. Este acto lo repitió varias veces el Primer Jefe, hasta que el agua de su recipiente de campaña se acabó, y entonces, dirigiéndóse unas veces al Ing. Bonillas, otras a Treviño, otras a Espinosa Mireles y otras a mí, nos decía: Si tienen todavía agua, den de beber a esas gentes, porque mi cantimplora está vacía.

Uno de los cuidados de mayor importancia para el Jefe Carranza era prefijar cuáles habían de ser los términos de cada jornada; y como conocía muy bien aquella región norteña, sabía dónde habíamos de pernoctar, escogiendo lugares donde había suficiente agua para su escolta y caballada. Por eso algunas jornadas fueron muy largas, mientras que otras eran, al contrario, cortas, de manera de encontrar, más que el alojamiento para nosotros, agua y pastura para las caballerías de los hombres que le acompañaban. Y sucedió una vez, algo que no conocí en un principio sino hasta un día después.

Al llegar al primer aguaje donde encontramos agua, pero no suficiente, para caballerías y escolta, toda la gente se apresuró a llenar sus cantimploras exhaustas. Y como no hubiera miramientos de ninguna especie para nadie, resultó que bajo el chorro de agua, bien pequeño por cierto, con que tenía que surtirse tanta gente, se formó un charco de agua en que bebían los caballos sedientos. Yo ordené a mi asistente que me llenara mi cantimplora, y entonces éste, no pudiendo abastecerse de líquido del propio surtidor, le pareció más cómodo llenar la cantimplora del agua del charco que se había formado.

Pasaron las horas, y yo sin saber lo que había hecho mi torpe asistente, bebía con gran gusto aquella agua, hasta que al llegar al siguiente lugar de descanso, yo, personalmente, al bajarme del caballo, llené de agua limpísima mi recipiente, pero vaciándolo antes. Entonces mi sorpresa fue grande al percatarme que lo que había bebido antes no era la linfa deseada, sino un líquido con más tierra que agua.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela.; Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.252-258.

 
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