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FELIPE ÁNGELES SE INCORPORA A LA REVOLUCIÓN

 

FELIPE ÁNGELES SE INCORPORA A LA REVOLUCIÓN

DESPUÉS DEL COMBATE de Hermanas, las tropas revolucionarias al mando del Gral. Pablo González, se retiraron al norte, dispuestas a presentar la mayor resistencia posible al avance ya incontenible del enemigo. Entre estas tropas iba la batería de cañones, construidos por Patricio de León, Carlos Prieto y Manuel Pérez Treviño en los talleres del ferrocarril en Piedras Negras, batería en la cual mandaba una sección el Teniente Alberto Salinas Carranza, a quien había conocido yo en el campamento citado.

Un día, el Gral. González recibió órdenes del Primer Jefe, cuyo cuartel general acababa de establecer en Hermosillo, a efecto de que el Teniente Salinas pasara a la ciudad de Washington a desempeñar una comisión importante sobre la cual recibiría instrucciones del agente confidencial de la Revolución, Don Manuel Pérez Romero, hermano de la esposa del Presidente Madero. Se trataba de esperar en la capital del vecino país, al Gral. Felipe Ángeles, quien procedente de París, llegaría a Washington camino de Sonora, con el fin de incorporarse a la Revolución.

Ángeles, como es bien sabido, fue detenido por el Gral. Huerta, al mismo tiempo que lo fueran el Presidente, Vicepresidente y miembros del Gabinete, siendo encerrados en la Intendencia del Palacio Nacional.

No se atrevió Huerta a asesinarlo, como lo hizo con el Presidente y Vicepresidente de la República, debido a la simpatía y respeto que guardaba al Gral. la juventud del Ejército Federal, por haber sido Profr. de Artillería del Colegio Militar y por las gestiones amistosas que hicieron cerca del usurpador Huerta, Francisco León de la Barra y Manuel Calero, ambos miembros del Gabinete Huertista, quienes no sólo obtuvieron su libertad sino que poco tiempo después el nombramiento como Agregado Militar de la Embajada de México en Francia, al propio tiempo que De la Barra fue nombrado Embajador del gobierno usurpador con sede en París.

Mientras tanto Gustavo Garmendia le escribió instándolo para que se incorporara a la Revolución. Garmendia no obtuvo respuesta a su llamado. Posteriormente Gustavo Espinosa Mireles, Secretario Particular del Primer Jefe y Manuel Prieto, uno de los comisionados del señor Carranza en los Estados Unidos para la compra de armas se pusieron de acuerdo para insistir con el antiguo Director del Colegio Militar para que se adhiriera a la causa constitucionalista.

Otras personas más hicieron lo propio, siendo tantas las insinuaciones que recibiera el propio Ángeles que al fin decidió venir a México, llegando su aceptación por conductos desconocidos a oídos del señor Carranza. Entonces fue cuando el Primer Jefe escribió la siguiente carta a Don José Ma. Maytorena:

"Sírvase usted ordenar que, de los fondos federales, se sitúen dos mil dólares al señor Alfonso Madero a New York, a fin de que este señor los remita al C. General Felipe Ángeles, que se encuentra actualmente en Europa. Esta partida, deberá cargarse a gastos de guerra. Ofrezco a usted las seguridades de mi consideración y aprecio. Libertad y Constitución. Cuartel General en Hermosillo, Son., septiembre 23 de 1913. El Primer Jefe del E. Constitucionalista. V. C. Rúbrica." [1]

El Gral. y Teniente viajaron en ferrocarril hasta Tucson, de donde prosiguieron a Nogales, en automóvil.

Hubo la casualidad de que la misma noche en que los viajeros llegaron a Nogales, alojándose en el Hotel Escobosa, el Primer Jefe era invitado de honor en un baile que había organizado la sociedad nogalense.

Nunca jefe alguno fue recibido con tanta cordialidad y simpatía como Ángeles lo fue aquella noche, pues tan luego como se supo de su llegada, numeroso grupo de entusiastas revolucionarios subieron a su cuarto y lo bajaron en medio de aplausos y vivas, cosa que emocionó al recién llegado. Sánchez Azcona, Secretario General de Gobierno, desde una silla, pronunció un magnífico discurso que arrancó grandes aplausos de la concurrencia y conmovió a Ángeles de tal modo que apenas pudo contestar en un principio, pronunciando después una alocución tan entusiasta que emocionó profundamente al auditorio. El Primer Jefe Carranza, ya se había retirado a su alojamiento en el edificio de la Aduana.

Durante el largo viaje de Washington a Tucson, Ángeles preparó un llamamiento al Ejército Federal invitándolo a abandonar a Huerta y hacer causa común con la Revolución, llamamiento que el Primer Jefe no quiso autorizar, pero en cambio sí le permitió invitar a algunos oficiales de su confianza y estimación personal. Así fue como, poco a poco, fueron llegando Federico Cervantes, Gustavo Bazán y Gonzalitos, a incorporarse al Ejército Constitucionalista.

Al regreso del Primer Jefe a Hermosillo constituyó su primer Gabinete, del que ya he hecho mención, en el cual, Ángeles, debió haber ocupado el puesto de Secretario de la Guerra.

Sin embargo, el señor Carranza, por razones políticas, tuvo que rectificar su primitiva idea de nombrarlo Secretario, porque los altos jefes militares de Sonora, encabezados por el Gral. Álvaro Obregón, hicieron saber al señor Carranza, con toda franqueza, que no les parecía conveniente ni justo que un soldado federal, de origen porfiriano, los mandara. A mayor abundamiento aducían, que dicho militar no había cumplido estrictamente sus deberes militares respecto al Presidente Madero al que no había sabido defender; cuando en cambio, el ejército del pueblo, desde el primer momento de la usurpación había puesto su vida en aras de la causa redentora, lo que Ángeles no había hecho, pues aceptó una comisión en Europa que le diera Victoriano Huerta.

Comprendiendo el Primer Jefe las dificultades que se le presentarían de llevar adelante su primitiva idea, desistió de ella, limitándose a nombrar al culto artillero, Subsecretario de la Guerra, Encargado del Despacho. Con tal carácter, Ángeles acordaba diariamente con el representante del Poder Ejecutivo, pero según él mismo me contara, su papel meramente burocrático se limitó siempre al despacho de cosas de rutina. Por otra parte las órdenes que se daban a los jefes con mando de fuerzas, las suscribía el señor Carranza, y aun en ocasiones, el Jefe del Estado Mayor; de tal suerte que el Subsecretario de la Guerra, en la realidad de los hechos ocupaba un alto puesto que indudablemente dio prestigio al gobierno revolucionario por el extendido renombre del que fuera alumno de la Escuela de Saint-Cyr y que después diera lustre al Colegio Militar de Chapultepec con su acertada dirección.

Pero para el mismo Ángeles, el honor que tuviera de formar parte del Gabinete del Primer Jefe, no se traducía en trabajos edificantes y gratos, sino todo lo contrario, en actos de trámite que a un verdadero soldado no podían satisfacerle.

En esas condiciones, la situación de Ángeles, según su parecer, era desagradable, y más aún, deprimente; y como llegó a ese convencimiento, por la oposición que enderezaron en contra suya los jefes militares de Sonora, decidió suplicarme que yo interviniera cerca del Primer Jefe en el sentido que relato enseguida. Pero antes quiero explicar por qué el Gral. Ángeles llegó a tenerme confianza al grado de contarme sus cuitas y encomendarme cerca de Don Venustiano la misión confidencial que voy a relatar.

El General estaba casado con la señora Clara Krauss que había sido discípula de una prestigiada maestra, tía mía, doña Brígida Alfaro.

Clarita y su hermana mayor, Carmen, que yo conociera de chiquillo, eran personas de mi mayor afecto por sólo el hecho de ser discípulas y amigas de una hermana de mi madre y también por tenerles, yo mismo, una singular simpatía y estimación.

Esas circunstancias pretéritas y nuestro mutuo apego a las excursiones cinegéticas nos acercaron al Gral. Ángeles y a mí; hasta el grado de afianzar, si no una confianza íntima, sí una amistad cordial que yo apreciaba en mucho.

Días después de su arribo a Hermosillo, cuando los dos formábamos parte del Gabinete ministerial del Jefe, invité a mi colega a montar a caballo en compañía de mi querido amigo y colaborador, Ennque Llorente, que también lo era y más allegado que yo, al Gral. Ángeles, con quien convivía.

En las diarias caminatas matutinas por los vergeles perfumados de azahar de aquella inolvidable capital provinciana, fuimos estrechando día a día nuestra amistad, de tal modo, que llegó a confiarme sus aspiraciones y a pedirme un favor.

Usted es, Lic., por la gran confianza que le tiene el Primer Jefe, la persona indicada para hacerle una súplica en mi nombre. Y explayándose me expuso sus deseos.

Se respeta ortografía de origen.

Nota: 1.- Carta original en poder del ahora Gral. Alberto Salinas Carranza.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. De Fabela.; Coordinador: Roberto Ramos V.; Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.158-161.

 
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