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NUESTRA LLEGADA A CHIHUAHUA Y CÓMO SE SALVÓ LA VIDA DEL GRAL. MANUEL CHAO

NUESTRA LLEGADA A CHIHUAHUA Y CÓMO SE SALVÓ LA VIDA DEL GRAL. MANUEL CHAO

DESDE QUE EL Primer Jefe pasó por Chihuahua camino a Sonora, atravesando la Sierra de Durango, varios jefes revolucionarios que operaban en aquellas regiones, se le acercaron pidiéndole no dejarlos a las órdenes de Villa, a quien Don Venustiano acababa de nombrar Jefe de la División del Norte. Entre quienes más se oponían a aquel nombramiento estaba el Gral. Manuel Chao. El cual había sido profesor de escuela, tenía una cultura más que mediana, era valiente y se sentía deprimido al mismo tiempo que creía adivinar en Villa a un hombre nefasto a la Revolución. Don Venustiano le contestaba que ante las circunstancias y puesto que de hecho Villa, dominaba en aquella vasta región norteña, era necesario aceptar el nombramiento.

Cuando posteriormente Villa triunfó en Juárez, Tierra Blanca y Chihuahua, el Primer Jefe nombró a Chao Gobernador y Comandante Militar de Chihuahua. Villa y Chao siempre tuvieron choques que auguraban serias consecuencias, dado el carácter impulsivo de Villa.

Durante los combates de Torreón, Villa como Jefe de la División del Norte y Chao como Gobernador de Chihuahua, se cruzaron telegramas amenazantes y se aplazaron para dilucidar sus dificultades personalmente.

Recién llegado el Primer Jefe a Chihuahua, Chao le mostró el expediente en donde constaban los telegramas aquellos y recordaba a su jefe la advertencia que le había hecho en Parral.

Villa y los principales jefes de la División del Norte fueron a Chihuahua después de la toma de Torreón, para presentar sus respetos al Jefe de la Revolución.

Una mañana, deseando dar fin a la situación que prevalecía entre Villa y Chao, el señor Carranza llamó a ambos jefes a su despacho establecido en la Quinta Gameros, para lo cual ordenó al Mayor Alfredo Breceda ir a la casa de Chao, y a Juan Dávila pasar a la de Villa y al Capitán Alberto Salinas Carranza, para que tan luego como llegaran ambos jefes, pasaran a su despacho.

El Mayor Alfredo Breceda no encontró a Chao en su casa, pero habló con su esposa, quien nerviosamente le suplicó correr a la casa de Villa porque su esposo acababa de salir, llamado por el propio Villa, y ella presentía que no era aquel un llamado rutinario.

Dávila a su vez, llegó a la casa de Villa, no sin antes notar que frente a ella, y en formación cerrada, como para pasar revista, se encontraba el Cuarto Batallón de Sonora, escolta del Primer Jefe. Se extrañó de ver mucha gente y tropa en la casa, pero logró llegar hasta donde estaba el Gral. Villa, a quien le dio el recado de pasar inmediatamente a la residencia del Primer Jefe. Ambos salieron y se dirigieron a la Quinta Gameros, tan sólo a tres o cuatro cuadras de distancia.

A pesar de las órdenes dadas a Salinas Carranza, este oficial, notando en Villa algo excepcional, y después de saludarlo, lo invitó a esperar un momento mientras subía a anunciar su presencia al Primer Jefe. Cuando Salinas Carranza informó que Villa se encontraba en el piso de abajo, le repitió sus órdenes de hacerlo pasar. El ayudante bajó y, tomando a Villa por el brazo, lo acompañó hasta el descanso de la escalera, desde donde se veía al Primer Jefe sentado frente a su mesa de trabajo. Desde el hall, y dando grandes pasos, Villa casi rugió: "Ya está fusilado, señor". "Es un reaccionario que desde hace mucho tiempo merecía esa pena." Don Venustiano levantó la cabeza y preguntó asombrado:

(Dejo la palabra al Capitán Alberto Salinas Carranza, que fuera testigo presencial de tal sucedido.)

¿Quién está fusilado?

Chao, señor, Chao.

El jefe se levantó de su asiento y mirando fijamente a su interlocutor, sin salir de su asombro, agregó:

¿Quiere usted decir que ha mandado fusilar al Gobernador del Estado, estando yo aquí, en la propia Capital?

Sí, señor. Era necesario y ya está hecho.

Hace unos cuantos días me prometió usted dejar de ser el bandido que siempre ha sido, para convertirse en un jefe revolucionario digno de sus triunfos militares.

Se refería Don Venustiano a los casos Benton y Bauch, súbdito inglés el primero y ciudadano estadunidense el segundo, recién asesinados por Villa cuando el Primer Jefe todavía estaba en Sonora, casos que ocasionaron los primeros conflictos internacionales de la Revolución con la gran potencia nórdica y vecina.

Si usted ha mandado matar a Chao, no saldrá usted bien librado de este trance. Y prosiguió hablándole en este sentido a medida que avanzaba hacia él haciéndole retroceder hasta casi arrinconarlo contra un sofá, sobre el respaldo del cual Villa se apoyó con la mano derecha.

Yo vi con asombro todo esto, prosigue diciéndome Alberto. Por un lado Villa decía haber fusilado al Gobernador; por otro, su tío decía a Villa que de ser cierto aquello, no saldría bien librado de ese crimen. Desde la puerta llamé al primer oficial que encontré a mano, que era Jesús Valdés Leal, jefe de la Oficina Telegráfica de la Primera Jefatura y que estaba al lado del despacho de Carranza. Ambos nos acercamos hasta la puerta pudiendo ver las dos personas sin que éstas nos vieran. Como Jesús sacara su pistola, yo hice lo mismo permaneciendo ambos listos para actuar si las cosas subían de punto.

Afortunadamente, Villa, que no esperaba de su jefe aquella reacción, exclamó:

Bueno Jefe, no se enoje usted, Chao no ha sido fusilado. He dado las órdenes, pero cuando iban a ser cumplidas, fui llamado por usted y aquí estoy.

El Primer Jefe se dirigió hacia la puerta. Salinas Carranza y Valdés enfundaron rápidamente sus armas, y con gran sorpresa de ellos, se pasó de largo haciéndoles una seña para que se alejaran del umbral. Quería dejar la impresión de que los dos ayudantes no estaban allí, sino en el hall. Tomó a Valdés por el brazo, lo condujo ante Villa y exclamó:

Dé usted contraorden. Y luego, dirigiéndose a Valdés:

Vea usted que estas órdenes sean cumplidas en el acto.

Valdés esperaba la orden de Villa dando frente a éste, quien permanecía callado. Después de breve silencio, Don Venustiano insistió levantando la voz:

¡Ordene usted!

Por fin, Villa, con marcada resignación, habló:

Vaya usted, Capitán, y diga a Bracamontes que suspenda el fusilamiento porque el Jefe... no... quiere.

Esto era todo cuanto Valdés necesitaba para salir volando. Pasó a Salinas sin darse cuenta, bajó la escalera y desapareció en la calle.

Don Venustiano cerró la puerta. El Capitán Salinas Carranza, no sabiendo qué hacer, reunió a otros miembros del Estado Mayor, les informó discretamente de lo que pasaba y les suplicó permanecer a la expectativa.

Mientras esto sucedía en la Quinta Gameros, el Mayor Alfredo Breceda llegaba a la casa de Villa, y con la misma extrañeza de Dávila, notó la presencia del Cuarto Batallón a media calle. Logró entrar a la casa y ver en el salón, donde había mucha gente, al Gral. Felipe Ángeles frente a una ventana y, allá, en un rincón, el Gral. Chao que parecía llamarle con la mirada. Breceda, que estaba en antecedentes, adivinó la situación, pero no se atrevió a acercarse a Chao, sino que más bien se dirigió a la ventana para saludar a Ángeles. Ángeles escribía un telegrama para los jefes federales en San Pedro de las Colonias, que se habían dirigido a él, invitándolo a hacer causa común para combatir a las tropas yanquis que acababan de desmbarcar en Veracruz. Leyó su contenido a Breceda y éste, arrebatándole el papel de las manos, se dirigió a Chao, a quien en voz baja dijo:

Mire usted la respuesta que el Gral. Ángeles da a los federales. Chao tomó el papel y aparentando leer dijo a Breceda:

Vaya usted volando y diga al jefe, que Villa ha ordenado mi fusilamiento, que tan sólo se suspendió porque fue llamado por él, cuando se comenzaba a dar cumplimiento a tales órdenes.

Breceda regresó hasta la mesa de Ángeles y dominando sus nervios, saludó a algunas personas que andaban por allí, se despidió de ellos y sin prisa salió de la casa, diciendo al Coronel Manzo, jefe del Cuarto Batallón:

Ordena paso veloz y vete a la Quinta Gameros; no me preguntes nada.

Transcurrieron algunos minutos, que a Salinas Carranza le parecieron siglos, antes de que Chao, Bracamontes, Valdés Leal y otros llegaran. Chao hablaba más de lo prudente, haciendo ademanes nerviosos. Salinas le suplicó guardar silencio.

Tengo orden de conducir a usted hasta el Despacho. Le suplico mi Gral., no hablar. Todo está arreglado. No eche usted a perder las cosas.

(Todo este relato, hasta el fin, lo tomo de datos escritos por el Teniente Alberto Salinas Carranza.)

Chao no prometió nada, pero guardó silencio. Salinas Carranza le señaló el camino y a su lado subió hasta la puerta cerrada que abrió sin tocar, de par en par. Don Venustiano y Villa, sentados mesa de por medio, parecían hablar de cosas triviales. A invitación del Jefe, Chao tomó asiento. Don Venustiano se levantó y nuevamente cerró la puerta.

Media hora más tarde salieron aquellas tres personas, bajaron la escalera con paso lento, llegaron hasta el jardín y se despidieron.

Poco tiempo después, Chao y varios otros Generales de la División del Norte, entre los que estaban Maclovio Herrera, Tomás Urbina y Rodríguez, llegaron a la Quinta Gameros solicitando ver al Primer Jefe. Anunciados por Salinas Carranza, permanecieron en el despacho de Don Venustiano unos quince minutos y bajaron la escalera notoriamente contrariados. Salinas Carranza alcanzó a oír a Chao que decía:

Es inútil. Se lo dije desde Parral. No se da cuenta, no entiende.

Aquel mismo día por la noche debería tener lugar en el Teatro de los Héroes el banquete con que la División del Norte y el Gobierno de Chihuahua agasajaban a su huésped, el Primer Jefe. A la hora convenida, Don Venustiano y su Estado Mayor llegaron al Teatro y pasaron hasta el foyer, en donde fueron servidas algunas copas, antes de tomar asiento en la mesa. Notamos con extrañeza que cada vez que Villa se alejaba de Don Venustiano, éste lo mandaba llamar con algún ayudante.

El improvisado comedor estaba adornado con gran gusto, con flores, banderas, fusiles, cañones, etc.

Villa ofreció el ágape diciendo cosas incoherentes, entre otras:

Señor, yo seré leal a usted como lo fui con el señor Madero. Yo, si usted así lo ordena, taparé el sol con un dedo.

Don Venustiano contestó haciendo la historia del movimiento revolucionario. Hizo notar que a retaguardia de nuestras tropas y en territorio dominado por la Revolución, había orden y administración. Los fondos federales eran manejados por la Tesorería Federal y los de los Estados por las suyas, como en tiempos normales. Advirtió que quien osara infringir la disciplina del poderoso Ejército Constitucionalista, sería sancionado con todo el rigor de las leyes, por poderoso que el infractor fuese o creyese ser. Recordó a los héroes de la Independencia, inmolados a unos cuantos metros de distancia de aquel magnífico Teatro de los Héroes, llamado así en homenaje a ellos, y terminó prometiendo el triunfo de las armas Constitucionalistas.

Al retirarse, el Primer Jefe invitó al Gral. Villa a tomar asiento en su automóvil, lo dejó en su casa y luego pasó a la Quinta Gameros. Todavía estuvieron en el salón de aquella bella residencia haciendo música, pues alguien tocaba piano y, Federico Cervantes, ayudante del Gral. Ángeles, cantó "Ojos Tapatíos".

Los acompañantes se despidieron del jefe, y su fiel sobrino lo acompañó a su pieza. Cuenta Alberto que una vez solo con aquel ilustre prócer, le dijo éste:

¿Qué se dice por allí? ¿Qué comentarios hay?

Esto era lo que Alberto necesitaba para informarle que todo el mundo notó con extrañeza las distinciones con que en el Teatro de los Héroes, había distinguido a Villa, invitándolo a su lado cada vez que se apartaba de él.

Es que no saben, contestó, que esta tarde aquellos Generales me vinieron a proponer el asesinar a Villa, cosa que desaprobé advirtiéndoles que si esos eran los procedimientos de ellos para conducir nuestra lucha, era preferible que se incorporaran a Huerta. Les advertí, que los haría responsables de cualquier cosa que le pasara a Villa.

Alberto no tuvo palabras con qué contestar. Lo único que pudo hacer fue pedirle que le permitiera darle un abrazo; el abrazo más apretado que ha dado en su vida; se fue a acostar y cuando amaneció, estaba el cenicero lleno de colillas.

Dejo en libertad al lector para interpretar el siguiente dato que Francisco Serna, intendente de la Quinta Gameros y más tarde de los Palacios Nacional y Chapultepec, proporcionó el día anterior al del incidente Villa-Chao.

Encontrándose el Primer Jefe en su despacho del Palacio de Gobierno, se presentó el Gral. Ángeles en la Quinta Gameros expresando deseos de visitar aquella hermosa residencia, a lo que Serna accedió gustoso. Cuando el visitante subió al mirador, desde donde contemplaba toda la ciudad, y después de larga meditación, expresó:

¡No puedo dejar de pensar en los días de la Decena Trágica!

Y por cuanto toca a los Generales que la noche del banquete en el Teatro de los Héroes intentaron liquidar a Villa, Maclovio Herrera fue el único que permaneció fiel al Primer Jefe cuando vino la insubordinación de la División del Norte: Tomás Urbina fue asesinado por Villa personalmente en su hacienda de Nieves; Chao permaneció leal a Villa muriendo años después en la revolución Delahuertista, mandado fusilar por el Gral. Álvaro Obregón.

Estaba yo en mi despacho transitorio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en el Palacio del Gobernador de Chihuahua, cuando al terminar mis labores pasé, como lo hacía siempre, al despacho del Primer Jefe para ver si algo se le ofrecía, pero como ya hubiera salido de su oficina, bajé del primer piso a la planta baja con objeto de dirigirme a mi casa-habitación, cuando percibí a la derecha del patio principal, bajo las hermosas arcadas que estaban a mi derecha, al señor Carranza que se paseaba de un lado a otro con el Gobernador del Estado, Gral. Manuel Chao, y como me diese cuenta de que Chao hablaba con viveza accionando en forma llamativa que indicaba, a mi juicio, un estado nervioso de parte del Gobernador, me acerqué a los dialogantes con objeto de que el Primer Jefe me viera para ver si me hacía alguna indicación antes de retirarme. Como en efecto me la hizo, con un gesto de su diestra ordenándome que me esperara, así lo hice.

Naturalmente que yo seguía con ansiedad los movimientos de ambos personajes; del primero, Carranza, siempre calmado, austero y al propio tiempo, denotando continuamente su máxima autoridad; y del otro, con movimientos de cabeza y brazos, que a las claras obedecían a un estado de espíritu agitado que trataba de ser convincente.

Así pasaron varios minutos hasta que por fin, el Gobernador Chao, con visible contrariedad, se despidió del Primer Jefe haciéndome a mí un saludo cortés antes de salir del Palacio del Gobierno.

Entonces me acerqué a mi Jefe, quien me refirió cuál había sido el motivo de aquella discusión tan acalorada por parte de Chao. Y punto por punto me refirió el señor Carranza cuáles habían sido los deseos de Chao y cuál su resolución definitiva. El Gobernador, simple y sencillamente le dijo al Jefe:

Señor, al conocer mis oficiales la actitud que Villa tomó esta mañana contra mí, tratando de fusilarme, se produjo en ellos una reacción lógica de gran enojo, pues todos sabían cuál era la conducta autoritaria, dictatorial y muy ajena a la justicia y muchas veces a la moral, significándose por actos notoriamente agresivos contra mi autoridad de Gobernador. En esa virtud, le pido a usted autorización para fusilar a Francisco Villa, advirtiéndole que para ello habría causas, las más justificadas, para proceder con energía contra este individuo que está obrando fuera de la ley.

Está usted equivocado, le contestó Carranza. Si yo salvé a usted la vida esta mañana no permitiendo que el Gral. Villa le fusilara, del mismo modo ahora yo no puedo aceptar que usted, sin formación de causa, lo mande matar.

A lo cual interpeló Chao:

Señor, usted no sabe quién es Francisco Villa. Si no le suprimimos, provocará muchos males a la Revolución y a la persona de usted, pues es un hombre atrabiliario que siempre se deja llevar por sus impulsos primitivos.

Si usted cree que ha cometido delitos que merezcan sanciones legales, puede usted consignarlo a la Primera Jefatura, oficialmente, a fin de que se le forme un consejo de guerra que le haga responder por sus actos delictuosos. Pero esto provocaría, en las circunstancias actuales, hechos imprevisibles que no considero oportunos, lo primero que hay que hacer es que usted se abstenga de los actos que se propone, pues con ello provocaríamos otros males que es preciso evitar. Tenga usted en cuenta, le dijo Don Venustiano a Chao -y me repitió a mí-, que si yo autorizara los actos fuera de ley que usted se propone, la Revolución perdería su autoridad moral, lo que yo no puedo permitir como Jefe de la Revolución Constitucionalista, debo guardar y hacer guardar los principios de derecho y morales, que son los únicos que pueden dar autoridad, confianza y respeto a nuestros actos, como Jefe que soy del Poder Ejecutivo de la nación.

Chao entonces replicó: Pues, señor, si así lo ordena usted, se va a arrepentir de su magnanimidad, pues Villa, con el poder militar extraordinario que tiene ahora, después de su triunfo en Torreón, va a levantarse en armas contra usted y a provocar un nuevo movimiento sedicioso que será en perjuicio del Gobierno Constitucionalista y del pueblo mexicano.

Si Villa desata la violencia contra mi autoridad, yo sabré hacerme respetar como pueda y con los elementos que las circunstancias me lo permitan; sé que muchas de las cosas que usted me afirma son ciertas, como el apoderamiento indebido de propiedades particulares; crímenes personales que sin más razón que su propia voluntad decide, sin preocuparse jamas de acudir a las autoridades judiciales, ya que él se constituye a sí mismo, en Poder judicial y Ejecutivo; sé también que dicta disposiciones de carácter legislativo que corresponden solamente a mi autoridad como Jefe del Poder Ejecutivo del Gobierno Constitucionalista; sé todo eso, pero nada justificaría el fusilamiento del Gral. Villa fuera de la ley, porque eso provocaría un mal quizás mayor que el que se trata de evitar. Y sobre todo, Gral. Chao, si yo aceptara los procedimientos que él primero y usted después, me proponen, la autoridad de la Primera Jefatura a mi cargo, perdería su prestigio y la confianza que en ella tiene el pueblo para seguir adelante nuestra Revolución.

Cuando el Gobernador Chao se despidió del Primer Jefe, yo me acerqué a él y fue en esos momentos cuando me refirió los términos del diálogo habido entre su persona y Chao, que es en su fondo, si no textualmente en sus palabras, lo que acabo de relatar.

Cuando usted escriba -me dijo Don Venustiano- la Historia de la Revolución, como me lo ha ofrecido, no deje usted de referir lo que le acabo de contar.

Así lo haré, señor, le contesté. Lo que estoy haciendo, al cumplir la palabra empeñada al señor Carranza.

Después de aquellos acontecimientos vinieron otros, que nos fueron acercando precipitadamente a la ruptura entre Villa y el Primer Jefe revolucionario.

Al llegar a Torreón, los principales jefes pertenecientes a la División del Norte, le dieron un banquete a Don Venustiano Carranza y a sus acompañantes, siendo de notar como síntoma alarmante la ausencia de su jefe Francisco Villa.

¿Qué razón habría para que el Divisionario norteño no asistiera a dicho agasajo?

En el fondo, la causa de aquel hecho significaba indudablemente que Villa y sus amigos más cercanos estaban ya preparando la cuartelada que había de provocar la segunda guerra civil en el país, esta última entre los propios revolucionarios.

La comida en cuestión la ofreció al señor Carranza un militar cuyo nombre escapa a mi memoria.

Poco antes de que terminara aquel orador villista, me hizo seña el Primer Jefe para que me acercara a él, como lo hice, diciéndome:

Hágame el favor, Lic., de contestar en mi nombre al orador. Así lo haré, como en efecto lo hice, exponiendo en síntesis unos cuantos puntos que me parecieron básicos:

Primeramente mencioné las acciones victoriosas del Gral. Villa, que eran prueba elocuente no sólo de su patriotismo, sino de sus grandes aptitudes de estratega, a pesar de no ser un militar técnico sino intuitivo, que dirigía sus batallas con espíritu de fuego y un dominio sobre los hombres que hacían que todos sus subordinados le respetaran y admiraran sin medida. Seguidamente hice hincapié en que todo el pueblo mexicano tenía una fe ciega en las aptitudes del famoso guerrillero, que era orgullo del Ejército Constitucionalista, y que no dudábamos que el Gral. Villa por su pericia y arrojo ayudara al triunfo de nuestra Revolución.

En segundo lugar, hice notar que, por nuestra parte, el señor Carranza, como Jefe del Poder Ejecutivo nacional, llevaba a cabo una labor cotidiana e incansable, que atendía con eficacia, no sólo al problema militar, que era el apremiante sino también a la organización administrativa del Gobierno civil que estaba en sus manos, atendiendo todos los asuntos del poder público así los concernientes a las relaciones internacionales, al importantísimo de las comunicaciones terrestres, ferrocarrileras y telegráficas, a la cuestión hacendaria y fiscal, para que la Revolución se proveyera de los fondos que requerían con urgencia para los gastos de guerra, pues los Estados Unidos habían levantado el embargo de armas, y así se solucionaron las dificultades que tenía la primera Jefatura para hacerse de elementos bélicos de los más apremiantes, así como de elementos de boca para disponer de lo necesario no sólo para todos los cuerpos de ejército de la Revolución, sino también para el pueblo.

Pero había otra cosa de preocupación constante para nuestro caudillo, y era la atención que prestaba a los asuntos políticos que indudablemente surgían por todas partes, pues no siempre el pueblo estaba conforme en aceptar la jefatura de tales o cuales militares o civiles en los Gobiernos de los Estados dominados por la Revolución.

Al terminar mi discurso, que todos me aplaudieron, se levantó inopinadamente un Mayor del ejército villista, notoriamente ebrio, quien en tono airado e incoherente, manifestó que yo no tenía razón al decir que había divisiones entre las fuerzas del Gral. Villa -lo que nunca dije-, sino que el Señor Carranza tenía puesta su atención a las divisiones existentes en algunas cosas entre militares y civiles, diferencias que pudieran poner en peligro la unidad revolucionaria.

Como este incidente ameritaba una rectificación de mi parte, me preparaba a hacerlo cuando el señor Carranza, haciéndome una seña significativa se levantó de su asiento para dejar el salón, dando a entender que consideraba inoportuno que yo replicara.

Terminado aquel ágape, sucedió lo que mucho tiempo después llegué a saber, esto es, que el orador espirituoso de marras, en unión de otros "pasados de copas", se reunieron para proponer que se me fusilara en el acto, por estar sembrando la discordia entre los propios villistas (¡lo que era completamente absurdo!). Naturalmente que entonces no faltaron personas discretas que habiendo comprendido el sentido de mis palabras, protestaron contra la proposición de aquel borracho, alegando, además, que un acto violento y pérfido contra mi persona significaría nada menos que una grave crisis de alcance imprevisible entre el señor Carranza y el Jefe de la División del Norte.

Mientras tanto, yo dormía tranquilamente en mi cuarto del hotel en compañía de mi buen amigo y colaborador, Don Enrique Llorente, Jefe del Departamento Diplomático de la Secretaría de Relaciones a mi cargo, los dos completamente ajenos a la proposición inaudita del presunto asesino, que estaba decidido a sacarme de mi cuarto para ejecutarme inmediatamente.

Pero las cosas, aparte de este incidente pasajero, andaban mal, muy mal. Así lo comprendió el señor Carranza quien ordenó que a la mañana siguiente todos los miembros de la comitiva encargados del despacho, Estado Mayor y civiles que le acompañaban, estuviéramos listos a las cinco de la mañana para salir con rumbo a Saltillo. El Estado Mayor nos recomendó por órdenes superiores que durmiéramos vestidos, la caballada se había ya embarcado y que a la hora antes citada saldríamos para la capital de Coahuila.

Cumpliendo tales órdenes, todos estuvimos listos a la hora de diana para partir, pero el tiempo pasaba, y después de una, dos, tres, cuatro horas, los trenes no se movían; no supimos lo que pasaba sino hasta mucho después. En lugar de salir a las cinco de la mañana, salimos a las once.

¿Qué había pasado? Algo sorpresivo y de una significación enorme para el porvenir de la Revolución y de la patria. El Jefe del Estado Mayor, Coronel Jacinto B. Treviño, desde la víspera había dado las órdenes para que los trenes salieran a la hora fijada por el señor Carranza; pero a la expresada hora los maquinistas no aparecían y las máquinas estaban inmóviles sin saberse la causa.

Después de mucho tiempo de búsqueda del jefe de trenes de la División del Norte, señor Calzado, al fin se le encontró, presentándose al señor Treviño quien le expresó su extrañeza por la falta de cumplimiento de las órdenes superiores del Primer Jefe. Y entonces vino la sorpresa. Calzado se opuso a la salida de los trenes del Ejecutivo de la nación, y expresó francamente a Treviño que el convoy no podría salir de Torreón sin órdenes del Gral. Villa; es decir, que para dicho jefe de trenes no era la autoridad máxima el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, sino el prohombre de la División del Norte. A lo cual contestó Treviño con toda energía y oportunidad:

Aquí manda el Primer Jefe y no el Gral. Villa, que es subordinado del jefe máximo del Ejército; en esa virtud, usted ordena la movilización de los trenes, a lo cual replicó Calzado:

Yo no obedezco las órdenes sino de mi Gral. Villa.

Está usted equivocado, contestó el Jefe de Estado Mayor. Yo represento al Primer Jefe y le ordeno a usted en su nombre que le obedezca; de lo contrario, yo me haré obedecer por la fuerza. Y sacando su pistola le dijo: En estos momentos ordeno a usted que salgan los trenes.

Al ver la actitud decisiva y enérgica de Treviño, Calzado cedió ordenando que los trenes salieran, a las once de la mañana, en lugar de las cinco; salimos para Torreón, sin saber los que acompañaban a Don Venustiano todos estos pormenores alarmantes.

Cuando por fin llegamos a Saltillo, nos fuimos enterando poco a poco de la grave situación existente entre la División del Norte y la Primera Jefatura. Fueron aquellos los primeros indicios de la rebelión de Villa.

En tales condiciones, el General Pánfilo Natera, que estaba bajo las órdenes directas de la primera Jefatura, pidió auxilio al señor Carranza pues sus fuerzas habían sido repelidas en Zacatecas por el ejército huertista que no le había permitido, por su superioridad y mejores elementos de guerra, tomar aquella plaza; motivo por el cual pedía con urgencia ayuda pronta y efectiva. En estas circunstancias el Primer Jefe ordenó a Villa por telégrafo que mandara a los Generales José Isabel Robles y a Eugenio Aguirre Benavides, cuyas fuerzas habían pertenecido directamente a las órdenes de Carranza, para que salieran con prontitud en auxilio del General Natera, para tomar la capital zacatecana.

Villa le contestó que no bastarían tales brigadas para tomar la plaza, que estaba sólidamente defendida; que era preciso que saliera él con toda su División para auxiliar a Natera, asegurando así la victoria.

El Primer Jefe le repuso que obedeciera sus órdenes, que el ejército de Natera, aumentado con los elementos mencionados, sería perfectamente capaz de tomar aquella plaza. Pero como Villa insistiera en forma desusada en un inferior, alegando que era indispensable la cooperación de todo su cuerpo de la División del Norte; y como por otra parte el Primer Jefe mantuviera su orden, el Gral. Villa le dirigió entonces el siguiente mensaje:

"En vista de la insistencia de usted, que considero impertinente, renuncio a la jefatura de la División del Norte, pidiendo a usted que me diga a qué General debo entregar las fuerzas de esta División." A lo que contestó el Primer Jefe: "Le acepto su renuncia y reúna usted a los Generales de esa División para tener una conferencia con ellos".

Villa los reunió y cuando estaban todos reunidos para escuchar al señor Carranza, éste les manifestó lo sucedido diciéndoles que eligieran entre ellos al Gral. que les pareciera conveniente para sustituir al General Villa, esperando, por telégrafo, su decisión, para extender el nombramiento.

Los Generales se reunieron y después de deliberar, le contestaron al señor Carranza que después de un cambio de impresiones sobre sus órdenes habían resuelto no aceptar la renuncia del Gral. Villa, sino seguir a las órdenes de dicha División y no a las de la Primera Jefatura.

Don Venustiano Carranza en un último intento de hacerse obedecer les expuso que su decisión era muy grave y que estaba seguro que al otro lado de la línea estaba el Gral. Felipe Ángeles aconsejándoles aquella conducta, que significaba un acto de rebelión contra su autoridad, y que esperaba rectificaran eligiendo al militar que les pareciera más adecuado para sustituir al Gral. Villa. Entonces éste, mirando que contaba con todos los suyos que se agrupaban de manera decidida en contra del señor Carranza, dirigió a éste un mensaje que en su esencia decía:

"En vista de su actitud le manifiesto que le desconozco como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, y marcho con toda mi División a tomar Zacatecas." Lo que hizo inmediatamente.

Villa, como era de esperar dado su empuje miliciano y la cantidad de pertrechos de guerra y sus fuerzas de las tres armas ampliamente equipadas y experimentadas, después de una lucha enconadísima que costó miles de muertos obtuvo la victoria en una de las batallas más famosas de la época.

Al regresar triunfante a Torreón el notable guerrillero, hubo un intento de reconciliación entre los Generales de Villa y algunos leales a la Primera Jefatura.

Entonces el señor Carranza con su experiencia y su visión certera de las cosas políticas y compenetrado de las pretensiones, no sólo del Gral. Villa, Jefe de la División del Norte, sino de los políticos que lo rodeaban, se dio cuenta cabal de que no era posible ya un entendimiento sincero entre una y otra parte y se decidió a prepararse para la lucha que en los espíritus de ambos bandos existía latente y seguramente habría de resolverse en la guerra.

Fue entonces cuando ordenó al Jefe del Ejército de la División del Noroeste, Gral. Alvaro Obregón, al Jefe del Ejército de la División del Noreste, Gral. Pablo González y al Gral. Cándido Aguilar, de la División de Oriente, que se prepararan para seguir adelante hasta llegar triunfantes a la ciudad de México, venciendo primero que nadie a Victoriano Huerta y después enfrentarse al Gral. Villa, que permaneció en Torreón, acumulando la mayor cantidad de elementos bélicos que le eran indispensables para emprender en su oportunidad la guerra contra Carranza y los suyos.

Así se inició la guerra civil que habría de ser la más cruenta que se registrara en la historia de la Revolución.

Una vez que la División del Norte regresó victoriosa de Zacatecas recuerdo haberle preguntado al Primer Jefe:

¿Usted cree, señor, que Villa siga hacia México con el fin de tomar la capital de la República?

No, me replicó, no lo creo, porque tendría que abandonar su base de operaciones, que es Torreón, o bien dejar pocas fuerzas que podrían ser derrotadas por nosotros. Además, antes de emprender la lucha contra la Primera Jefatura del Ejército Constitucionalista, lo que a mi juicio hará, será de proveerse del mayor número de elementos bélicos para después, cuando se crea superior a nosotros, emprender la lucha, que probablemente será sangrienta.

Como así sucedió. Efectivamente la segregación de la División del Norte, como he dicho ya, apresuró a los cuerpos de los Ejércitos del Noroeste, del Noreste y del Oriente para tomar lo antes posible la ciudad de México. El Gral. Obregón, que había demostrado su gran capacidad estratégica por las dotes innatas que lo revelaran como un militar sin ninguna técnica pero sí con las cualidades de previsión, inteligencia, don de mando y valor en el combate, avanzó hacia el sur hasta llegar a Orendain, en el Estado de Jalisco, donde tuvo un resonante triunfo contra las fuerzas federales comandadas por el Gral. Mier que murió al frente de sus tropas. De ahí en adelante, Obregón siguió sin mayores obstáculos hasta la capital de la República.

El Gral. Pablo González obtuvo también una victoria de trascendencia porque, después de los más rudos ataques en El Ébano, donde se distinguieron las fuerzas del Gral. Jacinto B. Treviño, pudo al fin tomar Tampico, el segundo puerto mexicano del Golfo de México, siéndole fácil entonces avanzar hacia el sur hasta cerca del Distrito Federal. Por supuesto, que como yo no pretendo hacer la historia militar de la Revolución Constitucionalista, que con acierto y buenos documentos ha hecho ya el que fuera Jefe del Estado Mayor del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, señor Gral. Juan Barragán; haré únicamente referencia a una batalla que pudo ser desastrosa para las fuerzas Constitucionalistas, comandada por el Gral. Antonio Villarreal y otros.

Este hecho de armas pudo haber sido al principio, un triunfo del Gral. Villa, que hubiera sido de fatales consecuencias para el porvenir del país.

Por fortuna no fue así, gracias a la toma de Tampico, que fue un fracaso de la mayor trascendencia para el usurpador Huerta y un golpe de gran significación para el Gral. Francisco Villa.

En la forma antedicha, los Ejércitos de Occidente y del Noreste habían de reunirse en forma de tenazas, como se reunieron, al fin y al cabo, en la ciudad de México.

Don Venustiano Carranza, conociendo a las dos personalidades de mayor relieve en el Ejército Constitucionalista, Generales Alvaro Obregón y Pablo González, decidió que fuera el primero de dichos Divisionarios el que tomara la Capital de la República.

Esta decisión no fue guiada, en el espíritu del señor Carranza, por el afecto, sino por la comprensión inteligente que tenía de los dos hombres, considerando de mayores cualidades al Gral. Obregón que a su íntimo amigo Don Pablo González, que era una hechura suya y en el que tenía hasta entonces la más absoluta confianza.

Obregón era más activo, mas sagaz, más previsor que Pablo González, y por eso dio fin a la lucha contra Huerta, la ocasión de que él fuese quien firmara los tratados de Teoloyucan, en que se pactó, no con Huerta, que había huido del territorio nacional, sino con su substituto el Lic. Francisco Carvajal, Presidente de la Suprema Corte, a quien el traidor y usurpador Victoriano Huerta le dejó el amargo deber de hacer la paz con la condición, impuesta por el señor Carranza, de que la rendición del Ejército Federal huertista debía ser incondicional, ocupándose también sin condiciones, la ciudad de México.

La verdad es que, en los dichos Tratados de Teoloyucan el Gral. Obregón no hizo más que cumplir las órdenes superiores del señor Carranza, no teniendo en dichos convenios sino la misión de obedecer al Primer Jefe en todos y cada uno de los puntos concretos que se firmaron en Teoloyucan entre el propio Jefe de la División del Noroeste y Don Eduardo de Iturbide como Gobernador del Distrito Federal y representante del Presidente Lic. Francisco Carvajal.

Digo lo anterior porque para llegar a este fin hubo antecedentes en los que yo tuve participación, por órdenes del señor Carranza, los cuales voy a explicar sucintamente.

Estando en Saltillo el Primer Jefe, se presentó el Lic. Don Salvador Urbina, estimado y viejo compañero mío en la Escuela de Jurisprudencia, para decirme que los señores Generales Don Lauro Villar, el ex-Gobernador de Jalisco, Gutiérrez Allende deseaban entrevistarse con el señor Carranza para tratar con él sobre la rendición del Ejército Federal, según Instrucciones que tenían del último Presidente del régimen huertista, Lic. Francisco Carvajal.

Con gusto recibí a mi viejo condiscípulo Don Salvador Urbina ofreciéndole que transmitiría al señor Carranza, con toda premura, los propósitos que ponía en mi conocimiento. Y al efecto, comuniqué al señor Carranza desde luego, los deseos de la Comisión tripartita del señor Lic. Carvajal.

La respuesta que me diera el Primer Jefe fue contundente:

Dígale usted al Lic. Urbina, Secretario de esa Comisión, que no teniendo nada que tratar con ellos, no estoy dispuesto a recibirlos, sino sólo a participarles, para que así lo entiendan el Lic. Carvajal y el Ejército Federal que sostuvo al usurpador Huerta, que la rendición de dichas fuerzas debe ser absolutamente incondicional, en la inteligencia de que deberán deponer sus armas y entregarlas al Gral. que yo designe en su oportunidad, así como a las autoridades del Gobierno Constitucionalista en toda la República.

Con toda precisión que era necesaria, manifesté a mi compañero Urbina, cuál era la respuesta del Primer Jefe, habiéndome entonces contestado que sí podían la Comisión y él mismo contar con toda clase de garantías para regresar a México, a lo cual respondí, sin consultar con el señor Carranza, que éste daría seguramente toda clase de garantías para las personas que integraban la Comisión, agregándole, en lo personal, que estuviera completamente tranquilo respecto a la salvaguarda de su persona y la de sus jefes, de los que era Secretario.

En efecto, al comunicarle al señor Carranza lo que yo había manifestado al señor Urbina, me expresó que había obrado en justicia y que, al efecto, daba las órdenes conducentes a quien correspondiera para que al Gral. Villar, al señor Gutiérrez Allende, al Lic. Salvador Urbina y demás personas, se les dieran toda clase de facilidades para que pudieran regresar a la ciudad de México.

Con estos antecedentes se comprenderá que el Gral. Álvaro Obregón, al celebrar el pacto de Teoloyucan, no puso de su parte ninguna idea ni modificó absolutamente en nada las órdenes del Primer Jefe, sino que se limitó a cumplirlas estrictamente. De manera que si algún mérito tuvo en aquella ocasión el Gral Obregón fue el de ser un militar obsecuente que obedeció con respeto las órdenes superiores que había recibido del Jefe de la Revolución.

Pero hay otra circunstancia más que corrobora lo anteriormente expuesto y que demuestra la contextura enérgica de Carranza en cuanto a su conducta internacional.

Apenas habíamos llegado a Teoloyucan, cuando un enviado especial del señor J. M. Cardoso de Oliveira, Ministro del Brasil y representante a la vez de los intereses norteamericanos, me expresó que se encontraba en ese lugar dicho plenipotenciario brasileño, el cual deseaba tener una entrevista urgente con Don Venustiano Carranza, a quien le enteré de inmediato de aquellos deseos.

Dígale usted al señor Ministro -me dijo- que con todo gusto lo recibiré en mi carro especial -como lo hizo; habiéndose presentado Cardoso de Oliveira al Primer Jefe, siendo testigos de aquella entrevista John R. Sillimann, representante personal del Presidente Wilson, Don Alfredo Robles Domínguez, viejo revolucionario a quien el señor Carranza nombró posteriormente Gobernador del Distrito Federal, y yo.

El Ministro Cardoso comenzó su conversación expresando al señor Carranza sus deseos de que no fuera incondicional la rendición de la ciudad de México ni licenciadas todas las fuerzas del ejército huertista, sino que se tuvieran algunos arreglos que no dejaran a las fuerzas federales separadas ipso facto del ejército nacional. El Primer Jefe no dejó continuar al diplomático Cardoso, sino que con visible enojo le dijo:

Si yo hubiera sabido cuáles eran las pretensiones de usted, no lo hubiera recibido, pues ya he manifestado y lo expresé a usted en telegrama anterior, que sólo aceptaría la rendición sin condiciones del Gobierno usurpador y de su ejército.

A lo cual replicó el Ministro brasileño que si esa resolución significaba que no le importaban los deseos de los Estados Unidos y del Gobierno del Brasil, a lo que duplicó Don Venustiano:

Ya le he dicho a usted, señor Ministro, y lo he declarado varias veces públicamente, que la rendición de nuestros enemigos debe ser incondicional.

¿Entonces quiere decir que no le importa a usted que el Gobierno de Washington, el de mi país y otros más de América Latina no lo reconozcan a usted?

Estos términos contrariaron de tal manera al Primer Jefe Carranza, que levantándose de su asiento y dando un manazo en la mesa le dijo a Cardoso de Oliveira:

Hemos terminado, señor Ministro. Puede usted retirarse.

Ante tal actitud, el Plenipotenciario del Brasil experimentó tal furia que terminó su diálogo con estas palabras:

Pues expondré al Gobierno de los Estados Unidos, que represento, y al del Brasil, que a usted no le importa que lo reconozcan o no los Estados Unidos y el Gobierno del Brasil.

Venustiano Carranza, irguiéndose y con voz altisonante, dijo a Cardoso de Oliveira:

Haga usted lo que quiera y diga usted lo que le plazca. Hemos terminado.

Ante tan crítica situación, que podía significar algún trastorno internacional y que debía evitarse a todo trance, intervenimos tanto el señor Silliman como yo, diciéndole de mi parte al señor Cardoso de Oliveira que si no recordaba que estando el Gobierno Constitucionalista en Saltillo, me dirigió un mensaje diciendo que deseaba saber cuáles serían las condiciones referentes a la rendición del Gobierno de Huerta y de su ejército, a lo cual le contesté por orden de la Primera Jefatura que la rendición debía ser incondicional.

Por su parte el señor Silliman, viejo amigo del señor Carranza, también intervino, explicando al señor Carranza que una vez manifestada su decisión, el señor Cardoso de Oliveira la pondría en conocimiento de los gobiernos que representaba, sin necesidad de que los dos interlocutores terminaran en malos términos, a lo cual yo me adherí explicando al señor Cardoso que comprendiera que no tenía razón al pedir lo que pedía, pues de antemano estaba al cabo de cuáles eran los puntos de vista del Primer Jefe acerca del particular.

Don Venustiano Carranza no dijo una palabra más, pero en el breve diálogo que tuvimos tanto el señor Cardoso de Oliveira como el señor Silliman y conmigo, se aplacaron los ánimos, despidiéndose el Ministro del Brasil en un tono moderado que tuvo por efecto cambiar también la actitud irreductible del señor Carranza, que manteniendo sus resoluciones ya tomadas por anticipado, tendió la mano en forma la más correcta a Cardoso de Oliveira.

Por lo que llevo dicho quedará como una verdad incontrovertible que los tratados de Teoloyucan no fueron sino el final de una resolución prevista de mucho tiempo atrás por el señor Carranza y que cumplió a la letra el Gral. Álvaro Obregón.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela.; Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.259-277.

 
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