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ÁNGELES OFRECE UNA COMIDA AL GENERAL ÁLVARO OBREGÓN

 

ÁNGELES OFRECE UNA COMIDA AL GENERAL ÁLVARO OBREGÓN

UN BUEN DÍA, en nuestros paseos matutinos por los aledaños de Hermosillo, el Gral. Ángeles nos manifestó, a Enrique Llorente y a mí, que iba a ofrecer al Gral. Obregón una comida íntima, en la que asistiríamos únicamente como invitados de honor, nosotros dos.

El exclusivo objeto de esa reunión era expresarle, de manera rotunda, al caudillo sonorense, que no tenía, en absoluto, ninguna ambición política. Y verán ustedes, nos dijo, lo que manifestaré al compañero Obregón respecto a mi actitud dentro de la Revolución.

El invitado principal aceptó el convite, lo mismo que nosotros, los testigos.

La comida tuvo lugar en el restaurant "Tamazula", de lo mejor en Hermosillo, donde se comían platillos exquisitos. El dueño del "Tamazula", según los vivos recuerdos que conservo de esa histórica reunión, se esmeró en quedar bien con aquellos eminentes Generales, que daban lustre a su ya famosa casa; excuso decir que comimos espléndidamente.

A los postres, de acuerdo con los deseos premeditados del anfitrión, se sirvió champagne.

Con su copa en la mano, el Gral. Felipe Ángeles, dando a las palabras un marcado acento de solemnidad, como si quisiera que la historia las recogiera, expresó de pie, en el brindis a Obregón, los siguientes conceptos:

Mi Gral.: he querido invitarlo a usted a esta comida íntima, ante los testigos aquí presentes, el Lic. Isidro Fabela y Don Enrique Llorente, para decirle lo que yo deseo que nunca olvide.

Se ha dicho, con motivo de mi llegada a la Revolución, que tengo propósitos políticos, llegándose a afirmar que aspiro a la Presidencia de la República.

Estos rumores son absolutamente infundados. Yo no he venido con esos fines personalistas, compañero Obregón, sino a colaborar con los revolucionarios, como un elemento militar que quizá pudiera ser útil a la causa por la que todos luchamos. No tengo ambiciones presidenciales, mi Gral. El que lo crea no tiene razón para pensarlo, y el que lo diga afirma una mentira.

Quisiera que estas palabras que le digo a usted, las conozcan sus subordinados y amigos, para que acabe enteramente toda duda respecto a los fines que he tenido incorporándome al movimiento reivindicador en que estamos empeñados.

Eso es todo, Gral. Obregón. Y ahora, antes de levantar mi copa por el éxito de la campaña, por usted y nuestros amigos, quisiera darle un estrecho abrazo que le exprese mi afecto y estimación personal.

Los dos Generales se abrazaron efusivamente, sellando luego con las manos entrelazadas, un pacto de honor y compañerismo. El invicto Gral. sonorense escuchó con viva atención las breves frases del Gral. Felipe Ángeles; y cuando éste hubo terminado, hablando también llanamente pero con voz emocionada y vibrante, también de pie, expuso estas básicas ideas:

Sr. Gral. Ángeles: Le agradezco a usted muy sinceramente lo que acaba de expresar; se lo agradezco porque en estos momentos en que va a continuar con mayor empuje la campaña contra los usurpadores, traidores y asesinos de la capital, la afirmación hecha de haber llegado a la Revolución sin más fin que derrocar al tirano, nos da la justa idea de su personalidad y aspiraciones.

Con tal motivo, quiero aprovechar esta ocasión que usted me ofrece para declarar, bajo mi palabra de honor, y delante de los testigos aquí presentes, que jamás he tenido ni tendré ambiciones presidenciales, y que en mi lucha como soldado no me ha guiado ningún otro propósito que el de acabar con los traidores para después retirarme a la vida privada. De manera, Gral. Ángeles, que coincidimos en los mismos ideales, y por ello me felicito abrazándolo nuevamente en señal de agradecimiento por esta comida y por haber hecho su protesta solemne en presencia de los amigos que nos acompañan.

Don Enrique Llorente desempeñaba en esos momentos el cargo de Jefe del Departamento Consular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que estuvo a mi cargo.

Antes de la Revolución el señor Llorente, como lo he escrito en estas Memorias, había sido Cónsul General de México en El Paso, Texas, durante el Gobierno del Presidente Madero.

Al describir en este capítulo los detalles de aquella comida, le di a conocer, por escrito, al querido y apreciado amigo Llorente, el texto de mi relato, a fin de saber su opinión (como el otro testigo presencial) sobre la veracidad de mis recuerdos.

En carta que obra en mi poder, Don Enrique Llorente me manifestó lo que sigue:

"...En contestación me es grato manifestarte: que encuentro enteramente apegadas a la verdad las relaciones que haces en tu carta y anexo de referencia, dando de consiguiente mi aprobación por todo lo que allí manifiestas."

Fuente: Mis Memorias De La Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. De Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.164-166.

 
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