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EL ROSTRO DE HIDALGO

 

¿Cómo era físicamente Don Miguel Hidalgo y Costilla? No se sabe. Nunca fue retratado. Y los retratos que pudo haber habido, fueron destruidos.

Todas las naciones conservan los rostros pintados o esculpidos de sus héroes. Saber cómo fueron físicamente no sólo es una curiosidad humana sino también una necesidad política; pero en México los intentos por difundir su imagen fueron eficazmente contrarrestados por el régimen colonial. La de independencia fue una guerra no sólo de ejércitos e ideas sino también de imágenes. Las estatuas de la Virgen de los Remedios eran fusiladas por los insurgentes y las de la Virgen de Guadalupe, por los españoles. Igualmente, mientras unos levantaron la efigie de Fernando VII y otros la del águila mexicana, hubo también quienes trataron de materializar las imágenes de Hidalgo y Allende, sin éxito.

Imagen: Hidalgo joven. Pintura hecha por un artista de la Colonia sobre una placa de marfil.

Desde los días en que Hidalgo ascendió vertiginosamente a la cúspide del poder, se hicieron proyectos para levantarle un monumento. El 23 de enero de 1811, por ejemplo, se encontró en el colchón de la casa del capitán José María Obeso, de Valladolid (hoy Morelia) un proyecto que las autoridades españolas consideraron “insolente efigie”. Era, según De la Torre Villar, un dibujo hecho a pluma, en el que Hidalgo está vestido con toga y bonete, la rienda del caballo en la mano izquierda y un banderín en la derecha que dice “América”. El monumento está cercado por una reja de hierro y al pie del dibujo se lee:

Dedicado al señor Hidalgo, Generalísimo de las armas de América por su fiel vasallo, Manuel Foncerrada y García.

A partir de entonces, todos los intentos que se hicieron por tener una imagen del héroe fueron sofocados por las autoridades coloniales. En tales circunstancias, la ausencia de un retrato de Hidalgo es explicable. Pedro García, quien estuvo al servicio del héroe desde que era niño, comenta que "la guerra encarnizada a la memoria de Hidalgo y a sus ideas" fue sin cuartel, y que se recrudeció a partir de su aprehensión, enjuiciamiento y ejecución.

Se prohibió hablar de Hidalgo en ningún sitio, pues esto era un gran delito que se castigaba con rigor. Esta es la razón porque no se encuentra en todo el país un retrato que siquiera se le parezca, pues la prohibición duró cerca de diez años. Se siguió un espionaje tremendo. Nadie estaba seguro de hablar dentro de su casa.

En cambio, perduran algunos retratos hablados, el más conocido de los cuales, paradójicamente, es el del hombre que más lo odiaba, Lucas Alamán:

"Era de mediana estatura –dice-, cargado de espaldas, de color moreno y ojos verdes vivos, la cabeza algo caída sobre el pecho, bastante cano y calvo, como que pasaba ya de sesenta años, pero vigoroso, aunque no activo ni pronto en sus movimientos: de pocas palabras en el trato común, pero animado en la argumentación a estilo de colegio cuando entraba en el calor de alguna disputa. Poco aliñado en su traje, no usaba otro que el que acostumbraban entonces los curas de pueblos pequeños".

Hidalgo no “pasaba de sesenta años” sino -cuatro meses y ocho días- de cincuenta y siete, lo que significa que tenía la fortaleza de la edad madura, gracias a la cual recorrió a caballo gran parte del país. El teniente Pedro Armendáriz, por su parte, comandante del pelotón que lo ejecutó en Chihuahua y, por consiguiente, testigo de su muerte, asegura que era de tez morena y "antes de morir nos clavó sus hermosos ojos verdes".

Al consumarse la independencia se agudizó la necesidad política de contar con la imagen del héroe; pero no fue fácil construirla. Los conservadores se oponían ferozmente a ello por haber autorizado las matanzas de españoles. Los únicos que hicieron propuestas fueron dos escritores de reconocido corte liberal: José Joaquín Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano (1776-1927) y el italiano Claudio Linati de Prévost (1790-1832).

El primero publicó -tres años antes de su muerte- un Calendario Histórico y Pronóstico Político para el año bisiesto de 1824, en cuya primera página, correspondiente al mes de enero, aparece la silueta caricaturizada de Hidalgo, representada de cuerpo entero, con traje militar, bicornio empenachado y banda ceñida a la cintura, de la que cuelga un sable; la mano derecha apoyada en un bastón y la izquierda portando un estandarte con la palabra “libertad”, que se convierte en un águila sobre un nopal devorando una serpiente. Al pie de la imagen se lee la siguiente inscripción:

El muy honorable ciudadano Miguel Hidalgo y Costilla, generalísimo de las armas mexicanas: primer héroe que tremoló el estandarte de la libertad del Anáhuac en el pueblo de Dolores el 16 de Sept. de 810, fue víctima de la tiranía en 30 de junio de 811. Su talento, valor y amor patrio harán eterna su memoria.

El segundo, Claudio Linati, fue un dibujante italiano, discípulo de David, revolucionario, liberal y masón, soldado de Napoleón, preso en Hungría y refugiado en España, que llegó a México en 1825 e instaló un taller de litografía. Al morir su amigo Gaspar Franchini -que le había facilitado el viaje- al poco tiempo de su llegada, se asoció con su compatriota Lorenzo Galli y con el poeta cubano José María Heredia, y fundó el periódico El Iris, que se publicó de enero a agosto de 1826.

Desde el primer número, dicho periódico anunció que, al no existir retratos de los héroes, “multiplicados por los afanes del arte…, [los editores] presentarán al pueblo las facciones de sus semblantes…” Y efectivamente, dicho impreso reprodujo el retrato de Hidalgo; pero el artista, al criticar la actualidad política del momento, fue invitado a salir del país, lo que hizo un mes después, en septiembre de 1826, viajando desde entonces sin sosiego, hasta que regresó a México en 1832. A los tres días de su desembarco murió.

Al trasladarse a Europa, Linati se llevó consigo las acuarelas que hiciera durante sus recorridos por el extenso territorio mexicano, de las que surgen, con un toque de elegancia, belleza y poesía, es decir, idealizados, los rasgos y la vestimenta de las clases sociales que formaban la sociedad de la época. Dicha colección la publicó en Bruselas, 1828, y la reeditó en Londres, 1830, bajo el título Trajes civiles, religiosos y militares de México.

Una de las 48 estampas litográficas de su álbum, la número 16, está dedicada a Hidalgo. Aunque muchos la encuentran ridícula, otros la consideran seductora y fascinante. Levanta un arma ideológica –la simbolizada por la cruz- con su mano izquierda; pero al reconocer que no basta con proclamar una idea, sino que se requiere además defenderla con todo -con palabras y con la acción, con la pluma y con la espada-, su personaje está fuertemente pertrechado con los símbolos de la infantería, la caballería y la artillería: una pistola (cuya culata asoma de su chaqueta), un sable (que cuelga de su banda terciada al pecho) y un fusil (que sostiene del cañón con su mano derecha). Al pie de la imagen, en francés, hay un texto que, traducido al español, dice:

Hidalgo. Cura de Dolores. En su traje de guerra, proclamando la independencia de México. (Fusilado el 1º de agosto de 1811). Conforme al cuadro original.

La fecha está equivocada, porque el fusilamiento ocurrió el 30 de julio, y se ignora cuál es el “cuadro original” al que se refiere. Actualmente no existe ninguno, pero hace suponer que tuvo uno a la vista, y como éste no ha sido localizado, hay quienes piensan que el modelo pudo haber sido una figurilla en cera, a pesar de que él hizo referencia a un “cuadro original”, no a otra cosa.

En las litografías de Fernández de Lizardi y Claudio Linati, y aún en el dibujo a tinta encontrado en la casa de García Obeso, el héroe es presentado, no como maestro, pensador o ideólogo, y menos como cura -por la simple y sencilla razón de que el 16 de septiembre de 1810 colgó la sotana para calzarse las botas de campaña-, sino como lo que era, es decir, como militar, soldado, guerrero, y además, en el retrato de Linati tiene la frente amplia, sin llegar a la calvicie, y su rostro expresa la plenitud de su vida.

En cambio, en 1831, Antonio Serrano, de quien no se tienen mayores datos, lo despojó del traje de guerrero civil y lo habilitó con el alzacuellos del cura y una levita negra, y aunque acentuó su calvicie, mantuvo su edad. Detrás de su silueta hay una estantería bien surtida de libros magníficamente encuadernados, una columna con una pequeña imagen de la virgen de Guadalupe, y a su lado, un escritorio, encima del cual hay algunos manuscritos y un sombrero de ala ancha, mientras empuña un bastón con su mano derecha y oculta dentro de su largo gabán la izquierda. Esta pintura pasó desapercibida en el siglo XIX, porque formó parte de las colecciones del Museo Etnográfico de Berlín, hasta que el Estado mexicano la adquirió en el siglo XX y la remitió al Castillo de Chapultepec, que es donde se encuentra.

Por otra parte, en el inventario y avalúo de bienes de Don Cristóbal Hidalgo y Costilla, “administrador de la hacienda de Corralejo” y padre de Don Miguel, se incluye la copia de un retrato original de su hijo, elaborada por Francisco Incháuregui el ocho de octubre de 1810, y dícese que un pintor llamado Juan Nepomuceno, así, a secas, encontró dicha copia y la reprodujo en 1840, actualmente en el Museo de la Alhóndiga de Granaditas. Tampoco se sabe quién fue exactamente Incháuregui, el que hizo la copia del misterioso original perdido, ni Juan Nepomuceno, el que hizo la copia actual de la copia igualmente perdida.

Los rasgos de este retrato, por cierto, como los del anterior, reflejan las concepciones de 1830-40, no las de 1800-1810. En esos años, según el doctor Ernesto de la Torre Villar, mientras más calvo un individuo, más inteligente se creía que era. Así que, para dejar ver el tamaño de su inteligencia, aparece completamente calvo, y su poco cabello es fino, gris, casi blanco, sin ningún ornamento simbólico que lo acompañe, salvo el alzacuellos y la levita negra, bajo la cual oculta su mano derecha. Su rostro es delgado, avejentado, y sus ojos tristes, no vivos, como los tenía.

Ahora bien, al ser tan intensamente impugnada la actuación histórica, política y militar de Hidalgo durante las primeras décadas del siglo XIX, y ser desechada la propuesta de Lorenzo de Zavala para que se le levantara un monumento en el monte de Las Cruces, el liberalismo moderado consideró necesario modificar su imagen, por razones políticas. Y aunque los rasgos físicos señalados por Alamán fueron aprovechados, se le presentó como un anciano venerable de 70 u 80 años, no como un hombre de 57; cansado, no brioso, y eclesiástico, no militar, a fin de que inspirara respeto, no odio. De este modo, frente al Hidalgo combatido por sus excesos, pasiones y desenfrenos, se afirmó la imagen de un hombre sabio, prudente y tranquilo, capaz de unificar, más que de dividir, y de construir una patria, más que destruir una sociedad. Al final de cuentas, esta imagen prevaleció, la del pastor de almas, no la del demoledor de un mundo, y la del cura, no la del guerrero.

Al concluir la primera mitad del siglo XIX, Ignacio Ramírez El Nigromante, retomó la propuesta de Zavala, la amplió y fue aprobada, así que en lugar de un monumento, se levantaron dos: un obelisco de piedra en Las Cruces y una escultura de mármol en Toluca con la siguiente inscripción:

Al Cura de Dolores Miguel Hidalgo, Padre de la Patria, el Estado de México. Por decreto de la Legislatura del Estado de 9 de abril de 1851. Proclamó la Independencia en el pueblo de Dolores el 16 de septiembre de 1810. Murió en la Villa de Chihuahua el 31 de julio de 1811, Mártir de la causa nacional. Se colocó solemnemente el día 16 de septiembre de 1851, siendo Gobernador del Estado Mariano Riva Palacio.

En 1865 se levantó otra escultura en Dolores; en 1871 otra más en Guanajuato, y a partir de esta fecha, empezaron a proliferar en ciudades y pueblos, hasta que en 1910 ya existían en toda la República. Por cierto, la de Riva Palacio, al dejar de ser del agrado del gobernador en turno, fue quitada en 1888 del lugar que ocupaba en el centro de Toluca y trasladada a la periferia, y en 1900 se le desterró a la población de Tenancingo.

Mientras tanto, en materia pictórica, en 1865, bajo el imperio de Maximiliano, se llevó a cabo una exposición en la que se exhibió el Retrato del Benemérito de la Patria, General D. Miguel Hidalgo, de Joaquín Ramírez, que se conserva en el Salón de Recepciones del Palacio Nacional. A partir de entonces, la historia del rostro de Hidalgo se divide en un antes y un después. En este cuadro, a pesar de que se le titula general del ejército y se le hace calzar botas fuertes, se le viste con levita negra y alzacuello, lo que evoca su condición eclesiástica, y además, siguiendo el modelo de Serrano, los símbolos que lo rodean son de paz, no de guerra. Sobre su mesa de trabajo, en efecto, se extiende un manuscrito -la pluma en lugar de la espada- y al fondo, sobre la pared, se distingue un anaquel con libros y la imagen en paz de la Virgen de Guadalupe.

Este retrato, en el que quedaron fuertemente impresos los rasgos del liberalismo moderado, corrió con suerte, quizá por haber respondido a las necesidades de paz y unión, en una época desgarrada por la guerra -entre la república y el imperio, la independencia y la intervención, Juárez y Maximiliano- o quizá por haber sido pintado en forma magistral por un profesional del arte, parézcase o no al personaje real. El caso es que Maximiliano, al contemplar su rostro, lo llamaba “mi héroe”, y el retrato fue muy respetado por Juárez, muy admirado por don Porfirio, muy reproducido en distintas formas y estilos en todas partes del país, en todas las épocas, y es hasta la fecha el más conocido por el pueblo mexicano.

Todos los artistas posteriores, desde los clásicos del porfirismo hasta los gigantes de la revolución mexicana, también lo hicieron vestir de levita negra y alzacuellos, aunque lo situaron a veces en el silencio de su biblioteca y a veces rompiendo cadenas, liberando pueblos e incendiando mundos.

José Clemente Orozco, en el Palacio de Gobierno de Guadalajara, y David Alfaro Siqueros, en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, lo pintaron del modo consagrado –levita negra y alzacuellos blanco-, aunque uno en movimiento, agitando multitudes y llevando en su diestra el encendido mensaje de la guerra, y el otro de pie, su mano derecha sobre el corazón y su rostro sereno ante la excomunión y la muerte.

Juan O’Gorman, por su parte, en lugar de conjugar las diferencias entre los dos Hidalgo, el de García Obeso, Fernández de Lizardi y Claudio Linati -armado hasta los dientes- y el de Serrano, Juan Nepomuceno y Joaquín Ramírez -con el alzacuellos de cura-, pintó a ambos en el mural titulado Retablo de la Independencia del Castillo de Chapultepec; el religioso empuñando el decreto sobre la abolición de la esclavitud, y el guerrero civil, el estandarte de la Guadalupana.

Finalmente, ¿cuál es el verdadero rostro físico de Hidalgo? En nuestros días, la ciencia y la tecnología han avanzado lo suficiente como para obtener una respuesta certera, a partir del estudio de su cráneo, depositado en una urna de la columna de la independencia de la Ciudad de México. El 16 de septiembre de 2008, el yucateco Emiliano Canto Mayén propuso que dicho cráneo sea extraído del lugar en que se encuentra, con todos los honores correspondientes, que se le hagan copias exactas y que se tomen éstas como modelo para reconstruir científicamente su rostro.

Después de doscientos años, las razones para hacer tal reconstrucción parecen ser más poderosas y fundadas que las de no hacerlo; sin embargo, la decisión es política, no científica, y hasta la fecha no se ha presentado ninguna iniciativa al respecto en la representación nacional.

Fuente: Articulo autoría del Dr. José Herrera Peña. Publicado por PUERTA NORTE.

 
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