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LA GÜERA CARRASCO

 

ESTANDO EN LA población de Sinaloa, "muy grande para ser aldea y muy chica para ser ciudad", conocí a la famosa Coronela Doña Ramona R. viuda de Flores -a quien todos llamaban "La Güera Carrasco"- y la cual era de buen ver: alta, rubia, de ojos garzos que ensombrecían cejas oscuras y espesas; boca de labios delgados que acusaban energía en la voluntad; mirada directa y franca, voz clara de tonos graves que tornábanse altisonantes cuando mandaba a su tropa; nariz un poquitín respingada, frente espaciosa y aventajado el pecho, pero no en demasía, y erguido el cuerpo hasta el grado que requiere la esbeltez.

Así recuerdo a aquella brava mujer que se levantó en armas al conocer el asesinato del Presidente Madero, incorporándose a las fuerzas del Gral. Juan Carrasco a cuyas órdenes militaba.

Un día, de aquellos gratísimos que pasé en Sinaloa, se presentó a visitarme la Coronela Carrasco con este objetivo concreto:

"Señor Licenciado, vengo a invitarlo a una comida que ofrezco al señor General Ángeles y a usted, mañana en mi casa; tengo por ustedes dos una gran estimación, y por eso quiero que en Unión de mi jefe, el General Juan Carrasco, me acompañen a tomar la sopa."

Sorprendido gratamente por aquella invitación inesperada, la acepté gustoso, ofreciéndole a la Coronela que con positivo placer estaría puntual en su convite que le agradecí de antemano por su gentil espontaneidad.

El Gral. Ángeles y yo, puestos de acuerdo, nos presentamos juntos en la casa de nuestra amable anfitriona. La guapa Coronela nos recibió con todos los honores. Frente a su casa tenía tendidos a sus soldados, bien vestidos, armados y pertrechados esperando atentos las órdenes de su Jefa.

Estando su gente en actitud de presentar armas, se dirigió a sus muchachos diciéndoles que tenia el gusto de presentarles al señor Gral. Don Felipe Ángeles y al señor Lic. Don Isidro Fabela, encargados, respectivamente, de las Secretarias de Guerra y de Relaciones Exteriores en el Gabinete del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Don Venustiano Carranza. Después, aquella tropa, que ascendería hasta un número no mayor de 100 hombres, desfiló dos veces frente a nosotros, habiendo demostrado, en sus acompasados movimientos, una disciplina y aplomo militares que nos causaron el mejor efecto.

La comida, que fue un banquete en toda forma, con exquisitos platillos, buenos vinos y menú impreso en elegantes cartulinas, nos dio la oportunidad de tratar a aquella rara mujer que se hizo célebre por su campaña en favor de la causa libertaria, que había iniciado en su Estado natal, entre otros jefes, el popular Juan Carrasco.

Durante la espléndida comida, la conversación se animó más y más, debido no sólo a los buenos caldos espirituosos, sino también porque la anfitriona, al sentir confianza en sus invitados la tomó en sí misma, refiriéndonos cosas pintorescamente interesantes de sus andanzas bélicas.

Su charla no era vulgar; hablaba con viveza de pensamiento y facilidad en la dicción, expresando lo que deseaba en forma llana, que sólo de vez en cuando dejaba traslucir su natural origen ranchero. Por supuesto que me refiero a sus maneras en aquel día del opíparo agasajo, pues ya sabíamos que en campaña el lenguaje de la señora Coronela descendía al nivel que en la insurgencia se acostumbraba, esto es, al uso y abuso de los calificativos altisonantes e hirientes de los "tiznados", los "ajos", los "cabríos" y las "madres", que andaban de continuo en los labios de aquellos seres, rebeldes a Victoriano Huerta, pero también al bello idioma de nuestro gran señor Don Miguel de Cervantes y Saavedra.

Invitado de honor, además de nosotros, era el Gral. Juan Carrasco, quien presidió la mesa, a cuya derecha la "Güera" sentó al Gral. Felipe Ángeles, dándome a mí acomodo enfrente, a la diestra de ella. Los demás comensales eran jefes de las fuerzas de Carrasco y de la anfitriona.

En el curso de la sabrosa comilona, la "Güera" nos invitó a que le diéramos nuestro parecer sobre la situación internacional y las posibilidades de triunfo en la guerra civil, lo cual hicimos el Gral. Ángeles y yo, expresando cada uno su parecer respecto a la campaña que con tan buenos auspicios se desarrollaba augurando el triunfo final de la causa, y sobre las dificultades enormes que el Primer Jefe Carranza tuviera entonces para proveerse de armas y municiones en virtud de la injustísima actitud del Gobierno de los Estados Unidos que ponía en pie de igualdad a Huerta y a nosotros, no permitiéndonos importar los pertrechos de que tanto habíamos menester, debido al "embargo" de armas decretado contra los dos beligerantes.

A la hora de los postres, la Güera Carrasco se levantó de su asiento para ofrecernos aquel banquete inolvidable, manifestando, tanto al Gral. Ángeles como a mí, que siendo nosotros para ella amigos muy estimados y personas allegadas al Primer Jefe Carranza, había querido patentizarnos su "simpatía, respeto y estimación", y además, para que conociéramos de cerca a su respetado y querido jefe el señor Gral. Juan Carrasco.

En breves palabras los agasajados dimos las gracias a nuestra amable anfitriona, después de lo cual Ángeles y yo tuvimos la misma idea de llevarnos como recuerdo de la reunión, el menú que la Güera había mandado preparar al efecto, firmado por los presentes. Las tarjetas circularon entre los comensales y entonces sucedió este incidente grabado en mi memoria de manera indeleble:

Al llegar la cartulina a Juan Carrasco, éste la bajó a sus piernas y se la quedó viendo insistentemente sin volver la cara a ningún lado ni pronunciar palabra, ni tampoco escribir nada.

El Gral. Ángeles, que se dio cuenta inmediata de la razón de aquel paréntesis de silencio e inacción de Carrasco, tomó su pluma fuente y de la manera más disimulada para que no lo advirtieran los presentes, le quitó de las manos el menú y escribió por él en su tarjeta y en la mía, este nombre y apelativo "Juan Carrasco". Él no sabía escribir.

Charlando acerca de la Coronela, un simpático correligionario y amigo mío, veracruzano, me dijo un día, de regreso a Hermosillo:

Le voy a referir una anécdota de la Güera, para que vea usted las puntadas que se gasta. Y me contó:

"Teníamos muy buena amistad, que me autorizó cierta ocasión para hablarle en broma, haciendo referencia de su valor militar, ya que nosotros los veracruzanos no le teníamos miedo a las balas. Yo estaba de visita en su hotel, casi recostado en un sillón pullman, de espaldas a élla, cuando de improviso, dándome un susto fenomenal, disparó al aire todos los tiros de su 45 sin que yo aparentemente me inmutara."

¿Y eso a qué viene Güera?, le dije molesto simulando serenidad.

Viene, me contestó, a que ustedes los jarochos dicen que son muy machos y yo quería saber si realmente no le tenían miedo a las balas, ya veo que no. Y soltó la carcajada."

Después de aquella lejana fecha en que fuera comensal de la bizarra insurgente, no volví a verla sino hasta fines del mismo año de 1914 en la Ciudad de México.

Estaba yo en mi despacho ministerial de la Secretaría de Relaciones Exteriores, cuando el intendente, Don Martiniano Alfaro, con su formulismo característico, siempre solemne y respetuoso, se presentó ante mí para decirme, haciendo profunda caravana:

Señor Ministro, la señora Coronela Doña Ramona R. viuda de Flores, desea saludar a usted y quiere saber si está dispuesto a recibirla.

Hágala usted pasar en seguida, le dije al ceremonioso intendente.

La recibí con verdadera alegría, pues era muy grato volver a ver después de la lucha armada, a los correligionarios y amigos a quienes conociéramos en el marco revolucionario.

Vengo, señor Lic., a saludarlo con verdadero placer y a despedirme de usted. Marcho a los Estados Unidos a ver a mi hija, a la que tengo en un magnífico colegio de Nueva York. He venido a Relaciones para arreglar mi pasaporte y a ofrecerle a usted mis servicios por si algo se le ofrece del país vecino.

Le pregunté por su hija y me dijo que estaba complacidísima de su conducta, que hablaba perfectamente el inglés y que ella se sentía orgullosa y feliz de haber podido prepararla para una vida mejor que la suya, agregando:

Terminada con éxito nuestra Revolución, ahora me dedico a mis negocios, siendo mi única esperanza la de tener dinero bastante para que mi hija sea una mujer ilustrada, asegurándole así un dichoso porvenir.

Felicité a la Güera Carrasco por su noble conducta maternal, le deseé la mejor fortuna para ella y su adorada hija y nos abrazamos, sin nunca más volver a verla.

No sé cuál sería su suerte. Si viviera, me causaría gran placer tener sus noticias. Si el vendaval revolucionario la llevó consigo, me queda de la estimable Güera Carrasco el recuerdo de un retrato que me dedicó con estas palabras cordiales:

"Señor Lic. Isidro Fabela, Presente. Sírvase aceptar esta muestra de estimación de su amiga y correligionaria. R. R. Vda. de Flores. Nogales, febrero 24 de 1914."

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.218-222.

 
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