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PREPARATIVOS PARA EL ASALTO DE PUEBLA

 

1° de abril de 1867.

Márquez salió de Querétaro con 1,200 caballos el 22 de marzo de 1867, y tomando el camino de la sierra se dirigió a la ciudad de México sin encontrar gran resistencia en el camino. Vino nombrado Lugarteniente del Imperio con amplias facultades de Maximiliano y con el objeto principal de obtener en la capital recursos pecuniarios y elementos de guerra, y volver con una fuerza respetable a Querétaro para levantar el sitio. Lo acompañó Don Santiago Vidaurri, nombrado por Maximiliano Jefe del Gabinete y Ministro de Hacienda. Llegó a la ciudad de México el 27 de marzo, en momentos en que se recibía del General Noriega, Jefe de las Fuerzas sitiadas en Puebla, una comunicación en que hacía presente que no podía sostener por mucho tiempo el sitio, y solicitaba auxilios. Márquez organizó una expedición de cosa de 4,000 hombres de caballería, infantería y artillería, entre los cuales había varios cuerpos extranjeros, y se dirigió sobre Puebla. En los Llanos de Apam recibió la noticia de que había yo tomado a Puebla, pero que los cerros de Loreto y Guadalupe se conservaban en poder de los traidores y que esperaban su auxilio. Con este objeto siguió para Huamantla, y como entre tanto se rindieron los cerros, me fue posible ir a atacarlo sin dejar ya enemigo a la retaguardia.

En la noche del 30 de marzo de 1867, el mismo día en que Márquez había salido de México, estando el sitio de Puebla en el estado que acabo de referir, recibí un parte del Genera] Leyva que se encontraba en Tlálpam con dos mil hombres de infantería y caballería, en que me avisaba que Don Leonardo Márquez, procedente del sitio de Querétaro, había llegado a México; que había organizado en la capital una columna de más de 4,000 hombres y que con ella había emprendido su marcha hasta San Cristóbal Ecatepec. Como de dicho punto podía marchar, lo mismo, en protección de los sitiados de Querétaro que dé lbS de Puebla, mandé que lo observaran y me dieran parte diariamente de los movimientos que hiciera.

Había yo mandado establecer un telégrafo militar por la cuesta de Río Frío hasta Tlálpam, y otro hasta Apizaco, para tener comunicación fácil y violenta con las distintas fuerzas que estaban a mis órdenes. Además, tenía en Apizaco una locomotora con el objeto de observar al enemigo y recibir noticias exactas de sus movimientos. Cuando por telégrafo se me avisó, el 31 de marzo, que Márquez seguía su marcha por la vía de los Llanos de Apam, lo cual indicaba bien que su punto objetivo era Puebla, me decidí a  asaltar la plaza y empecé a sacar todos mis enfermos, heridos y bagajes rumbo a Tehuacán, con objeto de ponerlos a salvo, en caso de que mi asalto tuviera mal éxito; pero sin decir a nadie cuál era mi propósito, por cuyo motivo todo mi trabajo preliminar fue interpretado por amigos y enemigos, como preparativos de retirada que se suponía con seguridad sería hacia el rumbo de Tehuacán y Oaxaca.

No podía hacer trabajos preliminares para el asalto sin declarar mi intención; y en consecuencia, nada hice que pudiera interpretarse en ese sentido hasta bien entrada la noche del 1° de abril, pues si mis propios soldados hubieran tenido noticia de mi propósito, habría fracasado por completo.

Cuando ya no era posible ocultarlo por más tiempo porque llegaba el momento de sú ejecución, lo comuniqué al General Don Ignacio R. Alatorre que me servía de Cuartel Maestre, y le ordené citara para una junta a todos los jefes en quienes me había yo fijado para el mando de las columnas que debían asaltar, cita que tuvo lugar en una casa que estaba en el cerro de las líneas, a fin de que cada jefe no se alejara mucho del lugar que le estaba encomendado.

Así se efectuó y sobre el plano de la ciudad prevenimos verbalmente a cada uno, yo y el Cuartel Maestre, las operaciones que tenían que practicar, señalando a cada jefe la fuerza de que debía constar su columna de asalto, la trinchera que debía asaltar, y la puerta o puertas que debían desatrincherar para hacer por allí su salida.

Ninguna columna salía a una distancia mayor de cien metros de la trinchera que debía atacar y algunas salían a menos de cincuenta.

El perímetro reatrincherado del enemigo tenía una forma elíptica casi parabólica, cuyo diámetro mayor se extendía de sur a norte. En consecuencia el Convento del Carmen era uno de los puntos más distantes de la plaza, y esa circunstancia me sugirió la idea de hacer sobre él un ataque falso que llamara fuertemente la atención del enemigo e hiciera concurrir en su protección a la mayor parte o a todas las columnas de reserva.

Determiné la formación de 17 columnas de asalto con el propósito de emplear tres de ellas como ataque falso y sucesivo sobre el Carmen, y con ese objeto saqué luego que entró la noche, toda la artillería que estaba distribuida en nuestra línea de aproches y la establecí pasajeramente sobre las trincheras del Carmen que hacían sus fuegos al sur.

Las tres columnas de ataque falso sobre Puebla estaban mandadas: la 1a. por el Teniente Coronel Jesús Figueroa, la 2a. por el General Eutimio Pinzón y la 3a. por el General Luis Pérez Figueroa.

Las de ataque verdadero estaban mandadas por los Generales Rafael Cravioto, Doroteo León, Ramón Márquez Galindo, Francisco Carreón, Juan Crisóstomo Bonilla y Manuel Andrade Párraga; Coroneles Luis Mier y Terán y Vicente Acuña; Tenientes Coroneles Juan de la Luz Enríquez, Francisco Vázquez y Genaro Rodríguez; y Mayores José Guillermo Carbó y Carlos Pacheco.

Cada columna tendría por término medio cosa de ciento treinta hombres.

El siguiente fragmento de la orden que se dio a media noche del 1° de abril de 1867, demuestra a qué jefes se confió el mando de cada columna y qué punto debían asaltar cada una.

1a. Al General Cravioto asalto de la trinchera de la calle de la Alcantarilla.

2a. Al General Carreón asalto de las trincheras de las calles dé Betlem e Iglesias y la brecha abierta en la manzana de Malpica. El asalto lo encabezará con 100 hombres el Jefe del Batallón de Zapadores, Teniente Coronel Don Genaro Rodríguez.

3a. A Don Vicente Acuña asalto de la formidable fortificación de Iglesias, quien lo llevará a efecto con 150 hombres.

4a. Al Teniente Coronel Francisco Vázquez se le encomienda que penetre por una brecha abierta por la artillería republicana en la manzana de Malpica.

5a. A los CC. Coronel Luis Mier y Terán y Teniente Coronel Juan de la Luz Enríquez, se les previene que asalten personalmente las trincheras de la calle de Miradores.

6a. Al Teniente Coronel Guillermo Carbó que se posesionase del Noviciado.

7a. Al C. General Juan C. Bonilla se le confía la toma del parapeto del costado de San Agustín.

Ba. A los Jefes Luis Pérez Figueroa, Andrade, Doroteo León, Vázquez Aldana y otros, que concurrieran por la parte oriente sobre la calle del Deán.

9a. Al Mayor Carlos Pacheco el asalto de la calle de la Siempreviva.

10a. Al Coronel Manuel Santibáñez se le previene que en los momentos del asalto ocurra al Convento de San Agustín.

11a. El General Alatorre, con una columna de reserva del 3° de Cazadores, ocurrirá a todos los lugares en que hubiere necesidad de su auxilio.

El total de mi artillería consistía en 18 bocas de fuego, de sitio, de batalla y de montaña; y aunque con riesgo, la establecí a menos de medio tiro de las trincheras que debía batir en brecha.

El enemigo había cometido la falta muy grave, de no cubrir la espalda de los defensores de sus trincheras, falta que yo me propuse aprovechar, haciendo que todo ataque sobre una trinchera tuviera uno correlativo sobre la opuesta, porque de ese modo todos los fuegos que pasaran por encima de la trinchera atacada, herían por la espalda a los defensores de la opuesta; y esto, tratándose de un ataque dado en la noche, sugeriría evidentemente a los que se sentían heridos por la espalda, la idea de que el enemigo había logrado entrar y los atacaba a retaguardia.

Las tres columnas que debían hacer el ataque falso fueron colocadas cerca de la artillería aprovechando accidentes que las ponían fuera del enfilamiento de los fuegos de respuesta.

Colocadas respectivamente las otras catorce columnas en el lugar de donde cada una debía emprender su asalto, hice poner un gran lienzo formado de piezas de manta colgadas a lo largo, de un alambre tendido de torre a torre de la Iglesia del Cerro de San Juan, y suspendidas hasta el suelo cuyo lienzo empapado en espíritu de resina, debía ser encendido cuando yo lo ordenara, habiendo advertido antes a todos los jefes de columnas de asalto verdadero, que esa gran luz era la señal para iniciar el asalto.

Desde que la noche entró, había yo prohibido que se hiciera fuego en ninguno de los puntos de la línea, sino solamente en el caso de que el enemigo pretendiera salir.

Este silencio que pronto fue observado por el enemigo, y la circunstancia de que Márquez estaba a doce leguas a nuestra espalda, pues esa noche pernoctó en la Hacienda de Guadalupe, hacía creer al enemigo que esa misma noche nos retirábamos y que tal vez estábamos ejecutando la evacuación de todas las líneas.

Dispuesto todo así, me situé cerca de la Alameda Vieja en un punto desde donde podía ver la maniobra de algunas de las columnas de asalto verdadero y las de las tres que debían ejecutar el ataque falso.

Era tal mi escasez de municiones que en la noche, cuando ya estuvo preparado el ataque, supliqué al General Don Diego Álvarez, que estaba bien provisto de ellas, me facilitara algunas y mandé recoger a la caballería que estaba formada fuera de la ciudad por el sur y frente a los cerros, todas las municiones que tuvieran en cartucheras para dotar un poco mejor a las columnas de asalto, pues ninguna de ellas llegó a tener dos paradas completas; consolando a la caballería con la idea de que ella tenía para su defensa la lanza y el sable, y ordenando al General Toro que la mandaba, que aun cuando sintiera un ataque muy rudo en las calles de la ciudad, no abandonara su puesto mientras no se le ordenara, ni intentara tomar parte de dicho ataque porque tenía noticia cierta de que el enemigo trataba de romper el sitio en esa noche, y estaba dispuesto a impedirlo, habiendo dado todas mis órdenes conducentes.

Mi objeto al dar esas órdenes fue lograr que por ningún motivo tomara parte la caballería en el asalto, porque entre sus individuos había mucha gente de malas costumbres que podría causar graves desórdenes en los momentos del asalto y tal vez después. Así pues, cuando la caballería tuvo conocimiento del asalto de la plaza, ya estaba tomada.

Confieso que vacilé mucho en la conducta que debía yo seguir con motivo de la aproximación de Márquez. Salir a batirlo tenía el inconveniente de que al levantar el sitio se desmoralizaría mi fuerza y dejaría enemigo a retaguardia, lo cual empeoraba grandemente mi situación. La retirada para Oaxaca equivalía a la destrucción completa de toda la gente, y los elementos de guerra, que con tanto esfuerzo había yo acumulado y que estaba seguro se desbandarían y perderían por completo aún antes que nos persiguiera el enemigo. No me quedaba pues más alternativa que perder esos elementos en buena lid y en una empresa que si me daba buen éxito, me abriría las puertas de la capital y pondría término a la guerra. Me decidí por lo mismo a hacerlo así, a pesar de la oposición que encontraba en algunos de mis amigos que me acompañaban, como Don Juan José Baz, quien desde el principio del sitio me urgía porque fuera yo primero a ayudar a la toma de Querétaro y marchar después sobre México y Puebla. Afortunadamente el éxito coronó mis esfuerzos.

Fuente: Memorias de Porfirio Díaz. Capítulo LXXX.

 
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