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GRANDEZA MEXICANA, POR BERNARDO DE BALBUENA

 

Grandeza mexicana es un largo poema político-geográfico en el que Bernardo de Balbuena nos presenta un panegírico del Imperio español como imperio generador al alabar a la ciudad de México, nunca olvidemos, claro está, que México era la ciudad más grande del mundo hispánico. México es considerado por Balbuena como metrópoli mundial, centro del mundo y todo ello se debe al imperio español. Esta nueva ciudad que existe gracias a los españoles es superior a Tenochtitlán y también a otras ciudades de la antigüedad. Todo lo que alaba a México es alabanza a España. México es España, no lo olvidemos, para Balbuena. La grandeza mexicana es en realidad la grandeza española. Es pues el poema de Balbuena una exaltación del Imperio español. Se muestran y se cantan las excelencias de México.

De la famosa México el asiento

Oh tú, heroica beldad, saber profundo,

que por milagro puesta a los mortales

en todo fuiste la última del inundo;

criada en los desiertos arenales,

sobre que el mar del Sur resaca y quiebra

nácar lustroso y perlas orientales;

do haciendo a tu valor notoria quiebra,

el tiempo fue tragando con su llama

tu rico estambre y su preciosa hebra;

de un tronco ilustre generosa rama,

sujeto digno de que el mundo sea

coluna eterna a tu renombre y fama:

oye un rato, señora, a quien desea

aficionarte a la ciudad más rica,

que el mundo goza en cuanto el sol rodea.

Y si mi pluma a este furor se aplica,

y deja tu alabanza, es que se siente

corta a tal vuelo, a tal grandeza chica.

¿Qué Atlal ic e habrá, qué Alcides que sustente

peso de ciclo, y baste a tan gran carga,

si tú no das la fuerza suficiente?

Dejo tu gran nobleza, que se alarga

a nacer de principio tan incierto,

que no es la escura antigüedad más larga.

De Tobar y Guzmán hecho un injerto

al Sandoval, que hoy sirve de coluna

al gran peso del mundo y su concierto.

Dejo tu discreción, con quien ninguna

corrió parejas en el siglo nuestro,

siendo en grandezas mil, y en saber una;

que aunque en otros sujetos lo que muestro

aquí por sombras, fueran resplandores

de un nombre ilustre en el pincel más diestro,

en ti es lo menos que hay, y los menores

rayos de claridad con que hermoseas

la tierra, tu altivez y sus primores.

Y así se queden para sólo ideas,

no immitables de nadie, a ti ajustadas,

sólo a ti, porque sola en todo seas.

Ahora en las regiones estrelladas

las alas de tu altivo pensamiento

anden cual siempre suelen remontadas;

o en más humilde y blando sentimiento

de la fortuna culpen el agravio

de no ajustarse a tu merecimiento;

o del mordaz el venenoso labio,

que a nadie perdonó, también se atreva

a mostrar en tu envidia su resabio;

doquiera que te hallare esta voz nueva,

en cielo, en tierra, en gusto o en disgusto,

a oírla un rato tu valor te mueva.

Que si es en todo obedecerte justo,

esto es hacer con propriedad mi oficio,

y conformar el mío con tu gusto.

Mándasme que te escriba algún indicio

de que he llegado a esta ciudad famosa,

centro de perfección, del mundo el quicio;

su asiento, su grandeza populosa,

sus cosas raras, su riqueza y trato,

su gente ilustre, su labor pomposa.

Al fin, un perfectísimo retrato

pides de la grandeza mexicana,

ahora cueste caro, ahora barato.

Cuidado es grave y carga no liviana

la que impones a fuerzas tan pequeñas,

mas no al deseo de servirte y gana.

Y así, en virtud del gusto con que enseñas

el mío a hacer su ley de tu contento,

aquestas son de México las señas.

Bañada de un templado y fresco viento,

donde nadie creyó que hubiese mundo

goza florido y regalado asiento.

Casi debajo el trópico fecundo,

que reparte las flores de Amaltea

y de perlas empreña el mar profundo,

dentro en la zona por do el sol pasea,

y el tierno abril envuelto en rosas anda,

sembrando olores hechos de librea;

sobre una delicada costra blanda,

que en dos claras lagunas se sustenta,

cercada de olas por cualquiera banda,

labrada en grande proporción y cuenta

de torres, chapiteles, ventanajes,

su máchina soberbia se presenta.

Con bellísimos lejos y paisajes,

salidas, recreaciones y holguras,

huertas, granjas, molinos y boscajes,

alamedas, jardines, espesuras

de varias plantas y de frutas bellas

en flor, en cierne, en leche, ya maduras.

No tiene tanto número de estrellas

el cielo, como flores su guirnalda,

ni más virtudes hay en él que en ellas.

De sus altos vestidos de esmeralda,

que en rico agosto y abundantes mieses

el bien y el mal reparten de su falda,

nacen llanos de iguales intereses,

cuya labor y fértiles cosechas

en uno rinden para muchos meses.

Tiene esta gran ciudad sobre agua hechas

firmes calzadas, que a su mucha gente

por capaces que son vienen estrechas;

que ni el caballo griego hizo puente

tan llena de armas al troyano muro,

ni a tantos guió Ulises el prudente;

ni cuando con su cierzo el frío Arturo

los árboles desnuda, de agostadas

hojas así se cubre el suelo duro,

como en estos caminos y calzadas

en todo tiempo y todas ocasiones,

se ven gentes cruzar amontonadas.

Recuas, carros, carretas, carretones,

de plata, oro, riquezas, bastimentos

cargados salen, y entran a montones.

De varia traza y varios movimientos

varias figuras, rostros y semblantes,

de hombres varios, de varios pensamientos;

arrieros, oficiales, contratantes,

cachopines, soldados, mercaderes,

galanes, caballeros, pleiteantes;

clérigos, frailes, hombres y mujeres,

de diversa color y profesiones,

de vario estado y varios pareceres;

diferentes en lenguas y naciones,

en propósitos, fines y deseos,

y aun a veces en leyes y opiniones;

y todos por atajos y rodeos

en esta gran ciudad desaparecen

de gigantes volviéndose pigmeos.

¡Oh inmenso mar, donde por más que crecen

las olas y avenidas de las cosas

si las echan de ver ni se parecen!

Cruzan sus anchas calles mil hermosas

acequias que cual sierpes cristalinas

dan vueltas y revueltas deleitosas,

llenas de estrechos barcos, ricas minas

de provisión, sustento y materiales

a sus fábricas y obras peregrinas.

Anchos caminos, puertos principales

por tierra y agua a cuanto el gusto pide

y pueden alcanzar deseos mortales.

Entra una flota y otra se despide,

de regalos cargada la que viene,

la que se va del precio que los mide:

su sordo ruido y tráfago entretiene,

el contratar y aquel bullirse todo,

que nadie un punto de sosiego tiene.

Por todas partes la cudicia a rodo,

que ya cuanto se trata y se practica

es interés de un modo o de otro modo.

Este es el sol que al mundo vivifica:

quien lo conserva, rige y acrecienta,

lo ampara, lo defiende y fortifica.

Por éste el duro labrador sustenta

el áspero rigor del tiempo helado,

y en sus trabajos y sudor se alienta;

y el fiero imitador de Marte airado

al ronco son del alambor se mueve,

y en limpio acero resplandece armado.

Si el industrioso mercader se atreve

al inconstante mar, y así remedia

de grandes sumas la menor que debe;

si el farsante recita su comedia,

y de discreto y sabio se hace bobo,

para de una hora hacer refl . la media;

si el pastor soñoliento al fiero lobo

sigue y persigue, y pasa un año entero

en vela al pie de un áspero algarrobo;

si el humilde oficial sufre el severo

rostro del torpe que a mandarle llega,

y el suyo al gusto ajeno hace pechero;

si uno teje, otro cose, otro navega,

otro descubre el !nuncio, otro conquista,

otro pone demanda, otro la niega;

si el sutil escribano papelista

la airosa pluma con sabor voltea,

costoso y desgraciado coronista;

si el jurista fantástico pleitea,

si el arrogante médico os aplica

la mano al pulso y a Galeno hojea:

si reza el ciego, si el prior predica,

si el canónigo grave sigue el coro,

y el sacristán de liberal se pica;

si en corvas cimbrias artesones de oro

por las soberbias arquitraves vuelan

con ricos lazos de inmortal tesoro;

si la escultura y el pincel consuelan

con sus primores los curiosos ojos,

y en contrahacer el mundo se desvelan;

y al fin, si por industria o por antojos

de la vida mortal, las ramas crecen

de espinas secas y ásperos abrojos;

si unos a otros se ayudan y obedecen,

y en esta trabazón y enga(r)ce humano

los hombres con su mundo permanecen,

el goloso interés les da la mano,

refuerza el gusto y acrecienta el brío,

y con el suyo lo hace todo Ilano.

Quitad a este gigante el señorío y

las leyes que ha impuesto a los mortales;

volveréis su concierto en desvarío.

Caerse han las colunas principales

sobre que el mundo y su grandeza estriba,

y en confusión serán todos iguales.

Pues esta oculta fuerza, fuente viva

de la vida política, y aliento

que al más tibio y helado pecho aviva,

entre otros bienes suyos dio el asiento

a esta insigne ciudad en sierras de agua,

y en su edificio abrió el primer cimiento.

Y así cuanto el ingenio humano fragua,

alcanza el arte, y el deseo platica

en ella y su laguna se desagua

y la vuelve agradable, ilustre y rica.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Bernardo de Balbuena. http://www.inep.org/content/view/2019/91/. http://www.nodulo.org/ec/2013/n139p03.htm.

 
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