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EL GENERAL CÁNDIDO AGUILAR Y EL ALMIRANTE FLETCHER

 

EL GENERAL CÁNDIDO AGUILAR Y EL ALMIRANTE FLETCHER

Inminente consignación del Gral. Aguilar a un Consejo de Guerra.

Un intento de suicidio

ESTANDO EL Jefe de la Revolución en Navojoa, ocurrió un episodio de tintes dramáticos, que por lo relevante de sus personajes, las causas que lo originaron y su inesperado fin seguramente interesará a los amantes de nuestra historia revolucionaria.

Los actores de tal episodio fueron: el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, señor Venustiano Carranza, el Gral. Cándido Aguilar y el Almirante norteamericano Fletcher, Jefe de la Escuadra del Golfo de México.

Don Venustiano Carranza, a fines de 1913, ordenó al Brigadier Aguilar, por conducto del Gral. Pablo González, que se presentara sin pérdida de tiempo ante su presencia.

Como dicho militar no pudiera salir prontamente a su destino, el Gral. González, desde Matamoros, le envió a Aguilar, por medio de un mensajero especial, el siguiente mensaje que le dirigía el señor Carranza:

"Sin excusa ni pretexto deberá presentarse ante esta Primera Jefatura poniéndose en camino inmediatamente."

Aguilar partió a Nogales, Arizona, por territorio de los Estados Unidos, siguiendo después, por ferrocarril, hasta donde hallábase el Jefe de la Revolución. Ya en Navojoa quiso ver al Encargado del Poder Ejecutivo, pero éste le mandó decir que no tenía nada que hablar con él; que todo cuanto quisiera exponer en su defensa lo declarara ante el Consejo de Guerra que se le formaría al día siguiente.

Dejo la palabra al Gral. Cándido Aguilar para que él mismo consigne los hechos tal como sucedieron:

"A fines del año de 1913 estaban fondeados en la Laguna de Tamiahua trece o catorce barcos de la flota norteamericana cerca de la Isla de Lobos.

Encontrándome en Tampico, pequeña población a orillas de aquella laguna, recibí una nota del Almirante Fletcher, en los siguientes términos:

Al jefe de las Fuerzas rebeldes Cándido Aguilar que ocupa la zona petrolera en la región de Tuxpan.

Tengo instrucciones de mi Gobierno de comunicarle a usted que si en el término de 24 horas no abandona la zona petrolera, enviaré tropas de desembarco de los Estados Unidos para garantizar la vida e intereses de los ciudadanos americanos y de otras nacionalidades. Firmado: Almirante Fletcher.

Altamente sorprendido e indignado al recibir dicha nota, reuní inmediatamente a los jefes a mis órdenes, entre ellos a Agustín Millán, Antonio Portas, Guadalupe Sánchez, y otros cuyos nombres no recuerdo, para darles a conocer el comunicado de Fletcher, diciéndoles que el asunto era muy grave y que los dejaba en libertad para que discutieran lo que a su juicio debía responder, así como la conducta a seguir en tan delicada situación.

Todos los jefes me suplicaron que permaneciera con ellos para que también expusiera mi opinión; pero preferí dejarlos solos para que obraran con mayor libertad, retirándome a 50 metros del campamento.

Mientras mis compañeros deliberaban, medité profundamente, sin encontrar una solución al problema planteado; porque comprendí que si abandonábamos la zona petrolera, no tendríamos ya poder sobre nuestras fuerzas, sentando un precedente fatal para el país al aceptar que una potencia extranjera expulsara a los mexicanos de su propio territorio.

Los jefes a mis órdenes, después de cambiar impresiones sobre el grave incidente, me enviaron la siguiente nota:

Los suscritos, jefes de las fuerzas de la Primera División, otorgamos al C. Gral. en Jefe Cándido Aguilar las más amplias facultades para que resuelva el conflicto planteado por el Comandante norteamericano Fletcher. Como soldados y como mexicanos, daremos nuestras vidas en el cumplimiento de nuestro deber y acataremos las órdenes que tenga a bien dictar nuestro Jefe, el Gral. Aguilar. A continuación firmaban todos.

Me quedé a solas, reflexionando sobre lo que debía contestar y hacer; después de poco tiempo, en un block de papel con mi puño y letra, escribí la siguiente respuesta:

Al Almirante Fletcher:

Me refiero a su insolente nota de hoy. La vida y los intereses de los americanos y de personas de otras nacionalidades, han tenido, tienen y tendrán las más amplias garantías en la zona militar que es a mis órdenes. De llevar a cabo la amenaza de desembarcar tropas de los Estados Unidos en territorio mexicano, me veré obligado a combatirlas, incendiar los pozos petroleros que están en la región de mi dependencia, y a pasar por las armas a todos los americanos que se encuentran en la región. Firmado. Cándido Aguilar.

Suscrito el anterior comunicado, llamé nuevamente a los jefes a mis órdenes y les leí su texto. Por toda contestación recibí una salva de aplausos y las felicitaciones personales de cada uno de ellos.

Inmediatamente envié a Fletcher mi nota escrita.

En prevención de cualquier acontecimiento agresivo, di órdenes para que se hicieran fosas y trincheras para defendernos, en caso de emergencia. En seguida y por teléfono, me comuniqué con todos los jefes que estaban de destacamento en los campos de petróleo; siendo el primero con quien logré comunicarme el Coronel Alfonso Blanco, a quien di las instrucciones que siguen:

Reconcentre usted con urgencia a todas las familias de los americanos que habitan en ese lugar. Ponga usted de vigilancia en cada pozo, a un oficial y 2 soldados para que cuando se disparen los primeros cañonazos y reciba órdenes directas mías, incendie los pozos y pase por las armas a todos los americanos que, por lo pronto, quedan en calidad de rehenes.

Este mismo telefonema fue pasado a los demás jefes acampados en las diferentes zonas petroleras.

Pocas horas después, vino a verme el gerente de la compañía petrolera, residente en Potrero del Llano, para manifestar la angustia en que se encontraban las familias de los americanos cuando tuvieron conocimiento de las órdenes dictadas si desembarcaban tropas de los buques de guerra estadounidenses, fondeados frente a la costa.

Más tarde, el mismo Coronel Blanco me dijo que el expresado gerente deseaba mi autorización para telefonear al Vicecónsul de los Estados Unidos en Tuxpan, a lo que accedí, diciéndole que podría permitirle que se comunicara con él, con la sola condición de que hablara en castellano y no en inglés, y de que le participara la orden que había dado para el caso de que el Almirante Fletcher llevara a cabo el desembarco de sus marinos, en nuestro territorio.

Horas después el señor Vicecónsul en Tuxpan le indicó al Coronel Blanco, que ya había hablado con Fletcher, y éste me pedía que por ningún motivo tomara ninguna medida en contra de los ciudadanos norteamericanos ni de sus intereses, que ya contestaba mi nota.

Al día siguiente el Almirante Fletcher me dirigió este comunicado:

Recibí su atenta nota, en la que me da usted seguridades de que la vida y los intereses de los ciudadanos norteamericanos y de otras nacionalidades tienen las más amplias garantías, bajo las fuerzas a su mando. Este Almirantazgo no esperaba otra cosa de un jefe tan distinguido como usted, que siempre se ha mostrado partidario del respeto a la vida y a las propiedades. Como una cortesía de la Marina de los Estados Unidos, le ruego decirme en qué lugar, fecha y hora puede recibir una comisión que irá al mando del Capitán Spencer, Comandante del 'Nebraska'. Firmado Fletcher.

Contesté lo que sigue:

Refiriéndome a su nota manifiéstole que con mucho gusto recibiré al Comandante Spencer y demás oficiales comisionados por ese Almirantazgo, en Tamiahua, tal fecha. Firmado: Cándido Aguilar.

Al llegar el día indicado, mandé preparar un banquete para el Capitán y oficiales del 'Nebraska', los que llegaron procedentes de la Isla de Lobos, donde estaban fondeadas las unidades de guerra de los Estados Unidos.

Durante la comida, que fue muy cordial, se pronunciaron brindis en honor de México y los Estados Unidos, quedando aparentemente reanudadas las buenas relaciones entre los marinos norteamericanos y las fuerzas de la Revolución.

Una semana después, el Gral. Pablo González, que se encontraba en Matamoros, Tamps., me envió un mensaje diciéndome que debería presentarme inmediatamente en Sonora, por llamado urgente del señor Carranza.

Como no pude hacerlo en seguida, recibí otro correo en el que se me adjuntaba el telegrama del propio Don Venustiano, en estos términos:

Sin excusa ni pretexto deberá presentarse ante esta Primera Jefatura poniéndose en camino inmediatamente.

Acatando las órdenes recibidas nombré mi substituto, como Jefe de las fuerzas que comandaba, al señor General Don Agustín Millán; y en unión del señor José Rodríguez, a caballo, me dirigí a Matamoros, donde Don Pablo me ratificó la necesidad apremiante de presentarme al Cuartel General de la Revolución, que entonces se encontraba en Navojoa. Por territorio americano, en ferrocarril, me dirigí a Sonora, cruzando los Estados de Texas, Nuevo México y Arizona, hasta llegar a Nogales.

Ya en este punto, mi compañero Rodríguez y yo, en un armón nos dirigimos a Hermosillo.

Antes de llegar a esa capital, encontré al General Álvaro Obregón, quien trató de convencerme de que no debía ir a Navojoa porque peligrarían nuestras vidas al cruzar la zona de los ríos Yaqui y Mayo. A pesar de esta advertencia, que agradecí a Obregón, seguimos hasta estación Maytorena, donde hallábase con sus fuerzas el General Juan Cabral.

Al día siguiente, caminando por tierra hasta Cruz de Piedra, dimos con las avanzadas del General Sosa, quien puso a nuestra disposición una máquina y un 'caboose' que nos condujo hasta la estación de Navojoa.

Al desembarcar, nos esperaban el entonces Capitán Alberto Salinas Carranza y un ayudante del General Ángeles.

En el camino, dicho Ayudante con manifiesta pena, me enteró que el señor Carranza estaba muy disgustado conmigo y que sería juzgado por un Consejo de Guerra, como traidor a la Patria, lo que me produjo una impresión tremenda, pues por más que pensaba no podía imaginar que mi conducta pudiera considerarse como una traición.

Al llegar a la casa del Primer Jefe, supe que estaba en cama sufriendo un ataque de lumbago. Inmediatamente me anuncié, mandándole avisar que estaba allí a sus órdenes; y, cuál no sería mi sorpresa, cuando mandó decir: que con él nada tenía que tratar, sino con el Consejo de Guerra que había ordenado se me formara.

Llegada la hora de la merienda, entre seis y siete de la noche, fui invitado por las personas que acompañaban al señor Carranza, a sentarme a su mesa, pero mi preocupación era tan grande que al aceptar su invitación, sólo pedí un poco de café negro.

No podía tolerar que se me juzgara como traidor a la Patria; no aceptaba ese calificativo, tan deshonroso para cualquier hombre, pero mucho más para un militar.

En circunstancias tan graves, decidí hablar con Don Venustiano, aunque él no quisiera.

Pregunté por dónde se iba al sanitario. Me indicaron el lugar, situado precisamente por donde estaba la pieza del Jefe, pues por ella entraban y salían sus ayudantes y otras personas.

Me levanté, y en vez de dirigirme al excusado, me metí a la recámara del señor Carranza.

Lo encontré acostado teniéndose la cabeza con la mano derecha. Ya frente a él, le dije:

Señor, quiero hablar con usted.

Con visible enojo y gesto enérgico me lanzó esta palabra que jamás he olvidado:

¡Retírese!

Insistí: señor, le ruego me escuche. Yo he servido a la Revolución y a usted con lealtad; y no creo justo que después de hacerme caminar tantos miles de kilómetros, no me oiga. Hasta a los condenados a muerte se les oye. Le ruego me escuche.

En el Consejo de Guerra que se le va a formar esta noche se defenderá como lo crea conveniente. Pero ahora no tengo nada que tratar con usted, por lo que le vuelvo a ordenar que se retire.

Cuando me convencí de que el Jefe no quería atenderme y la palabra traición cruzaba por mi mente en forma que me atormentaba, tomé una resolución rápida, y le dije con voz desesperada:

¡Soy más patriota que usted y que muchos de los hombres de la Revolución, y antes de dejarme juzgar como traidor a la patria, me voy a pegar un tiro! Y muy rápidamente saqué mi pistola y la llevé a la sien derecha.

Don Venustiano, al ver mi decisión, gritó:

¡No sea bárbaro! ¿Qué va usted a hacer? ¡Guarde esa pistola!

Reaccioné. Bajé la pistola. Entonces el señor Carranza me dijo:

¡Cálmese! ¡Cálmese!... Siéntese y dígame lo que desea, pero guarde esa arma.

Guardé el revólver en su funda y me senté en una silla que estaba junto a él.

Volvió a repetir: Dígame usted.

Entonces me di cuenta de que, por la impresión profunda que había recibido, me era imposible pronunciar palabra; y a señas se lo hice comprender.

Con dificultades pudo Don Venustiano incorporarse, porque su ataque de lumbago era muy doloroso. Tomó un vaso, llenándolo él mismo de agua de la jarrita que tenía en su buró, y alargándomelo, me dijo:

Beba este vaso de agua, y tranquilícese.

Tomé el agua. Tenía una sed horrible. Lo volvió a llenar, insistiendo:

¡Sosiéguese!, siga tomando agua y no se preocupe por lo que he dicho. Tenga calma, General.

Bebí más, y entonces pude decir solamente, después de hacer esfuerzos por expresar mis ideas:

Señor... no puedo... hablar.

¡Cálmese!, repetía. ¡Cálmese, General! Quizá sea una injusticia lo que se iba a cometer con usted... ¡Tranquilícese!

Pasados unos momentos, cuando ya pude explicarme, le dije:

No sé de qué se me acusa.

De esto, mire usted todo ese montón de notas que tengo de los Estados Unidos. Léalas.

No entiendo inglés, le contesté.

Están en español, me respondió.

Al tomar uno de aquellos papeles me di cuenta de que las letras se movían ante mi vista.

Señor... no puedo leer.

Entonces me dijo Don Venustiano:

Las notas dicen que usted exigió a las compañías petroleras diez millones de dólares y que los amenazó diciéndoles que de no entregarle esa cantidad, quemaría todos los pozos, pasando por las armas a todos los americanos.

Le contesté iracundo:

¡Eso no es exacto! Yo no he pedido un solo centavo a las compañías.

Entonces ¿por qué el Gobierno norteamericano me pide que lo retire a usted de la zona petrolera?

De los documentos que llevaba en mi portafolios, extraje el expediente de Tanhuijo, y recordé en ese instante que en mi nota de respuesta al Almirante de la Flota del Golfo, hablaba de pasar por las armas a los norteamericanos e incendiar los pozos de petróleo si desembarcaban sus tropas en nuestro territorio.

Al darme cuenta de que por eso se me quería juzgar en un Consejo de Guerra, le dije:

Señor, yo no sabía qué hacer con la amenaza del desembarco. Pero ¿qué hice, por favor, qué hice? ¿Hice mal, señor, al obrar así?

Explíquese, no lo entiendo, General, me dijo Carranza.

Sin hacer comentarios saqué el mensaje del Almirante diciéndole:

Yo recibí esta nota de Fletcher.

Le mostré la traducción al castellano.

La tomó en sus manos; a medida que recorrían sus ojos aquel papel advertí que se ponía rojo y que le causaba gran indignación su contenido.

Al terminar la lectura, exclamó:

¡Qué desvergüenza! Es una desgracia para nuestro país ser tan débiles. ¿Cómo es posible que una nación civilizada se atreva a decirles a los nativos de un país que se retiren de su propia tierra?

E inmediatamente, con imperioso interés, interpelándome, me dijo:

Y usted ¿qué contestó? Dígame, ¿qué cosa contestó?

Lo que está escrito.

Y le alargué una copia de la nota que había enviado a Fletcher.

Al leer mi respuesta, el semblante del señor Carranza se iluminó de alegría.

Una vez terminada la lectura de aquel documento, me dijo positivamente conmovido:

¡Es usted un patriota! ¡Así se es buen mexicano! Así se defiende a México!... ¡Y yo que lo consideraba traidor cuando usted es más patriota que cualquiera de nosotros! La historia algún día considerará este hecho.

Y luego agregó:

Desde este momento lo asciendo a General de Brigada, por méritos en campaña y servicios especiales prestados a la Nación.

Enseguida llamó al encargado de la Secretaría de Guerra, Gral. Felipe Ángeles, para decirle:

Quiero que todos sigan el ejemplo de este joven -señalándome-. Véalo usted. Sin consejeros salvó nuestra dignidad nacional. Le hizo leer las notas que nos cruzamos el Almirante Fletcher y yo, y cuando las hubo leído, le expresó el señor Carranza:

Refiérales usted estos hechos a nuestros oficiales, porque quiero que todos conozcan el comportamiento heroico del General Cándido Aguilar."

Pasaron los años y en Irapuato se hizo una nota firmada por Don Jesús Acuña, en la cual el Primer Jefe Carranza proponía de que, en caso de que se repitiera el hecho de Columbus, se firmara un Convenio para que pasaran las tropas mexicanas y americanas por ambos lados de la frontera.

En Querétaro el señor Carranza nos llamó a Obregón y a mí, el 16 de abril de 1916. Entró primero el Gral. Obregón a hablar con el señor Carranza; y a poco rato salió riéndose y muy alegre, y me dijo que el Jefe lo acababa de nombrar Secretario de Guerra y Marina. Lo felicité.

En seguida pasé yo al despacho del señor Carranza, y éste me dijo:

General, acabo de nombrar al Gral. Obregón Secretario de Guerra y Marina, y a usted lo he nombrado Secretario de Relaciones Exteriores.

Fue tan grande para mí la sorpresa, como la de Navojoa. Yo le dije:

Mire usted, señor, usted tiene a Fabela, a Cabrera, y yo soy el menos indicado para desempeñar ese puesto.

No lo he llamado a usted para consultarle quién podría ser el Secretario de Relaciones, por lo que mañana a las doce del día tiene usted que presentarse en el Palacio de Gobierno para tomar posesión.

Yo le dije:

Señor, no acepto porque conozco mi incapacidad. Yo sinceramente no soy el hombre para ese puesto. Quizá pudiera servirle en la Secretaría de Agricultura, si quisiera usted pagarme con eso, la lealtad que le he tenido.

Yo nunca pago la lealtad. Yo sé por qué lo nombro.

Pues yo no acepto.

Ya le dije a usted que mañana tiene usted que presentarse a las doce en el Palacio de Gobierno.

Está bien, con permiso de usted.

Y salí.

Al día siguiente, a las once de la mañana, recibí a uno de los ayudantes del señor Carranza, que me dijo:

Dice el señor Carranza que le recuerda que a las doce tiene usted que protestar, y que vaya de traje negro.

Yo no acepté, y dígale que si me quiere procesar, que me procese, pero yo no acepto.

A las 11:30 se presentó el señor Gral. Barragán, que iba por mí de parte de Carranza; y quien tenía instrucciones de que yo fuera por la buena o por la mala, y que aunque fuera con una escolta me llevara.

Entonces el Gral. Barragán, me dijo: Mire, Gral. Aguilar obedezca usted al señor Carranza; después renunciará, pero vaya.

No tengo traje negro, le argüí.

Nada le hace. Vaya con el traje que tenga.

Fui con un traje gris. A las doce en punto, oí grandes aclamaciones en los patios y en las calles y en el Palacio de Gobierno. Todos gritaban: ¡Viva Obregón! ¡Viva el héroe de Celaya!

Inmediatamente el Intendente del Palacio y otras personas lo acompañaron hacia el estrado.

En seguida fueron por mí, a la Secretaria Particular, y para mí fue una de las cosas más penosas de mi vida, porque me recibió todo el pueblo con una frialdad aterradora; con el silencio más absoluto, y el cuchicheo de todas las gentes que decían:

¡Qué error tan grande del señor Carranza, al haber nombrado a este campesino bruto como Secretario de Relaciones!

Una vez que me tomaron la protesta, el señor Carranza se dio cuenta de la hostilidad manifiesta de sus colaboradores y del pueblo y de todas las gentes, y me dijo en voz alta:

General Aguilar: lo he designado a usted como Secretario de Relaciones, porque usted ha dado pruebas de ser un gran patriota, y en estos momentos México necesita no de un internacionalista, sino de un patriota. Esté usted seguro de que va a triunfar.

Después de estas palabras, todos aplaudieron y me felicitaron. Años después, cuando llegué a ser su yerno, le pregunté cuando ya le tenía confianza:

Señor, yo siempre he estado con la tentación de saber por qué me nombró usted Secretario de Relaciones.

Me contestó lo siguiente:

Usted había dado dos pruebas de su capacidad y patriotismo. Pensé que si en Tanhuijo, en una situación tan grave, usted había podido sortear un peligro y resolver un conflicto con la flota norteamericana y había usted salvado el honor de México, y posteriormente en Veracruz había usted condicionado la desocupación del puerto, creí que rodeado de internacionalistas y sobre todo, obedeciendo y ejecutando mis órdenes y mis consejos, usted era el hombre que en aquel momento debería desempeñar la Secretaria de Relaciones. No fue capricho, sino que usted había probado su patriotismo.

Después que el señor Carranza ordenó a las fuerzas Constitucionalistas que ocupaban Chihuahua, que no permitieran a las tropas americanas avanzar hacia el sur, éstas fueron batidas, librándose un combate en Carrizal, donde murió el Gral. Félix U. Gómez y donde se aniquiló a la columna americana.

Al siguiente día, el Subsecretario Poof, dirigió al Encargado Mexicano de Negocios en los Estados Unidos, una nota, diciéndome más o menos lo siguiente:

"Comuníquele a Carranza que ha sido para los Estados Unidos un gran motivo de preocupación el hecho de que fuerzas mexicanas combatieran a tropas de los Estados Unidos que exploraban en los alrededores de Carrizal, matando a varios soldados y haciendo prisioneros a un grupo numeroso. Que como este acto es considerado por el Gobierno de los Estados Unidos como un acto de guerra, si en el término de 24 horas no ponen en libertad a los prisioneros, en el lado americano con sus armas y demás pertrechos, y si no hacen los honores debidos a la bandera de los Estados Unidos en los cuarteles de Ciudad Juárez, consideraremos que México ha declarado la guerra a los Estados Unidos."

Este telegrama lo intercepté como todos los del servicio diplomático, y lo mandé traducir en un departamento de claves, en donde teníamos todas las claves de todos las Embajadas, y rápidamente fui a informar al señor Presidente, al Palacio Nacional, y ordené al Cable que no se entregara dicho mensaje hasta que yo lo ordenara.

El señor Presidente Carranza llamó a una conferencia telefónica al Gral. Jacinto B. Treviño, y le dio las siguientes instrucciones:

"Rápidamente fórmese un tren que contenga a los soldados americanos que se hallan prisioneros en Carrizal; póngalos en el puente internacional, en la línea divisoria, para que se vayan a los Estados Unidos, procurando que lleven sus armas y todo su equipo que llevaban cuando fueron hechos prisioneros."

El Gral. Treviño contestó:

"Las armas largas se las podemos reponer, pero las pistolas, los zapatos y las guerreras, no, pues nuestros soldados se las repartieron y no sé dónde las podremos encontrar."

El señor Carranza contestó:

"Como están, mándelos a Ciudad Juárez y póngalos en libertad y no dé ninguna explicación."

Entretanto, me dirigí a la Secretaría de Relaciones y le dije a Amador Garza Pérez:

Si viene alguien a preguntar por usted, de la Embajada de los Estados Unidos, deje dicho que se encuentra usted muy enfermo, y que por eso no ha venido a la Secretaría; por ejemplo, deje usted dicho que está enfermo de apendicitis.

Yo no estoy enfermo, me dijo.

Pues tiene usted que enfermarse; porque yo necesito que el Encargado de Negocios, Rollers, no encuentre a ningún Jefe en la Secretaría, así pues, dígale a la servidumbre que le respondan que usted está enfermo de apendicitis.

Aquel señor se rió a pesar de su seriedad.

Si preguntan por mí, déjeles dicho que yo me fui a Cuernavaca de cacería; avísele lo mismo al Oficial Mayor.

Efectivamente, tan luego como salí de la Secretaria, rápidamente me fui a mi casa de la calle Lisboa y allí me encerré; y a los ayudantes del protocolo también les dije que si preguntaban por mí, dijeran que me había ido a Cuernavaca de cacería, hasta donde me fue a seguir Rollers, naturalmente sin encontrarme. Los jefes nos escondimos durante dos días.

El Encargado Americano de Negocios, días después, recibía las órdenes de su Gobierno (las que nosotros habíamos interceptado), pero como el señor Garza Pérez estaba grave de apendicitis, el Oficial Mayor se encontraba en Toluca, y yo andaba de cacería por Cuernavaca, no pudo entregar dichas órdenes.

Yo "regresé" a México, cuando ya se había puesto en libertad a los soldados americanos; y hasta entonces pudo presentarme Rollers el ultimátum de su gobierno, por lo cual le dije que ya esa nota no tenía caso, pues el gobierno mexicano, sin ninguna presión, había puesto libres a los soldados norteamericanos; así es que yo no podía recibirle el citado ultimátum, por no tener ya objeto. Entonces sugirió el señor Rollers a los Estados Unidos que se nombrara una Comisión Mixta, y el señor Poof contestó: "Que se nombre dicha Comisión en México y que el gobierno nombre a Luis Cabrera, Ignacio Bonillas y a Pani".

Fracasadas las conferencias de Atlantic City, ante la insistencia de Estados Unidos, de que no sólo se tratara de la retirada de las tropas de Pershing, sino asuntos distintos, y ante la tenaz resistencia del señor Carranza, las relaciones volvieron a ser tensas, y temimos que la guerra fuera inevitable entre Estados Unidos y México.

Una tarde en que el Ministro del Japón nos ofrecía un té a mi esposa y a mí en la Legación, le manifesté que Japón constantemente se manifestaba muy amigo de México, pero que México nunca había recibido una prueba de verdadera amistad y de colaboración de parte del Japón. Que México le había dado pruebas al Japón de su amistad, ofreciéndole toda la chatarra que tenía, en venta, y vendiéndole toda clase de materiales estratégicos. Que México necesitaba que Japón le diera las mismas pruebas de amistad hacia México, ya que eran dos países que estaban unidos por el destino y por los intereses.

El Encargado de Negocios me expresó su sorpresa al escuchar mis reconvenciones; y me dijo que Japón siempre había sido amigo de México, pero que le dijera qué pruebas quería México del Japón para demostrarle su amistad, y sobre todo, en qué podría servirnos.

Le dije: "México necesita que el Ministro de Relaciones de Tokio diga a su Embajador en Washington que el gobierno japonés vería con agrado que las dificultades entre México y los Estados Unidos desaparecieran, motivadas por la presencia de tropas de los Estados Unidos en territorio mexicano. Que la salida de las fuerzas norteamericanas de México, aliviaría la situación tirante que había entre los dos países, hecho que daría motivo de satisfacción al Japón.

El Encargado de Negocios me manifestó que el asunto era tan delicado, que creía que su gobierno no podía aceptar desempeñar el servicio que se le pedía, pero que él, en prueba de amistad personal que tenía conmigo, le iba a comunicar a su gobierno lo que yo le pedía.

Dos semanas después, el Encargado de Negocios del Japón me comunicó que su Gobierno lamentaba mucho no poder complacer a México, porque este hecho sería motivo de dificultades entre los Estados Unidos y Japón. Que en cualquiera otra cosa nos podría servir, menos en lo que se le proponía.

En esos días, había dos barcos que iban a salir para el Japón; y le dije que, en vista de que México conceptuaba no tener ninguna obligación con el Japón, ya que éste no le podía ayudar en lo que le pedía, daríamos órdenes para que si estaban cargando en Manzanillo, descargaran inmediatamente todo lo que habían cargado. Así se hizo.

Días después, el Encargado de Negocios se presentó a la Secretaría de Relaciones, a comunicarme que acababa de recibir un cable de su Gobierno en el que decía que, para demostrarle a México que era su amigo y que estaba dispuesto a servirlo, ya indicaba a su Embajador se comunicara con el Departamento de Estado de los Estados Unidos, lo que yo había pedido.

Inmediatamente, mandé un enviado a Washington, con indicaciones secretas para nuestro Embajador Arredondo, a fin de que en forma hábil y discreta, a través de algunos de los Embajadores o Ministros amigos, hicieran saber al Departamento de Estado que Japón y México habían firmado un Tratado secreto de alianza ofensiva y defensiva. En México, la esposa de cierto ministro diplomático, cuyo nombre me callo por discreción, le prestó a nuestro país inmejorables servicios. En varias ocasiones le di instrucciones para que comunicara al servicio secreto que tenía su Legación dentro de la Secretaría de Relaciones, dijera que México y Japón habían celebrado una alianza secreta ofensiva y defensiva. Este rumor se hizo circular en todas las Legaciones de los aliados, y llegó a tomar tal apariencia de veracidad, que el Encargado de Negocios Americano pidió a la dama que había "descubierto" la alianza entre Japón y México, revelara los artículos más importantes de dicha alianza,

porque su gobierno los pedía con suma urgencia.

Redactamos entonces en la Secretaría varios artículos de la supuesta alianza, los cuales le fueron entregados a la esposa de un embajador de los países aliados; y a la vez, ésta los puso en manos del Encargado de Negocios.

Cuando el Embajador japonés en Washington se presentó días después para expresar lo grato que sería para su país un mutuo acuerdo entre México y los Estados Unidos, el Gobierno americano estaba convencido de que había dado resultado la alianza de México y Japón. Al presentarse el Embajador japonés ante el Secretario de Estado, Mr. Lansing, éste expresó no sólo su sorpresa sino su disgusto ante el Embajador del Japón, diciéndole que ninguna nación debería inmiscuirse en los asuntos de otros, porque la Doctrina Monroe había sido aceptada por todos los países de América.

El hecho es que cuatro o cinco días después, se pidió oficialmente a las autoridades mexicanas que se facilitara el ferrocarril de Casas Grandes a Ciudad Juárez, para que salieran por este lugar las tropas americanas. El gobierno del señor Carranza contestó que las tropas americanas deberían salir por donde habían entrado, y que no se facilitarían los ferrocarriles para dicho movimiento.

Pocos días después salieron las tropas para los Estados Unidos."

Habla el Lic. Isidro Fabela:

Estábamos en la casa del Gobernador de Sonora, señor Maytorena, y como de costumbre, comíamos presidiendo siempre el Primer Jefe, señor Carranza, el señor Gobernador, el Secretario General de Gobierno Sánchez Azcona, yo, los ayudantes del señor Carranza y los invitados que casi siempre tenía el señor Maytorena.

Uno de tantos días, de improviso, el señor Carranza mirándome a la cara con el rostro imponente, dirigiéndose directamente a mí, me dijo:

Lic. Fabela, ¿es cierto que usted se dirigió al Congreso Americano pidiéndole ayuda militar para la Revolución Mexicana?

En un principio me quedé de tal manera estupefacto, que no le pude contestar; pero reponiéndome rápidamente le contesté, fijando los ojos en uno de los comensales a quien yo consideré desde el primer momento como autor de la intriga. Todos los comensales se habían quedado viéndome, esperando con ansiedad mi respuesta. Entonces, con toda calma, pero al mismo tiempo, con energía, le dije:

Señor Carranza, quien le haya contado a usted semejante mentira, es un calumniador.

La persona a quien yo veía insistentemente, bajó los ojos, comprendiendo yo inmediatamente que él era el autor de la calumnia. Agregué entonces:

Es cierto que me dirigí al Congreso de los Estados Unidos, estando en Piedras Negras, enviándole una nota como Diputado mexicano al Congreso Federal; diciéndole, que la forma en que el Gobierno Americano estaba tratando a los Constitucionalistas presididos por usted, era perfectamente injusta, porque habiendo decretado el embargo de armas para los dos bandos, sin embargo Huerta había recibido pertrechos de guerra, y los Constitucionalistas tenían que importarlos de contrabando.

Después de ese incidente analicé, jurídicamente, la situación legal del gobierno de Huerta, diciendo al Congreso Americano que era un gobierno espurio, amigo de la traición y el crimen; y que en cambio, el Gobierno del señor Carranza estaba presidido por el Gobernador Constitucional de Coahuila, que interpretando el espíritu de la Constitución Mexicana, había levantado la bandera de la legalidad en contra del gobierno usurpador de Victoriano Huerta.

Agregué inmediatamente dirigiéndome a todos los presentes: Yo tengo a la disposición de usted, señor Carranza, y de todos ustedes, la nota que envié al Congreso Americano, para que usted, señor, y nuestros amigos, todos juzguen de mi conducta.

Creo yo que, desde ese día, Don Venustiano, por la forma en que me siguió tratando, adquirió más confianza en mí.

Sigue hablando el señor Gral. Cándido Aguilar.

Incidente con el Embajador Fletcher

"Una tarde me habló por teléfono Fletcher, y me dijo:

General, tengo asuntos sumamente graves que tratar con usted; le ruego se sirva decirme si puede pasar a verme inmediatamente. Le contesté que yo lo esperaba a la hora que él deseara, en mi despacho.

En la forma en que me habló, por el tono de su voz, comprendí que el asunto era grave, y entonces le ordené a mi Secretario Particular, José Torres, que pusiera dos taquígrafos apostados detrás de la puerta que daba a los sanitarios de la Secretaría de Relaciones, porque en esa época no había aparatos para captar lo que se hablaba.

Llegó el Embajador, y lo senté lo más cerca de la puerta donde estaban los dos empleados, quienes tenían instrucciones de tomar taquigráficamente nuestra conversación.

Ya instalado en dicha forma, el Embajador, me dijo lo siguiente:

Señor General, es muy grave el asunto que vengo a tratar con usted.

Diga usted, señor Embajador, le contesté.

Mi Gobierno -continuó Fletcher- está cansado de pedirle al Gobierno de México las reformas de los artículos 127 y 123, del 3o. y del 30, y otros más de su Constitución, los que ha considerado perjudiciales a nuestros intereses e inclusive a los del pueblo mexicano; y vengo por última vez, a decirle que mi Gobierno no ha quedado satisfecho de las contestaciones que usted ha dado a las notas que le he presentado; y a comunicarle que, si no me hace el ofrecimiento inmediato de satisfacer los justos deseos de mi Gobierno, me entregue usted mis pasaportes para retirarme de este país. Usted sabe cuáles son las consecuencias de este acto.

Sorprendido por la urgencia del Embajador, le contesté en la forma más enérgica:

Señor Embajador: Si no fuera yo Ministro de Relaciones; si no tuviera la responsabilidad de la política interior y exterior de mi país, créame usted que, como mexicano, lo sacaría a bofetadas y a patadas de este lugar, porque ésta no es la forma de tratar a un país, validos del poder que tienen y de la debilidad de nuestras naciones.

Lo que usted me viene a pedir, agregué ya con menor violencia, es algo que jamás le podría conceder el Gobierno de México; por lo que yo le pido en nombre de la República de México, que los Estados Unidos retiren las tropas que tienen en Nicaragua, Haití y Santo Domingo. Además, yo no podría contestarle su petición, porque este asunto es de la competencia del señor Presidente de la República; y debe su país presentar por escrito este ultimátum, para que el Gobierno de México conteste a sus peticiones injustas e insolentes. Le pido, pues, señor Fletcher, que me entregue una nota por escrito, para llevársela al acuerdo al Presidente Carranza.

Inmediatamente me contestó Fletcher.

Mi Gobierno no quiere nada con Carranza. Queremos una contestación diplomática de su Ministro de Relaciones; pero no queremos nada con Carranza.

Señor Embajador -le dije-, o se porta usted con más decencia, o me veré obligado a sacarlo por la fuerza de esta Secretaría, porque no permitiré que nadie en mi presencia insulte al Jefe de nuestro país.

Pero es que el señor Carranza siempre contestó con una negativa a todas nuestras peticiones.

Yo le vuelvo a pedir a usted, señor Embajador, que me entregue por escrito el ultimátum que me indica, para contestárselo.

¡Quiero que de palabra me diga usted que se reformará la Constitución, como ya le he pedido, y si no, entregarme los pasaportes para salir de este país!

Voy a comunicarle al señor Presidente de la República los deseos de usted por teléfono.

¡Ya le he dicho a usted que no queremos nada con Carranza! Usted tiene que contestarme si se reforma la Constitución, sí o no. ¡O la paz o la guerra! Usted decide.

Al ver la firme resolución del Embajador, no me quedó otro camino que decirle:

Señor Embajador; no voy a contestarle como Secretario de Relaciones, porque para ello no tengo ninguna facultad. Le voy a contestar como mexicano: ¡La Constitución de México no se reforma! Preferimos que nos aniquilen. Y que ésta sea la última vez que se metan con los asuntos de México. En nombre de México acepto la guerra, pero no la reforma de la Constitución. Acto continuo me contestó Fletcher:

Pero, Gral. ¿Pero, es posible que dos diplomáticos hablen de guerra, cuando hay formas de arreglar los asuntos amistosamente? Usted podrá ayudarme a resolver todos los problemas que tengamos pendientes.

Yo le ayudaré dentro del respeto mutuo, pero no estoy dispuesto a aceptar lo que usted pretende.

Usted y yo somos amigos, y esperamos que entre los dos, resolvamos los problemas que tengamos pendientes.

Después de la ayuda que el Japón nos prestó manifestando al Departamento de Estado de los Estados Unidos que vería con agrado que salieran las tropas norteamericanas de México, nuestro Gobierno compró al Japón un fábrica completa para hacer cartuchos. Al tener conocimiento Estados Unidos de que se había embarcado en Yokohama este material para México, ordenó que en el Pacífico fuera capturado el barco y recogida la maquinaria que venía consignada para México.

Como el Japón tenía un servicio de espionaje notable, se enteró la Legación de las órdenes que había dado Washington, y el Ministro japonés inmediatamente nos las comunicó. Habíamos comprado esa maquinaria con grandes sacrificios, porque el Gobierno estaba muy pobre, pues de haberse capturado esa maquinaria, durante muchos años no hubiéramos podido comprar otra. Entonces, pedí al Ministro del Japón ordenara que dos destróyers japoneses, de los que tenían en el Pacífico, escoltaran el barco hasta tierras mexicanas. El Gobierno de Tokio inmediatamente ordenó que dos destróyers escoltaran al barco hasta que desembarcaran la maquinaria en Manzanillo. Así es que, cuando se presentó la flota de Estados Unidos a querer capturar el barco, se encontró con que a los lados de éste venían dos barcos de guerra japoneses, por lo que nadie se atrevió a intentar capturar el barco mercante. Este es un motivo más de gratitud para el pueblo japonés.

Siendo yo Senador de la República, en el Gobierno del Gral. Lázaro Cárdenas, se presentó una nota al Senado, pidiendo que se ampliara la vigencia de los Tratados de Bucareli cuatro años más, porque meses después terminaría su vigencia. El líder de la Cámara en esa época, era Ernesto Soto Reyes, y yo como segundo de él. Ni el Senado, ni el Gral. Cárdenas dieron importancia a la petición de los Estados Unidos, ni tampoco los Secretarios dieron lectura a los Tratados de Bucareli. La Presidencia del Senado turnó a la Primera Comisión de Relaciones Exteriores, la petición del Presidente de la República para que se ampliara la vigencia de los mencionados Tratados.

Nunca pensé que el destino me deparara la satisfacción de ser yo quien liquidara los famosos Tratados; pues el expediente pasó a mis manos, y el Senador Domínguez, Senador por Chiapas, y yo, firmamos un dictamen en contra del Senador Ezequiel Padilla, que ya desde entonces manifestaba su espíritu entreguista, quien no estuvo conforme e hizo un voto particular.

Se presentó en sesión secreta aquel dictamen, de la mayoría que yo presidía, negándole al Gobierno del Gral. Cárdenas autorización para prorrogar dichos Tratados, y dando por terminada la vigencia de los mismos, ya que meses después se cumplía el término que debían tener. En sesión secreta, se provocó entre el Lic. Padilla y yo una agria discusión, por lo que hubo una sesión tormentosa. Después de varias horas de debate, convencí a los señores Senadores, que todos deberían votar a favor del dictamen que yo presentaba; pues de lo contrario serían cómplices de traición a la patria al prolongar esos Tratados en menoscabo de la soberanía nacional. Por una enorme mayoría de votos, se aprobó el dictamen de la Comisión que yo presidía, y ese día se enterraron los Tratados de Bucareli."

Fuente: Mis Memorias De La Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.296-315.

 
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