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MADERO Y GUERRERO: VÍCTIMAS DE ALTA TRAICIÓN

 

Víctimas de alta traición al General Vicente Guerrero y a Francisco I. Madero los une, a muchos años de distancia, la fatalidad  de haber sido asesinados en la flor de la vida en el mismo mes de febrero, y al mismo tiempo ser elevados a ejemplo de conducta patriótica y voluntad tenaz, por la historiografía nacional.

La actividad militar de Guerrero y la política de Madero, ejecutados cada uno en condiciones particulares - el suriano el 14 de febrero de 1831 y el norteño el mismo mes pero el día 22 de 1913-, los llevó al sacrificio en momentos en que guardadas las distancias México como nación definía rumbos cuyas consecuencias nos siguen hasta la fecha.

Dos hombres viles, el genovés Francisco Picaluga y el chacal Victoriano Huerta, serían defenestrados por la historia por haber compartido el nada edificante honor de la traición infame que llevaría a la tumba a Guerrero y Madero, protagonistas de dos momentos históricos fundamentales.

A Guerrero, se entiende, lo persigue el pronunciamiento del vicepresidente Anastasio Bustamante y la sentencia de muerte se cumple en Cuilapam, después de haber sido declarado incapaz para gobernar ( fue presidente del país del  1 de abril al 17 de diciembre de 1829 en un México convulso y revuelto todavía).

Antes debió sufrir martirio, durante toda la ruta que lo trajo a Oaxaca, desde su aprehensión a la mala, en el bergantín Colombo fondeado en Acapulco, donde Picaluga habíase apalabrado con José Antonio Facio, Ministro de Guerra, quien invitó a departir al insurgente. Se hizo famoso el desembarco en Huatulco, en la playa del Entrego como se le denominó entonces; la Entrega para efectos turísticos más recientes.

Condenado a ser pasado por las armas en juicio sumarísimo e ilegal, Guerrero es humillado y caerá, inicuamente sentenciado por sus opositores, la mañana del 14 de febrero, en Cuilápam, lugar donde anualmente se le rinden honores y se recuerda su aportación a las causas nacionales y a la historia de México. Muchos años después, pese a ser solamente quien se prestó a embarcarlo, en contubernio con los ex ministros Lucas Alamán, Rafael Mangino, Facio y José Ignacio Espinosa, Picaluga es declarado traidor y fuera de la ley por el Almirantazgo de Génova, concluyendo sus días con remordimiento en Tierra Santa como monje trapense.

Por motivos que cien años después, aún luchamos por dilucidar, Madero, dice José Emilio Pacheco, puso él mismo su cabeza bajo el hacha del verdugo Huerta, en una mezcla de abnegación, fatalismo o voluntad de martirio, en su intento de reducir la violencia que desencadenó una tempestad de sangre y fuego que se prolongaría 30 años, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días.

Muy sangriento y doloroso, a pesar de haber durado del 9 al 18 de febrero de 1913 el periodo conocido como la Decena Trágica, es este trozo de la historia de México donde se cometen actos de villanía contra los revolucionarios que habían arribado al poder con el llamado Apóstol de la Democracia.

Este episodio de contrarrevolución, sujeto al análisis permanente, hará aparecer muchas veces a Madero como un idealista ingenuo, quien al inicio de su lucha quiso encabezar una revolución pacífica con su libro La Sucesión Presidencial. Muy pronto, sin embargo, la oposición de Díaz a dejar el poder y su decisión de encarcelarlo, lo orilla a convocar a las armas y posterior a las nuevas elecciones, un año después del sempiterno fraude, a asumir la presidencia en medio de un país dividido, confrontado y con el olor penetrante a metralla.

Entregado el mando del Ejército a un traidor, a pesar de que su propio hermano, Gustavo se opuso denodadamente, al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez les sería aplicada la "ley fuga" el día 22 como consecuencia del levantamiento de los generales porfiristas Félix Díaz, Aureliano Blanquet, Victoriano Huerta y Bernardo Reyes, que encabezaron el cuartelazo.

Para la posteridad del análisis, como ejemplo de los regímenes posteriores (nacionales y estatales), quedan las advertencias de los fieles a Madero, de que expulsara a los porfiristas de la administración entrante. Éste generoso, presumía gobernar para todos, es decir, para los revolucionarios y los contras, y acabó siendo víctima de estas dos fuerzas encontradas e irreconciliables: un movimiento revolucionario que lo rebasó y un contrarrevolucionario que lo sepultó.

A pesar de que un siglo después, Francisco I. Madero es visto por muchos como un triunfador, pues con su lucha acabó con una dictadura y con la nociva reelección, no sabemos cómo sería el país si en esos días de febrero el recordado presidente no hubiera cometido los errores que marcarían para siempre el sino posterior de la patria. ¿Experiencia para los tiempos actuales?

Fuente: Articulo autoría de Ernesto Reyes. old.nvinoticias.com. Sáb, 02/16/2013.

 
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