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LA AGONÍA DE UN IMPERIO

 

El año de 1867 marcó un hito en la historia nacional. En ese año la situación para los invasores franceses fue adversa: el alto costo de la guerra y las presiones diplomáticas de Estados Unidos hacia Francia ocasionaron el retiro del ejército invasor en febrero y marzo. Al partir el ejército expedicionario, el Imperio de Maximiliano apenas dominaba las ciudades de México, Veracruz, Morelia, Puebla y Querétaro; el resto del país se encontraba bajo el poder de los republicanos.

El 14 de enero de 1867 se llevó a cabo en Orizaba una junta de 35 notables para decidir la suerte de Maximiliano. Uno de los participantes en aquella reunión, Luis Robles Pezuela, a la sazón comisario imperial de Guanajuato, expresó su sentir: “En presencia de este estado de cosas —dijo—, no creo que el Imperio se pueda sostener”. Estas palabras fueron el presagio de los meses siguientes. Veintiséis de esos notables votaron a favor de que Maximiliano continuase al frente del Imperio y gobernara México; en cambio, siete votaron a favor de la abdicación, entre ellos se encontraba Robles Pezuela. Sólo dos reservaron su voto.

El avance del ejército republicano de Mariano Escobedo hacia el sur ocasionó que el general conservador Miguel Miramón evacuara la ciudad de Zacatecas. Ambas fuerzas se enfrentaron el 1 de febrero en las cercanías de la hacienda de San Jacinto, en donde Miramón fue derrotado. El 13 de febrero Maximiliano salió de la Ciudad de México hacia Querétaro con la intención de comandar él mismo sus fuerzas armadas y defender el agonizante Imperio. Lo acompañaron su secretario, José Luis Blasio, su médico Samuel Basch y el general conservador Leonardo Márquez. En el trayecto se le sumaron Santiago Vidaurri y el príncipe Félix de Salm Salm. Finalmente, el 19 de febrero entró en la capital queretana, en donde lo esperaban Miguel Miramón y Tomás Mejía.

La ubicación de la ciudad de Querétaro, en el centro del país, le permite ser un eje principal en las comunicaciones a lo largo y ancho de la República. La plaza fue fortificada para su defensa en varios puntos estratégicos como el convento de La Cruz, situado al oriente, donde se instaló el cuartel general. Desde el Cerro de las Campanas, localizado al poniente, los imperiales pretendían dominar las colinas y las llanuras. Al norte fueron parapetadas las tropas a lo largo de la ribera del río Querétaro; lo mismo se hizo al sur, en las haciendas de Casa Blanca, la Alameda y el templo de San Francisquito.

El 21 de febrero Maximiliano nombró a Márquez jefe del Estado Mayor, a Miramón le encargó la infantería, la caballería la encomendó a Mejía, la reserva a Ramón Méndez, a Manuel Ramírez Arellano lo designó comandante general de artilleros y al príncipe Salm Salm jefe del batallón de cazadores; en total, los defensores sumaban nueve mil hombres.

Por su parte, el Ejército del Norte, a cargo del general Escobedo, llegó por el camino de San Luis Potosí el 4 de marzo para poner sitio a la plaza el día 6. Se sumó a la empresa el general republicano Ramón Corona, quien arribó por el camino de Acámbaro. Estos dos generales contaron con el apoyo de los generales Jerónimo Treviño, Sóstenes Rocha, Vicente Riva Palacio, Francisco Arce y Francisco Naranjo, quienes tenían a 25 mil hombres aproximadamente.

El 14 de marzo los republicanos comenzaron el ataque ganando una importante posición al adueñarse del cerro de San Gregorio. Días más tarde, Márquez fue comisionado por Maximiliano para dirigirse a la Ciudad de México en busca de dinero y refuerzos para la defensa de la ciudad, pero jamás regresó.

El segundo combate tuvo verificativo el 24 de marzo, cuando los republicanos atacaron infructuosamente la hacienda de Casa Blanca. Ante este descalabro, los sitiadores atacaron por tercera vez, ahora sobre el templo de San Sebastián, logrando el desalojo de los imperialistas y obligándolos a replegarse al otro lado del río Querétaro, estrechando más el círculo de hierro sobre la ciudad.

Otra acción se llevaba a cabo por el Ejército de Oriente, bajo el mando del general Porfirio Díaz, mientras mantenía sitiada Puebla, ciudad que permanecía en manos reaccionarias desde mayo de 1863. Ante la insistencia del ministro de Guerra, Ignacio Mejía, de abandonar el sitio, Díaz ordenó a Juan N. Méndez ponerse bajo las órdenes de Escobedo y envió a Francisco Leyva y a su división perseguir a Leonardo Márquez, quien se encontraba en la Ciudad de México.

Por su parte, Márquez salió el 30 de marzo al mando de 3 840 hombres y 17 piezas de artillería. Todo indicaba que se dirigía a Querétaro al rescate de Maximiliano, pero en la noche del 1 de abril cambió de rumbo hacia San Juan Teotihuacán y de ahí marchó hacia Puebla. Al enterarse de este movimiento, Díaz apresuró el ataque apoderándose de la ciudad de Puebla a las seis de la mañana del 2 de abril, con lo que el triunfo definitivo de las fuerzas republicanas estaba a unos pasos. Dos días más tarde tomó los fuertes de Loreto y Guadalupe, últimos reductos de la guarnición imperial. Márquez fue perseguido por las fuerzas de Amado Antonio Guadarrama y Leyva.

Pero volvamos a Querétaro. El día 27 de abril tuvo lugar un cuarto combate en la falda del cerro del Cimatario. Tras una cruenta lucha la victoria fue alcanzada por los republicanos, marcando con ello el fin de los imperialistas.

La estrategia militar de Escobedo por cercar, atacar e impedir la salida de los sitiados hostilizó al enemigo a manera de que gastara sus fuerzas. Ante la falta de municiones, víveres, dinero y refuerzos, la resistencia de los imperiales disminuyó considerablemente y, en vista de que el auxilio que ellos creían vendría del exterior no llegaría, los sitiados determinaron romper el cerco. Acto seguido, Maximiliano comisionó al coronel Miguel López para que negociara con Escobedo. El acuerdo a que llegó López fue la entrega del convento de La Cruz a cambio del respeto a la vida del emperador.

A las tres de la mañana del 15 de mayo, las armas nacionales tomaron el punto conocido como La Cruz en la ciudad de Querétaro. Después de haber hecho prisionera a la guarnición de la plaza, las tropas republicanas batieron, mediante artillería, a las fuerzas imperiales que se replegaron al Cerro de las Campanas. A las ocho de la mañana se rindió el emperador Maximiliano con sus generales Miramón y Mejía.

En el cuartel general en La Purísima, frente a Querétaro, Mariano Escobedo pronunció esta proclama a los soldados:

“A vuestro valor, constancia y sufrimiento debe la República uno de sus triunfos, el mayor que se ha obtenido en la larga lucha que la nación ha sostenido contra los invasores y sus cómplices. La ciudad de Querétaro, el más fuerte baluarte del Imperio, después de una heroica resistencia de dos meses, digna de mejor causa, ha sucumbido… Faltaría a mis deberes de soldado, traicionaría mi conciencia de hombre libre, de mexicano leal, si callara vuestros heroicos hechos y vuestros más heroicos sacrificios...”

Terminaban así, aquel 15 de mayo de 1867, setenta y dos días de heroico ataque desde el comienzo del sitio. El emperador, sus generales, oficiales y soldados fueron hechos prisioneros. El 27 de mayo abdicó Maximiliano, y junto a Miramón y Mejía se le siguió proceso del 13 al 15 de junio en el teatro Iturbide de Querétaro, en donde se les sentenció a pena de muerte. El 19 de junio fueron fusilados en el Cerro de las Campanas.

Dos días más tarde, la capital de la República fue entregada a las fuerzas liberales comandadas por el general Porfirio Díaz. El presidente Benito Juárez hizo su entrada triunfal el 15 de julio, atravesando las calles de la Ciudad de México entre las aclamaciones del pueblo ahí reunido.

Desde el balcón de Palacio Nacional pasó revista a las tropas republicanas vencedoras. Concluía un episodio aleccionador para el pueblo mexicano e iniciaba otro, también difícil y complicado pero esperanzador. Juárez emitió entonces un manifiesto en donde sostuvo:

“Hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear, viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad”.

La derrota de Maximiliano y su fusilamiento en el Cerro de las Campanas tuvieron un importante significado en el siglo XIX, y aún lo tiene en nuestros días porque concluyó el ciclo iniciado en 1810 por el Padre de la Patria. En aquel entonces, Hidalgo dirigió una carta al intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño, en donde precisó el objetivo del movimiento insurgente: “Yo, a la cabeza de este número, y siguiendo su voluntad, deseamos ser independientes de España y gobernarnos por nosotros mismos”. Ésa es la lección más importante que nos legaron Hidalgo y Juárez.

Fuente: Articulo autoría de Roberto Espinosa de los Monteros Hernández. Investigador del INEHRM.

 
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