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LOS REVOLUCIONARIOS

 

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela.  

LA PASIÓN DE escribir y leer que siempre dominó mi espíritu, fue, en aquellos días de ensoñación patriótica, consuelo, necesidad y deleite.

En recuerdo de aquellas veladas inolvidables dediqué "A mis Amigos de Piedras Negras" las cuartillas que leerán más adelante y que pintan a grandes rasgos el cuadro de la "Casa de las Palomas", denominada así porque los habitantes de ese albergue eran mansas torcaces en comparación con los huéspedes de otra casona, que por ser intransigentes, demasiadamente radicales y a veces feroces, se les llamaba la "Casa de los Leones".

Entre tales "leones" figuraban dos idealistas de muy distintos y distantes caracteres: uno, Francisco J. Múgica; otro, el Ing. Manuel Urquidi.

Múgica era el eterno rebelde, orador, escritor, soldado; varón a quien no asustaban los mayores extremos políticos, inteligente y paradigma de honradez.

Urquidi, mi queridísimo condiscípulo en la Escuela Nacional Preparatoria, hermano de Juan y de Francisco, a quienes me he referido antes, había gozado de la confianza plena del señor Madero que lo nombró Subsecretario de Comunicaciones, cuando era Ministro titular del ramo Don Manuel Bonillas, a quien tanto vapuleó Multicolor con los vejatorios e injustísimos ataques de Mario Vitoria y las caricaturas del prodigioso artista Ernesto García Cabral.

Manuel, uno de los elementos que honraron a la Revolución por la pureza de su conducta, dejó Piedras Negras poco antes de mi llegada a ese puerto fronterizo, para marchar a Matamoros donde fue gran amigo y consejero del Gral. Lucio Blanco, especie de gascón que irradiaba tal imán hacia sus soldados que lo seguían con denuedo hasta la muerte.

A mis amigos de Piedras Negras

Todos pensamos en la Patria; todos llevamos aquí dentro un ideal de redención. ¡Todos convivimos con el alma del pueblo! Todos solemnemente hemos empeñado, ante la historia nacional, nuestra palabra de honor de no tornar a nuestros lares sino cuando la República haya reconquistado la pureza de sus Instituciones.

¡Todos somos hermanos en el amor a la libertad! ¡Convivimos en un anhelo perpetuo de mejoramientos sociales y llevamos prendido en el alma un ideal de justicia!

Por eso nos sentimos fuertes, porque nos sabemos honrados. Por eso vamos caminando hacia adelante con la frente limpia y serena, frente que podrán besar nuestros hijos sin mancharse. ¡Por eso nos alienta la esperanza de la victoria y del retorno!

¡Por eso acallamos con nuestros amores patrios el recóndito dolor de añoranzas y nostalgias, que palpita a todas horas en el ensueño redentor de nuestro corazón!

¡Porque todos guardamos un hondo secreto a cuestas que no debemos revelar, porque si lo contáramos lo contaríamos con lágrimas!

Hay un drama en cada corazón de un expatriado, drama que todos comprenden y que todos respetan.

Por eso nos queremos, porque el dolor hace hermanos a los hombres. Cuando nuestras bocas enmudecen y el espíritu épico del patriota ha vaciado sus entusiasmos, sus corajes y sus gritos libertarios en las asambleas revolucionarias que se improvisan todos los días, entonces el desterrado se acoge al mundo piadoso de sus intimidades, y a solas, muy paso a paso, como soñando, vive en el pasado al calor del hogar, bajo el sol del terruño donde le quieren tanto, donde le lloran todos los días.

León (1) cuando salió de casa, pudo todavía besar las canas de su santa madre. Cuando vuelva ya no podrá besarlas, porque la anciana venerable, símbolo de respeto y de unión en la familia, se fue para siempre, balbuciendo en sus postreros instantes dos palabras sublimes que no encontraron eco: ¡Hijo mío!

¡El buen amigo León podrá ver a la Patria libre y dichosa, pero a la madre que le dio la vida ya nunca la verá! ¡Yo respeto su mutismo porque sé que cada palabra que no dice es una lágrima que llora!

¡No quiero recibir cartas de los míos, dice Alfredo, (2) porque cada nueva que venga ha de traerme una desgracia que yo no podré remediar!

En efecto, su hermano, el sostén de la familia, el que llevara pan al hogar y aliento a las almas, fue preso y deportado a Quintana Roo, la tierra donde van los malvados a morir de fiebre, bajo la inclemencia de un sol infernal. ¡Nerón lo quiso! El hermano de Alfredo es un gran criminal. ¡Es hermano de Alfredo!

Por eso en la mirada penetrante del viril y fraternal amigo advino el miraje de un acto enérgico de suprema justicia.

La otra tarde estudiábamos Ramón (3) y yo calladamente, cuando vino furtiva y ligera una niña rubia, un ángel divino, que levantando sus manecitas de seda y rosa regaló a mi amigo con una mirada pura como la Pureza. Ramón la levantó, la acarició, la besó con amorosísima ternura. ¿Recuerdas, noble amigo?

Porque tú también tienes tus ángeles, carne de tu carne, alma de tu alma, que no acaricias y no arrullas por estar muy lejos de sus inocentes encantos.

De la mañana a la noche un espíritu de honor y sinceridad nos mueve a pena: es Carlos, (4) un patriarca, un kuáquero, que ha llevado su alma al martirio para salvar su dignidad política.

¡El amor a la Patria lo trajo y el amor al hogar lo mata!

De madrugada, antes que la turba revolucionaria dé vida a la casa polvorienta que ya nunca olvidaremos (¿verdad amigos míos?), Carlos despierta a pensar, a recordar, a sufrir.

Sólo Dios y él saben el mundo de remembranzas que acarician, consuelan o atormentan su cansado cerebro...; pero nadie duda que está con el cuerpo aquí y con el alma allá, muy lejos, en el hogar, en la casa donde un puñado de chiquillos, con la risa inconsciente de la inocencia o el presentimiento asombroso de la niñez, rodean a la pobre madre inconsolada y fuerte con la constante pregunta que lacera sus entrañas: "¿Dónde está papá? ¿Cuándo vendrá?".

Cuando Carlos no piensa, escribe!; ¡cuando no escribe relata con hondo pesar sus infortunios!

¡Carlos está enfermo! ¡Tenía que ser! ¡El dice que padece no sé qué mal físico, mentira! ¡Yo sé muy bien que está enfermo del alma... nada más!

¡Cuando sane la Patria y torne él al hogar inolvidable donde está su vida entera, entonces sanará, antes no!

¿Quién es ese soldado de faz arábiga, naturaleza potente que a a todas horas medita y casi nunca habla, que es muy bueno y es muy bravo?

Todos le conocen, por eso todos le admiran.

Escritor, orador y soldado, hace diez años que lucha contra la tiranía. ¡Él verá libre a su Patria o la Patria lo llorará muerto en el bajo relieve trágico del campo de batalla!

Cuando supo Antonio (5) del martirio del Apóstol y del sacrificio de la Patria, vino desde Europa a pelear con su espada por la soberanía del pueblo y por los fueros de nuestra Historia.

En la ciudad imperial, caminando juntos por aquella urbe aplastante que molestaba con su ruido infernal la nostalgia inmensa de nuestras almas, Antonio me contó sus cuitas.

En la inmortal Revolución de 1910, cuando entró triunfante con sus adalides insurgentes a la plaza rendida, una representación invencible de la belleza y de la piedad fue a implorar del vencedor perdón para los vencidos.

De entre aquellas damas que derrotaron al joven guerrero, una, plena de encantos (mitad andaluza, por eso era graciosa, mitad mexicana, por eso era buena), le cautivó con su graciosa sonrisa y para siempre.

Terminada la lucha, ella marchó a España y él se fue a seguirla y a adorarla. Después casó con ella.

Aquel idilio, nacido en una epopeya y continuado en un ensueño romántico, es ahora una elegía.

Ella quedó sola y él está en la guerra. La última vez que le abracé fue en el campo de batalla.

Ya no es el hombre que ama, sino el patriota que lucha y redime.

Por eso, de noche, bajo la luna, cuando rememora las ternezas de su esposa ausente y mira y acaricia al hijo suyo que nacerá mañana, se reconcentra en la Patria, se identifica con ella, y conteniendo los latidos de su corazón sueña en un pueblo libre, avanzado, dichoso.

Diego es dueño y señor de una mujer símbolo del talento, de la belleza y de la gracia.

¡La amante está sola, está triste y está celosa... celos de la Patria!...

En una carta que "sería divina si no fuera tan humana", le dice: "Tú, de triunfo en triunfo, vives contento y tranquilo, resignado a no saber de mí, a no verme en no sé cuánto tiempo. ¿Celos de la Patria? ¡Qué absurdo! ¿Verdad? Eso no, yo también la amo mucho. ¡Pero más te quiero a ti!

Siento profundamente, íntimamente, que no soy yo quien te preocupa y absorbe, que no es mi amor como antaño lo que llena tu alma, que por no sé qué evolución de la vida nuestros senderos se apartan! ¡Pues mientras yo busco tus ojos, los tuyos no me miran, porque están fijos en un porvenir radiante que envuelve la enseña tricolor!"

No, no es verdad, me dice Diego: "yo la adoro como antes, como nunca, como siempre; embelleció mi juventud enseñándome el amor de los amores...; pero lo primero es cumplir con la Patria, que es antes que el amor y que la vida, para después, dignamente recibir el premio de sus besos geniales".

Y vosotros, amigos míos, Nicolás, (6) Alfredo, (7) Augusto, (8) decidme: ¿Esas canas prematuras no son el símbolo de una pena escondida que nace del llanto de vuestras esposas, y de las infantiles naderías de vuestros hijos, que ayer alegraban las horas y hoy hacen pesado el sendero y lleno de melancolía el mundo de vuestros recuerdos?

Bernardo,(9) con la majestad sincera de un gran dolor me habló así: "Yo también tengo mi mal, un mal muy hondo que no me deja".

El anciano bendito, que idolatro con respeto y con ternura, me escribe estas palabras, que conservo medrosamente:

"Me siento muy abatido, muy cansado; el aire me falta día a día; si no volvieras pronto, hijo mío, ya no me encontrarás." Por eso, mi mejor santa, mi madre, en un grito de rebelión y de plegaria, me dice:

"Mi amor es muy grande, muy grande para defenderlo; pero la muerte, más fuerte que yo, me va venciendo.

Ven pronto, hijo mío, ven pronto. Quizá tú me lo devolverás; tus palabras lo alientan, y mirando en tus ojos el honor de su vida, se fortalecerá.

Ven pronto, hijo mío, si no yo también me iré con él; tú bien sabes que no tengo más alma ni más vida que la suya."

Pero luego concluye:

"Mas no vengas sin honor; el nombre de tu padre te obliga a ser digno para con la Patria; siendo digno con ella serás bueno con todos y te honrarás a ti mismo.

El corazón de las madres tiene algo de vidente y el mío me asegura que tornarás victorioso, porque con tu causa (que es la nuestra) están la Justicia y el Derecho.

¿Cuándo volverás? ¡Quién sabe! Pero no será tarde si llegas en triunfo, porque contigo habrá triunfado la libertad.

¿Qué más pueden desearte tus viejos padres? ¡Tu felicidad, es decir, la felicidad de la Patria!"

Septiembre, 1913.

Notas: (1) León Ayllaud, Gobernador maderista de Veracruz. (2) Alfredo Alvarez. Intendente del Palacio Nacional en el Gobierno del Presidente Madero. (3) Lic. Ramón Frausto. (4) Carlos Esquerro, Diputado a la XXVI Legislatura. (5) Antonio I. Villarreal. Precursor de la Revolución. Cónsul Gral. de México en Barcelona. Coronel maderista. (6) Nicolás Cámara Vales, Gobernador maderista de Yucatán. (7) Alfredo Cámara Vales, hermano del Gobernador. (8) Augusto Aylland, hijo de León. (9) Lic. Isidro Fabela.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. De Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S.A. México, 1977. pp.137-142.

 
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