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EXISTEN EN LA CIUDAD DE CHIHUAHUA PASADIZOS SUBTERRÁNEOS

 

Una fabulosa telaraña de túneles que cruza el centro de la ciudad de Chihuahua y que tiene ramificaciones hacia el templo de San Francisco, a la Catedral, a la antigua estación de policía y a un sinnúmero de antiguas edificaciones, y que después de un kilométrico tendido llega hasta la mismísima presa Chihuahua, fue destapada en la imaginación de quienes cruzaron la intersección de las calles 15 y Rosales.

¿Qué sucedió? En 2001, los trabajadores que estaban en las obras de adecuación de los desagües que van al Chuvíscar, y que habían excavado varios tramos de subsuelo en las calles aledañas al Monte de Piedad para renovar las tuberías, se encontraron de repente con una construcción subterránea que desató todo tipo de especulaciones.

De inmediato, la imaginación se desbocó, y ya se hablaba de una gigantesca red de chimeneas, de galerías, de cuevas y de cámaras ocultas a la vista de los mortales bajo la carpeta asfáltica.

Don Polo, quien además de ser velador de un estacionamiento en las inmediaciones, se dedica desde hace muchos años a difundir la historia del complejo de túneles, fue uno de los que hicieron que el rumor se esparciera varias manzanas a la redonda.

Y ahí estaba para quien lo quisiera ver: a cuatro metros debajo del nivel de la calle, una construcción de ladrillo industrial formaba un cuarto irregular formado por seis paredes y un contrafuerte, todo cubierto de una capa de un centímetro de concreto con acabado liso de cemento gris. Las paredes eran un hexágono bastante irregular y el piso estaba formado por tabiques cuadrados de barro cocido de veinte centímetros de lado.

Realistas y poco dados a fantasear, algunos de los trabajadores de la excavación lanzaron la fría hipótesis de que se podría tratar, no de un fragmento de la fabulosa red subterránea, sino de algo tan simple y prosaico como un aljibe. “Sí, señor, es un depósito subterráneo de agua”, dijo aquel hombre de casco azul mientras que continuaba echando paladas de tierra, y con ello echó una cubeta de agua fría sobre las mentes calenturientas de todos los que desvariaban.

EN EL PATIO DE LA QUINTA KETELSEN

Consultado al respecto, y una vez que comprobó la ubicación de la construcción, el cronista de la ciudad de Chihuahua, don Rubén Beltrán Acosta, coincidió con el albañil y situó incluso el aljibe dentro del patio de la desaparecida Quinta Ketelsen.

La Quinta Ketelsen, que fue una de las casas más famosas de la primera mitad del siglo XX en Chihuahua e inaugurada el 22 de abril de 1896 como la residencia de don Emilio Ketelsen, fue construida por el ingeniero Enrique Müller junior, y estaba justo en el costado izquierdo del también desaparecido Teatro de los Héroes.

Durante la Revolución, ahí estuvo el Consulado Alemán, y cuando algún súbdito importante de aquella potencia europea visitaba la entidad, aquí se llevaban a cabo las elegantes recepciones. En 1909, Porfirio Díaz estuvo de visita en Chihuahua, y mientras que el presidente de la república se hospedó en la casa de Enrique Creel, su hermano el general Félix Díaz pernoctó (así se dice cuando se trata de personajes importantes) con los Ketelsen.

“Junto al Teatro de los Héroes”, era la referencia de la famosa casa habitación de los Ketelsen, y cuando un incendio destruyó ese importante centro de la cultura y la vida chihuahuense, igual suerte sufrió su vecina, dos años después de la desgracia. El sábado 17 de noviembre de 1956, se inició la demolición de la Quinta Ketelsen.

EL TERROR AGRIDULCE E HISTORIAS DE ESPANTO

Por lo demás, los túneles aparecen recurrentemente en la historia de Chihuahua y sobre ellos se han gastado ríos de tinta y toneladas de papel periódico.

El tema excita las emociones de chicos y adultos y es una conversación que se lleva a cabo durante las noches de verano, en la penumbra de un zaguán con un corrillo de mozalbetes mordiéndose las uñas de puros nervios alrededor de un viejo respetable y canoso.

A cada gesto brusco del narrador, un sobresalto ataca los corazones de la audiencia, y la sangre se va a los talones. Si se lograra ver el color de los rostros en la oscuridad, los chavalos aparecerían pálidos, sus cabellos erizados y sus ojos queriéndose salir de las órbitas.

A pesar del susto que les producen los detalles de jorobados caminando penosamente a lo largo de los pestilentes y opresores túneles con una vela en una mano y con cadenas arrastrándose detrás de ellos, y a pesar de las historias de doncellas raptadas por misteriosos personajes enmascarados que se las llevaban para que ya nunca se volviera a saber de ellas, a pesar de todo, los niños y jóvenes chihuahuenses disfrutan del horror agridulce que puebla sus imaginaciones y que les hace volver la cabeza con sobresalto al paso de cualquier avecilla asustada o a causa del aletear de un murciélago en persecución de polillas.

Los túneles y sus profundidades desconocidas volvieron a Chihuahua y de nueva cuenta corrió tinta y se gastó papel, en otra vuelta de este ciclo interminable de nuestras leyendas urbanas.

 
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