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Y SE HIZO LA IMAGEN DE HIDALGO. . .

 

De rostro adusto o sonriente, ¿realmente viejo?, ojos azules o cafés, cabello entrecano o negro; solemne o perspicaz... en realidad, no sabemos bien a bien cómo era Miguel Hidalgo y Costilla. Su imagen se fue haciendo en el tiempo y su representación logró consolidarse, paradójicamente, justo en el momento en que Maximiliano de Habsburgo se encontraba en México como emperador. La historia de su imagen es parte de la construcción de la identidad nacional, es la historia de un héroe en busca de su rostro. Una historia que comenzó después de la Independencia.

El 27 de septiembre de 1821 entraba victorioso a la Ciudad de México, vestido de gala, montado en un caballo garboso, el militar criollo Agustín de Iturbide. Podía decirse que con ese acto, se validaba la consumación de la independencia. La ciudad se encontraba vestida de fiesta: arcos triunfales, algarabía en las calles, balcones adornados, soldados con uniformes de gala, abrazos, aplausos, armonía, conciliación... era un día de felicidad para el México que comenzaba a ser. En la memoria de los mexicanos quedaría como un momento para recordar, un instante de gloria. el júbilo, la paz, la unión parecían instaurar un nuevo tiempo, dejando atrás, en el olvido, el pasado bélico. Iturbide surgía como un héroe circunstancial: cerrando la etapa de conflicto y abriendo para el nuevo país un tiempo de esperanza; en donde brillaba más el futuro esperanzador que los recientes horrores de la guerra, los enfrentamientos y la tristeza. La figura militar de Iturbide centraba las miradas, pero más aún las expectativas de un porvenir espléndido para la nueva nación mexicana, a la que se veía con un gran potencial, por su riqueza y variedad de sus recursos naturales —minerales, frutos, flores, animales— y por la bondad y diversidad de su clima. Gracias al libro de Alexander von Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, publicado originalmente en francés en 1811, se había difundido en Europa la imagen de riqueza de la nueva España y había nacido, por ende, el interés de las naciones europeas y de estados unidos por establecer contacto, por entablar relaciones comerciales y llegar a tiempo al reparto, para invertir sus capitales, porque del nuevo país, México, seguramente se obtendrían buenos negocios.

Más allá del significado del momento mismo de la consumación de la independencia, sería bueno preguntarnos si Agustín de Iturbide, el soldado realista vuelto independentista a última hora, borraría de un plumazo la gesta de 1810, ¿pondría en peligro la existencia del cura Miguel Hidalgo y Costilla?, el iniciador del movimiento insurgente, aquel cura del pueblo de dolores que el 16 de septiembre arengó a sus feligreses antes de la misa para luchar contra el mal gobierno y contra los gachupines, de aquel personaje que cobró fuerza y fama a causa de la revolución que comenzó en la nueva España, y a quien le habían seguido multitudes dispuestas a pelear por lo que él les decía. pero, al mismo tiempo, aquel personaje cuyo rostro sólo una minoría había conocido...

Para entender el momento en que resurgiría Hidalgo, tenemos que recordar que el año de 1821 representó un parteaguas pues, al quedar atrás la guerra, el futuro se vislumbró como un tiempo de reconstrucción de las actividades económicas afectadas por la situación bélica, un tiempo de conciliación política que permitiría trabajar por México, pero también, para nuestros intereses, de construcción de una historia por contar. el país que comenzaba su vida independiente tenía necesidad inmediata de crear paralelamente una identidad que unificara a los mexicanos. por ello, se empezó a edificar un imaginario que se hacía día a día y que se alargó a través de los años por medio de la palabra oral —discursos, loas, sermones—, o a través de la palabra escrita —poemas, novelas, ensayos, historias—, o más aún, por medio de imágenes —grabados, litografías, pinturas, esculturas o figuras de cera— que tuvieran relación con algún personaje, paisaje o monumento en clara relación con la grandeza del pasado y la belleza natural de México, ese nuevo país que tenía necesidad de conocerse a sí mismo.

La historia que se emprendió por entonces manejó dos tiempos: el del inicio de la independencia, 1810, y el de la consumación, 1821, y, como lógica consecuencia, a enarbolar a dos personajes: Hidalgo, el héroe que de cierta manera comenzaba a desdibujarse, en tanto que “el otro”, Agustín de Iturbide estaba muy presente. Sin embargo, la propia actuación de Iturbide —en pugna con el Congreso y contrariado por sus enemigos— le impidió continuar con la efímera gloria que le había acarreado la consumación de la independencia. Sus propias acciones y las de sus oponentes políticos servirían para “desaparecerlo” poco a poco del escenario histórico.

En la década de los años 1820 el campo se hizo propicio para recuperar paulatinamente a Hidalgo. La historia de los héroes empezó a crearse: contando las hazañas de los primeros insurgentes, magnificando las batallas ganadas, los sacrificios realizados, los ideales perseguidos, las penalidades sufridas, las cualidades que los engrandecían, y todo ello con el fin de dar a conocer un pasado inmediato y triunfante sobre el que se cimentaría la historia del país naciente.

Las palabras resultaron vitales en un primer momento. Repetir, una y otra vez, las virtudes, los valores, los ideales, de aquellos hombres que participaron activamente en la lucha contra los gachupines. Exaltar las figuras centrales de la gesta independentista de los primeros años, sirvió para construir paulatinamente la imagen de los héroes, de aquellos hombres que la patria y los mexicanos debían reconocer. por ello en cada ceremonia conmemorativa no faltaron los discursos.

Así, podemos imaginarnos en la alameda de la Ciudad de México el 16 de septiembre de 1822, en un acto conmemorativo, al año de la consumación de la independencia. un orador, al que conocemos únicamente como a. a., imposta la voz, atrae hacia sí la mirada de los que participan en la ceremonia, de los que pasan... Y en unos cuantos momentos a su alrededor está congregado un grupo de mexicanos que escuchan emocionados las palabras del declamador, quien con voz enérgica inicia el discurso laudatorio:

¡Oh timbre de la Nación Americana!

¡Oh libertador insigne! ¡Oh nunca comparado

hidalgo! A ti héroe glorioso, a ti únicamente

a quien esta América Septentrional debe estar

siempre reconocida de la acción heroica de que

con tu propia sangre hayas manifestado las

sendas venturosas de la libertad; por tus

preciosas luces que diste con tu misma vida,

han conocido todos la ceguedad con que antes

vivían y rompiendo las vendas que tenían en

los ojos han despertado en general de aquel

letargo profundo en que antes dormían...

Hay una clara exaltación de la figura de Hidalgo, a él se le tiene que reconocer como “el héroe”. Los asistentes entienden el mensaje, han recordado el significado de la acción de Miguel Hidalgo. el discurso centró la atención en el cura, el iniciador de la lucha por la libertad. Había que en fatizar su desempeño a favor de los demás, que destacar la libertad que otorgó, la independencia que inició. Fue con esta necesidad de recordar, de hacer memoria, que se inauguraron nuevas celebraciones, nuevos rituales, ensayando nuevas fechas cívicas como la del 16 de septiembre.

Así como a. a. encendió los corazones de los asistentes, cada 16 de septiembre comenzó a pronunciarse, en la Ciudad de México y en las diferentes plazas públicas de muchas ciudades y pueblos, discursos que rememoraban cómo Hidalgo había hecho grandes proezas por la nueva nación que se estaba construyendo. el cura de dolores comenzaba a estar presente, a cobrar fuerza, a entrar en la memoria de los mexicanos. su nombre se fue haciendo poco a poco más familiar, cada día resultó más natural asociarlo con la Guerra de independencia, su participación se hizo cada día más heroica.

Más allá de los discursos y poemas que se ofrecían y se escribían para recordar y confeccionar al héroe, existió la necesidad de hacerlo visible, pues muerto desde 1811, había que reconstruir su rostro y darle el aspecto que imaginaron, poseyó. a lo largo del siglo XIX se hicieron distintas representaciones; aquí conoceremos algunas para ver cómo se fue creando la imagen del héroe de la patria.

En el Calendario histórico y pronóstico político para el año bisiesto de 1824, que publicó José Joaquín Fernández de Lizardi, y que pretendía ser “para todo nuestro continente”, encontramos entre notas cronológicas e históricas mexicanas, fiestas religiosas y el santoral, un pequeño grabado con la imagen del cura de dolores. no es extraño que fuera precisamente un impreso del Pensador Mexicano en donde hiciera una aparición temprana la imagen de Hidalgo. no es la representación del héroe grandioso, no el padre de la patria, pero sí el insurgente, vestido de general, que empuña la bandera con el águila estampada y la consigna “Libertad”. en ese pequeño grabado, tiene más peso el pie de imagen que dice: “el muy honorable Miguel Hidalgo y Costilla Generalísimo de las armas mejicanas: primer héroe que tremoló el estandarte de la libertad del Anáhuac en el pueblo de dolores el día 16 de septiembre de 810. Fue víctima de la tiranía en 30 de julio de 811, su talento, valor y amor patrio harán eterna su memoria”, que la propia representación pues el personaje,

podemos decir, se repite en diferentes poses, con algunas variantes al representar a otros héroes. Porque Hidalgo, la imagen de enero, comparte créditos en ese calendario con otros de los hombres reconocidos de la independencia —Ignacio Allende, febrero, José María Morelos, marzo, Hermenegildo Galeana, abril, etc., para terminar con Antonio López de Santa Anna, el personaje de diciembre. Cada mes un personajes, trece en total porque Iturbide está al lado de O´donojú; todos los personajes están trazados con rasgos similares.

Esta representación seguramente fue vista por muchos, ya que los calendarios eran, sin lugar a dudas, los impresos más populares en el siglo XIX, una publicación hecha para el amplio público que adquiría estos libritos para apoyo de la vida cotidiana pues, a más de los pronósticos del clima, estaban contenidos los santorales y las fiestas religiosas. en el Calendario, Lizardi ofrecía a los lectores una pequeña imagen de Hidalgo, que quizá los lectores no repararon en ella en tanto representación del héroe.

El primer retrato de Hidalgo que sabemos publicado en el México Independiente es el que dibujó un alumno del italiano Claudio Linati, quien en su publicación El iris, presentó, según se dijo, una litografía hecha a partir de una figura de cera que perteneció al cura insurgente y que era su personificación. de esto no tenemos certeza, pero, según los editores, su imagen pretendía ser una representación fiel. Hidalgo aparece en las páginas de esa pequeña revista que circuló en 1826, en diversas ciudades y pueblos del país: Veracruz, Jalapa, Orizaba, Córdoba, Puebla, Valladolid, Querétaro, Guanajuato, Zacatecas, Campeche, Tehuacán, Tampico, Durango, Chihuahua, Guadalajara, Oaxaca y Refugio, Sonora. Esta representación quizá logró entrar en la memoria de los lectores, traspasando a la capital y recordándoles los inicios de la gesta libertaria.

Siendo ésta la primera fisonomía de Hidalgo que se incluyó en una publicación periódica, dista mucho de asemejarse al que actualmente identifica al héroe. Es más bien la imagen de un eclesiástico maduro, con fuerza en la expresión de la mirada, pero sin rasgos heroicos. esta representación se encuentra más en relación con el hombre, con el sacerdote, y está lejos del protagonismo histórico.

Años más tarde, será Linati quien ofrecerá una nueva versión de Miguel Hidalgo. el rostro adusto desaparece

y la imagen se dibuja con espíritu romántico, propio de la época, en función del público para quien fue pensado. Hidalgo vestido extravagantemente, no está considerado manifiestamente para los mexicanos, sino concebido y diseñado para los lectores europeos que gustaban de mirar a México como país exótico. Ataviado con traje de chinaco, sable en la cintura y un sombrero cuyas plumas lucen los colores de la bandera, con la mirada puesta en la cruz, en actitud de súplica o mostrando el crucifijo en señal de emprender la guerra santa, esta nueva litografía se enfrenta a la primera representación que se publicó en El iris. ambas imágenes están lejos de poseer rasgos comunes, en ellas no está todavía el héroe que reconoceremos como al protagonista de la gesta de independencia, aunque el rostro presagie ya ciertos rasgos distintivos.

Estas muestras primarias distan mucho todavía del personaje heroico, serio, envejecido, que arenga a sus fieles. Una pequeña escultura en madera policromada muestra una representación distinta. Como apunta Gonzalo obregón, es casi seguro que sirvió de modelo para algún monumento que no se llevó a cabo. El personaje esculpido luce traje solemne, botas de montar, sombrero de copa, rostro envejecido por las arrugas, colores serios, muy distintos de aquellos folklóricos que le otorgó la imaginación linatesca.

Hidalgo se va construyendo a través del tiempo y cobra, además de años, rasgos que lo volverán peculiar. de hecho, esta escultura en madera posee ciertas características que irán formando la imagen del héroe, el pelo blanco, las facciones de un hombre viejo, las vestiduras negras, solemnes, etc., más acordes con la imagen de un padre de la patria.

Más allá de ensayos aislados, los propios acontecimientos nacionales vivificaron su imagen y, después de la guerra con los estados unidos, su presencia será más frecuente y más jovial. estará más a la mano, será visto por más lectores, pues se le incluye en las llamadas revistas literarias que tanto éxito tuvieron en el siglo xix y que gustaban de tener ilustraciones variadas.

De esta manera, en con tramos esta imagen que ahora sí nos revela la representación del héroe romántico: un hombre apacible, con un rostro afable, rodeado de ramas de laurel y olivo, como en la antigüedad clásica, con el estandarte guadalupano y la bandera nacional entrelazados, el héroe en una nube de gloria...

Es un Hidalgo reconocido por la patria. un Hidalgo acompañado de la Virgen de Guadalupe estampada en el estandarte, haciendo alusión al que enarboló durante la Guerra insurgente, y a la protección invocada para el país. La palabra México se ostenta como enseñanza de que, a pesar de las agresiones exteriores, el país subsistía con orgullo y gracias a sus héroes. La firma, podemos pensar, es una manera de avalar, una especie de certitud, de certificación del rostro de Hidalgo.

Es claro que la imagen ha cambiado en el tiempo. el héroe ha tenido distintas representaciones, maduro, viejo, sentado, en actitud de arenga, mirando la cruz. de busto o de cuerpo entero, en distintas poses, pero cobrando seriedad, adquiriendo los rasgos que se volverán distintivos: un hombre solemne, entrado en años, la frente amplia, el cabello cano, con la experiencia que da la edad.

Una iconografía muy diversa precedió a aquella que se va haciendo grande, la que devendría en oficial, la que el pintor Joaquín Ramírez realizó en 1865, a petición del director de la academia de san Carlos, Santiago Rebull, durante el imperio de Maximiliano. el pintor lo plasma entonces de cuerpo entero y nos presenta un retrato de un hombre con fuerza, serio, viejo, de pie, con la experiencia de los años, aunque en realidad el cura de dolores que dio el “grito” era un hombre en plena madurez con 57 años. En esta nueva representación, aparece erguido, se alza frente a nuestros ojos con la grandeza del héroe. Posa delante de una mesa que exhibe el acta de abolición de la esclavitud, firmada en Guadalajara. al fondo le cobija y acompaña el cuadro de la Virgen de Guadalupe; el reloj marca 5 minutos antes de las 6 de la mañana, hora en que sonó la campana de la iglesia de dolores en ese venturoso día en que arengó a los fieles, invitándolos a unirse a una causa justa. el hombre mira de frente, muestra seguridad en sí mismo, da la cara al pueblo.

Esta pintura que es ya la del héroe que conocemos, se convirtió en la imagen oficial, aunque después de ella se hubiesen dado nuevas y variadas representaciones.

Con esta selección gráfica, podemos constatar cómo se fue construyendo la representación de Miguel Hidalgo, haciéndose en el tiempo y con la colaboración de distintos creadores. Una acción constante en el siglo XIX que ya con palabras, ya con imágenes, ya en color o en blanco y negro dio como resultado la representación del héroe, del que más que conocer el verdadero rostro, lo interesante resultó la paulatina confección de la imagen, resultado de la acción combinada de políticos, poetas, literatos, historiadores, publicistas, pintores, grabadores, escultores, litógrafos, artesanos de la cera, escultores, etc., quienes con diversos elementos fueron otorgando las distintas características a la figura heroica de Miguel Hidalgo y los rasgos fisonómicos que harían de una imagen, una representación para la memoria colectiva de los mexicanos.

Muchos otros “Hidalgos” se crearon tanto en el siglo XIX como en el XX, dependiendo de las corrientes artísticas, ideológicas, o incluso de los recursos económicos. no obstante esta variedad, todas, podemos decir, tendrían como inspiración, de alguna manera, aquellas primeras que forjaron los artistas del siglo XIX.

Fuente: Articulo Autoría de L a u r a Su á r e z d e l a T o r r e. I n s t i t u t o M o r a. Revista BiCentenario.

 
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