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CUANDO CHILE AYUDÓ A MÉXICO DURANTE LA INDEPENDENCIA

 

Los actos efectivos de ayuda entre Chile y México se iniciaron hace mucho tiempo, cuando ambas naciones luchaban en contra de la dominación española, y fueron los chilenos los primeros en actuar en auxilio de los mexicanos. En efecto, pocos saben que a principios de 1822 una escuadra naval chilena arribó a costas mexicanas con la misión de colaborar con nuestra independencia.

La escuadra chilena estaba formada por seis navíos: las fragatas O’Higgins, Independencia y Valdivia, la corbeta Araucano y las goletas Mercedes y Aranzazú, todas bajo el mando del aventurero y marino inglés Lord Cochrane, que estaba al servicio del gobierno chileno, contratado personalmente por el libertador de esa nación, Bernardo O’Higgins, quien concedía gran importancia estratégica a su incipiente flota de combate.

Con ella, O’Higgins pudo auxiliar de manera muy eficiente a la independencia del Perú. Sus naves de guerra transportaron al ejército que, al mando del otro gran libertador sudamericano, José de San Martín, desembarcaron cerca de Lima y consolidaron la independencia peruana en 1821. Y fue precisamente después de este episodio cuando Lord Cochrane zarpó del puerto peruano de El Callao y puso proa hacia el norte, hacia México, en cumplimiento de las órdenes que el propio O’Higgins le había dado: auxiliar a la independencia mexicana.

Sin embargo, las noticias en aquellos tiempos corrían de manera muy lenta y la escuadra chilena desconocía que el 27 de septiembre de ese mismo año se había consumado la independencia de México, por lo cual, cuando los barcos llegaron al puerto de Acapulco, se encontraron con la novedad de que ya no eran necesarios sus servicios. Esto no fue obstáculo para que el presidente de la regencia del Imperio Mexicano, Agustín de Iturbide, expresara su agradecimiento a Cochrane y le pidiera lo trasmitiera a O’Higgins. Iturbide aprovechó para algo más: le pidió al almirante chileno que llevase la noticia de la consumación de la independencia a la Baja California, donde aún no se habían enterado del suceso. Cochrane aceptó y ordenó que dos de sus barcos, el Independencia y el Araucano, viajaran a Los Cabos, Todos Santos y La Paz, donde su presencia contribuyó a que los bajacalifornianos manifestaran su adhesión al naciente Imperio Mexicano.

De este episodio histórico, quizá lo más interesante son las motivaciones y causas que le dieron origen, todavía más desconocidas que la presencia de los barcos chilenos en Acapulco. Curiosamente, los especialistas de ambos países sólo conocen una parte de la historia, una versión incompleta. En México se habla de un par de enviados al servicio de la causa insurgente, que fueron a Sudamérica a pedir auxilio, pero sin referir sus nombres ni tampoco los resultados de su gestión, que lo fue el envío de los barcos a costas mexicanas. En Chile sólo se habla de las órdenes de O’Higgins, de la travesía de Cochrane, y de que sus naves de guerra llegaron hasta la Baja California, sin saber qué persona pidió el auxilio ni a nombre de quién.

Uniendo las dos versiones del mismo suceso, e investigando en fuentes mexicanas y chilenas, me fue posible en estos días descubrir la parte que faltaba para tener el escenario completo del suceso. Su origen es sencillo: alguien, un insurgente mexicano, se entrevistó con Bernardo O’Higgins para pedir la ayuda de Chile en la guerra de independencia mexicana. Esto lo sabemos por una carta, sin fecha, que el libertador chileno escribió y que es posible datar —mediante la lógica histórica— en algún momento del año de 1820. En ese documento, trascendental para la historia de las relaciones entre México y Chile, O’Higgins dijo lo siguiente:

Acaba de llegar un brigadier enviado por el gobierno patrio de Méjico solicitando auxilio de armas y tropas, y asegurando que toda la costa, desde las inmediaciones de California a Acapulco, está en revolución. Las nuevas del orden que reina en Chile, los progresos de sus armas, sus victorias marítimas, todo los ha convencido que este pueblo es el único que está en condiciones de conseguir su libertad. En efecto, después de que haya zarpado de Valparaíso la expedición sobre Chiloé —una isla chilena en la que resistían los realistas—, que he comenzado a preparar con el mayor sigilo, pienso auxiliar la costa de Méjico con armas, oficiales y un par de buques de guerra.

O’Higgins cumplió su palabra y, después de contribuir a la independencia del Perú, envió sus barcos a México. Pero queda la pregunta: ¿Quién fue el brigadier enviado por México?, ¿qué gobierno “patrio” mexicano lo envió?

Después de repasar en mi memoria los intentos insurgentes por mandar representantes al extranjero durante la guerra de independencia, recordé el nombre de Simón Tadeo Ortiz de Ayala, un partidario de la independencia nacido en Guadalajara que sirvió en la comisión que Hidalgo envió a los Estados Unidos y que luego, viviendo en Nueva Orleáns, fue comisionado por José María Morelos para viajar a Sudamérica y establecer relaciones de amistad con las naciones que se estaban independizando de España, y, de ser posible, obtener de ellas ayuda militar. Tadeo Ortiz viajó así por Colombia y luego por Argentina, desde cuya capital, Buenos Aires, escribió en el año de 1819 al Director Supremo de Chile, que lo era Bernardo O’Higgins, para pedirle su apoyo a la causa de México.

Pero Tadeo Ortiz no viajó a Santiago ni tocó territorio chileno, por lo que no pudo entrevistarse personalmente con O’Higgins, y la carta de éste da a entender que la petición mexicana fue trasmitida por alguien con quien conversó en persona. Otro dato más me hizo dudar de que fuera Ortiz el misterioso personaje buscado: no era militar, por lo que no podía ostentarse como brigadier. La propia carta de O’Higgins me reveló otro derrotero a seguir: el libertador habla de un brigadier enviado por el gobierno de México, pero no dice que el sujeto en cuestión fuese mexicano.

Evoqué entonces la presencia de extranjeros que pelearon por nosotros en nuestra guerra de independencia, específicamente los que vinieron en la expedición de Xavier Mina en 1817. Pude recordar que uno de ellos, inglés de nacimiento, que había escapado con vida de la última batalla de Mina y que se libró de ser capturado y fusilado como su jefe, se había puesto a las órdenes de la Junta de la Jaujilla, que ostentaba el mando supremo de la independencia y que con instrucciones muy precisas se le había comisionado para unirse a las tropas de Vicente Guerrero.

Su nombre era Daniel Stuart, y el “gobierno mexicano”, es decir, la Junta de la Jaujilla, heredera del Congreso de Anáhuac, le confirió el grado de mariscal de campo. Una vez que llegó a los cuarteles, al mando de Vicente Guerrero, esperó pacientemente la llegada a Acapulco de algún barco que se dirigiera a América del Sur. Cuando esto sucedió, lo abordó y se trasladó hasta Valparaíso. Allí pudo entrevistarse con O’Higgins y con José de San Martín, quienes preparaban en ese momento la liberación del Perú. Efectivamente, era un militar insurgente enviado por el gobierno mexicano y, aunque no era brigadier como supuso O’Higgins, sí tenía un grado superior, pues era mariscal.

A Stuart lo impresionó San Martín más que O’Higgins, quizá por el hecho de que el chileno había cedido el mando superior al argentino. Por ello, en su informe al gobierno mexicano, Stuart afirmó haber “concertado con el general San Martín una expedición a favor del imperio”, del mexicano, por supuesto. Quien tomó en serio la promesa fue O’Higgins, quien mandó sus barcos de guerra a Acapulco, iniciando con ello, con su buena voluntad, la historia de las excelentes relaciones entre México y Chile.

Fuente: Articulo autoría de  José Manuel Villalpando. bicentenario.gob.mx.

 
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