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EL CUARTELAZO

 

EL CUARTELAZO de los Generales Bernardo Reyes-Félix Díaz y Manuel Mondragón, me sorprendió en la capital de la República. El 9 de febrero de 1913, dormía profundamente en mi apartamiento de las calles de Bucareli, cuando de improviso, abriendo con violencia la puerta de mi alcoba y con azorado nerviosismo, un huésped de la misma casa me despertó para decirme en tono melodramático:

Lic., ¿no sabe usted lo que pasa?

¿Qué sucede?

Pues que se han levantado en armas los felicistas y en estos momentos están atacando al Palacio Nacional. ¡Oiga usted la balacera! ¿No oye usted?

En efecto, lejanamente, pera bien distinto se escuchaba un nutrido tiroteo.

Pues, figúrese usted, Lic. -seguía diciéndome mi oportunísimo despertador-, Félix Díaz, Manuel Mondragón y Don Bernardo Reyes, han desconocido a Madero, y ya verá usted, ¡lo van a tumbar!...

¿Y usted qué va a hacer, Don Isidro?

¿Yo? A levantarme también.

¿Usted también se va a levantar?

Sí, yo también; pero no con Félix Díaz, yo me levanto sólo... de mi cama.

Mi fingido buen humor en aquellas insólitas circunstancias tenía su razón de ser.

El interlocutor que con tan vivo interés me informara de aquellos acontecimientos, era un estimable comerciante de Chihuahua, amigo mío, pero enemigo tan discreto como sincero de la Revolución Maderista. Por tal motivo yo no quería mostrarle mi intranquilidad ni temores. Comencé a vestirme delante de él con aparente calma, que Dios sabe no la tenía, y cuando me quedé solo rellené con prisa desordenada un maletín de mano que surtí de los más indispensables menesteres de viaje, y, apresurándome, salí a la calle yendo a instalarme provisionalmente, en el domicilio de mis queridas tías Brígida y Joaquina Alfaro, hermanas de mi madre, que vivían en la Colonia de San Rafael.

Estos hechos que relato sin las minucias que los rodearon, sucedían en la "Casa de las Columnas", frontera al reloj monumental de Bucareli, donde yo ocupaba todo el frente del piso principal.

Una hora después que había dejado mi alojamiento, llegaron a ocuparlo tropas felicistas que allí se hicieron fuertes, mientras los jefes de la sublevación se instalaron en La Ciudadela, a pocas cuadras de aquel punto.

El antiguo reloj instalado en la glorieta, fue hecho pedazos por las granadas de los combatientes; la mansión de las columnas y la antigua de la esquina, fueron acribilladas a tiros, y mis habitaciones saqueadas en absoluto por la soldadesca rebelde; lo cual quiere decir que, si yo hubiese retardado un poco mi salida de aquel recinto habría estado seguramente expuesto a ser preso y conducido a La Ciudadela a disposición de los Generales Manuel Mondragón y Félix Díaz.

El lunes 10 me apersoné con el Gobernador del Distrito, Federico González Garza, el cual se mostraba optimista, pero su optimismo me pareció verbal, no substancial. En el fondo, los altos personajes de la administración se sentían desconcertados e indecisos.

Estando con él, lo llamaron por teléfono de la Presidencia.

¿Quiere usted venir conmigo, compañero? -me preguntó el viejo amigo.

Con mucho gusto.

A pie nos dirigimos a Palacio. Federico subió a ver al señor Presidente y yo me quedé en la Comandancia Militar esperándolo, y a la vez observando a las gentes que transitaban por el recinto histórico, entre las que vi pasar al Gral. Victoriano Huerta, en traje de campaña, la cabeza gacha, mirando de soslayo a uno y otro lado, como quien va a hurtadillas.

El Gral. pasó junto a mí, sin verme, y, como deslizándose, se metió a su guarida. Guarida, en efecto, parecía aquel entresuelo rebajeto y obscuro donde contemplé conmovido y respetuoso al viejo soldado que, según mis explicables sentimientos de aquellos instantes, iba a ser el salvador del gobierno.

González Garza salió a poco visiblemente contrariado porque acababa de recibir órdenes presidenciales de nombrar Inspector General de Policía al Coronel Benjamín Camarena, un amigo íntimo de Huerta, el mismo que pocos días después fuera a Chihuahua a asesinar a Don Abraham González.

La contrariedad del Gobernador del Distrito era fundada; porque para aquel delicado puesto se requería una persona de absoluta confianza suya, como su jefe directo que era, siendo su candidato el bizarro Gustavo Garmendia, ayudante del Presidente. A Camarena ni siquiera lo conocía. Dejé a mi inolvidable amigo en su despacho para que tomara la protesta al flamante Inspector y salí rumbo a San Rafael.

Las calles estaban casi desiertas; las casas bien cerradas, como si fuera de madrugada. De cuando en vez zumbaban unos tiros de fusil. Algunos inconscientes muchachos se divertían en una bocacalle, corriendo de una acera a la otra, exponiéndose a la muerte. Parecía como si estuviesen jugando al "torito" con las balas.

Los días subsiguientes comenzaron los ataques a La Ciudadela. El Gral. Huerta divertíase también jugando a los "muertitos" con nuestros pobres "rurales", sacrificándolos inicuamente en un ataque absurdo y malintencionado, al reducto rebelde.

Cuando supe que el Ferrocarril Mexicano corría sus trenes a Veracruz, me pareció absurdo seguir en la capital estando mis padres en el puerto, y marché a hacerles compañía que, por virtud de la gran tragedia, fue muy fugaz. La dicha hogareña en la casa paterna fue muy corta. Al conocer la vil traición huertiana y el crimen proditorio perpetrado en las personas del Presidente y Vicepresidente de la República, que torció los destinos nacionales por la encrucijada del deshonor y la maldad, regresé a México para ocupar mi curul en la Cámara de Diputados.

Se respeta ortografía de imagen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. Pp.51-54.

 
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