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LA VIDA CON VILLA EN LA HACIENDA DEL CANUTILLO

 

 

La década en la que Francisco Villa y su gente se mantuvieron en pie de lucha tuvo su epílogo en el poblado de Sabinas, Coahuila, tras pactar con el gobierno de Adolfo de la Huerta el 28 de julio de 1920. En la llamada Acta de unificación al gobierno emanada del Plan de Agua Prieta, quedó asentado que Villa deponía las armas para retirarse a la vida privada; que el Ejecutivo de la Unión le cedería en propiedad y con los requisitos legales, la hacienda de Canutillo, ubicada en el estado de Durango, lugar en el que fijaría su residencia; el general contaría con una escolta formada por 50 hombres de su confianza -dependientes de la secretaría de Guerra y Marina-, cuyo único objetivo sería velar por su seguridad; a las demás personas que integraban su contingente se les otorgaría el importe de un año de haberes, de acuerdo con su grado, y tierras en propiedad para dedicarse al trabajo.

Los términos en los que se celebró el acta han sido interpretados desde distintos puntos de vista. Para algunos se trató de una rendición que otorgaba condiciones ventajosas a Villa, para otros, el pacto con el gobierno fue más bien un armisticio que trajo como consecuencia el ofrecimiento espontáneo de dotar de tierras de labranza a los excombatientes como la mejor manera de prevenir un nuevo alzamiento o la proliferación de gavillas de malhechores que, sin medios para subsistir, optaran por el bandidaje como modus vivendi.

Quienes pudieron ver la marcha rumbo a Canutillo afirmaron que parecía más un desfile triunfal que la postura de una guerrilla amnistiada: Villa y su gente ceñían pistolas al cinto y cananas cruzadas sobre el pecho. El general seguía conservando la misma energía de otros tiempos, lucía fuerte y tostado por el sol.

De las experiencias de gente que convivió con Villa en la hacienda del Canutillo surge este intento de reconstruir la vida comunitaria entre 1920 y 1923. Para ello, se ha recurrido a diversas fuentes impresas y a una serie de entrevistas de historia oral con algunos testigos y partícipes en esos hechos.

Guadalupe Villa Guerrero

Instituto Mora

El por qué se eligió Canutillo nos lo cuenta Eustaquio, hijo de Nicolás Fernández –uno de los hombres más cercanos al general–, quien vivió en la hacienda:

“Fue un convenio que tuvo con el gobierno para que se estableciera el general Villa en el campo; que escogiera el lugar que le gustara más, y escogió Canutillo porque es una hacienda que es muy difícil que lleguen a atacarla, porque está colocada de tal manera que por donde quiera que vayan es defendible, hasta con poca gente”…

La hacienda de la Concepción del Canutillo y anexas tenía una extensión aproximada de 87 mil hectáreas, cruzadas de norte a sur por el río del Canutillo y regadas además por el río Florido y algunas corrientes de menor importancia. La propiedad comprendía, además, las haciendas de Nieves y Espíritu Santo, y los ranchos de Vía Excusada y San Antonio, que en conjunto formaban un solo predio ubicado en el partido de Indé en el estado de Durango. Incluía además el rancho Ojo Blanco, que se encontraba en el distrito Hidalgo en el estado de Chihuahua.

Al ocupar Villa la hacienda en el mismo año de 1920, se llevó a vivir con él a sus hijos. Señala Eustaquio:

...“Agustín, que era el mayor, Octavio, Samuel, y podría considerarse hijo también otro Samuel porque lo adoptó, que era hijo del general Trinidad Rodríguez. Además Micaela, Celia, Juana María”…

Canutillo se convirtió -nos dice el mismo informante- en un pequeño pueblo con su propia forma de gobierno y de organización: había electricidad, correo, telégrafo, médico, escuela, carpintería, talabartería, zapatería, sastrería, molino, herrería y tienda, entre otras cosas. Los talabarteros, por ejemplo, tenían que ayudar a conservar las 50 monturas de quienes componían la escolta y atender la reparación de la maquinaria que había como trilladoras; herreros para hacer herraduras para caballos. Al general no le gustaba que salieran los caballos sin herradura, porque se les echaba a perder el casco.

Por lo que toca a la tienda, Francisco Gil Piñón dice:

“Mire… no se le podía llamar ‘tienda de raya’, le voy a decir por qué (a mí me ponían a despachar ahí): se le daba al peón lo que pedía, se anotaba su nombre y todo, y a fin de cosecha, solamente se le descontaban los productos que tenían que llevar desde Parral y a precio estrictamente de costo, como era azúcar… café, arroz, [lo] que no se producía ahí; todo lo demás, eso ahí se les daba…solamente [había] cosas de comida”.

Las actividades agrícolas de la hacienda encaminaron sus esfuerzos al cultivo de trigo, frijol y maíz. La maquinaria agrícola se adquirió en la Casa Mayers de El Paso, Texas, aunque algo se obtuvo en Parral.

Cuentan que el general Villa se levantaba muy temprano, casi de madrugada, y se iba al campo a supervisar el trabajo. Allí le informaban cómo iba la cosecha, qué hacían los campesinos, los leñadores, etcétera. Volvía a su casa para almorzar, a las nueve o diez de la mañana. Villa coordinaba todas las actividades de Canutillo. Eustaquio Fernández afirma que el general estaba en todo: en la educación, en la producción, en la tienda, en las relaciones, en la política.

“Él les quitaba la yunta [a los campesinos] y se ponía también a sembrar. Sabía sembrar, ¡fíjese!, sabía hacer surco, porque en los sembradores, he oído yo que el que hace el surco derecho, sabe sembrar”.

Sobrevivientes de aquella experiencia cuentan que al principio la situación fue difícil, había poca comida y la tierra aún no rendía los deseados frutos; pero cuando las cosechas empezaron a satisfacer las necesidades internas de la hacienda, se comenzó a vender el excedente lo que permitió mejorar las condiciones de la gente.

En Canutillo había huertas donde se cultivaba chile, papas, cacahuate, camote, sandía, melón y, aunque aisladamente, uno que otro nogal, cuyo producto servía para satisfacer el consumo interno de la población, también tenían animales de granja, como cerdos, borregos y ganado vacuno y caballar:

“Villa tenía caballos angloárabes de registro, finísimos, que los trataban como si fueran niños… los montaba el general… el jefe de caporales, un arrendador que tenía, y modestia aparte, su servidor [dice Fernández] tenían caballos que solamente se dejaban montar por él, eran de muy grande alzada, de muchísima resistencia, el general pesaba como unos 100, 110 kilos, más el equipo que lo acompañaba, como era la montura, sus armas, sus espuelas, pues le daba un peso de 140, 150 kilos; sin embargo cuando iba a cortar ganado para vender en grande escala, ya fuera vacuno o equino, se tenía que mover muy rápidamente en su caballo y le aguantaba… la corrida de todo el día… y el movimiento era trote y galope, trote y galope”…

Respecto a la vida cotidiana, Eustaquio Fernández recuerda que:

...“en Canutillo tenían una cocina [con] cuatro cocineros; ahí comían entre 25 a 30 personas… en la misma mesa [del general]… se comía dos veces al día, muy buena carne, verduras, arroz y otras cosas… dulces, fruta envasada… El desayuno era entre ocho, nueve, nueve y media por ahí así, al medio día entre una a una y media. En la tarde era a las seis o siete… El general no admitía que si había una hora señalada para comer fueran a comer después o quisieran comer antes”.

Respecto a su vida en familia, continúa Eustaquio:

“Entonces la esposa de Villa era Luz Corral [quien permaneció en Canutillo hasta 1922]… fue una dama con mucha distinción, sin que por ello le faltaran energías; también era un poco terminante en su manera de ser… no aplicaba castigos, simplemente daba una reprimenda…[El general] en sus horas que se podrían llamar de ocio, ya cuando caía el sol, nos ponía a todos los que tuviéramos… una voz más o menos clara, a que leyéramos distintos textos, sobre todo de tácticas militares y de historia. Prefería la historia antigua, sí”.

Señala también que sus lecturas iban desde un Tesoro de la Juventud hasta las biografías de grandes guerreros como Alejandro el Grande y Napoleón Bonaparte. Tenía organizada una pequeña biblioteca particular, con libros de historia: “… libros filosóficos, libros de sociología”. Le gustaba mantenerse al día sobre el curso de la vida política mexicana. Diariamente leía o hacía que su secretario Miguel Trillo le resumiera y comentase las principales noticias de la prensa.

Eustaquio destaca algunos rasgos del carácter de Villa:

“Era hombre rudo, temperamental, pero sencillo y leal; cuando tenía razón era incansable, pero tenía esta ventaja; tenía un arranque fuerte con alguna persona o varias, al rato ya se disculpaba. Era frecuente ver al general acompañado de sus hijos; diariamente concurrían los pequeños a nadar en una acequia llena de agua que pasaba por la huerta. Todos sabían nadar… las niñas también… íbamos el sábado, el domingo, a montar, y si el general tenía que salir al campo, lo acompañábamos. Allí [con sus hijos] muy pocas veces lo vi manifestarse con su carácter explosivo. Solamente cuando hacían algo indebido entonces así se manifestaba; con sus hijos fue siempre bastante exigente, terminante, no aceptaba errores; inclusive visitaba casi todos los días, en el tiempo que tenía, aunque fuera un cuarto de hora, a cada profesor para ver lo que estaban enseñando, y se acompañaba siempre de dos personas que tenían mucho entendimiento en materia de enseñanza”.

Así como Villa logró implantar un nuevo sistema de vida para una porción de campesinos, también insistió en mantener una actitud firme para desarraigar cualquier tipo de vicios, dando importancia fundamental a la educación. Factor, sin duda, determinante fue la carencia de escolaridad del propio Villa, de ahí su interés por establecer una escuela adecuada y lograr la alfabetización de todos los habitantes de Canutillo. Por tanto, consiguió que el gobierno federal enviara a un grupo de profesores, de los que en la época vasconcelista se definieron como “misioneros culturales”, a quienes decía:

“Mire, aquí en Canutillo no se pierde nada, porque al que roba alguna cosa, lo fusilo. Persigo el vino porque mis hermanitos de raza, tan mal alimentados y tan poco responsables, cuando reciben su raya se van a la cantina y a su casa no llevan nada; así que los niños hijos de mexicanos no tienen la oportunidad de educarse, por la falta de responsabilidad del padre”... [Teníamos que trabajar para que la educación beneficiara a los niños, hijos de los soldados que con él anduvieron en la Revolución].

La escuela de Canutillo se llamó “Felipe Ángeles”; su director fue el profesor Jesús Coello Avendaño, a quien secundaron otros cinco profesores: Alfonso de Gortari, Varela, Ojeda, Rodolfo Rodríguez Escalera e Illarramendi, que se instalaron en una construcción rústica, con un gran patio central y unas cuatro o cinco aulas en derredor. Había un salón de actos y una modesta biblioteca, que Villa iba enriqueciendo. Al inaugurar la escuela, expresa el profesor Coello, Villa le dijo:

“Vamos a abrir la escuela. Hay 250 niños y van a venir mujeres a hacerle la comida a los niños “[Porque la escuela de Canutillo, Durango…, fue la primera escuela de concentración que hace más de cincuenta años se estableció en Canutillo… Porque los niños que vivían alrededor de Canutillo se reconcentraban en la hacienda y se dividían viviendo en la casa de los demás compañeros de ellos que vivían en la hacienda, a los que les daban maíz, harina para hacer pan, es decir, los alimentaba, los vestía y los calzaba, a los niños… entre los que figuraban los hijos de él…Asistían a ella tanto los hijos de los campesinos, antiguos revolucionarios, como niños de lugares aledaños. Por supuesto, la educación se impartía gratuitamente. No sólo había un turno matutino, al que concurrían estos niños, sino también uno nocturno para instruir a los adultos que lo desearan.

Asistían los campesinos, los miembros de la escolta e incluso algunas mujeres. La escuela nocturna era una cosa que nosotros habíamos hecho por el deseo de incrementar la educación… ¡Claro que ponían atención! Esa gente, es gente despierta… muy trabajadora].

Los profesores que llegaron a Canutillo se encontraron con un medio ambiente desconocido para ellos. Algunos de estos “misioneros” serían más adelante profesionistas destacados; pero todos, venidos de la capital, habían oído un sinfín de historias sobre la revolución en el norte y muy especialmente sobre Villa.

Aunque tuvieron la oportunidad de ir a otro lugar a enseñar, les atrajo la posibilidad de vivir y compartir la experiencia de Canutillo.

Los profesores sólo dependían del gobierno de la república para el pago de sus honorarios. Los sueldos variaban poco. El director de la escuela ganaba doce pesos diarios y los maestros diez. Eran sumas considerables para esa época, si tomamos en cuenta que la hacienda les proporcionaba casa habitación, comida, lavado de ropa, armas para cazar, etcétera.

“Los maestros… vivían en casas aparte… podían ir a comer allí (a la casa del general) cuando querían, tenían libertad para hacerlo; pero regularmente no iban porque no eran formales en ir a comer a las horas señaladas… [sus casas] contaban con servicio de agua y… había en tramos escalonados letrinas muy bien hechas, de doble escala”…

Los profesores recuerdan que llegaron a tener de 25 a 30 mil pesos, ya que como no salían de la hacienda, no tenían gastos. A veces los profesores se trasladaban a la ciudad de México, en plan de vacaciones, y entonces, Villa les daba de su peculio algo más, considerando que iban a “un rancho grande”. Villa mostró siempre una actitud protectora hacia ellos por lo cual trató de gestionarles mejores salarios.

...“no estoy de acuerdo con los sueldos que ganan los profesores que atienden la escuela; el día que un maestro de escuela gane más que un general, entonces se salvará México. En consecuencia, quiero que le subas el sueldo a los maestros que atienden la escuela Felipe Ángeles”…

Se les concedió entonces un aumento de 2 pesos a los maestros y de 8 al director. La hacienda proporcionaba el material escolar y en algunas ocasiones, muy esporádicas, recibían algunas cosas de la Secretaría de Educación Pública. La educación que se ofrecía se basaba en la clásica tabla de materias de la primaria; se impartía una educación de organización completa, en la cual cada maestro tenía un grupo distinto.

“Entonces no había el programa nacional, sino era fundamentalmente un tipo de programas:

los de la ciudad y los de la Secretaría de Educación y había programas de los estados; no estaba nacionalizada la enseñanza, había tendencia a nacionalizarse… cada estado tenía sus programas, sus horarios, etcétera”.

De hecho, al llegar a Canutillo, los profesores tuvieron que desarrollar, de la nada, todo un sistema escolar. Rodríguez Escalera cuenta:

“Nosotros hicimos un ensayo en Canutillo dado que como fuimos producto mental o profesional de la Revolución, establecimos en la hacienda de Canutillo el gobierno escolar, asesorado por un maestro, donde los alumnos participaban, al nivel de la niñez, en la marcha de la escuela. El gobierno escolar estaba integrado por un secretario general, electo por todos los alumnos de la escuela, con una representación de cada grado. Empezamos la escuela de acción: la enseñanza derivada de la acción; iba yo con los chicos donde querían ir, íbamos de cacería los fines de semana: venado, algún oso… y todo era enseñanzas. Era una libertad a base de convencimiento, a base de una acción normal y espontánea del alumnado. Creían los niños que debían cuidar su escuela, porque la consideraban como su casa. A la media hora de que entráramos a clase ya sabíamos cuántos habían faltado, quiénes habían faltado, y ya habían ido a la casa (de los niños) a ver por qué habían faltado. Así que hicimos un ensayo que nos dio maravilloso resultado, sin llegar a apapacharlos. Éramos amigos de ellos, jugábamos con ellos, pero cuando decíamos trabajar, ¡a trabajar!”

No obstante ser Villa la autoridad máxima de la hacienda, permitía que la escuela funcionara libremente. Asistía con frecuencia a las aulas, sentándose cerca de una ventana para observar las clases; le gustaban en especial las de canto y gimnasia. En sus ratos libres conversaba con los maestros y al igual que éstos, manifestaba una seria preocupación por la desigualdad social. Así fue como Villa, según refieren los maestros, conoció algo de la ideología socialista del siglo XIX, que se difundía en nuestro país.

“Nosotros ya conocíamos cosas sobre Marx, sobre Engels y sabíamos que la justicia social es fundamental para el desarrollo de los pueblos. Entonces nosotros hablábamos mucho de ese tipo de cosas, sin hablar de comunismo; sino hablábamos de los derechos del hombre, de las libertades y democracia y en contra de las dictaduras. Villa si oyó hablar de Marx, por lo menos de las cosas que surgieron ahí, ese movimiento de 1917, donde se derrumbó el zarismo y el pueblo ruso se moría de hambre… Sí, oyó hablar de Marx, pero no lo mencionaba, lo llegó a escuchar seguramente de labios nuestros, los profesores que platicábamos con él”.

Algo común a todos los entrevistados fue el deseo de referirse a la personalidad y características individuales del viejo luchador retirado. Coincidían en afirmar que Villa poseía una angustiada conciencia de justicia social. Quería ayudar a los pobres:

“Era una de las cosas quizá que le protegió para que lo ayudara el pueblo, porque a todo el que era de clase humilde, a todos nos ayudaba cuando había forma de ayudarnos”.

Así era la vida del Centauro del Norte en Canutillo hasta el 20 de julio de 1923, en que con clara intuición presintió su muerte. Generalmente sus visitas a Parral pasaban inadvertidas; pero ese día fue a despedirse de los maestros, diciendo: “Parral me gusta hasta para morirme… quién me puede asegurar que no sea la última vez que nos veamos”. A las cuatro de la tarde de ese día, los maestros recibieron la noticia, mediante un telegrama fechado en Hidalgo del Parral, que Villa había sido asesinado.

“Se produjo un estado de confusión general en la hacienda. Porque las gentes de la escolta no sabían. Unos habían salido con él, incluso los habían asesinado allí… Se temía que fueran a atacar la hacienda. Todos se enteraron, esa gente sabe enfrentarse con valor a todo; no hubo histerias ni nada, tomaron precauciones y a esperar a ver que iba a pasar. A nosotros nos comunicaron a las cuatro y media de la tarde. Entonces nos movilizamos, le mandamos hablar al general Nicolás Fernández; asumió el mando y ya se reconcentraron las gentes que estaban en Torreoncillo, Torreón de Cañas, la hacienda Carreteña y ya se comenzaron a armar. [El general Nicolás Fernández]… estuvo en Canutillo varios días porque esperaban… pues que los fueran a atacar; pero no, no hubo tal cosa; entonces ahí se organizaron para levantarse en armas otra vez”…

A la muerte de Villa siguió otro movimiento armado, la rebelión delahuertista. Muchos exvillistas, quizá confundidos, entremezclando sentimientos de venganza con deseos de saldar una deuda moral, se incorporaron a la contienda perdiendo así las tierras por las que tanto habían luchado.

Con la muerte del jefe, un largo pleito judicial motivado por la herencia del general puso punto final a la incertidumbre que se tenía con respecto al destino de la propiedad. La escuela y la hacienda pasaron a poder del gobierno. Todo lo que había en la hacienda lo incautó el gobierno. Las tierras se repartieron entre ejidatarios y el casco fue convertido en museo de sitio.

PARA SABER MÁS:

Luz Corral de Villa, Pancho Villa en la intimidad, Chihuahua, Centro Librero La Prensa, 1977.; Guadalupe Villa, Charlas de café con… Pancho Villa, México, Ramdom House Mondadori, 2009.; Rosa Helia Villa, Itinerario de una pasión. Los amores de mi general, México, Punto de Lectura, 2008.

Las diversas entrevistas utilizadas para el artículo forman parte del Archivo de la Palabra del Instituto Mora:

Entrevista al señor Francisco Gil Piñón, realizada por Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, el 3 de agosto de 1972 en Chihuahua, Chih., PHO/1/9.

Entrevista al doctor Alfonso de Gortari, realizada por María Isabel Souza, el 10 de agosto de 1973 en la Ciudad de México, PHO/1/90.

Entrevista al profesor Jesús Coello, realizada por María Alba Pastor, el 27 de octubre de 1973 en Chihuahua, Chi., PHO/1/117.; Entrevista al profesor Rodolfo Rodríguez Escalera, realizada por Ximena Sepúlveda el 4 de julio de 1974 en Torreón, Coah., PHO/1/161.

Entrevista al señor Eustaquio Fernández, realizada por Guadalupe Villa, el 3 de septiembre de 1983 en Ciudad Lerdo, Durango, PHO/1/226.

Créditos: Imagen en portada y 4ª: “Tropas federales en la estación Buenavista, México, D.F.”, ca. 1914, Archivo Fotográfico Casasola.; Pp. 6-13: Museo Regional Michoacano (pp. 9 y 13).; Pp. 14- 21: Colec. Pérez Salazar, Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (pp. 15, 17, 18); retrato de Carlota niña por Franz X. Winterhalter y litografía de Malvaux (p. 16); foto Ghémar Frères, (p. 16); Cesare DellAcqua (p. 17-18); litografía de T. Neve, 1864 (p. 19); litografía de Malvaux (p. 18); litografía de Iriarte, 1864 (p. 20); litografías de Decaen, 1864 (pp. 20 y 21); grabado de L. Dumont (p. 21).; Pp. 22-29: fotografías de K. Dannemiller (p. 22), Pablo Méndez (pp. 23, 27 y 29), Leticia A. Stransky (p. 27), Carlos Rah-Haun (p. 28), Carlos Jurado (p. 29); litografías tomadas de P. Moscoso Pastrana, Rebeliones indígenas en los Altos de Chiapas, UNAM 1992 (pp. 24-26).; Pp. 30-35: tomado de Cómico, dic. 16 de 1900 (p. 30); ilustraciones de José Guadalupe Posada en varias obras (pp. 31-35); El Mundo Cómico, dic. 12 de 1897 (p.33); J. Martínez Carrión (p. 35).; Pp. 36-45: A. Lupercio en La Ilustración semanal, sep. 7 de 1914 (p. 36); La Ilustración semanal, abril 27 de 1914 (p. 45); Col. Sra. Bertha Romero (pp. 37-38); Biblioteca Manuel Orozco y Berra, DEH/INAH (pp. 39-44); Casasola, 1911-14, Fototeca Nacional del INAH, Pachuca (p.43).; Pp. 46-53: Archivo Histórico Pemex (pp. 46-7, 50 y 52); grabados de Alberto Beltrán (pp. 48-9); SINAFO, Fototeca Nacional (pp. 50 y 53); Doña Amalia Solórzano vda. de Cárdenas (pp. 51 y 53).; Pp. 54-61: fotos de Gliserio Castañeda García., Pp. 62-69: de Memoranda, México, enero-feb. 1992 (pp. 62, 65, 69); en María Elena Ota Mishima, Siete migraciones japonesas en México 1890-1978, Colmex, México 1985 (pp. 64- 69); Library of Congress (p. 65); AGN (pp. 63 y 69); Latin Stock (p. 68).; Pp. 70-71: Colec. particular, fotografías de la autora.; Pp. 72-79: Colec. del autor (pp. 72-77y 79); Casimiro Castro (p. 75); Lucía Anaya Diez Martínez (p. 78).; Pp.; 80-85: fotos de la autora (pp.82-85).; Pp. 86-95: en Sucesos para todos, 1935 (pp. 86, 92, 93 y 95); Colec. Espec. Universidad de California en Riverside (p.88); Colec Espec. Universidad de Arizona, Tucson (p. 91); Colec. particular de la familia Villa (pp. 87, 89-91y 94). La intervención en algunos mapas (pp.10, 19, 24) es de Sofía Crespo.

 
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