historia.jpg

Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
MANIFIESTO DE QUERIDO MOHENO AL PUEBLO CHIAPANECO

 

MANIFIESTO DE QUERIDO MOHENO AL PUEBLO CHIAPANECO.

HABANA, CUBA, 1o. DE NOVIEMBRE DE 1917.

Amigos míos, que conmigo vieron la primera luz en el mismo rincón de la patria, y que desde hace tiempo libran el buen combate por restaurar en México el reinado de la civilización, próximos al agotamiento en esta pugna que parece interminable, han sentido por un instante flaquear sus corazones, y en su desesperanza se vuelven a mí, pidiéndome una palabra honrada y sincera que los oriente, y formulándome supremas interrogaciones.

¿Qué debemos hacer en esta hora trágica de la vida nacional? ¿Debemos seguir combatiendo sin escrúpulos ante tanta sangre y tanta ruina, o ha llegado la hora de rendirse y volver a trabajar en paz?

Y en el primer supuesto, ¿con qué bandera y bajo cuál jefatura prestigiosa hemos de combatir en lo futuro?

Y como la cuestión no interesa a mis amigos de Chiapas solamente, sino a todos los mexicanos; como en todo el país reinan el crimen y la desolación, y en todas partes hay hombres alzados en armas que no se resignan al desastre final, y por todas partes también hay espíritus desorientados que en esta obscurísima noche no aciertan a distinguir la más tenue luz hacia donde convergir todas las miradas, he creído que si mi palabra puede llevar algún consuelo y alguna esperanza a sus corazones, no debía contestar privadamente a mis coterráneos, sino hacerlo ante la nación entera, declarar ante ella cómo ve la situación presente un hombre que a pesar de calumniadores y viles podría inscribir en su escudo la divisa latina: vitam impendere vero.

Rendirse, ciertamente será lo único honrado, lo único patriótico en el preciso instante en que México tenga una sombra de gobierno, una institución a cuyo amparo puedan acogerse todos los mexicanos, que tenga por norma la justicia y por fin único la rehabilitación nacional.

Mas por ventura, ¿son estos los medios y los fines de la organización de badulaques y de delincuentes que en México se titula gobierno?

Al cabo de un año durante el cual mi pluma no dio descanso a la horda carrancista, denunciando a diario sus crímenes en la prensa de esta ciudad, al aproximarse el primero de mayo creí que el deber me mandaba callar por algún tiempo.

Venustiano Carranza anunciaba que desde esa fecha la horda se tornaría en gobierno nacional; y aún cuando esto para mí resultara un absurdo, y por absurdo un imposible, aún cuando yo no concibiera cómo podía realizarse tamaño milagro, cómo un engendro del oro extranjero incubado en las entrañas de la traición podía convertirse en dechado de patriotismo; cómo los rufianes de toda la vida se tornarían hombres de honor; de qué manera podían adquirir el respeto al derecho ajeno los criminales endurecidos en el pillaje y el asesinato; y aún cuando tales promesas vinieran de labios envejecidos en la lisonja de los fuertes y manchados por la mentira y la traición vinieran además de antemano desmentidas por un crimen de lesa patria, el de la matricida Convención Constituyente de Querétaro, que al pretender dar muerte a la Constitución del 57 atentaba a la vida misma de nuestra nacionalidad, vinculada a perpetuidad en aquel Código sacrosanto desde el día en que sus páginas se enrojecieron en la sangre mexicana con que el invasor extranjero empapó nuestra tierra desde el 5 de mayo hasta la capitulación de México... a pesar de todo, vuelvo a decir, elevado mi corazón por encima de mis pasiones de hombre, supe callar, diciéndome que, no obstante que la evidencia me mostraba con su dedo irascible que el carrancismo no podía esperar otros frutos que la traición y el crimen, aún así, repito, me impuse silencio, pensando que era un sacrificio meritorio conceder aquella tregua a los verdugos de nuestro país para que, si verdaderamente llevan en sus corazones una sola simiente de amor capaz de redimirlos de sus pasados crímenes, fructificara libremente, y pudiera, al fin, realizarse la unión de todos los mexicanos en una patria que aun empobrecida y deshonrada, se sintiera capaz de emprender nuevamente, llena de fe, el camino de la redención.

¿Y cuál fue el resultado? Medio año ha trascurrido y durante él ni un solo día se apartó de nuestros ojos el pavoroso espectáculo: por todas partes sangre y ruinas y desolaciones, iniquidad.

Como si la ilusión de su triunfo aparente y precario agravara la borrachera de aquellos forajidos, no parece sino que se propusieran extremar todavía sus desmanes, si es capaz de mayores extremos una situación que había visto consumarse los más atroces atentados.

Los mejores hijos de México siguen en el destierro, sin que los años aminoren el odio con que se les persigue; nuevas confiscaciones agregadas a las que presenciaron los primeros tiempos de la orgía revolucionaria, se han sumado a los factores de la ruina nacional; los árboles de los parques y los postes del telégrafo a través de los infinitos caminos solitarios, siguen desplomándose bajo el peso de los racimos de cadáveres que a su paso va dejando el rencor carrancista; metido ahora a falsificador de moneda, después del gigantesco fraude del "bilimbique", el llamado gobierno sigue de esta manera despojando a los desventurados compatriotas nuestros y desacreditando en el extranjero lo único nuestro que aún gozaba de crédito, los pesos mexicanos: envilecidos pseudo intelectuales extranjeros, pagados a peso de oro con el dinero que se cercena de su pan al pueblo, van por tierras extrañas cantando las excelencias de Carranza y derramando su baba sobre las más puras glorias nuestras.

Una prensa encanallada como jamás pudiéramos imaginarla, mancilla a diario en México cuanto los mexicanos veneramos; la inmensa mayoría de católicos que forma la población mexicana, tiranizada en lo que de más alto lleva el ser humano, en su conciencia, ha visto convertirse en un delito el culto de sus antepasados; la justicia, a cuyo frente se ha colocado como un símbolo revolucionario a un rufián de pulquería, cuya historia de bajos vicios y malos hábitos lleva escrita en el rostro con pústulas venéreas y con gotas de alcohol, no se organizó sino como instrumento para refrendar los crímenes revolucionarios; el ejército no es la institución conservativa, que defiende la ley y protege los derechos de los ciudadanos, sino insubordinada cuadrilla de salteadores que asesina y que roba sin freno, mandada por extranjeros de baja extracción, sirios e italianos sobre todo, que antes fueran mitad vendedores mitad ladrones trashumantes, por los caminos de nuestro país; por medio de las más indignas farsas electorales, se ha entregado el poder en los Estados a antiguos corifeos de presidio; el pueblo se cae de hambre en las ciudades y en los campos, mientras aquí, los muelles de La Habana rebosan de cereales procedentes de Veracruz, donde con permisos especiales los exportan indignos traficantes asociados a los favoritos del carrancismo.

Los bancos, reducidos a la insolvencia por la rapiña revolucionaria, contemplan a puertas cerradas la agonía nacional sin poder atajarla, y enmedio a este cuadro de vergüenza y de muerte, que ha convertido el antiguo paraíso nuestro en una inmensa gehena, el hampa criminal y canallesca celebra noche a noche bochornosas orgías que comienzan en el Alcázar de Chapultepec, morada en otros tiempos del honor, para acabar entre alcohol y entre sangre en las más bajas casas de prostitución!

Rendirse, ciertamente fuera lo honrado y patriótico cuando tuviéramos gobierno, cuando en el corazón del país y regulando su existencia, hubiera una organización de ciudadanos para bien del pueblo, reuniendo afanosamente las piedras dispersas para levantar de nuevo el edifico social, porque el luchador que entonces se rindiera, contribuiría como honesto obrero a la obra sagrada de esa reconstrucción volviendo a los campos en barbecho que el rencor incendiara y cavando el surco donde madure el pan que ha de alimentar al general y dolorido pueblo nuestro; pero cuando en el lugar de ese gobierno constituido para el bien de todos, se encuentra una facción sin honor que cobarde y traicioneramente, como a Santiago Ramírez y José Inés Salazar, a quienes tienen el candor de fiar en su palabra, una facción que sólo se nutre del odio y que por eso mismo ni sabe, ni quiere ni puede otra cosa que destruir; cuando en lugar de ese gobierno se ha instalado una banda de malhechores que finca su bienestar y su gloria en la ruina de los mexicanos y que por eso mismo procura aniquilar todo germen de vida, toda fuerza capaz de reconstruir la patria, que fuera nuestro orgullo, entonces el que se rinde si no es un suicida lamentable que mueve a lástima por su ceguera, es un nuevo cómplice de la obra maldita de la destrucción nacional, que merece la maldición de sus padres a quienes deshonra y de sus hijos a quienes deja sin patria.

Lejos de rendirse, es menester que todos a una, prescindiendo de criminales pasiones, de bajas cobardías y de ruines egoísmos, nos sumemos ahora a la empresa redentora.

Puesto que hay una bandera gloriosa, la Constitución de 1857 ultrajada por el carrancismo, y una meta y un ideal, la reconstrucción y reconquista de la patria, que de otro modo se nos habrá arrebatado para siempre, y puesto que al fin del pueblo tiene un caudillo de fe y perseverancia, ungido por el óleo de la acción, de que tanto hemos carecido: sin vacilaciones ni temores hay que llevarle el concurso de todas nuestras luces, de todos nuestros elementos y de todas nuestras fuerzas.

Y al contestar así la segunda interrogación de mis amigos de Chiapas, todos los que me lean saben ya que ese caudillo es el general Félix Díaz.

Cuatro años va a hacer que apretándonos las manos y moviendo la cabeza con desaliento venimos exclamando en la emigración: esto no puede seguir así, el pueblo de México no puede soportar más y va como un solo hombre contra los inauditos ultrajes del carrancismo.

Y, sin embargo, todo ha podido ser. ¡Huyeron los hombres de capital, temerosos de sus dineros, sin importarles la suerte que corrieran los miserables asalariados, que con el sudor de sus frentes habían acumulado aquel dinero; huyeron los intelectuales, sin cuidarse de que la juventud quedara a salvo de mortíferos contactos con una beocia tan incivil y ruda como corrompida; y, por último, huyeron los que nunca debieron dar la espalda, huyeron los hombres de armas, los que están llamados a conservar la organización y la moral del conjunto!

Ciertamente, yo he sido enemigo político del felicismo, y lo he sido con toda la vehemencia que mi temperamento reclama al servicio de las causas que estimo verdaderas, porque la verdad es para mí, fuente de todo bien y toda justicia.

Y aquí me adelanto a posibles reparos de mis amigos a quienes me dirijo. Acaso haya quien se pregunte ¿cómo yo, que fui en 1913 el más pasional de los adversarios del felicismo, considero ahora que todo el deber y el patriotismo caen del lado de ese mismo felicismo, que tanto combatiera yo ayer?

Y no para aquellos seres lastimosos, negados a la verdad, que siempre fueron propicios a la calumnia, ni para los menguados que a sabiendas de que mentían han querido prestarme como a un [..] de exitos políticos, que mi altanera vanidad rechaza por demasiado fáciles y accesibles a los viles, sino para los espíritus deveras fuertes, capaces de ponerse a la trágica altura de la situación, quiero explicarme a este respecto.

El felicismo representa el último saldo de aquellas fuerzas, únicas que aún pueden salvar a México; cumplo con un deber estricto, del más puro patriotismo, diciendo a mis amigos, como quiero decírselo con todas las fuerzas de mi angustia ante el formidable peligro nacional.

En la situación a que los crímenes de la anarquía revolucionaria nos han conducido, todas las cuestiones sociales y políticas que habitualmente embarga la conciencia de los pueblos, han desaparecido de nuestro horizonte, para dejar aislada y única, brutal e inexorable esta sola cuestión: la vida o la muerte de la patria.

Fuera de Félix Díaz, en este minuto supremamente trágico de nuestra historia, no queda más que este agujero horriblemente negro: ¡la intervención extranjera!

La única promesa de supervivencia autónoma radica en un caudillo capaz de decapitar al carrancismo; y ese varón resuelto, el único que se yergue animoso y en actitud de combate sobre el campo de la desolación nacional se llama Félix Díaz, que es la última tabla de salvación en este naufragio pavoroso; y al señalarlo a mis amigos como una esperanza, no elijo entre varios extremos; me agarro desesperadamente al último leño que flota sobre las aguas, al único que nos ha dejado de reserva al Destino, superior a los hombres y a los dioses.

Desde el día ya remoto en que, a mediados de 1913, a solas con el general Félix Díaz le hablé el lenguaje austero de la verdad, desapacible de ordinario para el oído de los próceres, no he cruzado con él ni una palabra.

Entiendo que el general Díaz me tiene catalogado en el número de sus enemigos nada equivocados: estas naderías absolutamente no me importan: me importa el general Díaz porque a pesar de todo y sea cual fuere la interpretación que se quiera dar a sus anteriores fracasos, queda en pie indestructiblemente y único este hecho decisivo: que en esta hora tristísima no ha habido otro hombre, capaz de ser caudillo prestigioso, bastante abnegado para ponerse por encima de egoísmos y flaquezas y consagrar su vida a la patria, resuelto a perecer sobre el sagrado suelo o salvarla del desastre que la amenaza; y por sólo eso merece alcanzarlo, y por sólo eso revela que le sobran tamaños para conseguirlo.

¡El general Díaz, dicen algunos, no puede triunfar! ¿Y cómo ha de triunfar, ni el general Díaz ni nadie si nuestro egoísmo y nuestra cobardía le rehusan nuestro concurso?

¿Cómo ha de triunfar, ni aún de este carrancismo enclenque y moribundo, que para rodar hecho polvo sólo espera la bota que lo aparte del camino, si el capitalista le esconde su dinero, el intelectual le niega sus ideas y el soldado le escatima su espada y su esfuerzo?

¿Cómo ha de triunfar si en plena lucha le abandonamos a sus solas fuerzas, en espera de que triunfe, para acudir entonces presurosos a reclamar en la sociedad y en el gobierno nuestro puesto y nuestro grado, el grado y el puesto que abandonamos sin defender y que no fuimos capaces de reconquistar?

Y sin embargo, a pesar de nuestra suicida indiferencia, al cabo de dos años de abnegadas luchas, el general Díaz va triunfando, y triunfará de una vez el día en que fundiéndose el hielo de nuestros egoísmos y cobardías, le aportemos sin reservas todo nuestro concurso.

Pero si así no fuere, si a pesar de todo y después de combatir noble y resueltamente, el triunfo no viniera y la patria no se salvase, tan ganado tendrían el derecho a la universal admiración y reverencia los que allá perecieron con airado gesto sobre las tumbas de nuestros mayores, como serían dignos de lástima los que en el extranjero se quedaran sin razón y sin objeto, a cubierto de riesgos e inquietudes, pero con el imborrable estigma de no haber tenido arrestros ni aun para intentar un supremo y último esfuerzo por reconquistar un bien que nunca merecieron.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Román Iglesias González (Introducción y recopilación). Planes políticos, proclamas, manifiestos y otros documentos de la Independencia al México moderno, 1812-1940.  Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Jurídicas. Serie C. Estudios Históricos, Núm. 74. Edición y formación en computadora al cuidado de Isidro Saucedo.  México, 1998. p. 786-790.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia