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POR LA LIBERTAD

 

 

AL ACERCARSE LAS fiestas patrias de aquel año de 1912, una comisión de estudiantes, mis discípulos, pidió al Ejecutivo que yo fuera el orador oficial en la velada solemne con la que habría de rendirse homenaje a los paladines de nuestra Independencia. Designado para hablar en el Teatro de los Héroes, pronuncié el discurso que transcribo en seguida, discurso nacido en mi espíritu juvenil, enamorado ferviente dé la libertad.

Mexicanos:

Qué es la libertad?

La libertad es el alma de las democracias, la base de la justicia, la causa primera de toda conquista política y el fundamento más firme de las nacionalidades.

"La libertad, dijo Cervantes -el más grande maestro español en la vida y en el arte- es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida."

La libertad es la madre de todos los bienes cuando va acompañada de la justicia, dijo un filósofo.

Y Castelar afirmó: "que la libertad es la eterna esposa de las grandes almas, la fecunda madre de los héroes".

"La Libertad -también expresa Lamennais- es el pan que los pueblos tienen que ganar con el sudor de su frente."

Muy levantado principio debe ser la libertad, cuando por ella el mundo se ha manchado de púrpura de mártires.

Muy noble debe ser cuando la leyenda, embellecida por la magia encantadora del arte, nos cuenta cómo de las montañas de la antigua Helvetia surgió valiente el labrador Guillermo Tell, que trocando el arado por el arco, tornóse en héroe para derrumbar las tiranías de su tierra obedeciendo el mandato sagrado de su padre: "Si algún día algún tirano se atreve a atacar nuestra antigua libertad, no temas, Guillermo, morir por tu patria, y verás que la muerte no es amarga por tan santa causa".

Arriesgando la vida de su propio hijo, Guillermo Tell conquistó la libertad de Suiza, de aquel pedazo de tierra que al correr de los tiempos había de transformarse en la república ideal de las democracias. Y el pueblo ha recogido la brava leyenda para glosarla de boca en boca con entusiasmo de epopeya, porque las leyendas heroicas quisiéramos en nuestras ilusiones transformarlas en realidades.

Necesaria debe ser la libertad cuando los pueblos se atreven a conquistarla por la fuerza de las armas; cuando Inglaterra, para arrebatar el despotismo a la Corona y crear la perdurable libertad del Parlamento, se vio precisada a perpetuar en la historia el regicidio de Carlos I; cuando el maravilloso pueblo francés, en 1789, sacudió su alma en un momento solemne de rebelión redentora, y lanzó el grito prepotente de emancipación que asombrando al mundo predicó a todos los pueblos el evangelio de los derechos humanos.

Necesaria debe ser la libertad, cuando aquel gran cubano que se llamó José Martí, poeta y orador, guerrero y apóstol; aquel que "tocó su pecho y lo halló lleno, tocó su cerebro y lo halló firme"; aquel que "en el descanso ponía a la espada empuñadura de razón"; aquel gallardo y buen amigo de México; mártir y artista, peleó por ella para fundar la emancipación de la hermosa Perla de las Antillas.

Muy hermosa debe ser, cuando sus clarinadas conmovedoras impulsaron el espíritu sublime de Lord Byron para llevarlo a Grecia en peregrinación libertadora, a luchar por la independencia de aquel pueblo simbólico de la belleza ideológica, estatuaria y arquitectónica.

Muy noble debe ser la Libertad, cuando hace relucir la espada victoriosa del Gral. Lafayette en los campos de batalla de los Estados Unidos de Norteamérica; y cuando el héroe blondo de Italia, vencedor de treinta y siete batallas, salvador de la tiranía de los Borbones, el Gral. Garibaldi, llega al Nuevo Mundo a pasear su legendaria camisa roja por las pampas americanas, peleando diez años por la libertad de un extranjero país; y cuando nuestro Continente, sacudiéndose como un león embravecido, arrojó por las olas del Atlántico a todos los conquistadores.

Muy grande es cuando un Washington, un Bolívar, un San Martín, ejemplos de virtudes cívicas, pudieron con la fuerza de la razón y la justicia, crear naciones soberanas que habían de ejemplificar a toda la América, para hacer de nuestro hemisferio el nido de las instituciones democráticas.

Sublime es la libertad, señores, cuando hoy hace un siglo y dos años, aquí, en este suelo amado que enalteció con su martirio el azteca Cuauhtémoc, el héroe de los pies carbonizados; cuando aquí, en el bravo país, cuyos cielos incomparables se sintieron gratamente heridos por las flechas de Ilhuicamina, buscadoras de libertad; aquí, en el suelo de los lagos azules y los volcanes enhiestos que miraron orgullosamente a Cuitláhuac perseguir al vencido Hernando Cortés; cuando aquí, un noble viejo, un libertador que siendo cura se ha transformado en semidiós, gritó muy alto, el 15 de septiembre de 1810, desde el campanario de su aldea: ¡Mexicanos! ¡Viva la Independencia de México!... Clamor turbulento de anhelos dormidos y entusiasmos delirantes, que Europa entera recibió con asombro; que los reyes españoles escucharon medrosamente y que fue a turbar el sueño de Carlos V, repercutiendo en las bóvedas silenciosas y severas del monasterio de Yuste.

Padre Hidalgo: tú nos diste la libertad; nosotros te damos nuestro amor; la historia su eternidad; la Patria el galardón de sus epopeyas; el homenaje soberbio a tu gloria es el himno victorioso y salvaje de su naturaleza, que llorar parece todavía tu ausencia en el correr silencioso de sus linfas y murmura tu nombre en el corazón de sus perpetuos adalides: las montañas.

Ha pasado más de un siglo de aquella justa y bella redención de 1810, que se agiganta con los pasos del tiempo y los juicios de la historia.

La epopeya hidalguina, rimará en la Historia con las hazañas del Gral. San Martín; José María Morelos, el campeón formidable de las huestes insurgentes, "el Mahoma" de la revolución, comparar se puede por su genio militar y su talento organizador y político con el Libertador Bolívar. La constancia de Vicente Guerrero es digna de los cruzados de la Edad Media. El gesto magnánimo y misericordioso de Nicolás Bravo, el Cristo guerrero de nuestra historia, debe haber arrancado una sonrisa paternal y amorosa a Guzmán El Bueno. Trujano en la defensa de Huajuapan, sacrificando a su hijo en aras de la Independencia, es tan valiente como Leónidas en las Termópilas. Y los Galeana, Pedro Ascencio, Guadalupe Victoria y Matamoros, en su bélico empuje, vinieron a enseñar a los mexicanos y a la ciencia de los atavismos, que no en vano se mezclan gallardamente en las venas dos sangres heroicas: la india de Cuauhtémoc y la española del Gran Capitán, Gonzalo de Córdoba.

En aquella contienda sangrienta, pero necesaria y legítima, cayeron todos los campeones; sus testas derrumbadas en los cadalsos, y sus ojos escrutando ávidamente el destino con la esperanza de mirar libres algún día a sus hermanos.

Y fuimos al fin libres. Por vosotros, padres de la patria, rompimos las cadenas de nuestra esclavitud.

Vosotros nos dísteis la libertad... ¿Qué os entregamos en cambio? Da vergüenza decirlo, porque da tristeza contemplarlo.

Os entregamos una paz maltrecha y una ley herida, un gobierno constitucional y una rebelión menguada.

¡Qué vergüenza, Padre Hidalgo!

Señores:

No hay disculpa para la rebeldía. La Historia, esa vieja y noble justiciera, lo repetirá dolientemente a nuestros hijos.

La revolución de 1910 fue precisa en su tiempo, porque representaba una necesidad sociológica. La historia mundial nos enseña que los pueblos no pueden, no deben tolerar las tiranías indefinidas. El hombre debe ser libre porque nace libre.

Y nosotros éramos siervos. ¿Qué derechos políticos teníamos? Ninguno. ¿Qué obligaciones? Todas.

La libertad de la palabra era condicional; la de la prensa, un mito; la electoral, un escarnio.

El cuerpo legislativo estaba controlado por la voluntad del César, y en sus labios estaba la última palabra del poder judicial.

¡No teníamos justicia! Y en un país donde no hay justicia, el gobierno está perdido.

Pero teníamos oro, dicen los esclavos ricos, ¿para qué la revolución?

Sí, pero el oro, lo mismo en los hogares que en las naciones, no basta para dar la felicidad.

¿De qué nos servían los bienes materiales, si teníamos aletargada o pervertida nuestra conciencia de ciudadanos?

Es una política segura y antigua la de adormilar al pueblo con fiestas, regocijos, espectáculos -dice La Bruyére-. Haciéndole tomar afición al lujo, al fasto, a los placeres, a la vanidad y a la molicie. Con tal sistema, se abre paso al despotismo. Y en un régimen despótico, no hay patria.

Un orador republicano decía: "Es antigua costumbre de los Césares o en los aspirantes a Césares, el pretender que los pueblos encuentren compensación a la ausencia de la libertad en el bienestar material". ¡Como si pesaran menos las cadenas por ser cadenas de oro!

¡La Libertad no debe estar en el bolsillo, sino en las conciencias! Y en las conciencias, era nula.

Por eso, debía surgir la revolución de 1910, y la revolución se gestó para bien de todo el pueblo, en el cerebro alucinado, el corazón purísimo y el aguerrido pecho de Francisco I. Madero, el libertador de nuestra tercera independencia; hermano, como el porvenir ha de contarlo, de todos los grandes libertadores.

Pero, ahora, cuando habíamos recobrado nuestros derechos, ahora que sin coacciones fuimos a las ánforas electorales; ahora que el progreso resplandecía en un ambiente de paz, ahora que éramos ciudadanos gracias a la más hermosa y magnánima de las revoluciones, ¿qué justificaba la rebelión orozquista?

Sólo un despecho escondido, y un anhelo manifiesto de restauración del antiguo régimen.

¡Pero eso no debe ser y os aseguro, que no será!

He dicho.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.37-41.

 
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